LOS NIÑOS
EN EL CUENTO BOLIVIANO
ANTOLOGÍA
VÍCTOR MONTOYA
Desde adentro,
desde adentro,
desde el fondo del abismo,
viene corriendo a mi encuentro,
un niño que soy yo mismo.
Oscar Alfaro |
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1- PALABRAS
PRELIMINARES
Estos
cuentos, escritos con el vértigo de la pasión
y la fuerza de la inteligencia, están destinados
al niño que habita en nosotros, al que se
niega a abandonarnos y nos contempla desde el fondo
del alma.
Cada autor, como atrapado en el torbellino de los
recuerdos, incursiona en los territorios invadidos
por la infancia, intentando reconstruir
las astillas dispersas de la memoria, o simplemente, con el franco propósito
de traslucir las aventuras, pasiones, sentimientos y pensamientos de
quienes, más allá de ser rescatados de las brumas del olvido,
son los protagonistas principales de estas piezas de incalculable valor
humano y literario.
Es aquí donde los cuentistas, encumbrados con su mayor sensibilidad,
nos deslumbran con un estilo personal y un certero dominio del discurso
narrativo, aun a riesgo de asomarnos a las lindes de la literatura infantil,
que de hecho constituye un género distinto a las intenciones que
motivaron la elaboración de esta antología.
A la pregunta: ¿por qué una antología de "El
niño en el cuento boliviano". La respuesta es muy sencilla:
porque considero que la infancia constituye el cimiento de la personalidad
humana, la etapa más noble y sensitiva que nos depara la vida.
No en vano reza el sabio proverbio: "El niño es el padre
del hombre", pues nosotros, los adultos, somos lo que fuimos de
niños. Quien no tenga un punto de referencia en los años
de la infancia, debe considerarse un individuo sin pasado ni futuro,
y por eso mismo, un desatino de la razón y una fatalidad del destino.
El único criterio que se usó en la selección de
los cuentos, al margen de la inherente calidad literaria que se exige
en este tipo de publicaciones, fue el hecho de que los temas, cuyos escenarios
están ambientados en el campo, las minas y las ciudades, estuviesen
contemplados desde la perspectiva de los niños, quienes, gracias
al poder de su imaginación, son capaces de captar las vibraciones
más sutiles de su entorno, observando con perspicacia los atavismos
ancestrales y las costumbres familiares, debido a que la sensibilidad
es uno de los hilos conductores de la condición humana, sobre
todo, cuando ésta se halla en pleno proceso de desarrollo.
De otro lado, valga advertir que ciertos cuentos, aparte de reflejar
el panorama multicultural del país, recrean el lenguaje popular,
salpicando el texto con interferencias del quechua y el aymara, en una
suerte de pirotecnia lingüística que enriquece los matices
léxicos y sintácticos de una lengua.
En algunos cuentos, cuyos temas son disímiles en su forma y tratamiento,
están retratados los niños marginados de las grandes urbes:
los huérfanos, mendigos, canillitas, lustrabotas, los que no tienen
nombre ni hogar, los que maduran antes de tiempo como si estuviesen hechos
a golpes de crueldad y tragedia. En otros, en cambio, aparecen los niños
de la clase media empobrecida, los niños de las minas y el campo,
donde están presentes la discriminación social y racial,
la violencia y el menosprecio. Se tratan de cuentos que, además
de contener un alto valor ético y estético, nos convocan
vehemente a la reflexión y a la toma de conciencia, como si los
autores, a tiempo de exagerar intencionalmente el grotesco social, criticando
los aspectos más crudos de la realidad, desearan transformar la
situación de los niños que pertenecen a las clases menos
privilegiadas de la sociedad imperante, donde el atropello a los Derechos
del Niño, junto a la pobreza y el autoritarismo, es una ley contundente
que habla su propio lenguaje.
Varios de los cuentos, expuestos con sobriedad y transparencia, nos dejan
con el aliento suspendido, pues parecen nacidos del alma de su autor
con el mismo dolor que implica el parto. Son cuentos que, narrados en
primera persona y con experiencias personales y colectivas, se convierten
en gritos de desesperación y denuncia. No obstante, es interesante
observar que en medio de la tragedia social, que en Bolivia se torna
en un doloroso problema nacional, se filtra el rayito mágico de
la fantasía, permitiéndole a cada niño mantener
encendida la llama de la esperanza y el goce emocional que le proporciona
la actividad lúdica, donde los deseos, palabras, imágenes
y sueños siguen su propio cauce, al margen de la realidad existencial
y el mundo racional de los adultos.
La antología reviste no sólo la importancia de haber sido
publicada en Suecia, como una contribución a la difusión
de la literatura boliviana, sino también la importancia de reunir,
en un solo volumen, el tema del niño en la cuentística
del siglo XX, con la esperanza de que la narrativa boliviana, tantas
veces ausente en la constelación de la literatura latinoamericana,
tenga un mejor porvenir en el presente milenio, en provecho de los autores
que dedican su tiempo y talento al arte de la palabra escrita.
Asimismo, la presente antología, lejos de tener un afán
de lucro, es una suerte de reconocimiento y agradecimiento a los escritores
que se empeñan -y se empeñaron- en rescatar los sentimientos
más sublimes de un pueblo, cuyos valores culturales apenas trascienden
más allá de sus fronteras, en parte, debido a la desidia
de quienes controlan los aparatos de poder a nombre del consenso y la
democracia.
En lo que a mí respecta, me complace el simple hecho de haber
compilado estos cuentos de mi tierra, donde no pocos escritores descuellan
como excelentes intérpretes del alma infantil.
Estos son
los cuentos que cautivaron mis inquietudes de lector y éstos son
los autores que inspiraron, con su palabra y aliento, la elaboración
de este volumen que ahora deposito en sus manos, como un cofre lleno
de esperanzas y sorpresas literarias.
Víctor
Montoya, Estocolmo, 2001.
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Germán
Arauz Crespo
(La Paz, 1941)
2- EL MILAGRO DE LAS SANDÍAS
Ni
subidos sobre los hombros de otro lográbamos
abarcar con la mirada los límites del sandial.
A lo lejos, sólo podíamos ver el
reflejo del sol estallando sobre las frutas. Lentamente
nos fuimos repartiendo por el terreno. Era tanto
nuestro entusiasmo, que ni tomamos en cuenta el
tamaño de cada fruta ni el solazo que partía
la tierra. Hasta nos parecía sueño. ¡Todito
el sandial de don Casiano a nuestra disposición
y ni siquiera debíamos apresurarnos por
temor a los hondazos del dueño!
No había en la zona fruta más apetecida que la cultivada
por don Casiano y, tal vez por eso, éste prefería venderla
afuera y no en el pueblo. Es posible que sean sus tierras, es posible
que -como decía don Uruguay Carrillo- sea la suerte del avaro.
Lo cierto es que todo lo que cultivaba ese hombre, resultaba siempre
en una cosecha envidiable.
De sus tierras salían los choclos más tiernos, las mangas
más dulces, las sandías más grandes, las naranjas
más jugosas. Situado en lo alto de la loma, el puesto de don Casiano
era el más apetecido. Y el menos visitado. Los dueños jamás
invitaban a nadie y, si alguien se acercaba para conversar, era atendido
hoscamente en la tranquera. Ninguno de nosotros se podía jactar
alguna vez de haber cruzado la alambrada sin que un certero hondazo nos
dejara escociendo las nalgas.
A simple vista parecía pan comido. No tenía ni siquiera
un perro pa que denuncie a los intrusos. El último que tuvo aguantó 23
días comiendo ruda. Qué desventura la del animalito. Cuando
se murió, ya casi era un vegetariano convencido, solía
contar Israel Mendoza, el camionero. Sin embargo, el cerco que separaba
el puesto de don Casiano con afuera, era impasable. Allí por donde
uno metiera la nariz -ya sea al alba o al atardecer- allí encontraba
al dueño, revoleando con placer su honda.
Sería para evitar esas invasiones que don Casiano nunca dejaba
su propiedad. Salvo cuando tenía que viajar para colocar sus productos
afuera. Entonces, quién entrara allí con deseos de sacar
una naranja para calmar su sed, seguro encontraba a su mujer. Y si en
el pueblo había alguien más certero que don Casiano para
manejar la honda, esa era doña Etelvina.
La fama de tacaño de don Casiano se fue extendiendo a los pueblos
vecinos. No había en los alrededores quién quisiera trabajar
para él y cuando llegaban las épocas de la siembra o la
cosecha, tenía que ir cada vez más lejos a buscar quién
lo ayude. Muchos de sus peones, abandonaban el trabajo antes de terminarlo.
Parece que el hombre les mezquinaba hasta el agua que tomaban. La última
vez, los tuvo que traer del sur de Potosí -recordó Pastor
Vaca. ¡Había que ver cómo se derretían esos
collitas*!, añadió Cesáreo Nogales. Como siga así,
hasta su mujer se le irá, predecía Benigno Perales. Y eso
lo mataría, de seguro. ¿Quién sería capaz
de encontrar mejor peón que doña Etelvina y por nada?,
retrucaba Inocencio Taboada.
Y era cierto. Nadie había visto jamás una mujer más
valiente para el trabajo que doña Etelvina. Laboraba de sol a
sol con la misma energía que tres peones. Y ni siquiera cuando
quedó preñada disminuyó su capacidad de trabajo.
Todo el mundo le achacaba a ella la prosperidad del puesto. ¡Quién
podría creerlo! Justo fue eso lo que la mató. Estaría
de unos siete meses, cuando el marido tuvo que viajar de urgencia a Tarija,
para acomodar a buenos precios las sandías antes de temporada.
Entonces, fue que la mandó a que ensillara el caballo.
Algo habrá pasado, porque el caballo de don Casiano era más
manso que sapo criado en casa. Tal vez se le acercó alguna víbora.
El caso es que, justo cuando la mujer iba a colocarle los aperos, el
ruano le mandó el patadón en pleno vientre. Murió -dicen
que sin largar un quejido- dos días después. El doctor
sólo pudo atenderla una vez y, para eso, tuvo que prometerle al
dueño de casa, que no le cobraría un centavo por la consulta.
Para el velorio -sin que nadie se los pida- los vecinos comenzaron a
subir a la loma llevando café, azúcar, cigarritos y hasta
alcohol, pa velar como Dios manda a la muerta. Es que, así como
el marido inspiraba desprecio, doña Etelvina siempre fue objeto
de simpatía y lástima de parte del pueblo.
Al día siguiente, a las dos de la tarde, pese al solazo que perforaba
los techos de las casas, el pueblo comenzó a reunirse en el puesto
del avaro, para el entierro. Nosotros también. Pero por la parte
de atrás.
Sabíamos que don Casiano debía asistir al cementerio, dejando
sola la casa. Era una oportunidad para visitar el sandial que no se nos
presentaría en 20 años. Nos habíamos reunido como
ocho chicos, y teníamos bien preparada la estrategia. Llevaríamos
las sandías al borde de la cuesta, de forma que, al final, no
tengamos que hacer más esfuerzo que el empujarlas cuesta abajo.
Los más chiquitos como Luciano y Edil, esperarían a medio
camino, para dar un impulso a la fruta que quede estancada en medio camino.
Iniciamos la cosecha con mucha alegría. Pero ésta duró muy
poco. A los pocos minutos el sol de la tarde empezó a aplastar
nuestro entusiasmo. Las espaldas parecían ardernos y el gran tamaño
de cada sandía dificultaba su transporte hasta la ladera. Apenas
habíamos logrado reunir unas 20 sandías en la orilla de
la ladera, cuando Saúl nos dio la voz de alarma: ¡Vuelve
el tacaño!
Nos asomamos al borde de la ladera. El cortejo, encabezado por el viudo,
y compuesto por unas 15 personas, retornaba del cementerio trabajosamente.
Caminaban con dificultad, achatados por el calor, dispuestos a un último
esfuerzo que les permita ascender hasta el puesto. Era imposible que
no nos vieran. No nos quedaba otra. Empezamos a empujar con desesperación
la fruta apilada, que comenzó a rodar provocando una gran avalancha.
Don Casiano levantó la cabeza y quedó paralizado. Era como
si le hubiese caído un rayo. Pero eso fue sólo un instante.
Luego comenzó a correr cerro arriba con desesperación.
Aterrorizado, sentí un líquido tibio correr entre mis piernas.
El tacaño subía trabajosamente, resbalando en la ladera,
volviéndose a levantar. Hasta que alcanzó la primera fruta.
Rápidamente la levantó y, partiéndola en dos sobre
una de sus piernas, hundió la cara en la superficie roja y fresca
de la sandía y empezó a comerla con desesperación.
Luego, mirando hacia nosotros, gritó ansioso: ¡Tiren más
sandías, carajo!, y volviendo hacia quienes lo acompañaban: ¡Vengan
compadres, sírvanse fruta! ¡Aprovechen ahora que la Etelvina
se ha muerto!
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Virginia
Ayllón
(La Paz, 1958)
3- BÚSQUEDA
a
Bárbara
El
tiempo tiene miedo
El miedo tiene tiempo.
Alejandra Pizarnik
He
tardado mucho en encontrarla pero al buscarla huía
de su posible materialidad. Miedo de que no fuera,
de que estuviera hecha de nada. Pánico de
encontrarme con otra cosa igual a ese miedo-monstruo,
esa presencia pesada, verde-oscura y casi transparente
que fue el miedo corporizado durante mi búsqueda.
Esa cosa que se me pegó al cuerpo y estaba
en todo; sintiendo mis sensaciones, caminando mis
pasos, soñando mi sueño, solazándome
en mi llanto
imposible desprenderlo, arrojarlo,
destruirlo.
¿Y qué si ella no existía?, ¿si mi búsqueda
era una ilusión en trance a la frustración?
ANTEANTEAYER
Hoy
el miedo se alejó un poquito porque al fin
la vi. ¡Es tan hermosa! Es sólo una
niña: algo alta, algo delgada y me lleva
ese invariable vestido celeste estampado con menudas
florecillas blancas. El pelo largo, amarrado en
la nuca con un breve lazo blanco. Camina lenta
y distraídamente entre los árboles
del bosque de eucaliptos que a veces deja que un
rayo de sol la ilumine. Canturrea al caminar, palpa
cada tronco que se le asoma. ¿Cómo
será su cara?, ¿y su sonrisa?, ¿la
tiene?
Qué ganas de gritarle que lo único que ansío es
charlar con ella. Junto a esta felicidad me nace el miedo a que huya
de mí.
Pero
¡horror!, ¡es tan cándida y está tan
desprotegida! No parece saber los peligros que la acosan, es muy distraída. ¿Cómo
decirle que algo grave puede pasarle? ¿Cómo, cómo
alertarle y cuidarla sin hablarle? ¿Cómo hablarle si se
me muere de miedo?
ANTEAYER
Hoy
tomé valor y la seguí entre los árboles
(evitando siempre que me vea). No se percató de
mi presencia.
AYER
Llegamos
al bosque y estaba sentada en una piedra, el vestido
celeste y el moño en la cabeza, canturreaba
y jugaba con un pedazo de hierba. Me presintió y
por fin
se dio la vuelta. Temí lo
peor
que huyera, desapareciera o se desvaneciera.
Cerré los ojos y al abrirlos me encontré con
su sonrisa, ¡qué linda sonrisa!, ¡qué lindos
ojos! Nerviosa, sonreí, enrojecí y
me escondí tras un macizo de eucaliptos.
Inició entonces ella un juego en el que
yo debía seguirla y el zigzag entre árboles
delató su seguridad y mi inseguridad. ¿Qué decirle,
cómo decirle?
HOY
Hoy,
no sé cómo ni cuándo sucedió;
sólo sé que me encontré reposando
en su regazo y llorando. Ella acariciaba mi cabello
y no permitió que el miedo (ese verde-oscuro)
se sentara entre las dos. De querer protegerla
resulté protegida y querida.
SIEMPRE
Hoy
quiero volver a verla porque tengo muchas cosas
que contarle, quiero volver a jugar con ella, internarme
en ese bosque de sol, aprender la cancioncilla
que canta. Ya sé cómo y todo está listo:
las niñas en el colegio, la comida preparada,
el teléfono descolgado, el timbre desconectado
y yo presta a relajarme para poco a poco entrar
en ese túnel de mí y mi tiempo que
me lleva al bosque donde estoy yo de niña,
con mi invariable vestido celeste estampado con
florecillas blancas y mi breve moño en la
cabeza.
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René Bascopé Aspiazu
(La Paz, 1951-1984)
4- ÁNGELA DESDE SU PROPIA OSCURIDAD
No
sé desde cuando empecé a sentir miedo
por aquella habitación del segundo patio.
Sin embargo creo recordar una tarde en que jugábamos
fútbol, cuando la pelota de trapo golpeó con
fuerza la puerta cerrada que crujió en toda
su estructura gastada. De pronto me pareció que
el ruido que había penetrado en la habitación
se transformaba lentamente en un eco rotundo que
levantaba polvo, removía telarañas
y cambiaba de lugar las cosas. Después sentí cómo
se aquietaba y se apoderaba del aire, llenándolo
y absorbiéndolo todo, de manera que si repentinamente
se abría la puerta, el ruido crecido se
desbordaría en el patio, arrastrándonos,
ahogándonos.
Nunca antes, hasta el día en que el hijo del portero de la casa
tragó veneno para matarse por Yolanda, me di cuenta de que la
habitación estaba ocupada por dos viejas y una muchacha alta y
pálida llamada Ángela. Precisamente ese día, mientras
mi madre y yo mirábamos cómo Roso se revolcaba en el empedrado,
vomitando y gritando de dolor, me sorprendí al ver que la puerta
se abría imperceptiblemente. La sangre se congeló en mis
venas, porque yo tenía la íntima seguridad de que ese cuarto
estaba deshabitado. Por suerte Roso tardó en morir hasta que cayó la
noche, y yo aproveché para mirar con más detalle por la
pequeña abertura dejada como a propósito. Ángela
estaba inmóvil en una silla y las dos viejas se turnaban para
ver el espectáculo del envenenado que no se dejaba tocar con nadie,
mientras su padre lloraba histéricamente en un rincón.
Tal como lo había supuesto inconscientemente, los objetos que
alcancé a ver eran más antiguos que lo que podía
tolerar mi imaginación. Lo que más me deprimió era
la gran cantidad de cuadros de santos con los rostros satisfechos de
tanto sufrir que estaban colgados en la pared del fondo, y un Cristo
pequeño, crucificado, sangrando por todas partes y con los cabellos
tan crecidos que me daba miedo y náusea. Así permanecimos
hasta que murió Roso y nos quedamos todavía hasta que llegó la
policía a llevarse el cadáver. Para entonces la puerta
se había cerrado completamente, simulando que nadie existía
detrás de ella.
(En Todos Santos, mi madre y mi abuela tienden un paño negro encima
de la mesa pequeña que está en el rincón más
oscuro de mi cuarto. Encima de ella colocan lentamente el retrato de
mi abuelo muerto hace quince o veinte años, mientras lo desempolvan
con un trapo, luego encienden una vela y la fijan con la cera derretida
que chorrea de la misma en un platillo de porcelana. El retrato se encandila.
Mi abuela trae un vaso lleno de agua cristalina y lo posa en el paño;
luego rezamos todos mientras yo mastico un pedazo de pan. En la noche
no puedo dormir con la vela encendida y con el miedo de ver la mirada
triste de mi abuelo encerrado en su fotografía, mientras su alma
se bebe llorando a grandes tragos el agua del vaso. La llama chisporrotea
y mi madre no se da cuenta del miedo que siento, por eso duerme en lugar
de abrazarme).
Mi astucia infantil, con truculencia, me hizo ingeniar mil maneras para
poder observar con detenimiento el interior de la habitación.
Algunas veces, sin embargo, la puerta permanecía cerrada durante
varios días, aunque por el olor que salía de las rendijas
de la misma, yo sabía que Ángela y las viejas estaban en
el interior.
Con el tiempo, las facciones de las tres mujeres me eran familiares;
las miraba sin que se dieran cuenta, mientras jugaba cualquier cosa.
Cuando salían, ella siempre caminaba entre las dos viejas, y parecía
que sufría tan profundamente, que la empecé a amar con
todas las fuerzas que me permitía el miedo. Estaba seguro que
los cabellos peinados en moño, el velo negro, la joroba y el abrigo
hasta las canillas era una imposición de ellas, para que se les
pareciese. Pero Ángela tenía una palidez original que la
diferenciaba totalmente.
Cuando mi madre se dio cuenta que me gustaba permanecer más de
lo necesario en el patio, inexplicablemente comenzó a exigirme
que dejara los juegos antes del anochecer. Pero era precisamente a la
hora del principio de la noche cuando Ángela salía custodiada
por las viejas. Por eso, las primeras veces, me negué a obedecer
con pretextos de juego, pero después, en el invierno, cuando la
noche llegaba más temprano, mis razones terminaron. Entonces opté por
decirle que tenía ganas de entrar al baño. Así fue
que la engañé, haciendo que me viera entrar, para luego
salir furtivamente y esconderme en la oscuridad del callejón que
comunicaba mi patio con el segundo, hasta que Ángela salía
rumbo a la calle.
No recuerdo cuándo me enteré que Ángela no se llamaba
así sino Elvira, que las viejas eran su madre y su tía,
y que todas las noches, infaltablemente, iban a la misa de siete de San
Francisco. Desde entonces me atreví a acercarme a la puerta, descaradamente,
en el momento en que salían, para ver cada noche, desde diferentes ángulos,
la habitación; de manera que fui armando mentalmente las imágenes
anteriores, hasta conocer bien la ubicación de la mesa, de las
dos camas, de los cuadros, de los baúles de madera, de las sillas
viejas y de todas las demás cosas.
(En las mañanas de Todos Santos, mi madre es la primera en despertar,
se levanta y mira indiferente el vaso casi vacío, recoge los restos
que han quedado de la vela ardida y los arroja a la lata de basura. Yo
siento todavía el llanto profundo del alma de mi abuelo, cuando
salimos. En el patio, el perro nos mira con los ojos llenos de lagañas,
porque ha visto toda la noche a los espíritus deambulando por
la casa. En el cementerio escucho aún el llanto lejano, entreverado
con el tañido de las campanas que traen un olor a cadáver
y a flores. Cuando hemos rezado empieza a llover sobre las tumbas y la
mañana parece tarde).
Hace mucho tiempo, por mala suerte, mientras yo permanecía oculto
esperando la salida de Ángela, aparecieron en el otro extremo
del callejón, doña Juana y el padre de Carlos. Sin verme
comenzaron a abrazarse y besarse y tocarse en todas partes, apresuradamente.
Pero cuando el padre de Carlos me descubrió sólo atiné a
correr hacia la puerta de Ángela, mientras él me perseguía
amarrándose los pantalones. Justo en el momento en que me alcanzaba,
las tres mujeres salían de la habitación. Ese día
vi por primera vez que Ángela me miraba, por eso no sentí los
golpes que me daba el padre de Carlos mientras me arrastraba hacia mi
cuarto.
Desde ese momento mi madre no me dejaba salir al patio, por corrompido.
Pero lo único bueno que pasó, fue que no se enteró que
yo amaba a Ángela ni que tenía miedo de la habitación
del segundo piso.
Yo pensé que duraría poco tiempo mi encierro, pero mi madre
no se olvidaba de aquella noche en el callejón, y hasta llegó a
pensar en que nos fuéramos a ir a otra parte, porque no podía
más de vergüenza ante el padre de Carlos. Pero mi abuela,
que me defendía un poco, le decía que no hiciera locuras,
que en ninguna parte encontraríamos un cuarto en alquiler tan
barato, y que por último ya se dejara de fregar que no era para
tanto. Parece que esto hizo que mi madre se conformara.
Para Navidad encontré debajo de la cama, un camión de madera,
pintado de morado y azul. Creí que al darme ese regalo, mi madre
me perdonaba; pero además se puso tan contenta que se distrajo
y yo salí al patio arrastrando mi juguete hacia el callejón.
Cuando mi madre se dio cuenta me llamó a gritos, enojada, pero
yo alcancé a ver que la puerta de Ángela estaba cerrada
con un candado grande y medio ensarrado.
Desde la mañana en que escuchamos un griterío infernal
en el patio, porque el padre de Carlos le había partido la cabeza
con un hacha a su mujer, mientras que doña Juana se desgañitaba
llorando, llevándose las manos a la herida profunda que le había
hecho en el rostro la muerta, mi madre respiró tranquila y me
dejaba salir a jugar algunos ratos. Sin embargo el largo tiempo de encierro
hizo que no pudiera divertirme como antes, y peor todavía cuando
me enteré que mi amigo Carlos estaba en el hospicio desde que
murió su madre y el encarcelamiento de su padre. En los momentos
en que podía ir al segundo patio, encontraba siempre la puerta
cerrada, como si nadie hubiera vivido jamás en la habitación.
Hubo algún instante en que quise rogarle a mi madre que me dejara
salir, aunque sea por cinco minutos, en la hora en que anochecía,
a condición de no salir en todo el día, pero jamás
pude hacerlo.
(En Todos Santos corro hacia la habitación del segundo patio y
cuando la puerta se abre, veo en el fondo, encima de una mesa negra,
una vela ardiendo frente al retrato de Ángela. En la noche mi
madre me hace rezar y me da galletas. Más tarde no puedo dormir,
porque mientras el alma de mi abuelo se bebe el agua del vaso, Ángela
se coloca lentamente en una mancha del tumbado y desde allí me
mira fijamente y me susurra con su voz tan suave. La veo más pálida
y más encorvada que antes. Cuando amanece se pone a llorar en
silencio y se va. Mi madre despierta, prepara el desayuno y cambia la
vela que está por apagarse. Mi abuela se levanta y raspa con las
uñas el excremento de moscas que se ha acumulado en el retrato.
Al salir hacia el cementerio encontramos al perro dormido, con gran cantidad
de lagañas en los ojos, mi madre comenta que si se quiere ver
a los espíritus de los muertos, basta con untarse los ojos con
las lagañas de un perro. En el cementerio rezamos mucho y mi madre
saluda a las dos viejas de la habitación de Ángela mientras
comienza a llover, yo las miro con odio. Luego colocamos las ilusiones
blancas en un florero antiguo. Mi abuela dice que la tumba de su marido
está cada año más derruida. Al regresar a la calle
llueve más fuerte y no deja escuchar el sonido trémulo
del campanario. Mentalmente rezo para que las viejas no mueran nunca.
En el momento en que mi madre abre la puerta de nuestro cuarto, yo arranco
las lagañas del perro que sigue durmiendo.
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Adolfo
Cáceres Romero
(Oruro, 1937)
5- EL ÁNGEL INDIO
Niño indio, aquel día en que decidiste navegar entre las
nubes, subiendo a la cordillera con tu totora bajo el brazo, nadie, sino
tu perro lanudo que cuidaba las ovejas, se dio cuenta de ese propósito.
Tomaste la senda muy de mañana, cuando tus padres se iban de labranza,
sin saber que tal vez ya no te verían más. La mañana
te recibía -con todo lo que ya conocías hasta la franja
de la carretera- con su aliento frío, punzante como la paja brava
que te salía al paso. Manadas de ovejas y llamas se desplazaban
por la serranía, en busca de pasto fresco. El lago, despejando
el cielo, se extendía como un manto salpicado de totoras. Desde
ahí arriba tú lo divisabas sintiéndote crecer alas,
listo para el vuelo. ¡Pilpintus!, gritabas a las mariposas que
revoloteaban, ebrias de sol, junto a las flores de los cactus.
Niño indio, el cielo se te abría azul e inmenso como el
mar que no conoces. La montaña se agrandaba a tu paso, mientras
te perdías entre la bruma que parecía descender a tu encuentro.
Algún pastorcillo te saludaba con su ¡Yule!, en los labios,
y tú continuabas ascendiendo. La quena solitaria de un arriero
avanzaba por la senda que seguías. Tolvaneras de viento se enzarzaban
con los matorrales. Las nubes, blancas como los vellones que escarmenaba
tu madre, se arremolinaban en media cumbre de la cordillera.
Pronto el cansancio hizo que te sentaras sobre una piedra. La oca
cocida endulzaba tu boca, al tiempo que descubrías el suave placer
de un cóndor lejano. La inmensidad de la puna se extendía
a tus pies. Cuando de las oquedades sacabas la nieve escarchada, el salto
de la vicuña atrajo tu atención. Frágil como la
bruma que rodaba, la viste perderse entre las rocas; entonces, te pusiste
a buscarla tenazmente, hasta que la encontraste en una especie de aprisco
que cobijaba una tropilla de vicuñas. Fue inútil el sigilo
que puso a tus movimientos, porque en cuanto sintieron tu presencia todas
se deslizaron cuesta arriba.
Las pisadas del viento ululaban entre las grietas y la paja brava, trayendo,
desde algún lugar de la montaña, un dulce coro de quenas
y zampoñas, acompasadas por su vibrante tamboril. Niño
indio, aguzando el oído persiguió la melodía que
a veces se perdía y reaparecía libre al viento. Las vicuñas,
sigilosas, se internaron en un estrecho desfiladero, indudablemente atraídas
por la música. Niño indio, aunque no las habías
visto, hiciste lo mismo. La música se escurría nítida
en su ancestral tonada, sembrando sus notas en la quebrada que, ahí abajo,
se mostraba como una catedral de rocas, mientras arriba, las nubes, como
una muelle bóveda, parecían desperezarse, aguardando tu
llegada.
Azul y oro, el sol se bañaba en el lago sagrado. Niño indio,
una nueva sonrisa iluminó tu rostro cuando descubriste la presencia
de las vicuñas. Con alas de bruma, las zampoñas soplaban
su tonada. Por la misma senda, percibiste la presencia de un zorro y,
entonces, ¡Kamage!, gritaste como queriendo alertar a las vicuñas
que permanecían subyugadas por la música. El sabor de la
montaña te penetraba a los pulmones. La tierra gredosa brillaba
con el rocío matinal, mostrando la huella de los años en
la tierra. ¡Kamage!, repetiste, al tiempo que las zampoñas,
cambiando de ritmo, sollozaban un triste yaraví. Niño indio,
estabas en presencia de un rito milenario que se elevaba en la evocación
de tu raza. La quena contaba sus penas y, así, sin darte cuenta,
penetraste en el éxtasis de las vicuñas que ahora te daban
la bienvenida con el brillo de sus ojos; todo eso era tan natural que
muy pronto te diste cuenta que estabas casi al límite de las nubes
más bajas. Tu vista llegaba a su fin. Pedazos de nubes rodaban
y jugaban con el viento que las empujaban.
-Niño indio -te dijo de pronto el zorro-, aquí no tienes
nada
que temer.
-¡Kamage! -salió tu sorpresa y, ya sosegado, depositaste
tu totora en el suelo. Las nubes se estiraban y gruñían,
animándote a la subida; "¡Adelante, ángel mío;
coge tu totora!" - ¿Puedo saber qué haces aquí?
-te preguntó el zorro.
-He venido a navegar en las nubes -respondiste, con plena convicción.
-¿En esa totora?
-Sí.
-¿Y no te parece muy pequeña?
-Yo también soy pequeño.
-Niño indio -aleteó un cóndor, frenando su vuelo-
las nubes no te aceptarán si no tienes alas como yo -dijo luego,
extendiendo la maravilla de sus plumas.
-Ellas me llamaron.
-¿Las nubes? -el cóndor.
-Seré como ellas.
-¿Y vas a navegar con esa tu totora? -el zorro.
-Sí.
-Pero las nubes nunca están quietas, ¿cómo llegarás
a ellas? -inquirió una de las vicuñas.
-Cierto, nunca -repitió el zorro, sonriente.
-Eso lo sé bien yo -el cóndor dio unos pasos, torpes, tratando
de equilibrarse en sus alas.
-Nada se detiene nunca -una lagartija verdeamarilla, que se hallaba camuflada
entre las piedras, sacó la lengua bipartida al hablar.
El cóndor empezó a sacudir sus alas y correr para levantar
vuelo. "Te esperaré entre las nubes", dijo, al subir
por los aires. Las zampoñas y la quena parecían seguir
su vuelo con una nueva melodía indígena que impregnaba
de aguayo y arcilla todo el ambiente.
-¿Y dónde están los músicos? -preguntaste,
entonces, extrañado de no verlos por ningún lado.
-Nadie lo sabe -dijo el zorro.
-Tal vez los músicos ya no existen y sólo haya quedado
su melodía que el viento ha traído a este lugar -explicó la
lagartija-. Yo la oigo desde que nací y pienso que seguirá así hasta
que el viento decida llevársela a otra parte.
-Sí, nosotras antes la escuchábamos cerca del valle, al
otro lado de la montaña y, después, desapareció totalmente
-dijo la más vieja de las vicuñas.
-Bueno, yo les puedo decir que seguirán aquí mientras todos
nosotros continuemos viviendo en paz -afirmó la lagartija.
-Es verdad, niño indio -el zorro, dispuesto a marcharse.
Las nubes, plomizas y blancas, volvieron a sacudirse, como con un gruñido
de satisfacción, cuando volviste a colocar tu totora bajo el brazo.
Las vicuñas se dispersaron llevadas por la música, como
queriendo aprovechar al máximo esa oportunidad de paz que pregonaban
las quenas y el tamboril. El zorro levantó su cola en señal
de despedida, corriendo luego tras de sus ocasionales compañeras.
Así, con una melodía más alegre, quedaste frente
a la lagartija.
-Me voy, tengo que continuar subiendo -le dijiste, sin perder de vista
el ascendente vuelo del cóndor.
-Que el espíritu de la montaña y nuestra madre tierra,
Pachamama, colmen tus deseos -dijo la lagartija y se perdió entre
las piedras.
Niño indio, a medida que subías por la senda que te señalaban
las nubes, la música te llegaba con toda nitidez. A ratos el viento
se integraba a esa melodía, silbando su canto lúgubre de
siempre. El aire se enrarecía mientras trepabas por los riscos
que se interponían a tu paso. Súbitamente, todo cambió para
ti cuando te recibió una luz extraña, fragmentada en infinitas
gotas. Estabas justo en medio de un maravilloso arco iris que se formaba
en el seno de la primera nube en que penetraste. La iridiscente luz espolvoreaba
con su aliento esa parte de la montaña. Tus pasos eran más ágiles,
casi alados en el esplendor del paisaje y de la música que no
cejaba en su empeño por seguir tus huellas. Siluetas de cóndores
se deslizaban al infinito. Ahí estabas, al fin, niño indio,
comprendiendo el llamado de las nubes. Al dejar libre a tu totora, ésta
se dilató y creció, poniéndose a tu alcance. Y así fue
como, al dar el primer paso para embarcarte en ella, tus pies se confundieron
con las nubes que se extendían como una blanca sábana.
Liviano y deletéreo entraste a formar parte de ese mundo, cada
vez más consciente de los mil secretos de tu raza, cuya voz percibías
en murmullos claros y seductores. Ahora conocías la inmensidad
de tu heredad. Estabas por encima de los hombres y de las cosas
alguna
vez, un niño imaginativo como tú, al elevar la mirada al
cielo, te descubrirá surcando las nubes, blanco y tenue en tu
frágil totora.
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Zenobio
Calizaya Velásquez
(Llallagua, Potosí, 1955)
6- EL LEÓN EN INVIERNO
Ramón
y Manuel eran dos hermanos que vivían en
el campo. El uno tenía doce años
y el otro nueve.
Muchos años ya estaban bajo el amparo de su abuelo materno, porque
sus padres habían muerto en el valle, víctimas de fiebres
desconocidas.
En el campo las casas se desparramaban ladera abajo, como un rebaño
sin pastor. La de los muchachos constaba de dos piezas juntas y otra
haciendo esquina. Servían de dormitorio, alacena, comedor, cocina
y de todo lo necesario. Estaban construidas, como todas del villorrio,
de anchos adobes y techadas con esteras de paja y barro, que en la región
llamaban t'ajta. La destinada a la cocina tenía puerta pequeña
y estaba completamente tiznada de hollín. Pero era el lugar más
abrigado y más apreciado por la familia, de manera que en ella
solían pasar las noches con frecuencia. Era curioso ver al abuelo
y a los niños, como dos espantajos negros saliendo de la cocina,
al despuntar el día. La casa estaba rodeada por un patio cuadrangular,
cuyos muros eran de piedra de río. Ramón y Manuel vivían
alegres y montaraces, ajenos al vaivén de las ciudades. Ramón
ayudaba al abuelo en las faenas del agro. Como no poseían grandes
extensiones de terreno, su labor se limitaba a pequeñas parcelas
que removían en la época de los barbechos y desbrozar la
mala hierba. Durante las cosechas, el trabajo era todavía más
duro y también divertido, porque daba gusto recoger el fruto.
El mayor tiempo, sin embargo, lo dedicaban al pastoreo del rebaño.
No más de cincuenta ovejas constituían el patrimonio del
hogar.
La escuela quedaba a dos leguas de camino.
Casi al alba, ramón y Manuel encendían la cocina de barro,
con thola seca que tenían apilada en un extremo del patio. Colocaban
dos ollas de aluminio fregadas en la víspera: una para el desayuno
y otra para el fiambre. Como el tiempo corría inclemente, Ramón
y Manuel solían preparar lo necesario ya un día antes,
como pelar papas, remojar el chuño, picar la cebolla. A esas horas
del amanecer, esperaban que hirviese el agua para introducir en una de
las ollas todo aquello, además de tasajos de cordero; y en la
otra, unos granos de sultana. El abuelo, entre tanto, aguardaba remolón
y chochero.
Concluido el desayuno y guardado el almuerzo en una arpillera, con tantos
envoltorios como fuera preciso para mantenerlo caliente, los niños
se despedían del abuelo y cogían el delgado sendero que
se perdía colinas abajo, sorteando canchones, grietas, riachuelos
y rocas, hasta llegar a la escuela. Antes de ella había un peñón
que semejaba una alta torre de piedra, que visto por un lado parecía
la cabeza de un perro, con las orejas tiesas incluidas. La gente del
lugar lo llamaba Tangani. Hasta llegar allí, habrían transcurrido
hora y media, al menos. Descendían la escarpada como dos traviesas
vizcachas, brincando de piedra en piedra. Cruzaban un rumoroso río
de aguas claras, que mantenían en las orillas unas franjas de
pastos verdes, berros, hierbabuenas y otras vegetaciones que hacían
del lugar un particular oasis.
La escuela era un modesto edificio de dos aulas, con paredes de adobe
y techo de calamina. En lugar de pupitres, tenían poyos hechos
de otros adobes y angostas tablas. Sin embargo, en el patio, sobre un
mástil, flameaba la bandera nacional.
Al caer la tarde, Ramón y Manuel regresaban a casa, donde el abuelo
ya terminaba de guardar el rebaño.
Una mañana de invierno, el abuelo no pudo levantarse de cama,
afligido como estaba por unos dolores incesantes. Ramón y Manuel
consideraron que no podían asistir a la escuela. Recorrieron la
estancia en busca de remedios. Acudieron a la gente buscando ayuda. Mas,
no hubo manera de mejorar la salud de aquel cuerpo marchito.
El abuelo, héroe silencioso de tantas jornadas en la dura serranía
andina, que supo gambetearle a la muerte en las arenas del Chaco, sucumbía
encogido al inexorable peso de los años. El viejo león
miró con ojos acuosos a los niños, quiso decir algo y su
voz se resistió. Suspiró profundamente y tras breve sufrimiento,
entregó su alma a Dios.
Después sellaron su eterna ausencia los actos funerarios. El cuerpo
apergaminado descendió a la fosa, muy lejos de su casa, abandonando
sobre la tierra a esos cachorros huérfanos que en adelante debían
enfrentar a la vida, solos.
El invierno recrudecía.
La despensa empezó a vaciarse. El rebaño se descarriaba.
Fue preciso distribuirlo, "al partir" o en comandita, entre
la gente del oficio, para evitar su exterminio. Faltaba azúcar
para los mates y sultanas, y arroz para la sopa.
Ramón y Manuel decidieron marchar al pueblo, capital de la Provincia,
distante unas cinco leguas hacia el norte. Cogieron, pues, algunas cosas
para el camino: la consabida merienda, algo de charque y una gallina
que pudieran trocear con otros productos.
Pero la naturaleza obró en contra, como si ya no fueran suficientes
todas las angustias presentes.
Al cabo de tres horas de caminata, los sorprendió una nevada.
Los niños lograron refugiarse en una especie de horadación
que había en un cerro. Acurrucados uno junto al otro, rogaron
al cielo para que escampara. Sin embargo, la tormenta zapateaba una cueca
infernal e iba formando en torno gruesas capas blancas.
-Tengo frío -susurró Manuel.
Ramón se quitó el poncho y se lo dio. Tuvo que conformarse
con el calor que le proporcionaba el cuerpecito de la gallina, apretado
como lo tenía al pecho.
-Sigo teniendo frío -volvió a rogar Manuel.
La noche arrojó su manto, pero no amainó el temporal.
Ramón se deshizo también de la gallina, en beneficio de
su hermano. Poco después rechinó los dientes y se abandonó a
un sueño pesado.
La gallina saltó del tierno pecho y se internó en la gran
alfombra
glacial. Despuntaba el día. Sobre la nieve, el ave dejaba sus
huellas en desconcierto. Manuel abrió los ojos y requirió a
su hermano. No obtuvo respuesta. Sólo era un témpano humano
que rodó ladera abajo.
Como el león que en invierno tiene hambre y muere de frío.
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José Camarlinghi
(La Paz, 1928)
7- CUANDO YO ERA TRENCITO
I
Cuando
era más pequeño, hace ya mucho tiempo,
fui un trencito de verdad, como el que tengo en
un libro; papá dice que es modelo de 1890.
Lo guardo como recuerdo preciado porque él
me dio la alegría más grande de esa época.
El trencito tenía todo: su locomotora pequeña,
donde casi no entraba el maquinista don Santiago
y su ayudante Onofrio. ¡Uff
! Hacía
mucho calor y apenas se podían mover para
echar carbón al fogón que parecía
un infierno. Tenía coche de primera y segunda,
un coche comedor hermoso y, a veces, llevaba coches
dormitorios. Nunca más seré tan feliz
como en aquellos días.
II
Un
día dije a papá que quería
ser un trencito. Se burló con muchas carcajadas
porque le parecía que tenía gracia.
Muy chistoso. Me dolió bastante. No le dije
nada, porque un hijo no debe lastimar nunca a su
papá. Molesté todos los días;
muchas veces lloré porque era injusto, sin
embargo yo traté de ser lo más bueno
posible. Cuando llegaba de su trabajo, mi tema
era el tren. Los niños somos molestosos
si no nos satisfacen, y somos tenaces para conseguir
lo que deseamos, sobre todo, cuando nuestros deseos
son justos, pero también los padres son
como nosotros, ellos quieren que hagamos cosas
que a nosotros no nos gustan. Cada vez volvía
a solicitar con más decisión, entonces,
papá se molestaba y me dirigía unas
miradas, que cualquiera se iba directo a la cama
a llorar su desencanto. Pasaba días y días
entristecido, hasta que me enfermé y toda
la culpa la tenía papá por no conceder
mi deseo de ser un tren. Por supuesto que estaba
a un paso de transformarme en cualquier momento
que lo deseara, pero no quería sin la autorización
de papá. Toda la vida había sido
un niño obediente y estaba muy agradecido
a mis padres que siempre me quisieron y me dieron
muchas cosas lindas. Papá era muy bueno,
pero, no sé por qué no quería
que yo fuera tren.
III
Un
día mamá se puso de mi parte, y muy
molesta dijo a papá: "¡Ya! ¡Concédele
su deseo! No se puede disgustar a un niño
con esa terquedad tan absurda. ¡Sí!
Es un absurdo -contestó papá-, porque
es hacerle perder la realidad de la vida".
Me miró y regañándome, dijo: "Un
tren está hecho de fierro, de engranajes
y pernos; un tren no tiene ojos ni boca, no tiene
inteligencia ni corazón; tampoco va a la
escuela ni al cine; un tren no tiene ni su papá ni
su mamá".
Luego de un silencio largo
"¡Ya! ¡Vuélvete
un tren si quieres!".
Sentí alrededor de mi cabeza las campanadas de San Francisco;
risas y gritos de los recreos. Como una mañana de carnaval con
el corso de niños disfrazados de pepinos y kusillos, que brincaban
como si fueran de goma, al son de los pinquillos chillones. ¿Qué sería
de los niños si no tuvieran mamá? La mía es muy
buena.
IV
Me
gusta vivir en la estación. Oír el
sonido de los pitos, el traqueteo, el bullicio,
las despedidas, la alegría de la gente que
viaja.
Corríamos sobre rieles muy brillantes y, ¡qué sé yo!
Por qué caminos desconocidos que se pierden en el horizonte del
altiplano; subíamos cerros con muchas curvas, bordeando precipicios
profundos, hasta llegar a las montañas cubiertas de nieve y el
pito como una pelota roja rebotando de un cerro a otro. Y chas
chas
chasss
chasss,
la locomotora cansada y apenas chasss
chasss
chasss
hasta
llegar a la cumbre. El descenso era hasta llegar a la otra pampa y correr,
correr siempre. Como yo era un tren, ya no podía ir a casa. Papá y
mamá se quedaron muy tristes; las veces que venían a visitarme
a la estación se les saltaban las lágrimas. Mamá no
podía contener su llanto. Me sentía muy dolorido en esta
situación, pero qué podía hacer si yo era un tren.
Papá y mamá tenían que comprender que yo era más
grande y que algún día tendría que irme de casa,
como todos los hijos que se casan y se van con sus esposas. Yo era un
tren y tenía que correr los caminos; además, que un tren
no puede ser a la vez un niño y volver a ser, otra vez un tren.
Mamá algún día me comprendería. ¡Yo
no los olvidaré nunca!
En la vida de trencito pasé mucho tiempo y así como cuando
era más pequeño, no comprendía si los años
eran días y los días meses; a un tren no le interesa el
tiempo que pasa. Yo sólo recordaba el domingo porque todos íbamos
a la iglesia, pero aprovechaba para escaparme a la estación, porque
creo que es lógico que un niño, en proceso de volverse
tren, vaya a la iglesia. Recordaba también que ese día
me llevaban al circo a ver a los payasos, a los leones y a los trapecistas
que me gustaban mucho. Ahora viajo con ellos y son mis amigos.
V
Una
noche viajábamos por la pampa a mucha velocidad;
la noche estaba tan oscura que parecía un
terciopelo y sólo se oía el ruido
del traqueteo monótono. Estuvimos con retraso
en nuestro horario y teníamos que ganar
el tiempo perdido. Un tren tiene que ser cumplido
con su itinerario sino la gente se molesta, por
eso corríamos mucho.
Repentinamente vi -a lo lejos-, en la oscuridad,
una luz del tamaño
de una cabeza de alfiler que crecía aceleradamente sin darnos
tiempo a pensar en lo que podía ser. "Es un platillo volador",
dijo Onofrio. "Déjate de boberías", le contestó el
maestro Santiago; "no creo en esas fantasías". A cada
instante era más grande, hasta que parecía que nos hubiera
echado el sol sobre la cara. ¡Su luz encandilaba!
"¡Es
un pla
! ¡Cuidado nos metimos en el carril del tren grande!
¡Es
el expreso que se nos viene encima!
".
Sentimos el pitazo agudo y ensordecedor. Todo sucedió en segundos.
Un ruido atronador. Todo crujía, parecía el fin del mundo;
nos sentimos expulsados a un lado de la vía y pasó la enorme
locomotora diesel y sus coches que parecía de nunca terminar con
su pito largo y agudo.
Cuando nos recuperamos de la confusión, vimos fierros retorcidos,
carros inclinados fuera del carril, el agua de la locomotora desparramada,
el vapor quemante que se iba al cielo; más allá estaba
el humo como gelatina negra que se escurría entre las piedras. ¡Todo
destruido!
Recogimos el agua, el humo y las ruedas retorcidas, los fierros que habían
perdido sus formas. Y nos fuimos a buscar un mecánico. Ya era
media noche y apenas pudimos llegar a donde don Panchito. Su casa estaba
sin luz; pensamos que ya estaba durmiendo. No había más
solución que despertarlo; llamamos varias veces ¡y nada!
Volvimos a llamar, y nos contestó que no podía atendernos.
Tanto le rogamos que tuvo que salir. Don Panchito era un excelente mecánico.
Al fin apareció frente a nosotros, bien abrigado con una manta
y una vela en la mano. Don Panchito es muy viejo y tiene que cuidarse
de los resfríos. Le contamos el trágico accidente y no
podíamos explicar cómo nos habíamos metido en la
vía del gran tren expreso que parece un monstruo. Miró los
fierros retorcidos y, muy crédulo, nos dijo: "Trataremos
de repararlo; haré lo posible". En seguida se metió entre
los fierros. Hora tras hora esperamos hasta el amanecer. Así,
don Panchito salió cuando cantaban los gallos, con la vela en
la mano. La luz le alumbraba sus grandes bigotes grises, sus ojos cansados
y las manchas de grasa y hollín de su rostro. Nos dijo tristemente: "Me
rindo; no se puede reparar. Está todo destruido".
VI
Nos
quedamos vacilantes, con un largo silencio; nadie
dijo nada. Yo sólo sentí que, por
mis mejillas, corrían lágrimas y
tenía ganas de llorar a gritos. Recién
comprendí que todo había terminado.
No me quedaba más que volver a casa. Cuando toqué la puerta,
mamá me abrió y sorprendida no pudo aguantarse y dio un
grito de alegría, hasta asustar a papá el cual salió y
me levantó en sus brazos, haciéndome dar varias vueltas
en el aire. Lo importante para ellos era que yo hubiera vuelto a casa.
Ahora, todas las tardes, cuando vuelvo de la escuela, me siento en las
gradas de la estación a mirar pasar los trenes, recordando los
buenos tiempos. ¡El corazón se me encoge!
Dicen que soy un niño triste. No. Yo pienso que no. Lo que pasa
es que quiero ser un tren.
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