La realidad onírica de Lewis Carroll
Víctor Montoya
“
Alicia en el país de las maravillas”, sin lugar
a dudas, es una de las obras fantásticas del siglo
XIX, no sólo por su brillante prosa análoga
a la poesía, sino también porque echó por
tierra la literatura didáctica y moralista de su época,
para dar paso a la imaginación y la alegría
sobre la base de una lógica que no es una realidad
sino un sueño dirigido. En esta obra, como en las
historias de brujas, hechiceros, fantasmas o hadas, se ensamblan
la realidad y la fantasía con todo el fulgor de su
belleza.
Lewis Carroll contó una historia cuyo personaje vive
aventuras fantásticas a partir de la realidad. Alicia,
la protagonista, es una niña semejante a las niñas
reales, pero que en la historia, narrada por el autor, vive
situaciones absolutamente fantásticas. Es conocido
también que Carroll, cuyo verdadero nombre era Charles
Lutwidge Dodgson (Daresbury 1832-Guildford 1898), en el proceso
de elaboración de su obra se inspiró en la
niña Alicia Pleasarce Liddell, segunda hija del Dr.
Henry Liddell, rector del Christ Church College de Oxford,
donde Carroll desempeñó la cátedra de
matemáticas y lógica.
Cuando los niños comprobaron que el joven profesor
tenía una gran sensibilidad humana y un real interés
por ellos, acabaron aceptándolo como un compañero
más en sus juegos, mientras sus detractores, años
más tarde, dirían que Carroll era un “domesticador
de serpientes y sapos; prestidigitador; editor, siendo niño,
de revistas manuscritas para niños; zurdo (según
algunos testimonios), tartamudo, bello, sordo de un oído;
inventor de cajas de sorpresas, de rompecabezas, de aparatos
inútiles; insomne; entusiasta de las bicicletas en
su juventud y de los triciclos en su madurez; creador de
juegos de palabras incluso en idiomas que no conocía,
como cuando dijo ‘I am fond of Children (except boys)’,
que en inglés no es un juego de palabras, pero sí en
castellano: ‘Me gustan los niños, a excepción
de los niños” (Deaño, A., 1984, p. 8).
Carroll se dedicó a las tiras cómicas desde
muy joven. Colaboró en la revista “The Train” y “The
Cómic Times”, cuyo redactor sólo publicaba
colaboraciones firmadas por el autor. De modo que Charles
Lutwidge Dodgson, jugando con las letras de su nombre, llegó a
la conclusión de adoptar el seudónimo de Lewis
Carroll (Lutwidge = Ludonic = Luuis = Lewis y Charles = Carolus
= Carroll), para así evitar que su producción
enteramente científica se minimizara con su producción
enteramente literaria.
Este ser solitario, quien jamás se atrevió al
amor en serio, se dedicó a los niños desde
el día en que le tendieron un cerco en uno de los
corredores de la escuela y no lo dejaron pasar, hasta arrancarle
una sonrisa y una tierna amistad que perduraría para
siempre. A partir de entonces, cuando le solicitaban un cuento, él
les complacía mientras trazaba figuras y siluetas
sobre un papel.
Nadie sabe si su talento de narrador
se hubiese plasmado en letras de no haber sido aquella
tarde “soleada y
gloriosa” (según los meteorólogos “fría
y lluviosa”), de un 4 de julio de 1862, en que salió a
dar un paseo en barca por el río Isis, acompañado
de Alicia Liddell y sus hermanas. Fue allí donde nació espontáneamente “Alicia
en el país de las maravillas”, de la libertad
de la fantasía que desbordaba toda lógica y
de una narración improvisada ante la exigencia de
las niñas ávidas de cuentos. Anécdota
a la que se refirió en el poema-prólogo del
libro:
“En la cálida tarde de este día
la barca se desliza lentamente,
y es muy grato dejar vagar la mente
por el reino de la fantasía.
Un cuento que pedís, niños amados,
y os voy a complacer. Quedad callados
y oiréis de mis labios el relato.
Largo será, mas, ¿no es cierto que el rato
en que vagáis por mundos de quimera
es cuando más felices os sentís?
Y yo me vuelvo niño al atenderos
huyendo de la vida verdadera.
Un hermoso país desconocido
os voy a presentar.
Nada de cuanto explico ha sucedido,
pero os hará gozar” ( Carroll, L., 1978, p.
1).
Muy pronto, el cuento narrado por Carroll
en el bote tomó forma
de manuscrito, con ilustraciones nacidas de su puño,
entre julio de 1862 y febrero de 1865, convencido de que
un libro sin diálogos ni imágenes era un mamotreto
que pesaba demasiado en las manos de un niño, o como
bien dice la protagonista en el primer capítulo: “¿De
qué sirve un libro que no tenga diálogos ni
grabados?...” (Carroll, L., 1978, p. 3)
En noviembre de 1864, el manuscrito
llegó a manos
de Alicia Liddell, como regalo de Navidad y en memoria al
día de verano en que pasearon felices en el bote,
surcando las aguas del río Isis. Carroll, por su parte,
siguió corrigiendo el manuscrito hasta darle una forma
definitiva y publicarlo en 1865, con el título de “Alicia
Adventurs in Wonderland” (Alicia en el país
de las maravillas), junto con las ilustraciones de John Tenniel,
quien se basó en los dibujos originales de Carroll.
A partir de entonces, y sin que lo sospechara el autor,“Alicia
en el país de las maravillas” se perpetuó como
una de las obras inmortales de la literatura universal.
“Alicia en el país de las maravillas” es
una puerta abierta a la libertad y la fantasía, cuya
importancia estriba en divertir y entretener a los niños.
Toda la obra es un acto onírico del cual se vale Carroll
para criticar los textos pedagógicos de su época,
como lo hizo Rousseau a través de su “Emilio”.
Carroll ironizó a la monarquía y aristocracia,
tal vez: “Al igual que en el Quijote, Cervantes nos
muestra a su inolvidable hidalgo supuestamente loco, lo cual
le permite poner en sus palabras y sus acciones grandes verdades
que ni la conciencia puritana católica ni la censura
de la época podían condenar” (Elizagaray,
M-O., 1976, p. 79). Claro está, sin que por esto se
justifique su desinterés absoluto por los problemas
de las clases desposeídas, ya que según su
propio criterio: “primero era inglés y después
conservador”.
El cuento se inicia cuando Alicia está a punto de
quedarse dormida, sin que consiguiera agradarle el libro
que leía, junto a su hermana y debajo de la copa de
un árbol. De súbito, oye una voz: “¡Oh!,
señor!, va a llegar tarde!” Alicia abre los
ojos y ve un conejo blanco llevando un reloj en el chaleco,
guantes de cabritilla en una mano y un abanico grande en
la otra. Alicia, que jamás había visto a un
conejo que habla y viste como los humanos, le sigue hasta
su madriguera, donde se hunde tan bruscamente que va a dar
sobre un montón de ramas y hojas secas. Sumergida
en aquel mundo subterráneo y alucinante, sólo
concebido por el sueño o la fantasía, se dice
a sí misma: “Cuando yo leía cuentos de
hadas, estaba segura de que aquellas cosas no sucedían
nunca en la vida real y, por el contrario, aquí estoy,
como si fuera la protagonista de un cuento. Cuando sea mayor,
yo misma lo escribiré” (Carroll, L., 1978, p.
30).
La madriguera estaba hecha de magia,
pues mientras Alicia bebía el contenido de una botellita, cuya etiqueta
tenía la palabra: “bébeme”, decrecía
tanto que podía desaparecer como la llama de una vela.
Cuando comía un pastel, cuya etiqueta tenía
la palabra: “cómeme”, podía crecer
hasta alargarse como el mayor telescopio del mundo. Si lloraba
se formaba un estanque que llegaba hasta la mitad del salón,
y si de pronto se empequeñecía, podía
ahogarse en su propio llanto. En ese mundo lleno de animales
y naipes dotados de voz humana, cuando Alicia probó un
hongo, el hongo le hizo crecer el cuello hasta que una ave,
empollando en su nido, la confundió con una víbora.
Carroll descargaba su tensión en el mundo de los
sueños y jugaba con las dimensiones de sus figuras,
inspirado en sus conocimientos de matemáticas y lógica,
lo que no impedía que fuesen una magia para los niños.
Otro elemento lúdico manejado con maestría
es el lenguaje, un lenguaje que relativiza incluso los aspectos
más sólidos de la realidad, escamoteados por
medio de sinónimos, homónimos, seudónimos,
curiosidades y paradojas científicas; un juego lingüístico
que lo sitúa entre los precursores del dadaísmo
y el surrealismo.
A pesar de todo, el gran valor de Carroll
estriba en que de este cuento no quiso hacer un manual
de historia ni zoología,
sino, simple y llanamente, un juego para recrear y divertir
a los niños. En concreto, quiso construir un mundo
imaginario con palabras, donde se confundieran la realidad
y la fantasía, y donde se diera un contraste entre
la verdad del lector y la de Alicia.
En el segundo cuento, “Alicia a través del
espejo” (1871), Carroll inventó un país
imaginario, en el que todo se ve al revés. Después
soñó con Alicia Linddell, su pequeña
musa y amiga, quien le cautivó el corazón y
lo inspiró a crear ese mundo mágico lejos de
la lógica y la razón, pero ya no en verano,
sino en invierno: Alicia, la niña de sonrisa dulce
y mirada inocente, quien jugaba con sus gatas entre madejas
de lana, se sumerge súbitamente en un sueño
maravilloso, en tanto los copos de nieve caían en
una danza monótona y las brasas crepitaban en el fogón.
En eso, un problema imprevisto requiere solución.
Ella se incorpora del sillón, salta al patio a través
del espejo y se interna en un bosque, donde corre por un
senderillo cubierto de flores hasta llegar a un monte, desde
cuya cima contempla a sus pies una extensa pampa, cruzada
por arroyos que, en el mundo fantástico del cuento,
son los escaques de un gigante tablero de ajedrez.
Carroll, en el primer cuento, introduce
un juego de naipes, donde las figuras principales son la
dama, el rey y el peón;
mientras en el segundo, la estructura gira en torno a un
juego de ajedrez y Alicia es una de las piezas claves. Como
dijo Jorge Luis Borges: “Alicia sueña con el
rey rojo, que está soñándola y alguien
le advierte que si el rey se despierta ella se apagará como
una vela, porque no es más que un sueño el
rey que ella está soñando, los dos sueños
de Alicia bordean la pesadilla (...) A primera vista, las
aventuras de Alicia parecen irresponsables o casi arbitrarias;
luego comprobamos que encierra el secreto rigor del ajedrez
y de la baraja, el más inolvidable es el adiós
del caballero blanco, quizá el caballo está conmovido,
porque no ignora que él también es un sueño
de Alicia, como Alicia fue el sueño del rey rojo,
que está a punto de esfumarse. El caballero es el
propio Carroll que se despierta de los queridos sueños
que poblaron su soledad” ( Borges, J-L., 1986, p. 11).
En ambos libros, el estilo es ágil, breve y exento
de redundancia y ripio. Su lenguaje es poético y bello,
y como todo buen escritor para niños, coloca al lector
rápidamente en contacto con los personajes y las situaciones,
hasta que Alicia -su personaje y amiga- despierta de sus
sueños que la tienen transportada en el país
de las maravillas, creadas por la chispeante imaginación
de quien, además de haber escrito el libro más
fantástico de la literatura infantil, rompió formalmente
con la literatura convencional, con la moraleja de las fábulas
y el realismo puro del romanticismo.
Bibliografía
-Borgues, Jorge Luis: El sueño de Lewis Carroll,
Ed. El País, Madrid, 19 de febrero 1986.
-Carroll, Lewis: Alicia en el país
de las maravillas, Ed. Bruguera, Barcelona, 1978.
-Deaño, Alfredo: Prólogo a Lewis Carroll:
El juego de la lógica, Ed. Alianza, Madrid, 1984.
-Elizagaray, Marina Alga: El poder de
la literatura infantil para niños y jóvenes,
Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1976.
Agradecemos
mucho este enteresante informe realizado por el escritor
Víctor Montoya
que amablemente colabora con Leemeuncuento.com.ar