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El
cuento de Adriana
La
gran bestia esperaba entre bufidos de vapores; como
un gran buey negro hacia rechinar los metales de
sus músculos largos, el andén es esa
línea visible de encuentros y desencuentros;
de adioses y bienvenidas para algunos; para otros
un paso obligado en la rutina diaria al trabajo.
Entre esas personas que iban y venían, estaban
las otras, el jefe de la estación, con su
campana y su séquito de hombres para la descarga
y carga de encomiendas, el guarda con su silbato
presto para dar vía libre al incansable tren.
Y entre esa gente, aquellas que pretendían sacar un pequeño
rédito, un kiosco de golosinas, un lustra botas, y una en especial,
su tez blanca escondida en manchas de tierra, su nariz respingada buscaba
el cielo de los buenos tiempos, su melena de rulos enmarañados
caían como hilos de oro, su vestido gastado, de un rojo que se
fue, cubrían su delgado cuerpo... Vendía lapiceras, broches,
peines, lo que fuera. Pero lo especial era sus ojos, de color azul como
un cielo de verano, hablaban por si mismo, y tenían un don particular,
hacia que la gente la observara, y aquellas con sentimiento de culpa,
bajaban la vista, y se desentendían de ella, buscando otro sito
en el anden, todo... por sus ojos.
El hombre bajo del vagón con su carga de cansancio a cuesta después
de todo un día de trabajo, camino con pasos desganados y lentos
por el borde del andén, y se encontró con esas dos brazas
de fuego celestes, que lo miraban muy fijo, extrañamente hermosos,
mansamente calmos, que le interrogaban, sobre su existencia y su alma.
El se dio cuenta que esa niña ya sabia mas de él... se
acerco... tocó su cabellera del sol... ella sin esfuerzo soltó una
sonrisa al vuelo, y revoloteo alrededor de ellos. ¡Cuánta
paz le trasmitió a ese hombre, ya el esfuerzo del día casi
ni se notaba!, él respondió con otra sonrisa, cuando metía
su mano en el bolsillo, él pensó en su niña que
lo esperaba en su hogar, ese pedacito de corazón que hace que
su mundo gire alrededor de ella, tal vez unas lapiceras de colores para
que dibuje el sol de los niños. Sacó un billete, mientras
le preguntaba: -¿Cómo te llamas?
Ella respondió con su voz aterciopelada y dulce: - María,
señor.
Miro el hombre el brillo de sus ojos, y pensó que esa niña
podía ser la suya... pidió: -me vendes esas lapiceras de
colores.
Ella negó con su cabeza y le dijo: - El mejor regalo que podes
hacer está en tu corazón... comparte el mayor tiempo que
puedas con ella, te dejo estos caramelos, y sé que será muy
feliz...
El hombre extendió las manos, los caramelos cayeron en ellas,
los miro, pensó en ese angelito de vestido gastado y sus ojos
de cielo, que a pesar de tener tan poco, le estaba obsequiando golosinas
a su niña... levanto la vista mientras decía: - Gracias,
pero no pue... Giró alrededor de si mismo, María ya no
estaba, como un espíritu se había alejado de ahí,
miró a través de la gente, y ya no la vio.
El hombre pensó lo extraño que había sido eso, pero
esta en paz, en su interior sentía una seguridad muy profunda.
Volvió a su casa a escasas cuadradas de la estación
Allí estaba su niña... su princesita de cabellos oscuro
y ojos de miel... corriendo a sus brazos como la luz va hacia las almas; él
derrochó cariño y amor, cubrió su carita dulce de
besos.
Ya de noche a la hora de descansar, fue hasta la habitación de
su niña, le entrego los caramelos diciéndole que una niña
como ella se los había mandado, y que esa niña estaba siempre
en el anden, y le estaba entregando algo más que golosinas le
estaba dando su amistad, su amor y su cariño.
Ella se durmió, entre el dulzor de los caramelos y la imagen cálida
de esa niña de vestido gastado, de un tierno ser con cabellera
de bucles de sol. Soñó con un cielo azul, y un prado en
primavera, con un río muy claro y su padre, jugando juntos con
los duendes de la alegría y el amor. En ese sueño su padre
le explico, mira bien por que entre nosotros siempre esta María,
ya lo sabrás.
Transcurrió el tiempo, los hechos. Ese hombre ya no estaba presente,
pero su alma, su espíritu, su fe, su voluntad, se sentía
en las brisas. Su niña era mujer, y aunque fuera mayor, cada noche
buscaba su cuento, sus caramelos, sus duendes, su amor. Así fue
que no se sabe como, se encontró flotando en un suave y cálido
aire, y vio dos estrellas que se acercaban.
Esas dos estrellas, que iluminaban cada rincón de su alma llegaban
en un baile celestial, y allí estaban dos ángeles, ese
hombre que le había brindado tanto amor, y María, esa niña
que vendía baratijas.
No tenía su vestido rojo ahora era una gasa blanca, y desde su
espalda batía sus alas con delicada gracia, mientras el hombre
con todo el amor de siempre le confeso a su niña:
¡María nunca fue una ilusión, desde siempre a sido TU ÁNGEL
DE LA GUARDA, y en cada momento que tuviste que pasar, por malo que fuera, ELLA
SIEMPRE TÉ ENVIÓ CARAMELOS PARA TU ALMA, cada paso tuyo fue y es guiado
por María!
Autor
Omar Scarpello
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