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ANTOÑITO Y EL "SEÑOR APETITO"

En honor a los cuentos que jamás podremos olvidar, digamos otra vez: ¡érase una vez!... en una pequeña ciudad, con sus parques, jardines y escuelas; casas, pisos e iglesias; coches, camiones y autobuses, un niñito de nueve años estaba asomado tras los barrotes de la barandilla de su terraza, en la primera planta de su piso. Miraba embobado el parque de la barriada, hasta que se volvió y entró en la casa para rogar una vez más a su madre:
-¡Venga, mamá, déjame ir con los primos!.
-Te he dicho que estás castigado por no haber comido- respondió la madre desde la cocina.
Después de dar un resoplo, Antoñito contestó:
-¡Todo el día en el colegio y ahora no puedo salir a jugar!- y volvió a resoplar.
-Haber comido- repuso la madre asomándose un instante a la puerta de la cocina.
Antoñito se cruzó de brazos, enfadado. Se dejó caer en el sillón del salón y dio un tercer resoplo. Y es que no le gustaba comer los potajes que su madre le ponía en la mesa cuando llegaba del colegio, al contrario de sus primos, los cuales, incluso en los días en que no tuvieran mucha hambre, hacían un pequeño esfuerzo para comer algo y tener contenta a mamá.
Antoñito apenas comía nada, y su madre siempre acababa dándole las cucharadas hasta que se aburría de él y terminaba por castigarle sin salir al parque.
Los padres estaban muy preocupados. Más preocupados que Antoñito mismo cuando pensaba en los castigos que le podrían caer día tras día.
Al cabo de dos horas llegó el padre del trabajo como todos los días, y dijo, también como todos los días:
-¡Qué tal, Antoñito!. ¿Has comido hoy?.
-¡Hola, papá!. Pues la verdad es que sí.
No engañó a su padre, sin embargo la madre le aclaró:
-¡Porque te he dado yo las cucharadas, listillo!.
Antoñito sonrió diciendo:
-¿Qué más da?.
-Sí que da- decía el padre inclinándose hacia él-. El día que tu madre no te pueda dar de comer, ¿qué?. Sería una vergüenza que te diera de comer cuando seas mayor.
Los padres se miraron y sonrieron.
-No os riáis, porque cuando sea mayor voy a comer solo.
-¡Sí, hombre, con lo poco que consigo darte yo no vas a crecer para hacerte fuerte y mayor!- dijo ella.
-Sí, mira- dijo Antoñito enseñándole los "músculos" de su delgado brazo.
-Estás muy delgadito- le dijo el padre cogiéndole en brazos.
-Ni siquiera comes con las vitaminas que te mandó el médico- también le dijo la madre.
-Bueno, se las mandó hace poco- le decía el papá a la mamá-, así que más adelante seguro que comerás- le dejó de nuevo en el suelo-. ¡A que sí!- terminó por hacerle cosquillas en la barriga.
-¡Sí!- reía Antoñito echándose atrás.
-A ver si es verdad- suspiró ella.
Pero nada. Día tras día seguía igual; todavía le costaba trabajo comer, y los padres le llevaron otra vez al médico. Sin embargo, ni siquiera el médico sabía qué hacer, ya que solamente le podía recetar esas vitaminas, y le decía a los padres que siguieran esperando un poco más.
Entonces, una noche, Antoñito soñó con un plato que le hablaba:
-¡Hola, delgaducho, qué tal!- le dijo.
-¿Quién eres tú, plato?- respondió Antoñito.
-¿No sabes quién soy, delgaducho?.
El plato tenía ojos, nariz y boca, además de dos pies, que no eran otra cosa sino cucharas cuyos mangos completaban las piernas; dos brazos, que no eran más que los mangos de unos tenedores, y dos manos con cuatro dedos, los cuales eran formados por los pinchos de esos tenedores.
-¡No sé quién eres, y no me digas delgaducho, que me llamo Antoñito!.
-Ya sé que te llamas Antoñito, porque yo soy tu apetito. Soy el Señor Apetito.
-¿El Señor Apetito?.
-Eso es, y vengo a preguntarte por que razón eres tan antipático conmigo.
-Pero si te acabo de conocer, ¿cómo voy a ser antipático contigo?.
-Porque no comes. Recuerda que yo soy tu apetito.
-No como porque nunca tengo hambre- se cruzó de brazos Antoñito.
Entonces, el Señor Apetito se subió a los pies de su cama y le dijo:
-¡Pero para comer chucherías sí que tienes hambre!. ¿No?.
-¡Ah, pero las chucherías están buenísimas!.
-Pero no puedes alimentarte solamente de chucherías.
-¿Por qué no?.
-Porque para alimentarse bien hay que comer un poco de todo, y no abusar de nada.
-¡Bah, qué más da cómo nos alimentemos!.
-¿Qué más da?. ¿Entonces por qué tu madre quiere que comas lo que te pone?- se cruzó de brazos esta vez el Señor Apetito.
-Porque los mayores son así- replicó Antoñito colocando la almohada sobre sus piernas y apoyando los codos en ella.
-Pero los mayores son así porque saben que no se debe comer solamente dulces y chucherías- notificó el Señor Apetito, poniéndose en pie.
-¿Y qué pasaría si sólo comiéramos chucherías?.
-¡Pues que acabaríamos muriéndonos!.
-¡Bah, eres muy pesado y exagerado!- exclamó Antoñito sonriente, mientras le arrojaba la almohada encima-. No creo que nos lleguemos a morir por comer siempre chucherías.
-¡No!. ¿Eh?- se escuchaba al Señor Apetito bajo la almohada, haciendo esfuerzos para quitársela de encima-. ¡Muy bien, si eres antipático conmigo, yo también lo seré contigo!- siguió diciendo mientras salía de debajo de la almohada.- ¿Dónde te has metido?. Oh, vamos, levántate de la cama...
Antoñito se hubo escondido tras las mantas para juguetear con el Señor Apetito. Entonces se descubrió de nuevo y dijo:
-¡Estoy aquí!.
Sin embargo él tampoco vio a nadie.
-¿Y dónde te has metido tú?- dijo.
Seguidamente la madre le despertó para ir al colegio, mientras le decía:
-Vamos, levántate de la cama, que te duermes otra vez.
-¡Oh!. Buenos días, mamá- expresó él, comprendiendo que había sido un sueño, mientras bostezaba y se estiraba.
Y así, como todas las tempranas mañanas de lunes, martes, miércoles, jueves y viernes, se levantó con pereza y flojera quedando sentado sobre la cama mientras su madre le preparaba el desayuno. -¿Pero dije los viernes también?. ¡No, las mañanas de los viernes, no!- Recordó que aquel día era viernes, o sea, el último día de la semana, y se espabiló vistiéndose y calzándose los zapatos con entusiasmo, ya que los sábados y domingos no había que ir al colegio.
La madre pensaba anteriormente que él se levantaba con pereza debido a que comía muy poco, pero cada viernes podía ver que no era por eso, sino porque a los niños, normalmente, les cuesta trabajo levantarse para ir al colegio. Sin embargo, Antoñito seguía desayunando muy poco. Siempre dejaba la mitad de los cereales con leche que le ponía su madre en el bol. Y se marchaba con la excusa de siempre:
-¡Me voy ya, que se hace tarde!.
-Hasta luego, Antoñito.
La madre confiaba al menos en el bocadillo que le preparaba para la hora del recreo, y que llevaba en su cartera con los libros. Ella nunca necesitaba preparase un desayuno, ya que terminaba antes desayunando los cereales que dejaba su hijo.
Entonces, en el colegio, durante el tiempo de recreo, Antoñito se sentó en uno de los bancos del patio para comerse el bocadillo junto algunos de sus compañeros y compañeras de clase. Pero cuando se comió la mitad, dijo en voz alta:
-¡Vamos a jugar a algo, que el tiempo en el recreo pasa muy pronto!.
-Espera a que terminemos el bocadillo- dijo un compañero.
-¿Cómo puedes comértelo tan rápido?- le preguntó una compañera, que no se había fijado en que todavía lo tenía en la mano.
-No soy rápido. Lo que pasa es que sólo me como la mitad- respondió Antoñito.
-Ah- entendió la compañera.
Los demás niños se encogieron de hombros mientras Antoñito se acercaba a una papelera y tiraba la mitad del bocadillo. Pero ante su sorpresa, escuchó algunas voces que salían de dentro de esa papelera, hasta que salió de ella, a trancas y barrancas, el pobre Señor Apetito:
-¡Conque sigues siendo antipático conmigo!. ¿No?.
-Perdona, no sabía que estabas ahí dentro.
El Señor Apetito le enseñó el trozo de bocadillo que tiró, y le dijo:
-No te preocupes por haberme dado con él en la cabezota, yo quiero decir que para ser simpático conmigo tienes que comerte el bocadillo entero.
-Pero no tengo más hambre.
-Pero es un bocadillo pequeño.
-¡Qué pesado, no tengo más hambre!- exclamó-. ¿Cómo voy a ser simpático con alguien tan pesado?- terminó diciendo mientras corría a reunirse con sus compañeros.
El Señor Apetito se cayó de nuevo dentro de la papelera con el bocadillo. Después volvió a salir con duros esfuerzos y se dijo a sí mismo:
-Pues nada, tú me has obligado a ser antipático contigo.
Se cruzó de brazos y volvió a caerse dentro de la papelera.
Seguidamente, antes de finalizar la media hora del recreo, Antoñito y algunos de sus compañeros se acercaron al pequeño quiosco del patio para comprar algunos caramelos. Y cuando se fue a meter un caramelo en la boca notó que no podía hacerlo.
-¿Qué pasa?- se decía a sí mismo-. No puedo meterme el caramelo en la boca.
Era como si algo invisible le estuviera sujetando el brazo.
-Déjate de broma, Antoñito- le decían sus compañeros.
-¡Pero es verdad, no puedo!.
-¡Si no tienes ganas de comértelo dámelo a mí, anda- le decía una compañera-, que hoy no traigo ningún dinero!.
Y Antoñito se lo dio.
-Gracias.
-De nada.
Pero se quedo muy extrañado con lo que le había pasado.
Entonces, en la clase, mientras el profesor explicaba la lección de espaldas a la pizarra, el Señor Apetito se asomó por el cajón del pupitre de Antoñito y le dijo:
-Te está bien empleado; si no comes lo que te pone tu madre, siendo antipático conmigo, yo seré antipático contigo, por lo que no podrás comer tampoco chucherías.
-¿Has sido tú el que no me dejaba comer el caramelo?- le preguntó.
-¡Ya te he dicho que yo soy tu apetito, y ahora soy antipático!- respondió escondiéndose.
Entonces, el profesor se volvió dijo:
-A ver Antoñito, ¿qué es lo último que estaba explicando en la pizarra?.
-Oh. Pues... el cociente y el divisor...
-Ajá, ¿y qué son?.
-Pues...
-Te veo decaído, Antoñito- le dijo el profesor, arrugando sus cejas. ¿Te ocurre algo?.
-No, que yo sepa.
-¿Desayunaste bien?.
-Un poco.
-¡Hum!. Pero un poco no es bastante; tenéis que comer lo que os ponen las mamás.
-Pero traigo mi bocadillo, y es grande.
-¿Y te lo comes entero?.
Antoñito iba a decir que sí, pero vio a sus compañeros que le miraban sonrientes, y dijo:
-Bueno, algunas veces la mitad.
El profesor miró a todos y dijo:
-Para vosotros, que estáis estudiando, el desayuno es la comida más importante del día, ¿entendido?.
-¡Sí, maestro!- dijeron todos.
-Eso es.
Entonces, Antoñito abrió su cajón, pero el Señor Apetito no estaba ahí.
-¿Dónde se habrá metido?- se preguntaba.
Y así, en su casa, tampoco pudo meter la cucharada de la comida en la boca.
-¡Mamá, no puedo comer!.
-Ya lo sé; como siempre- decía ella, desesperada.
-¡No es porque no quiera, mamá, sino porque el Señor Apetito no me deja!.
-¿Cómo?- se extrañaba la madre-. Anda, déjate ya de bromas y come si no quieres que te vuelva a castigar.
-Lo siento, mamá, pero es la verdad, no puedo.
-¡Entonces, castigado otra vez sin salir!- se enfadó ella cogiendo el plato y echando la comida a la olla.
Seguidamente, Antoñito corrió a su habitación, llorando, y se tumbó en la cama asustado. Pero lo peor estaba por pasar, cuando no fue capaz de merendar nada y tampoco de cenar. De manera que aquella noche, su madre se puso a llorar en la cocina mientras el papá la abrazaba.
-Papá- le decía Antoñito en voz baja y muy asustado- ¿qué le pasa a mamá?.
El padre se agachó frente a él y le exclamó:
-¡El médico explicó que si tú seguías así te ibas a morir pronto!.
-¡Pero el Señor Apetito no me deja comer, y yo sí quiero comer!. ¡Sí quiero comer!. ¡Quiero comer!.
Entonces se despertó aquel sábado muy temprano, con sudores y respiración entrecortada. Se levantó seguidamente de un tirón y se vistió con rapidez. Fue a la cocina, se preparó él solito un bol de cereales con leche y se los comió todos.
Poco después, mientras Antoñito se quedaba sentado frente a la mesa meditando, entró la madre en la cocina con el pijama puesto y cara de sueño.
-¿Qué haces levantado tan temprano?- le preguntó antes de dar un bostezo.
-¡No volveré hacerte de llorar, mamá!- exclamó él.
-¿Cuándo me viste llorar, Antoñito?- se extrañaba ella.
-Ayer en la cocina.
-¿Sí?.
-Vaya, habrá sido un sueño- se rascaba la cabeza Antoñito-. ¡Pero he escarmentado y voy a comer bien de ahora en adelante!.
La madre se agachó ante él:
-¿Eso es verdad?- expresó en tono de desconfianza.
-¡Sí es verdad!.
-¿Lo prometes?.
-¡Lo prometo!.
-¡Muy bien, pues papá se pondrá contentísimo!
-¿Y no me castigarás más?.
-No, no te castigaré más. Ni tendrás que tomarte las vitaminas.
-¡Bien!- exclamó mientras la madre salía de la cocina.
-Y ahora que me he desvelado voy a vestirme para ir a hacer unas compras y...
Mientras se alejaban sus palabras, Antoñito se bebía con ímpetu el poco de leche que le quedó en el bol.
-¡Con calma, no te atragantes!- apareció el Señor Apetito tras el frutero de la mesa.
-¡Señor Apetito!.
-El mismo.
-¿Entonces no fue un sueño?.
-Te equivocas, Antoñito, sí que fue un sueño, pero yo he salido de ese sueño para hacer las paces contigo, ahora que quieres que seamos amigos, ¿no?.
-¡Claro que sí!- dijo cogiéndole y abrazándole con fuerza.
-¡Oh!. ¡Ten cuidado, que soy de porcelana!.
-¡Ja, ja, perdona!- le dejó de nuevo sobre la mesa.
-Bueno, Antoñito, tengo que irme- decía saltando desde la mesa a la encimera-. Hasta siempre. Y recuerda: ten apetito cuando haya que comer; no me olvides.
-No te preocupes.
Entonces se marchó destapando la olla y metiéndose dentro.
Un rato después, Antoñito no pudo evitar la tentación de destaparla de nuevo, pero el Señor Apetito no se encontraba dentro. Se había ido.
Y bien que se diga, "colorín colorado, este cuento se ha acabado".

9 de mayo de 2001
Francisco Vázquez

 

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