
Plantar un árbol; escribir un libro;
tener un hijo... Dice un proverbio popular que
nadie puede irse de esta vida sin haber concretado
estos tres hechos, pues es así como dejamos
nuestra huella en el planeta a la hora de la
partida.
Cuando pensamos en acciones
en favor del ambiente, surge de inmediato la
idea de plantar árboles.
Las maestras salen a plantar árboles con
sus alumnos. Las campañas ecológicas
se basan en la acción de plantar árboles,
sobre la idea de que los árboles “oxigenan” el
mundo.
Es importante aclarar que
los árboles
liberan oxígeno, pero también lo
consumen, como nosotros, durante la respiración.
Sin entrar en detalles sobre el balance, podríamos
considerar que, en promedio, existe un equilibrio
entre ambos procesos. Por lo tanto, los árboles
no aumentan el nivel de oxígeno en la
atmósfera, ni el Amazonas es “el
pulmón del planeta”, como se cree
habitualmente. Hay otros motivos para no talar
las selvas; pero éstos no tienen nada
que ver con la producción de oxígeno.
Como sostiene el especialista
en educación
Ken Robinson, nuestro gran problema es el sentido
común, porque somos una generación
con una mentalidad lineal, que da por sentadas
muchas cosas que no son ciertas.
Por lo demás, si creemos que plantar
un árbol es una acción positiva, ¿qué decir
de crear un bosque? Parece una idea maravillosa, ¿no
es así? Sin embargo, todo depende de cómo
y dónde se haga. Plantar especies que
no son del lugar, sino que se traen de otros
sitios, puede modificar negativamente el ambiente.
Los árboles nativos han alcanzado un equilibrio
ecológico con el resto de la naturaleza,
y por eso contribuyen a conservar el agua en
el suelo, y a regular su flujo. Pero muchos árboles
exóticos (foráneos), que en algunas
zonas del país han sido introducidos en
reemplazo de las especies nativas (como los pinos
en el centro y sur de Argentina), crecen más
rápido que éstas, y por tanto consumen
más agua, reduciendo en consecuencia la
cantidad de agua almacenada en el suelo. Además,
plantadas en masa, estas especies modifican la
estructura de la flora nativa, que a su vez constituye
el hábitat de la fauna. Y esta alteración
acaba por transformar el ambiente local.
Si en una ciudad no se plantan
las especies adecuadas, los árboles pueden levantar
las construcciones con sus raíces, ensuciar
las veredas con sus hojas y frutos, interferir
con el tendido de los cables de electricidad
y telefonía, y atentar contra la integridad
de obras y personas por el riesgo potencial de
caída de ramas (si las mismas son frágiles,
y ceden a la presión del viento, o de
la nieve en lugares fríos).
Si plantamos varios árboles de una especie
que alcanza gran tamaño, y los distanciamos
menos de unos cuatro metros entre sí,
tarde o temprano tendremos que podarlos, en
el mejor de los casos, o bien eliminar algunos
de ellos, para lograr que los ejemplares restantes
tengan luz suficiente y puedan desarrollarse
en libertad. Y si no los regamos durante los
días siguientes a la plantación,
es probable que se sequen.
Los árboles, en especial cuando conforman
un bosque, regulan el agua de los ríos,
favorecen la disponibilidad de agua durante la
estación seca, reducen el riesgo de inundaciones,
protegen el suelo, fijan dióxido de carbono,
nos dan sombra y nos brindan muchos otros beneficios.
Sin embargo, si antes de plantarlos no reflexionamos
sobre los aspectos mencionados, corremos el riesgo
de tratar a los árboles como simples objetos,
que pueden quitarse y colocarse a voluntad, sin
comprender que en realidad son eslabones de una
amplia y compleja red de procesos ecológicos,
y que respetar esa red es, también, respetar
nuestra propia vida.
JORGE GUASP
MASTER EN GESTIÓN AMBIENTAL
Jorge_guasp@yahoo.com.ar
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