El sapo
de río y la caracola de mar
En
el lugar más
lindo del mapa había un río.
Un río que corría feliz entre las
piedras; un río azul o celeste y a veces verde.
Nunca se sabía de qué color iba a
estar el río al día siguiente, ni siquiera
se podía saber a ciencia cierta de qué color
iba a estar dentro de dos horas; porque eso dependía
del sol y el sol es un poco caprichoso.
A veces iluminaba las aguas
más de un lado
que del otro y a veces más del otro que de éste,
entonces el río parecía un tigre lleno
de rayas de diferentes colores, que se estiraban
para todos lados.
En el río azul, celeste o verde (como más
les guste) vivía un sapo que de tantos años
de vivir en el mismo lugar, se había hecho
amigo de casi todos sus vecinos.
Entre ellos estaban las tres
hormigas Negra, Negrusa y Negrona (que habían hecho su casa abajo
de una planta grande); la lagartija Juana (a la que
una vez alguien le cortó la cola pero que
por suerte le volvió a crecer después
que la puso en remojo) y algunos pájaros que
cantaban mientras el agua azul, celeste y verde corría
hacia quién sabe dónde.
Una tarde el sapo se había subido a un tronco
que flotaba en el agua y cantaba feliz, porque había
llegado la primavera.
-Las mariposas vuelan, el sol se levanta alegre,
los pajaritos cantan, la lluvia así se espanta...
Tan distraído estaba con su canción
que no se dio cuenta que el río corría
como siempre y el tronco corría también.
-Los gusanitos bailan, las flores se despiertan
los pececitos saltan, la lluvia así se espanta...
De pronto, al pasar cerca de
unas piedras que formaban una cascada, el río tomó mucha velocidad
y el sapo asustado dejó de cantar y se agarró fuerte
de la única rama que tenía el tronco.
-¡Ay! ¡Aya ayaaaa! -comenzó a
gritar.
Pero nadie lo oía porque él
ya estaba muy lejos de su casa.
Un gigante enorme lo envolvió entre sus brazos
y en menos que canta un gallo, lo tiró muy
lejos.
Sapo de Río cerró los ojos bien fuerte
porque no quería ver y plín, purupúm,
plón, cayó sobre la tierra dando un
fuerte golpe.
Mientras el sapo veía todas las estrellas
del cielo juntas oyó una voz a sus espaldas.
-¿Pero qué es
esto que ven mis ojos?
-¡Por favor, por favor señor gigante
no me coma! Mire que soy tan chiquito que no le voy
a servir para nada -dijo el sapo sin abrir ni un
poco así los ojos.
-Pero yo no te voy a comer porque
no como sapos y además ¿de qué gigante estás
hablando? Yo no veo ninguno cerca -dijo la voz.
El sapito tomó coraje y espió un poco
para ver qué pasaba.
Estaba sentado sobre un montón de arena y
frente a él bailaban dos palmeras al ritmo
del viento.
Entonces se animó y abrió los
ojos del todo para mirar mejor.
La que hablaba era una caracola,
y al sapo le pareció muy
hermosa; su cuerpo era de un color rosa suave, tan
suave que parecía transparente y sus ojos
brillaban como dos piedras lustradas.
-Yo soy Caracola de Mar, ¿y
vos?
-Yo soy Sapo de Río para
lo que guste mandar -dijo el sapo que al fin de
cuentas era un caballero.
De pronto el sapo recordó cómo había
llegado hasta ese lugar.
-¿Y el gigante adónde se escondió?
-¡Y dale con el gigante! ¿Pero de qué gigante
hablás?
-Hablo de ese que me agarró por atrás
sin darme tiempo a nada, parecía todo de agua
y con brazos de espuma.
La caracola empezó a reír y su risa
parecía una campanita.
Con su voz dulce, le contó a Sapo de Río
que estaban en la orilla del mar y que seguro una
ola traviesa lo había empujado hasta tirarlo
sobre la arena.
Durante el resto del día,
la caracola y el sapo charlaron sin parar.
Al sapo le costaba entender
que por haber navegado y navegado sobre un río había llegado
al mar, pero la caracola miraba a lo lejos y repetía:
-Todos los ríos van al
mar...
Entonces él, para no llevar la contra, decía:
-Es verdad... -y dejaba escapar
un suspiro para que su respuesta pareciera más
interesante.
Después de un rato de caminar y charlar,
la caracola le dijo al sapito que por qué no
se quedaba unos días y el sapo pensó que
unas vacaciones no le hacen mal a nadie, entonces
aceptó la invitación.
Al día siguiente, mientras paseaban por la
playa, la caracola le presentó algunos amigos.
Así fue como Sapo de Río conoció a
la Señora Roca de Arena que se deshacía
de amor por el viento; a la estrellita de mar Miricundis,
que venía de una familia muy refinada y a
los hermanos Tolomeo y Cucusleto, que eran hipocampos
o para hacerla más fácil, caballitos
de mar.
A Sapo de Río le causaba
mucha risa hablar con ellos, porque ante cualquier
pregunta contestaban
a coro:
-Veremos, veremos, después
lo sabremos.
Entonces el sapo, a propósito,
se la pasaba pregunta que te pregunta.
-Hoy el sol ¿saldrá por
la derecha o por la izquierda?
-Veremos, veremos, después
lo sabremos...
-¿La luvia caerá de
arriba para abajo o de abajo para arriba?
--Veremos, veremos, después
lo sabremos...
Y así Sapo de Río y Caracola de Mar
se reían a carcajadas.
Pero un día pasó lo que en algún
momento tenía que pasar.
El sol no salió ni por
la derecha ni por la izquierda, ni de arriba para
abajo ni de abajo
para arriba.
Entonces el cielo se puso gris,
la arena más
húmeda que nunca y el viento resopló sin
parar.
Después, con un solo relámpago y sin
pedir permiso, apareció la lluvia.
Sapo de Río y Caracola de Mar se refugiaron
atrás de una piedra grande y pusieron sobre
sus cabezas una hoja de palmera que habían
encontrado en la playa.
Algo raro pasaba, porque ninguno
de los dos hablaba; parecía que el viento se había
llevado todas las palabras muy lejos.
De pronto el sapo sintió unas cosquillas
en su pecho, cerca del corazón, y sin pensarlo
dos veces empezó a tararear:
-Las mariposas vuelan, el sol se levanta alegre,
los pajaritos cantan, la lluvia así se espanta...
Pero no pudo seguir cantando
porque un nudito le apretaba la garganta. Para
disimular dejó escapar
un suspiro.
-Ah... qué será de mis amigas Negra,
Negrusa y Negrona. ¿Habrán terminado
por fin su casa?.
-Parece que va a seguir lloviendo
-contestó la
caracola mirando cómo el mar y el cielo se
abrazaban.
-Ah... -volvió a decir el sapo-. ¿Cómo
estará la lagartija Juana? ¿Le habrá crecido
la cola lo suficiente?
-Tal vez salga el arco iris... -dijo la caracola-.
Me encanta el arco iris...
-Ah -suspiró más fuerte el sapo-. ¿De
qué color estará hoy mi río,
azul, celeste o verde?
Esta vez la caracola no pudo
responder porque las palabras se le habían
hecho un ovillo adentro de la boca.
Los que saben dicen que cuando llueve el mar se
pone triste y contagia su tristeza al que lo mira.
¿Sería por eso que la caracola tenía
ganas de llorar?
Después de uno o dos días, la lluvia
se fue sin hacer ruido y Sapo de Río decidió que
ya era hora de volver a su casa.
A la caracola le costó un poco entender esta
decisión, pero lo pensó y se dió cuenta
que extrañar es una cosa seria, así que
fue ella misma la que habló con la Ballena
Tita, para que llevara al sapito de regreso a su
casa.
El día de la partida,
todos estaban en la playa.
La estrella de Mar Miricundis
agitaba en el aire un pañuelo blanco con
puntilla de algas.
La señora Roca de Arena hacía fuerza
para no soltar ni una lágrima porque a ella
las despedidas la hacían llorar y si lloraba
se deshacía y si se deshacía estaba
lista.
Y los hermanos Tolomeo y Cucusleto que casi llegan
tarde porque la corriente los empujaba para otro
lado.
-Bueno llegó la hora de irme -dijo Sapo de
Río.
-Te voy a extrañar -dijo la caracola poniéndose
colorada.
-Yo también te voy a extrañar, espero
que algún día puedas conocer mi río;
no sabés lo lindo que es, con flores en la
orilla y muchos árboles alrededor.
La Ballena Tita hizo sonar el silbato que anunciaba
la partida.
-Bueno, adiós -dijo el
sapo.
-¡Adiós y buen
viaje! -dijo la caracola agitando su manito en
el aire.
Plif, ploff, plaff, la ballena
se fue hacia las aguas profundas, con el Sapo de
Río a cuestas.
-¿Nos volveremos a ver? -alcanzó a
preguntar el sapo mientras la ballena nadaba entre
las olas.
-Veremos, veremos, después
lo sabremos -gritaron Tolomeo y Cucusleto.
Entonces todos se rieron a carcajadas,
y el mar se puso contento porque, dicen los que
saben, que
la felicidad también es contagiosa.
Samy Bayala
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