El
niño la miraba desde hacía rato. Con
un poco de dudas, pero también con ganas.
Subido a su sillita regalo del padrino , a través de los vidrios la
veía acercarse.
Se conocían desde hacía algunos años, pero, en realidad
nunca habían conversado.
Ella también lo miraba y, en un momento dado, le hizo señas.
El dijo que no, con la cabecita enrulada.
Ella giró sobre sí misma, acampanado su vestido de cristal
y seda.
_ ¡Vení! ¡Vení a jugar conmigo! Te vas a divertir
enormemente. ¡Nos vamos a divertir!
Mi mamá no quiere. No me da permiso.
Tu mamá también fue chica. Yo la conocí hace mucho tiempo
y ¿sabés una cosa?, ella jugaba conmigo.
Entonces esperáme que enseguida bajo.
Y comenzaron a jugar:
a la ronda'
a las escondidas,
al tejo,
¡hasta a las bolitas! Unas bolitas blancas, hermosísimas, que ella
misma fabricó.
Y conversaron como viejos amigos.
¿De qué hablaron? Ah, no sé. Yo no soy indiscreta.
Seguramente él le contó sus cosas. Del papá que no conoce.
De un hermanito que quisiera tener y que no se anima a pedirle a su mamá.
De la señorita del 5' piso que lo cuida mientras su mami trabaja.
De un barco que vio en la vidriera y con el cual se iría a buscar
la sonrisa que su mamita perdió...
Ella le dice que lo llevaría con gusto, que conoce tantos lugares...
Tan entretenidos están que no se dan cuenta de la llegada de la señorita
del 5`piso.
¡Pero
Ariel! ¡Estás loco! ¿Cómo
se te ocurrió salir con semejante tiempo? Estás
empapado. ¡Te vas a pescar una pulmonía! ¿Y
qué le digo a tu mamá ahora?
Para peor, Ariel corre, resbala, se cae y se embarra.
¡Y con las botas nuevas! ¡Qué barbaridad! se horroriza la
señorita del Y.
La lluvia, asustada, comienza a retirarse, pero alcanza a gritarle:
¡No importa, Ariel! Decile a tu mamá que yo tuve la culpa.
Y desapareció detrás de una nube gordota y oscura.
Y
ASí ACABA, COMO VES
LA
TRAVESURA DE ARIEL