La lluvia
Tal
vez Ruperta y Fulgencio se peleaban porque hacía
mucho tiempo que llovía fuerte.
O
quizás llovía fuerte porque hacía
mucho tiempo que Ruperta y Fulgencio se peleaban.
Vaya
uno a saber.
Lo
cierto es que cuando ella decía:
-Croac.
Él
respondía:
-Cric.
Cuando
ella lo pensaba mejor y decía:
-Cric.
Él
de puro caprichoso respondía:
-Croac.
Así pasaban
los días entre lluvia y granizo.
Ruperta
ya no tenía ganas de arreglarse cuando Fulgencio
la venía a buscar, -si total peleamos todo
el tiempo, pensaba.
Y
Fulgencio llegaba siempre tarde a las citas, -porque
total nunca nos ponemos de acuerdo, decía.
Lo
peor de todo sucedió una tarde en que Fulgencio
se animó y le llevó una flor para hacer
las paces de una vez y para siempre.
Y
Ruperta ofendida porque él la había
dejado plantada el día anterior, le gritó fuerte:
-Croacc,
a mí no me gustan las flores, ¡croac!
Pero
después que Fulgencio se fue, lo pensó mejor
y se arrepintió.
Entonces
fue a llevarle un dulce hecho con sus propias manos.
Y
Fulgencio, de despechado nomás, le dijo que
a él tampoco le gustaban los dulces.
Después
de muchos cric, croac y crócróc desencontrados
y de muchos dimes y diretes (porque cuando una pareja
de sapos pelea todos los vecinos opinan) los dos
sapitos pensaron que lo mejor era no verse por un
tiempo.
-Tal
vez, viviendo en otro charcos nos extrañamos
y entonces, quien te dice, a lo mejor las cosas pueden
arreglarse algún día -dijeron casi
a coro.
La
tarde de la despedida Fulgencio estaba triste.
Ruperta
también estaba triste.
Sin
embargo, cuando se dieron el beso del adiós,
la lluvia fue menos fuerte.
Y
en el cielo gris de todos los días, un rayito
de sol buscaba un agujero por dónde asomarse.
Samy
Bayala
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