Tal como su nombre
lo indica Mariquita Puramancha era una mariquita,
o como muchos le dicen una Vaquita
de San Antonio. Nuestra Mariquita era una señorita
muy coqueta y avispada, le encantaba lucir su rojo
caparazón adornado con negros lunares por todo
el pueblo, también usaba un sombrerito redondo
de paja, adornado con una flor, que según ella
misma, la hacia ver mucho más elegante. Como
todos los vecinos de la Aldea Siempre Feliz, Mariquita
era buena y colaboradora con todos, siempre dispuesta
a ayudar en lo que fuera necesario, sin embargo tenía
una gran defecto, a Mariquita le gustaba mucho el chisme.
Un Día, se corrió en el pueblo la voz
de que un nuevo vecino pronto se trasladaría
a la comunidad. Sí, alguien misterioso había
comprado la gran casa de la colina, una casa grande
que había pertenecido hacía mucho tiempo
ya, a una pareja de ratoncitos recién casados,
pero que pronto debieron dejarla porque el número
de hijos aumentó tanto que se mudaron a otra
ciudad más grande. Por supuesto Mariquita fue
de las primeras en enterarse de la noticia y también
fue la primera en difundirla. Tal como lo ameritaba
la ocasión, lustró su caparazón,
se calzó su sombrero redondo, en el que lucía
una flor fresca recién cortada de su jardín,
levantó su bolso y salió a visitar a
sus vecinas.
-¿Cómo le va Mamá Caracol? Hace
mucho que no la veía y decidí pasar a
tomar un tecito. Si no le importa claro.-
-Por supuesto que no Mariquita, adelante-
-...¿Sabía usted que se vendió la
casa grande? Sí, no se sabe bien quien la compró,
pero imagínese usted, debe ser alguien de mucho
dinero porque no creo que haya sido muy barata...-
Y así fue visitando una por una a las vecinas
de la aldea. Al final de la tarde Mariquita ya había
tomado como quince tazas de té, todas en distintas
casas.
Pasaron varios días sin que hubieran novedades
sobre el nuevo vecino, y Mariquita, como toda chismosa,
no daba más de la ansiedad por enterarse de
algo nuevo. Pronto comenzó a dejar volar su
imaginación.
-¿Será otra familia de ratones? No,
no creo, seguro la casa pronto les quedaría
chica, como le pasó a la familia Colalarga.-
pensaba sola en su casa mientras se paseaba de un sitio
a otro de la cocina. -Seguro es alguno de la corte
del Rey, claro ¿quién sino compraría
una casa tan grande? Ya me veo en un baile de gala
en esos magníficos salones. Voy a tener que
comprarme un sombrero nuevo...
Y así siguió Mariquita durante toda
una semana, pensando y pensando quién podría
ser el nuevo vecino. Claro está que la versión
del Noble y los bailes de salón fue la que más
la convenció. Tanto que pronto comenzó a
visitar a las vecinas contándoles esta historia
que había creado en su imaginación como
si fuera cierta.
Una mañana se armó gran alboroto en
el pueblo, durante la noche todos habían escuchado
ruidos extraños. Es que en la noche anterior
había sido la mudanza del nuevo vecino. Mariquita
estaba mas alborotada que nunca y con su ansiedad estaba
contagiando a todos. Raul Tortuguín habló así al
pueblo.
- ¡Queridos Vecinos! Todos sabemos que mudarse
de casa es trabajoso y cansador, y más cansador
aun es poner la nueva casa en orden. Por todo esto
les pido prudencia y respeto, dejemos que el nuevo
vecino esté bien instalado y descansado antes
de ir a molestarlo con nuestra presencia. Además
estoy seguro de que cuando él esté listo
vendrá a presentarse por si solo.-
Los vecinos entendieron
las razones que les habían
explicado y decidieron tener paciencia.¡Pero
paciencia era mucho pedir para Mariquita!
Después de esperar un día, la ansiedad
se hizo insoportable para nuestra amiga Puramancha
y decidió que una sola visita no le afectaría
al nuevo vecino. Se pulió el caparazón,
se puso un sombrero igual al que tenía pero
nuevo, agarró su bolso y se dirigió a
la gran casa de la colina. ¿Sería un
conde? ¿Tal vez un príncipe? Y encerrada
en sus pensamientos fue caminando hasta la cerca del
caserón.
Arreglándose el sombrero hizo sonar la campanilla
y esperó con su mejor sonrisa. Al cabo de unos
minutos al ver que no tenía respuesta, tocó de
nuevo la campana con mas fuerza y otra vez se puso
en pose. Pero siguió sin tener respuesta.
¡Ah No! No había llegado hasta allí para
irse sin ninguna noticia, así que decidió intentar
por el lado de atrás. Dió vuelta a la
casa y cuando llegó a la parte de atrás: ¡HORROR!
Ese par de patas engrasadas que asomaban por la puerta
no podían pertenecer a un príncipe, y
el otro par de patas sucias y llenas de cayos que se
veían por la ventana no eran de ningún
conde, y los sonidos extraños: Rmmm, tric-trac,
pom pom, paw paw...¿Quién hacía
esos ruidos? O lo que es peor ¿quiénes?
Porque una sola persona no podía hacer tantos
ruidos juntos... Nada de música clásica,
nada de príncipe amable, esto era TERRIBLE.
Mariquita bajó la colina corriendo tan rápido
como podía, a veces hasta hacia unos cortos
vuelos aun a riesgo de ensuciarse las alitas. Cuando
llegó a la plaza de la aldea casi no tenía
aire y estaba tan agitada que no podía ni hablar.
- ¿Qué pasa Mariquita?- preguntó Griselda
Libélula que se encontraba por allí haciendo
sus compras.
- ¡Esto es Terriiiiiiiiiiiiible! – contestó la
Señorita Puramancha en un ahogo.
- ¡Cuénteme por favor!- la apuró Griselda.
Para ese entonces varias personas se habían
reunido en torno a ellas
- El nuevo vecino, no es un conde ni un príncipe,
yo fui a su casa y además de maleducado y descortés
por no querer abrirme la puerta delantera, es un monstruo
sucio que emite unos ruidos extrañísimos.
Lo que es mas aun creo que no se trata de uno solo,
sino de varios, vi uno en la puerta y otro en la ventana...-
- Pero dígame Srta. Puramancha ¿qué aspecto
tenían?
- La verdad no pude verlos bien, sólo puedo
decirles que uno tenía las patas llenas de grasa
y otro de ellos las tenía totalmente sucias
y con callos. Obviamente ninguna persona de la nobleza
tendría las patas con callos...
Llegó entonces Raul Tortuguín y retó fuertemente
a Mariquita.
- ¡Acaso no dije que dejaran a nuestro nuevo
vecino tranquilo! Y Srta. Puramancha deje de inventar
tantas cosas, yo le vendí esa casa y le aseguro
que no estamos tratando con ningún monstruo
ni monstruos así que por favor no diga más
pavadas. Vaya a su casa y mañana visitaremos
todos juntos a nuestro nuevo vecino. Es mas vayan todos
a sus casas a preparar pasteles para llevarle de regalo
y sean más amables que nunca.-
Diciendo esto pegó la media vuelta y se fue caminando lo más
rápido que pudo. (claro rápido para ser una tortuga)
Al otro día, los vecinos se encontraron en
la plaza del pueblo para ir todos juntos a visitar
al nuevo y misterioso personaje. Mariquita por supuesto
estaba entre las primeras de la fila, con el ceño
fruncido y cara de pocos amigos, pero incapaz de perderse
tamaña novedad. Cuando estuvieron todos, emprendieron
juntos la caminata hasta la casa de la colina con Raul
Tortuguín a la cabeza y Mariquita marchando
en segundo lugar. Cuando se acercaron lo suficiente
pudieron ver que la casa estaba recién pintada
y la campana que hacia de timbre bien pulida, Raul
Tortuguín fue el encargado de hacerla sonar.
Enseguida se abrió la puerta principal y mientras
todos estiraban sus cuellos o antenas para poder ver
mejor, Mariquita se hizo chiquita y se escondió detrás
del caparazón del Sr. Tortuguín.
- ¡Buen día! ¡Bienvenidos amigos!-
exclamó una voz finita y de timbre metálico
pero muy amable.
- Buen día Sr. Ciempiés. Vecinos, les
presento al nuevo integrante de nuestra comunidad:
Andrés Ciempiés.-
- ¡¿Cómo?! ¿Un ciempiés? –exclamó Mariquita
apareciendo detrás de Rauln Tortuguín
con un salto.
- Si hermosa señorita, soy un cienpies y la
invito a Ud. Y a sus amigos a pasar al gran salón-
Mariquita no podía salir de su asombro pero
como lo imponían las reglas de cortesía
hizo una pequeña reverencia y se aprestó a
pasar. En unos instantes el salón estaba lleno
de bichos. La gran mayoría de ellos había
llevado pasteles y Andrés Ciempiés los
estaba ubicando sobre una larga mesa con mantel de
pétalos de floripon (que es una flor grande
y blanca con forma de campana).
- ¡Queridos vecinos!- dijo Andrés una
vez que la mesa estuvo lista.- Quiero presentarme apropiadamente
ante tan distinguidos visitantes. Soy, como ya les
dijo el Sr. Tortuguín, Andrés Ciempiés.
He recorrido muchos lugares del mundo y traje con migo
cosas de todos los sitios en los que estuve. Visité,
la gran ciudad de los humanos, estuve en un laboratorio
en una escuela donde me estudiaron con una lente grande,
me escapé en el maletín de alguien llamado “Profesor
de Biología” (extraño nombre ¿no?)
Vagabundeé por varios Jardines y en la mochila
de un niño volví al Bosque. Visité antes
de venir aquí a su majestad el Rey Augusto I
y con la recompensa que me dió decidí venir
a vivir a este tranquilo lugar. Si no fui a presentarme
antes les ruego me perdonen ya que estaba trabajando
en mi proyecto: Un museo con todas las cosas que traje
de mis viajes y otros artefactos de mi invensión.
Verán desde que llegué estuve trabajando
para dejar todo en orden, limpiando algunas cosas,
engrasando algunos mecanismos, y pintando la casa para
recibirlos como se merecen. Menos mal que tengo muchas
patas y puedo hacer varias cosas al mismo tiempo. Ja
ja ja.- terminó Andrés su discurso
Por primera vez
Mariquita estaba muda, podía
sentir la mirada de reproche de todos los presentes,
y ella que había dicho que se trataba no de
un monstruo, sino de varios y no era mas que un amable
ciempiés que venia a compartir con ellos sus
aventuras y experiencias. Realmente se sentía
muy avergonzada. Sabía que había obrado
mal, pero como en el fondo era un muy buen bicho se
adelantó con los cachetes casi tan colorados
como su caparazón y dijo con valentía.-
- Sr. Ciempiés, quiero disculparme con usted
porque sin conocerlo pensé mal de usted por
varias cosas, por ejemplo por los cayos en sus pies,
ahora entiendo que son el fruto de tanto camino recorrido.
Creo que no merezco estar aquí... – las
ultimas palabras estaban acompañadas de un leve
sollozo.
- Mi querida señorita, no es para tanto, cualquier
malentendido ha quedado salvado ya. Por favor venga
con migo quiero que usted sea la primera en visitar
mi museo.
Y así Mariquita Puramancha encabezó la
procesión para ver el museo en la parte de atrás
de la casa grande de la colina.
Mariquita y Andrés se hicieron grandes amigos
pero lo más importantes Mariquita nunca mas
volvió a hablar de nadie sin estar segura de
que lo que decía era cierto y bueno.
Y así hablado
o contado... este cuento ha terminado.
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