JURADO
El Jurado integrado por:
- Pilar Alberdo (España), Ha obtenido -entre otros- el Premio de Teatro
para
textos teatrales Lazarillo, 2000 (Manzanares, Ciudad Real); «II Premio
de
Relatos de la colección Debolsillo, Plaza & Janés Editores
(Barcelona,
2000); «Ciudad de Segovia de Teatro» (Segovia, 1997). Finalista
de «Ciudad
de La Laguna de Cuento» (La Laguna, Tenerife 1998), y «Juan Martín
Sauras de
Relatos» (Andorra, Teruel 1999). «XVI Certamen Nacional Ánfora
de Plata de
Poesía» (Málaga, 1997); Mención de Honor del «Premio
Internacional de Poesía
Juana de Ibarbourou» (Montevideo, Uruguay, 1995).
Estudios de Arte Dramático, Dramaturgia y Guión Cinematográfico
en el Aula
de Medios Audiovisuales y Escénicos de la Universidad de Alcalá de
Henares.
Así como en la Sala La Cuarta Pared de Madrid a través de los
cursos
organizados por la Asociación de Directores de Escena de España.
Entre otras actividades, dirigió «Universal del Libro» -revista
de Arte y
Literatura- por Internet de 1996 a 1999. Organizó muestras de mailart
y
poesía visual (Foro de Fnac, Teatro El Canto de la Cabra, Casa de la
Juventud (Alcalá), Suplemento Tentaciones (Diario El País), y
talleres de
literatura y teatro en el Centro penitenciario para mujeres y jóvenes
de
Alcalá-Meco y en la Residencia de Ancianos de la Comunidad de Madrid
en
Alcalá.
Tiene varios libros publicados. Colaboraciones suyas han aparecido en El
Diario Vasco y en la revista Interviú, así como en otros medios.
Es miembro de la Asociación de Autores de Teatro.
http://infantiljuvenilpilaralberdi.blogspot.com
-Zulma Esther Prina
(Argentina), Es Profesora Normal y Especial en
Letras,
egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos
Aires
(UBA). Ha obtenido además la Maestría en Análisis del
Discurso por la
Universidad de Buenos Aires. Se desempeñó como docente en los
niveles
Primario, Secundario, Terciario y Universitario, también como Capacitadora
Docente de la Escuela Superior de Capacitación Docente de la Ciudad
Autónoma
de Buenos Aires. Ocupó cargos de conducción en la Enseñanza
Media y en la
Enseñanza Primaria.
Realizó y dictó cursos de perfeccionamiento docente en el país
y en el
exterior. Actualmente es titular de distintas cátedras en Profesorados
y
participa en diversas investigaciones y proyectos de su especialidad. Es
autora de diversas publicaciones.
- Ivette Vian Altarriba
(Cuba), Escritora y especialista en Literatura
para
niños y jóvenes. Entre sus libros publicados figura Una vieja
redonda.
Actualmente está jubilada y vive dedicada a escribir.
PRIMER PREMIO
El extraño viajero
Salvador ROBLES MIRAS - (seudónimo: Ana Flores) - Bilbao - España
SEGUNDO PREMIO
Felipe y el viento
Mario Héctor FIGUEROA - (seudónimo: Silvio Manuel) - Cipolletti
- Argentina
TERCER PREMIO (compartido)
(1) Mi primer día como superhéroe
Gabriel Gustavo KORENFELD - (seudónimo: Woody) - BUENOS AIRES - Argentina
(2) Justo
Elisa Cloe RIBEIRO - (seudónimo: Chola) - TANDIL - Argentina
MENCIONES:
Siete cigüeñas
Emilio OLMOS HERGUEDAS - (seudónimo: Volodia) - VALLADOLID - España
La guerra de los animales
Claudia Viviana PERREÑO - (seudónimo: Alteo) - MARTÍN
CORONADO - Argentina
PRIMER PREMIO:
El extraño viajero
El día de los Santos Inocentes había amanecido lluvioso y frío
en Metrópoli. Eran muy pocos los ciudadanos que se animaban a desplazarse
a
pie a su centro de trabajo o a hacer las compras de Nochevieja y de Reyes
Magos. Las calles, colapsadas de automóviles, invitaban a hacer uso
del
transporte subterráneo. Una invitación que gustosamente aceptaron
miles de
metropolitanos.
En la parada de la Plaza de la Constitución, en el centro de la capital,
un
segundo antes de que se cerrasen las puertas, una extraña criatura subió al
ú ltimo vagón del metro. Aunque, tras apearse un gran número
de viajeros,
habían quedado algunos asientos libres, el recién llegado no
hizo mención de
sentarse. Plantado en medio del pasillo, durante el siguiente minuto se
dedicó a observar el desolador panorama que se le ofrecía a sus
bizcos y
diminutos ojos. Al principio, sólo dos viajeros, un niño y una
mujer, los
ú nicos que no se encontraban sesteando o manipulando sus teléfonos
o
reproductores móviles, se percataron de la presencia de tan estrafalario
personaje.
-¿Puedo cogerlo, mamá?
-Ni se te ocurra.
-¿Por qué no? Está solo y no es de nadie.
-Eso no lo sabemos, quizá el dueño se encuentre correteando por
algún vagón,
o tal vez se lo haya dejado olvidado. Parece nuevo; lo más probable
es que
se trate del regalo de Navidad de algún niño que ahora estará lamentándose
por la pérdida. Lo recogeré y lo entregaré en la ventanilla
de objetos
perdidos de la estación.
La mujer se incorporó y se dirigió hacia el extraño viajero.
Volvió a los
pocos segundos, con los ojos desorbitados y las mejillas encendidas.
-¿Qué ha pasado, mamá?
-¿No lo has visto, Miguel? ¡Se ha movido! Menudo susto me ha dado
la
criatura.
-¿Por qué no iba a moverse, mamá? Voy con él.
-Ni se te ocurra, Miguel -la mujer, quien había vuelto a sentarse, sujetó
con fuerza la mano de su hijo-. No sabemos cuáles son sus intenciones.
Espera un poco a ver lo que sucede.
Sucedió lo que nadie esperaba.
Cuando, al cabo de un minuto, el león de peluche emitió un desgarrador
rugido entretanto rasgaba el aire con su zarpa derecha, todos los ocupantes
del vagón se estremecieron del susto; a una mujer muy maquillada, de
la
impresión, se le escurrió su 'i-Pod' de entre las manos. Casi
le da un
síncope al ver el artilugio en el suelo. Suspiró aliviada en
cuanto comprobó
que el reproductor no había sufrido ningún daño.
-No tema, señor, ¿no ve que es un inofensivo león de peluche?
-un joven
trataba de calmar a su compañero de plaza, un hombre trajeado, quien,
víctima de un súbito ataque de pánico, pretendía
bajarse en marcha del tren.
-Esa es la razón por la que estoy aterrorizado. ¿Rugen acaso
los leones de
peluche?
-Generalmente, no; pero, excepcionalmente, quizás ahora lo hagan. Será un
leonoide, un robot. Como los muñecos de peluche tradicionales apenas
se
venden, es muy probable que los fabricantes hayan decidido actualizarlos.
-Si los han modernizado de verdad, ejercerán algún tipo de violencia.
No
resultaría extraño que hasta mordieran. Además, en los
tiempos convulsos en
los que vivimos, tampoco conviene descartar la posibilidad de que se trate
de un artilugio ideado por la mente maquiavélica de algún terrorista. ¿Y
si
escondiera en sus entrañas un potente explosivo?
-No sea usted paranoico.
-Yo, por si las moscas, me trasladaré al vagón delantero.
Dos mujeres de mediana edad siguieron los pasos del hombre trajeado.
Pero las sorpresas no habían hecho más que empezar.
-¡Estoy harto! -bramó el león con una voz de ultratumba,
pero perfectamente
modulada-. ¿Es que, bajo tierra, tampoco me va a hacer caso nadie?
-¡El león también habla! -exclamó una anciana mientras
ajustaba el volumen
de su audífono.
-¡No es posible! ¡Es un muñeco de peluche! Alguien debe
de estar tomándonos
el pelo -razonó un profesor de Filosofía, haciendo gala de la
suspicacia que
caracteriza a los ilustres profesionales de su gremio.
-Pues claro que habla -dijo el niño mientras aprovechaba el desconcierto
general para soltar la mano de su madre y aproximarse al felino.
-¡Miguel! -gritó la mujer. Demasiado tarde. Su hijo ya estaba
acuclillado
junto al animal.
-¿Qué te ocurre, león? -preguntó el niño
al extraño viajero.
-Soy más que un león.
-¿Quién eres?
-Soy yo.
-Eres el león Yo. Mi nombre es Miguel. Mucho gusto, Yo. ¿De dónde
vienes?
El niño empezó a acariciar la cabeza del felino, y éste,
en la gloria
peluchera, ronroneó de placer.
-He estado más de dos meses plantado en una juguetería, y nadie
se ha fijado
en mí. Nadie, ni niños ni mayores. Pensaba que, cuando llegara
la Navidad,
alguien me compraría, pero ni por esas. Los muñecos de peluche
nos hemos
convertido en unas antiguallas a las que Papá Noel y los Reyes Magos
miran
con desdén. Sólo un milagro puede salvarnos de la extinción.
-No os quieren porque no os conocen. Yo, por ejemplo, que te conozco un
poco, ya he empezado a quererte.
-¿Lo dices en serio?
-Muy en serio. Eres un león muy simpático. Dan ganas de abrazarte.
-¿Quieres jugar conmigo?
-¿Ahora?
-Ahora estoy un poco cansado. He venido andando desde la juguetería.
Mejor
luego, o sea, siempre.
-Luego y siempre.
-Pero sí puedes abrazarme. Los abrazos a mí nunca me cansan.
Miguel esbozó una sonrisa eterna, la de todos los tiempos, y el león
Yo, de
un salto, cayó entre sus brazos.
Resuelto el incidente, los viajeros volvieron a sus asuntos particulares.
Segundos después, mientras en el vagón atronaba una fanfarria
de tiroriros,
el león Yo, recostado contra el pecho de Miguel, soñaba con que
era el rey
de la selva.
Salvador ROBLES MIRAS - (seudónimo: Ana Flores) - Bilbao - España
SEGUNDO PREMIO:
Felipe y el viento
La que sigue es una historia patagónica. De este lado del mundo. De
este
lugar que guarda secretos y misterios maravillosos. Sucedió en un pueblito
muy cercano y no hace mucho tiempo, en medio de grandes montañas y bosques
dónde vivía una familia de crianceros.
El padre era un hombre muy sabio que conocía todos los secretos de la
tierra. Bah, no todos, casi todos. Pero había crecido en medio de sus
amigos
que estaban en la Patagonia desde el principio y le habían contado muchas
historias que él se había encargado de guardar bien. Este buen
hombre se
llamaba Nahuel.
Lo cierto es que toda la familia de Nahuel ayudaba en la crianza de las
cabras y chivas que tenían y que les daba la fuente para comer y abrigarse
en la época más fría del invierno, cuando su casa en medio
del campo quedaba
tapada por la nieve.
La compañera de Nahuel se llamaba Amancay. Llevaba ese nombre porque
cuando
nació su mamá no alcanzó a llegar al hospital del pueblo
y la tuvo en el
medio del campo, en un valle de esa flor naranja y preciosa que se llama
Amancay y que crece en la Patagonia.
Nahuel y Amancay hacía muchos años que estaban juntos, se habían
conocido
cuando los dos acompañaban a sus papás en la veranada, llevando
a los
animales a comer los pastos más altos de la montaña, cuando el
verano da
paso a los días más calurosos.
Primero se habían hecho amigos, pero después su amor fue creciendo
tanto que
decidieron vivir juntos.
Nahuel y Amancay conocieron la felicidad total, cuando nació Felipe.
Su
ú nico hijo. Él sí nació en el hospital de Junín
de los Andes, porque el
propio Nahuel se encargó de llevar a caballo a Amancay al pueblo con
tiempo
para que pudiera nacer.
Hasta ese momento los padres no sabían si era nena o varón, y
recién
pudieron pensar en un nombre cuando la partera dijo: ¡Es un varón!
Entonces habló Amancay:
-Hay que llamarlo Felipe. El niño creció en medio de cabras,
y chivas y
caballos. Se hizo experto en las actividades del campo. Eso sí; al chico
le
gustaba mucho dormir. Eso no está mal, pero lo que sucede es que en
el campo
los días son cortos porque no hay luz, entonces hay que aprovechar el
sol
para hacer las cosas y eso implica levantarse muy temprano.
¿ Y saben por qué? Porque él encontraba que en los sueños
todo era posible.
Volar como los zorzales y nadar como las truchas, recorrer el campo al trote
de los Choiques.
A veces soñaba que rodaba desde lo alto del cerro abrazado a su perro
Antú.
Una vez por semana -seguro- soñaba que llegaba hasta el fondo del lago
y
juntaba de la mano de truchas y percas, piedras oscuras y frías para
adornar
su ventana.
Por todo eso Felipe adoraba el momento en el que la mamá le decía
que era la
hora de dormir.
Como ustedes saben, en el campo no hay televisión, ni películas,
ni canchas
de fútbol y cuando empieza a hacerse de noche, llega la hora de dormir.
Aunque Felipe extrañaba un poco el tiempo de la escuela, los meses de
receso
se alegraba con la idea de ayudar a su padre en las tareas.
Por cierto que la tarea de cuidar a los animales, engordarlos, darles comida
y agua no era nada fácil.
Ni les cuento cuando llegaba el tiempo de esquilarlos. El sacarle la lana a
las cabras era un trabajo para el que se necesitaba mucha fuerza, porque
corren por todo el corral y se necesita mucha destreza para tirarse encima
y
cortarle toda la lana. Es lo que se llama el tiempo de la Esquila.
Después venía la otra parte que era tomar esa lana blanca y esponjosa
para
limpiarla, atarla en grandes paquetes y esperar a que se pueda vender; dos
veces al año sus padres iban al pueblo a comprar yerba, leña,
carne y otras
cosas que se necesitaban para vivir.
Nahuel había enseñado a Felipe todos los secretos que un criancero
tenía que
saber. Pero había un detalle.
Felipe le tenía miedo al viento.
Ustedes se preguntarán que tiene que ver eso con todo lo que venimos
contando. Mucho tiene que ver.
El trabajo se hace al aire libre y Felipe tenía un miedo horrible a
los días
en los que había viento.
Nadie sabía bien de dónde venía ese temor. Pudo ser una
pesadilla o la forma
en la que se movían los árboles en el camino. Tal vez lo inquietaba
la
urgencia con que los animales se juntaban y se quedaban quietos en el corral
cuando el viento azotaba. No lo sabemos.
Pero la verdad es que Felipe -en esos días- sentía que soplaba
viento y se
escondía debajo de las frazadas de la cama y no había quien pudiera
convencerlo.
En cierta forma el padre comprendía el miedo de Felipe, aquel chico
apenas
llegaba a los siete años.
Hay que decir que el viento de la Patagonia no es un viento común, como
el
que todos conocemos. El viento patagónico sopla con fuerza propia. Los
mapuches -nuestros hermanos que habitaron la Patagonia desde siempre- lo
llaman Cüref.
Es un viento que se hace sentir con un soplido que ruge como un león
enojado
y levanta la tierra suelta de los caminos.
Pero el viento patagónico es amigo y compañero de los crianceros.
Esta amistad del viento y el hombre la iba aprender Felipe una tarde de
otoño en el campo.
Aquella mañana, el día se había despertado lindo. El sol
calentaba bien alto
en el cielo y los animales pastaban cerquita en el monte. Felipe se había
despertado temprano y después de tomar una taza de leche caliente, se
preparaba para ayudar a su padre.
Cuando salió de la casa la vio a su madre lavando ropa en el patio y
a su
padre alimentando a los animales.
Enseguida Nahuel le pidió a Felipe que fuera a buscar leña para
la cena.
Entusiasmado Felipe, juntó dos bolsas enormes en las que juntaba los
troncos
y se encaminó -contento- hacia el monte.
El lago Huechulafquen estaba dormido y las aguas transparentes hacían
saltar
los rayos de sol para todos lados.
Caminaba Felipe muy contento en la zona donde abundan los árboles. Entre
las
lengas y araucarias juntaba ramitas, palos y troncos chicos.
De pronto, cuando habían pasado dos horas y se había alejado
bastante de la
casa, el cielo se oscureció de golpe.
Las nubes taparon el sol y un viento inesperado empezó a soplar con
ganas.
Felipe sintió un miedo repentino, de golpe, atropellado. Hacía
un tiempo que
venía pensando en enfrentar ese miedo que le daba el viento, pero no
se
sentía preparado y menos estando lejos de su padre y de su madre.
Entonces se olvidó de las bolsas de leña y rápido trató de
esconderse. Se
refugió en una cueva que había entre las piedras del monte y
no pudo evitar
que unas lágrimas gordas rodaran por las mejillas.
El miedo hacía que el corazón le latiera muy rápido y
las manos se le
enfriaron.
Entonces pensó que su padre vendría a buscarlo. Trataba de calmarse
pero no
podía. Las piernas le temblaban y los dientes crujían de apretados.
En eso estaba cuando de tanto pensar y pensar se le ocurrió cerrar los
ojos
y se acordó que tenía que pensar en algo lindo.
Felipe pensaba y revolvía en su mente buscando las cosas lindas y la
verdad
es que había muchas. Pero la cuestión es que de tanto pensar
y buscar Felipe
empezó a dormirse.
Despacito y sin que se diera cuenta, los duendes del sueño le subieron
por
los brazos, se le metieron por el poncho y llegaron a los ojos, que se
fueron cerrando lentamente.
Entonces el niño soñó que era amigo del viento. Que lo
despertaba por la
mañana trayéndole aire fresco para ese día, que lo paseaba
por el campo
volando sobre una hoja, que desde ahí abrazaba a todas las cabras y
que
desde arriba se dejaban ver todos los peces del lago que nadaban y nadaban.
El sueño lo llevó por lugares extraños. Soñó que
pintaba de azul la punta de
todos los pehuenes.
Después de mucho soñar, cosas hermosas y buenas, lindas y amables,
dulces y
frescas, Felipe comenzó a despertarse.
Un cachito de tiempo pasó hasta despabilarse del todo.
Cuando tuvo los ojos definitivamente abiertos su mirada se posó sobre
el
cerro que se recostaba del otro lado del lago. La arena que arrastraba el
viento le dificultaba la vista a Felipe pero había algo en aquella visión
que lo atrapaba.
Era una imagen de un criancero cabalgando y arriando sus animales. El hombre
se movía al compás del viento, feliz y tranquilo. A Felipe le
pareció que
aquel hombre era su padre o tal vez el mismo en el futuro.
De un salto se incorporó y saltó de la cueva, avanzó unos
pasos pero aquella
misteriosa figura ya no estaba.
Entonces de vuelta sólo y extraño, levantó la bolsa con
leña y comenzó a
caminar.
En cada paso sentía que el viento más que pegarle en la cara,
lo acariciaba.
No era un viento frío como él se había imaginado, era
un viento tibio, que
le robaba el olor a los pinos y se los regalaba a él, era un viento
que
hacía más liviano el peso de la leña.
Era un viento amigo. Fue ahí, justo ahí, cuando sintió que
el viento dejaba
de rugir y pasaba a ser el silbido de una canción de amor.
Así de a
poquito Felipe atravesó el camino a su casa
de fiesta con el
viento. Lo abrazó cuando pudo, cantaron cuando pasaron junto al lago
Huechulafquen y corrieron hasta la casa en busca de sus padres.
Por eso desde entonces, cuando el viento que sopla viene del sur... es el
viento Patagónico... que anda en busca de chicos que quieran jugar con él.
Siempre hubo y siempre habrá vientos de todas las formas...
Vientos grandotes,
vientos chiquitos,
vientos cálidos,
vientos que congelan las orejas,
vientos que ensucian los ojos,
vientos que abren puertas y ventanas.
Pero hay uno, uno sólo que sopla y ruge como un león.
Es el Cüref, el viento del sur, el amigo de los crianceros, que anda
buscando a los chicos para jugar a las escondidas.
Mario Héctor FIGUEROA - (seudónimo: Silvio Manuel) - Cipolletti
- Argentina
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Algunas palabras sureñas:
Criancero: Es el hombre que se dedica a la cría de animales. Ya sean
cabras
o chivas, el criancero habita el campo patagónico y su vida está ligada
a
las actividades de la cría del ganado.
Curëf: Es la palabra con la que el pueblo mapuche llama al viento.-
Esquila: Actividad a través de la cual se corta el pelo del ganado (cabras,
ovejas, corderos) y se los vende. Se les saca la lana para venderla y
confeccionar ropa. En los animales la lana se regenera
Araucaria: Es otro de los árboles típicos de la Patagonia. Su
nombre fue
tomado por los indios Araucanos que habitaron el sur de la Patagonia en
Argentina y Chile. El árbol de la Araucaria ofrece una semilla llamada
Piñón
que es muy usada para la cocina por parte de los pobladores.
Amancay: es una de las flores típicas de la Patagonia. Se trata de una
flor
naranja hermosa y su presencia se la puede disfrutar en cualquier bosque
nativo, en la zona de cordillera.
Existe una hermosa leyenda mapuche acerca de la Flor del Amancay. Los
invitamos a descubrirla.
Veranada: Se conoce como "veranada" el momento en que las familias
de
crianceros regresan a vivir en las zonas más altas, para alimentar a
los
animales. Cientos de chivos y cabritos son trasladados a las zonas altas
donde los brotes nuevos garantizan una excelente pastura. Los crianceros en
compañía de sus perros guía van comandando verdaderas
colonias de cabritos
que en algunos casos se acercan a los mil ejemplares.
TERCER PREMIO:
(1) Mi primer día como superhéroe
Cuando me puse el traje por primera vez, me paré frente al espejo y
me
emocioné. Sabía que algo importante estaba por comenzar y eso
me producía un
cosquilleo en todo el cuerpo.
A los nueve años, uno quiere ser igual que su papá, y aunque
suene un poco
extraño, mi papá es un superhéroe. Por supuesto que no
vuela, ni tiene
poderes, interpreta a un personaje en un tren que pasea a los chicos
pequeños por el barrio.
El traje de mi papá es azul con capa roja como el de Superman. En cambio
el
mío, es todo rojo con el antifaz y la capa negra. Elegí esos
colores porque
son del cuadro de fútbol que soy hincha.
Siempre fui un chico que le gustó ayudar a la gente, pero ahora que
tengo mi
propio traje me lo pienso tomar más en serio, como el colegio, que sea
una
obligación.
Aclaro por las dudas que no pienso atrapar ladrones o detener un meteorito
que viene a la Tierra, estoy loco como para salir a la calle con el traje,
pero tampoco tanto.
Para no sentirme solo, también disfracé a mi misterioso hámster
Camilo. Yo
sé que parece gracioso, pero aunque no me crean, estoy seguro que Camilo
guarda un poderoso secreto. Muchas veces vi como su ruedita de metal giraba
sola sin que él se subiera en ella. Aunque no tengo pruebas concretas,
estoy
seguro que Camilo la hacía girar con la mente.
Después de estar un rato frente al espejo, me puse a pensar en mi nombre
de
superhéroe. Y para ser sincero, no fui muy original que digamos. Como
me
llamo Lucas, decidí ponerme: Lucasman. Si hay algo que tengo claro,
es que
los superhéroes son muy valientes pero para nada creativos. Si no
pregúntenle a Superman o a Batman o a Spriderman.
Ya con el traje puesto, la mascota preparada, mi nombre poco original y las
ganas desenfrenadas de ayudar, solo me faltaba pedirle permiso a mi mamá.
-¿Puedo salir a la calle, mamá?
-¿Adónde vas?
-A ayudar a los que me necesiten.
-Bueno, pero fijate bien cuando cruzás la calle.
Salí de casa con Camilo y comenzamos a caminar. La gente que se nos
cruzaba,
nos miraba y se reía, al principio me dio vergüenza pero después
me
acostumbré.
-¡Super tonto! ¡Ridículo! -me gritó mi vecino Federico
al pasar con su
bicicleta.
Yo lo ignoré, más ridículo era él que con diez
años andaba en una bicicleta
con rueditas.
Luego de caminar dos cuadras y no encontrarme a nadie a quién ayudar,
se me
ocurrió una idea: ir a la esquina que no hay semáforo y cruzar
a la gente
mayor que no ve bien a los autos.
Con mucha fe en mi plan, me paré en la esquina y me puse a esperar.
Pasaron
quince minutos donde tuve que soportar varias burlas, hasta que una señora
se paró junto a mí.
-Disculpe, señora, ¿quiere que la ayude a cruzar la calle?
La señora me miró sorprendida y sonrió. En ese momento
me di cuenta que no
era muy mayor, apenas unos años más que mi mamá. Me había
apresurado por
ansioso.
-Sí, por favor, me gustaría tu ayuda -me dijo encantada-. Justo
estaba
buscando a alguien que me ayudara a cruzar la calle. Muchísimas gracias,
sos
muy amable.
Aunque me dio la impresión que la señora estaba exagerando un
poco, al
agarrarla de la mano y al ayudarla a cruzar, me sentí tan bien como
cuando
grito los goles de mi equipo abrazado a mi papá.
La mujer se despidió dándome un beso en la mejilla y me sacó una
foto con su
celular para mostrársela a su familia. Hasta me dio la sensación
que me
quería pedir un autógrafo.
-Esto recién empieza, Camilo -le dije mirándolo de reojo.
Por suerte él no me respondió, pero estoy seguro que me entendió
perfectamente.
-¡Volvé a la juguetería! ¡Enano! -me gritó un
chico que pasó andando en
skate.
¿ Enano? Mido un metro diez centímetros. Que falta de respeto,
estoy justo en
el medio en la fila de mi grado.
Ignorando el comentario, seguimos recorriendo las calles. En ese momento, no
me imaginaba que estaba por vivir un hecho asombroso. Delante nuestro,
llevándonos varias veredas de distancia, había una mujer que
caminaba
escuchando música en su mp3. Y unos pocos metros más adelante,
descubrimos
que estaba cayendo una maseta que se había caído de un balcón.
Como había muchas posibilidades que la golpeara en la cabeza, comencé a
gritar desesperado:
-¡Cuidado! ¡No siga caminando! ¡Deténgase! -pero como
tenía los auriculares
puestos no me escuchó.
Parecía que nada iba a impedir el terrible golpe, pero diez centímetros
antes que chocara con la cabeza, la maseta se detuvo en el aire como si
flotara.
-¡Mirá Camilo! -grité fascinado- ¡Se detuvo en el
aire!
Y cuando miré a mi mascota lo descubrí, no era mentira, no era
producto de
mi imaginación, Camilo observaba la maseta tan intensamente que la estaba
deteniendo con la mente.
Luego que la mujer se alejó bastante, Camilo movió un bigote
y la maseta se
estrelló contra el piso.
-Lo que hiciste fue increíble -le dije con admiración.
Y aunque no estoy totalmente seguro, creo que me guiñó un ojo.
Un poco disperso por lo que había ocurrido, dimos una vuelta a la manzana
y
nos encontrarnos con un señor que dormía en la calle. Este hombre
estaba
envuelto en una frazada y despedía un olor muy feo.
-Tenemos que ayudarlo, Camilo, nadie tiene que dormir en la calle.
Con timidez le toqué el hombro y lo desperté. El señor
abrió lentamente los
ojos y me miró sorprendido. Después posó la mirada en
Camilo y se despabiló.
-Prometo no tomar vino nunca más -dijo confundido-. ¿Quiénes
son ustedes?
-Yo soy Lucasman y mi hámster se llama Camilo.
-¿Me puedo comer a Camilo? Tengo hambre.
-¡No! Por supuesto que no. Yo lo quería ayudar a conseguir un
lugar para
dormir.
El hombre me miró asombrado y se puso de pie. Camilo retrocedió unos
pasos.
-¿Y cómo me pensás ayudar? ¿Sos dueño de
un hotel?
-No, se me ocurrió que le podríamos preguntar a la gente que
vive en casas
grandes con muchas habitaciones. Yo vivo en un departamento chico y comparto
la pieza con mi hermana.
-¿Vos vas a tocar el timbre y a hablar con las personas? -me preguntó como
si fuera una locura.
-Sí, claro. ¿Usted como se llama señor?
-Me llamo Enrique, pero los que me conocen me dicen Quique, aunque
pensándolo bien no me conoce nadie, así que llamame como quieras. ¿Y
vos
cómo te llamas? ¿Superman?
-No, parecido: Lucasman.
-¿Y conocés a Superman?
-No, él es de mentira, yo soy de verdad.
-Entonces, ¿no podés volar?
-Solo si me subo dentro de un avión.
-Suena lógico -dijo rascándose la cabeza.
Contento porque Enrique se estaba dejando ayudar, caminamos hasta la casa
más grande de toda la cuadra y tocamos el timbre.
Enseguida se abrió la puerta y salió un señor vestido
con un traje muy
elegante. Al vernos puso cara de susto como si fuéramos fantasmas.
-Disculpe señor, este hombre vive en la calle y quisiera saber si usted
no
le puede prestar una de las tantas habitaciones que tiene la casa.
El señor volvió a horrorizarse y abrió la boca bien grande.
-La idea fue de él -agregó Enrique sin que nadie le preguntara.
El hombre me miró a los ojos y finalmente dijo:
-Es lo más absurdo que escuché en toda mi vida. Lo siento, tengo
que seguir
comprando yates por Internet, adiós.
Al cerrarse la puerta se me cayeron mis ilusiones.
-¿Por qué no ayudás a una señora a cruzar la calle?
-Porque ya lo hice, probemos una vez más.
Sin darme por vencido, caminamos hasta la próxima casa gigante y volví a
tocar el timbre.
Esta vez nos abrió la puerta una señora. Y como era de esperar,
también se
nos quedó mirando sorprendida.
-¿Es halloween? -nos preguntó.
-Creo que no -respondí desconcertado-. La molestamos porque quería
saber si
tiene una habitación libre para que este hombre no duerma en la calle.
La mujer abrió bien grande los ojos y subió una sola ceja.
-No, somos una familia numerosa, igualmente aunque la tuviera, no me gusta
que un extraño duerma en mi casa.
-Bueno, disculpe la molestia -dije con la cabeza gacha.
-¿El señor trabaja? -preguntó la dueña de casa
antes de cerrar la puerta.
-No, nadie me da trabajo -contestó Enrique avergonzado.
-Entonces yo le voy a dar trabajo en mi fábrica.
La cara de Enrique se iluminó como cuando se encienden las luces de
un
estadio.
-¿En serio, señora? ¿Me va a dar trabajo? -preguntó sin
creerlo-. Se lo
agradezco de todo corazón.
-Agradézcaselo al pequeño superhéroe que seguramente tuvo
la idea de todo
esto. Yo le voy a dar un adelanto del sueldo así puede asearse y dormir
en
un hotel.
Enrique se puso tan contento de conseguir un trabajo honrado que se emocionó
y largó una lágrima.
Yo regresé a casa con una sonrisa dibujada en mi boca, todo había
salido
bien, mejor de lo que me lo imaginaba.
Ese fue mi primer día como superhéroe, es cierto que no salvé al
mundo, ni
atrapé villanos, pero no fue un mal comienzo, seguro que no.
-¡Saluden a Lucasman, chicos! -gritó una voz conocida.
Levanté la cabeza y vi pasar al tren de mi papá. Todos los chicos
me
saludaron desde las ventanillas mientras el superhéroe me miraba orgulloso.
-¡Adiós amigos! -grité levantando mi mano- ¡Chau
papá!
Gabriel Gustavo KORENFELD - (seudónimo: Woody) - BUENOS AIRES - Argentina
(2) Justo
La vida en la costa es tranquila. Los padres de Justo son jóvenes aún
y él
es el mayor de los hijos, luego viene el Moncho y, desde hace un mes, se ha
agregado una hermana que no se cansa de mamar.
Es la hora de la siesta y el aire está tibio aunque es pleno invierno.
Justo
abandona la pieza donde su madre, con seguridad, se ha quedado dormida con
la criatura al pecho. Él no tiene sueño.
El padre de Justo suele pescar para el sustento de la familia. Sin embargo
ahora está haciendo unas changas en la colonia de los gringos y faltará por
unos días.
El rancho de techo quinchado donde viven tiene sólo pieza y cocina.
Un
amplio alero da algo de holgura a la vivienda. En el patio de tierra
apisonada reina un naranjo viejo y de tronco rugoso que regala, de tanto en
tanto, el olor de sus azahares. Justo recoge dos naranjas del suelo y las
guarda en los bolsillos. Camina luego sin apuro, planeando qué hará.
Los
perros intuyen la inminencia de una salida y se le acercan alborotando a su
paso a las gallinas.
A pesar de no llegar todavía a los cinco años, el niño
conoce las picadas
que conducen a los puntos claves en la costa. Desde que era gurí de
pecho
como su hermana ahora, iba, varias veces al día en brazos de la madre
a
buscar agua al río. Después, cuando nació el Monchito,
su papá empezó a
llevarlo en la canoa cuando salía de pesca. Ha escuchado sin perder
palabra
las prevenciones de los mayores sobre los peligros que implica andar solo
por el monte o acercarse al agua y resbalar en la barranca.
Pero Justo no tiene miedo. Con la calma del que cumple con una rutina, se
dirige al atracadero seguido por los perros. Atraviesan el descampado y los
perros se lanzan a perseguir unos cuises que toman sol en el camino. Se
interna entre los sauces costeros de frondas ralas por efectos del invierno.
El silbo de las calandrias vibra en el monte silencioso.
Baja por las barrancas barrosas. Lo tapan los helechos y los culantrillos.
Desde que llegó a la arboleda, ésta le ha impedido ver la corriente.
Pero él
sabe que pronto reaparecerá. Prosigue el descenso sorteando raíces,
aferrándose a las matas de paja para no caer.
Por fin llega a la orilla misma y se sienta en el pasto a mirar el agua.
Saca una naranja del bolsillo, la muerde. Diestro, le arranca un pedazo de
cáscara y aplica allí los labios para chupar con fuerza al tiempo
que
aprieta la fruta con ambas manos. Con la manga se limpia el jugo que le
corre de la comisura de la boca.
Se queda extasiado mirando la superficie. El sol derrama a lo lejos todo su
cambio, el agua es marrón y, con celo, resguarda de las miradas furtivas,
el
contenido de sus entrañas. El aire está en suspenso. Pasan derivando,
como
naves exóticas, ramas y camalotes, hasta latas vacías. Un biguá descansa
al
sol con las alas abiertas esponjando las plumas.
Al fin, aburrido de tanta paz, se pone en pie y decide abordar la canoa
dejando de lado las advertencias tantas veces recibidas. Retrocede por el
sendero hasta encontrar el que lo llevará hasta la embarcación
y desciende
hasta la pequeña ensenada donde está amarrada. La acerca a la
orilla tirando
con todas las fuerzas de la maroma. Salta. En el aire se da cuenta de que
ella se retira de tierra. Pero cae dentro; el susto le ha dado alas al
corazón que le golpea dentro del pecho. Por bastante rato se mantiene
acostado en el fondo que huele a pescado, esperando que se aquiete el
bamboleo. Cuando se le pasa el susto, se sienta a calibrar la envergadura de
su hazaña. ¡Si me viera el Monchito!
La madre de Justo
se levantó tratando de no despertar a la
chiquita y miró
alrededor. No está. ¡El Justo no está!
El otro hijo dormía en el catre vecino. Rogó que no se despertara
y salió
del rancho arreglándose la ropa.
Cuando era chica, en el verano, sus hermanos y ella misma solían escaparse
durante la siesta para bañarse en el tajamar de Los Molles. Esas travesuras
eran una aflicción permanente para la madre y, como las advertencias
sobre
el peligro real de ahogarse que corrían no surtían efecto, con
gran
misterio, les contaba que en el monte había un espíritu maligno
que
arrebataba a los niños que se escapaban a la hora de la siesta. Era
la
temida Solapa, cuya sola mención le provocaba miedo pero a la que nunca
había podido ver. ¡Qué curioso! Ahora, en esta pesadilla
la había reconocido
con toda certeza. La había visto acechando a un niño en la ribera.
Los perros no estaban a la vista, señal que alguien los había
llevado de
excursión. Corriendo se dirigió al lugar que viera en su sueño.
Mientras
cruzaba el descampado, divisó a lo lejos, en medio del río, como
un punto
apenas, una canoa derivando. Se arrepintió con el alma de haber considerado
una tontería de los viejos, una superchería, la creencia en la
Solapa.
Sujetó el miedo que se le abalanzaba en el pecho como un potro y siguió
adelante. Atravesó el monte sin prestar atención a los rasguños
que le
provocaban las ramas. Desde lo alto de la barranca alcanzó a ver los
perros
echados cerca del atracadero.
El miedo ya comenzaba a escurrírsele en llanto cuando algo en la canoa
le
hizo aflojar las piernas. Dejó escapar un gemido y bajó a resbalones
la
cuesta. Gritó: ¡Justo!
Pero nadie respondió. Se detuvo allí, rodeada por los perros,
con las
lágrimas pugnando por salir. La canoa estaba amarrada como siempre,
meciéndose apenas. Y, adentro, profundamente dormido: el Justo.
Elisa Cloe RIBEIRO - (seudónimo: Chola) - TANDIL - Argentina
MENCIONES:
(1) Siete cigüeñas
A mi hija Rebeca,
que nació
mientras siete cigüeñas
surcaban su cielo.
Aquella mañana
comenzó en el bosque como cualquier otra,
sin que nadie
pudiera imaginar el incierto y temible destino que aguardaba.
Era un bosque inmenso, que abarcaba todo el valle y que se perdía en
el
horizonte. Había muchos grandes árboles y, entre ellos, se abrían
algunas
praderas que estaban cubiertas de hierbas y flores. En su parte más
profunda
y umbrosa discurría un riachuelo de aguas cantarinas, que tenía
las orillas
cubiertas de juncos y lirios. Allí vivían tranquilos y confiados
muchos
animales.
Pero esa apacible calma se rompió al atardecer, trastocando todo de
un modo
definitivo. De improviso, el cielo se cubrió con nubes densas y negras,
tan
oscuras como nunca se habían visto, tan amenazadoras como nadie había
imaginado. Comenzó a llover con fuerza; la lluvia prosiguió durante
días,
durante semanas, durante meses. No se volvió a ver el sol. Todo fue
quedando
cubierto por las aguas. Los alimentos se estaban agotando para muchos
animales y la tristeza fue convirtiéndose en desesperación.
El fin del bosque parecía próximo aquella tarde en la que todos
los animales
se reunieron en consejo debajo de las ramas del gran roble. Casi todos
estaban asustados, hambrientos y resfriados. Algunos proponían huir,
escapar
lo más lejos posible.si las fuerzas y las riadas se lo permitían.
Otros
querían despejar el cielo, pero no sabían cómo; algunos
ni siquiera podían
volar, otros apenas tenían ya fuerzas. Después de mucho opinar
y debatir
parecía que todo estaba perdido, así que casi nadie prestó atención
a la
propuesta que hizo un pequeño grupo de cigüeñas blancas.
Ellas sí podían
volar, tenían un pico largo y fuerte y. lo más importante. ya
tenían
elaborado un plan. Claro que no habían podido explicarlo, porque de
improviso unos grandes truenos pusieron el punto final a la reunión
y cada
uno huyó despavorido a refugiarse en su cueva, en su nido o en su agujero,
aunque eran muy pocos los que permanecían todavía secos.
En cualquier caso, las cigüeñas decidieron intentarlo. Sabían
que tenían
pocas posibilidades, pero todas eran valientes y generosas, confiaban en sus
fuerzas y creían en la suerte.
Así que a la mañana siguiente alzaron el vuelo y se perdieron
de vista hacia
el sur. Volaron sin cesar durante muchas horas, atravesando montañas,
ríos y
desiertos. Algunos dicen que incluso cruzaron el mar y que tuvieron que
enfrentarse a un terrible huracán. Lo cierto es que hicieron un viaje
muy
largo y muy peligroso, y en él tuvieron que vencer no pocas adversidades.
Pero poco a poco, gracias a un buen trabajo en equipo, fueron cumpliendo con
todo lo que tenían previsto.
Regresaron al bosque a mediodía, más o menos una semana después
de su
partida. Apenas se distinguía que cada una llevaba algo prendido en
su pico.
Llegaron exhaustas y algunos vieron cómo se posaban, reponiendo fuerzas,
sobre las copas de los grandes castaños. La voz se corrió muy
deprisa y
muchos animales acudieron cuando comenzaron a maniobrar. Allí estaban
dando
á nimos los petirrojos, las ardillas, los arrendajos, los lirones, las
garzas, los conejos, los ruiseñores, los ciervos y hasta sus primas
las
cigüeñas negras.
Primero ascendieron lentamente en amplios círculos, bajo una llovizna
que
por suerte era débil. Luego se repartieron entre las nubes, que por
momentos
las ocultaban completamente en el interior de su oscuridad. Después
maniobraron afanosas, sujetando cada nube a una de las largas y coloridas
cintas que habían transportado. Finalmente tensaron todas cintas al
unísono
y comenzaron a batir las alas con gran potencia. Hubo un largo silencio y
todos en el bosque contuvieron la respiración. Algunas de las cigüeñas
estaban a punto de desfallecer. pero nada. ¡las nubes no se movían
lo más
mínimo! Pasaron unos instantes de incertidumbre. y las masas nubosas
negruzcas y malhumoradas comenzaron por fin a desplazarse. Las cigüeñas
renovaron sus esfuerzos. ¡ya se veía un pedazo de cielo azul!
Las maniobras
eran muy lentas y complicadas, pero la tenacidad de las cigüeñas
estaba
ganando la partida.
Por fin ocurrió algo milagroso. Las nubes se retiraron arrastradas por
las
cintas que guiaban con fuerza las cigüeñas. El sol resurgió con
unos rayos
dorados, con una calidez que parecían venir de muy lejos. Y en ese preciso
momento las cigüeñas, que eran siete, soltaron acompasadamente
sus cintas,
que fueron cayendo mientras trazaban un gran arco con el fulgor mágico
de
muchos colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta.
Y todavía hoy, en algunas ocasiones, se repite el milagro. Justo cuando
va a
cesar la lluvia, bajo unos tímidos rayos de sol, a veces podemos ver
las
coloridas cintas que descienden en una alegre cascada. Si nos fijamos
atentamente, descubriremos en algún punto del cielo un pequeño
grupo de
siete cigüeñas que, muy fatigadas pero alegres, descienden después
de haber
cumplido, una vez más, su importante tarea.
Emilio OLMOS HERGUEDAS- (seudónimo: Volodia) - VALLADOLID - España
(2) La guerra de
los animales
LA GUERRA DE LOS ANIMALES
En una tosca madriguera, entre las raíces de un viejo arbusto, y no
lejos de
la orilla del lago vivía un zorro. Astuto y silencioso como todos los
de su
especie, y ya rico en muchos años de experiencia: nunca se supo su nombre,
pero Don Sabio lo llamaban en el bosque. Cuando entre los animales surgía
algún pleito, lo consultaban y generalmente quedaban satisfechos por
sus
consejos.
" Don Sabio, ayúdeme, el águila se come a todos mis polluelos" le
pidió
llorando Doña Pata de Anteojos. El zorro buscó a la poderosa águila
que
anidaba en el árbol más alto de todos, y al que le quedaban unas
pocas ramas
en la parte superior, en forma de candelabro. "¿Qué he de
hacer, Don Sabio?
Yo también tengo hijos, que pían de hambre" le dijo mostrándole
a los dos
aguiluchos grises, con el pico siempre abierto en espera de comida. "Si
te
comes a todos los patitos, ya no habrá más, y tú y tus
hijos morirán. Deja
que la mitad viva, para que todas las especies sigan poblando este viejo
bosque". "Así será, Don Sabio", contestó la
gran ave, bajando la orgullosa
cabeza en señal de respeto.
" Don Sabio, los castores derriban los árboles donde mis ancestros
viven
desde el principio de los tiempos" le dijo el Pájaro Carpintero,
con su
cresta rojo fuego temblando de indignación. El astuto zorro bajó a
la orilla
del lago, donde el dique de troncos atrapaba la corriente de agua: "Señores
castores: no dañen a los árboles más antiguos, que son
la casa de miles de
pequeñas criaturas. Sólo corten a los más enfermos y débiles,
para que el
bosque crezca fuerte y saludable, y todos disfrutemos de una larga vida
aquí" "Sí, Don Sabio, así lo haremos" contestaron
a coro los laboriosos
castores, y se fueron meneando su redondeada cola.
"¡ Aconséjeme, Don Sabio! Soy el pudú, el más
pequeño de los ciervos del
mundo." "¿En qué puedo ayudarte?" "Los ciervos
colorados se burlan de mí
porque soy bajito y no me dejan en paz con sus bromas incesantes." El
zorro
reunió a los ciervos y les dijo: "Hay belleza y sabiduría
también en lo
pequeño, como en una flor o en un insecto. Ustedes, los ciervos, deben
estar
unidos, sean altos o bajos, ya que forman una gran familia. aunque ustedes
tengan grandes cuernos y patas esbeltas, pudú se esconde mejor en la
espesura y tiene un olfato más fino." "Lo lamentamos mucho,
Don Sabio, la
gran familia de los ciervos no volverá estar separada de aquí en
más",
contestó un gran macho de pelaje rojo, hablando en nombre de todos,
y luego
desaparecieron entre la espesa vegetación de la que parecían
formar parte.
Así pasaron los años, y los árboles cambiaron una y otra
vez sus colores,
entre el verde, el amarillo y el cobrizo mientras las familias de los
picaflores y las ardillas de cola peluda llevaban polen y semillas de uno a
otro lugar del bosque.
Una tarde, se escuchó una gran conmoción en la frontera norte,
un ruido y un
olor nuevos, como de volcanes y de truenos que avanzaran derribándolo
todo.
Los animales corrieron a la guarida del viejo zorro, y le contaron lo que
sabían: "Son monstruos grandes, manejados por muchas hormigas
pequeñitas" -dijo el águila poderosa, que los había
espiado desde una gran
altura. "La tierra vibra a su paso como en una estampida de ciervos
gigantes"- se quejó pudú, quien se había acercado
sin ser escuchado.
" Huelen a destrucción y a muerte"- concluyó la comadreja,
que los había
sentido con su fino olfato desde lo alto de un árbol.
" Son los hombres y las máquinas de los hombres. - sentenció Don
Sabio. -
Ahora, sólo hay dos caminos: luchar, o escapar del bosque. Si luchamos,
debemos estar todos unidos, y quizás aún así nos venzan".
Por un momento hubo un gran revuelo en la orilla del lago: Chirridos y
rugidos y graznidos de todo tipo, luego, la voz de un enorme puma se impuso
sobre las otras: "Nosotros, los felinos, lucharemos aunque estemos solos.
No
les tememos, pues tenemos afiladas garras y colmillos punzantes".
" Gran Rey de los gatos, ellos tienen armas y jaulas que vencerían
a los
tuyos en poco tiempo. No, si vamos a emprender esta guerra, deberemos pelear
todos unidos", replicó el zorro, mirando a cada uno con seriedad.
Se adelantó una nutria fuerte y lustrosa, en representación de
los animales
del lago y sus orillas, los peces, insectos y ranas: "Para nosotros no
hay
huída posible: el agua es nuestra vida y de ella dependemos. No habrá
escapes ni migraciones, y hace tiempo sentimos que está cambiando y
se hace
menos pura, como si estuviese enferma. Pelearemos."
Un zorrino negro y blanco se acercó, balanceando la cola, lo que causó el
temor entre los animales más cercanos, pero él dijo: "Hablo
en nombre de los
fugitivos del bosque profundo, de los que cazan de noche y de los que no son
vistos: hurones, comadrejas, topos, ratones y murciélagos. Cuenten con
nosotros, al menos yo les aseguro que no se irán sin una buena dosis
de mi
perfume".
" También iremos las águilas, aunque las otras aves no quieran" -exclamó una
rapaz, bajo el abucheo de patos y bandurrias, "¡No nos vamos a quedar
con el
pico entre las alas! -chilló un picaflor- ¡Palomas, gorriones,
martines
pescadores, y lechuzas: ni una sola ave se quedará en el nido, somos
muchas
y más valientes para defender a nuestros hijos de lo que estos invasores
creen!
La reunión se prolongó hasta el amanecer: un sol rojo nacía
entre los
á rboles, mientras las sombras se retiraban tras las montañas.
La guerra
había comenzado, y el Ejército del Bosque, capitaneado por Don
Sabio se
desplazaba silencioso, trepando, volando o reptando; cada soldado tomó su
lugar listo para atacar en cuanto fuera necesario.
Los hombres despertaron con la caída de las carpas sobre sus cabezas:
los
ratones habían roído los hilos (y también las correas
de los camiones y
tractores, como descubrirían más tarde). Barbudos y ojerosos,
salieron de la
maraña de toldos a la luz del día para ser atacados por mosquitos,
tábanos,
abejas y avispas gigantescas que los picaban sin piedad. Fueron reuniéndose
en la carpa comedor, donde el cocinero no se explicaba qué había
pasado con
los paquetes de comida: habían desaparecido, y en el medio de la carpa
había
un ancho boquete por el que los ladrones se habían fugado con los alimentos
y las cacerolas.
Los hombres arreglaron algunos camiones y regresaron al pueblo; pero los
animales no se engañaban, pronto volverían.
Dos días después una nueva cuadrilla de topadoras bajó por
el camino
abierto entre los árboles. De pronto, un furioso escuadrón de
palomas los
roció desde las ramas, mientras rapaces y carpinteros los picoteaban
y les
desgarraban las ropas. El capataz no hubiera creído lo que veía
(tres
zorrinos subían a su impecable camioneta 4x4) si olor que sintió luego
no
hubiera sido una prueba más que indudable. ordenó la retirada
inmediata,
mientras las palomas realizaban una nueva descarga y las lechuzas hacían
vuelos rasantes a plena luz del día.
La siguiente cuadrilla tenía más hombres: el Gerente de Producción
de la
Compañía no entendía por qué un trabajo tan sencillo
se estaba demorando de
esa forma, y él mismo quería ver cómo lo hacían.
Esta vez les costó más
llegar al área del campamento: decenas de árboles estaban cruzados
sobre el
camino, y otros caían sobre las camionetas que pasaban. Los castores
palmearon sus colas (como cada vez que hacen un buen trabajo) y volvieron a
la casa del lago.
Todo lo que había quedado del primer asentamiento estaba perdido o
inutilizable: hurones y zorrinos no habían estado inactivos. Mientras
colocaban las nuevas tiendas, los crujidos y quejidos del bosque comenzaron
a asustarlos. Los búhos ululaban, un zorro aullaba más allá,
y de pronto.
una gran estampida de ciervos cruzó el campamento atropellando todo
a su
paso: ciervos colorados, huemules y hasta una docena de pequeños pudúes
pisoteó hasta el último bolso.
"¡ Todos los hombres a las topadoras! ¡Hasta llegar al lago! ¡Vamos
a arrasar
este bosque!"-chilló el Gerente, con una voz más aguda de
la que hubiera
deseado. Pero las máquinas no arrancaban: cables, mangueras y tanques
habían
sido agujereados y mordidos. Y desde la profundidad del monte se oían
rugidos de felinos, cada vez más cerca, y nadie se quedó a verlos
llegar,
salvo el Gerente, que creía que todo era una broma para la tele, o el
complot de una compañía rival. hasta que los vio aparecer, majestuosos
y en
silencio lo rodearon los grandes pumas, y en el medio un zorro de cola
amarillenta, muy viejo y de ojos profundos. El Gerente creyó ver en
esos
ojos la amenaza y el perdón, y aunque estaba asustado pudo salir corriendo
sin que nadie lo siguiera, excepto una compañía de picaflores
que lo expulsó
más allá del bosque mientras los loros se reían entre
las ramas.
Mientras tanto, los periodistas supieron (de qué cosa no se enteran.)
de la
rebelión del bosque contra los hombres y mandaron reporteros y camarógrafos
que sólo escucharon y filmaron ranas croando, bandurrias llamando con
su voz
de trompeta y a un plácido zorro tomando el sol junto a su madriguera.
También llegaron los ecologistas con sus carteles, las maestras con
sus
alumnos y una pareja de ancianos que con su casa rodante recorrían el
mundo.
Nadie vio un solo animal agresivo pero todos notaron la belleza de los
á rboles, los trinos de las aves y los colores de las mariposas.
Juntaron firmas y las llevaron al Gobernador, que fue a visitar el lugar del
que tanto se hablaba con sus cuatro hijos, su señora y una suegra gruñona.
Al volver a su oficina, el Gobernador se citó con el Gerente, y poco
después
la Compañía cedía el terreno para convertirlo en Parque
Provincial.
Don Sabio continúa viviendo en su madriguera, entre las raíces
de un
arbusto, pero a menudo se lo ve en la zona de acampe: donde antes hubo
topadoras las familias se reúnen a comer y los niños observan
maravillados a
las aves. En un árbol alto y abierto como un candelabro, un águila
vigila
desde el lago hasta el horizonte y recuerda la Gran Batalla de los Animales,
ganada sin derramar una sola gota de sangre. (¡¡¡Bueno, si
no contamos la
chupada por los mosquitos, claro!!!) Y porque tarde o temprano, todo cuento
debe concluir este es el
FIN
Claudia Viviana PERREÑO - (seudónimo: Alteo) - MARTÍN
CORONADO - Argentina |