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Academia Argentina de Literatura Infantil y Juvenil .AALIJ.

Soles de niña (Poesía)
María Fernanda Macimiani

La niña mira
curiosa el cielo.
La niña pinta
un sol de caramelo.

Sus rayos dulces
tiñen de colores
las noches oscuras
todos los rincones.

Los rizos de sus soles
Se enredan en el viento
juegan con las manchas
y las hadas de los cuentos.

Ella pinta primaveras
sin lágrimas traviesas
sueña finales felices
como sus soles de seda.

Premio Pregonero Periodismo Digital

Publicado en la Antología de literatura infantil “A la hora de la siesta. Magia y rebeldía”, por Enigma Editores, año 2012.

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LOS NIÑOS EN EL CUENTO BOLIVIANO

ANTOLOGÍA
VÍCTOR MONTOYA

Desde adentro, desde adentro,
desde el fondo del abismo,
viene corriendo a mi encuentro,
un niño que soy yo mismo.
Oscar Alfaro

1- PALABRAS PRELIMINARES

Estos cuentos, escritos con el vértigo de la pasión y la fuerza de la inteligencia, están destinados al niño que habita en nosotros, al que se niega a abandonarnos y nos contempla desde el fondo del alma.
Cada autor, como atrapado en el torbellino de los recuerdos, incursiona en los territorios invadidos por la infancia, intentando reconstruir las astillas dispersas de la memoria, o simplemente, con el franco propósito de traslucir las aventuras, pasiones, sentimientos y pensamientos de quienes, más allá de ser rescatados de las brumas del olvido, son los protagonistas principales de estas piezas de incalculable valor humano y literario.
Es aquí donde los cuentistas, encumbrados con su mayor sensibilidad, nos deslumbran con un estilo personal y un certero dominio del discurso narrativo, aun a riesgo de asomarnos a las lindes de la literatura infantil, que de hecho constituye un género distinto a las intenciones que motivaron la elaboración de esta antología.

A la pregunta: ¿por qué una antología de "El niño en el cuento boliviano". La respuesta es muy sencilla: porque considero que la infancia constituye el cimiento de la personalidad humana, la etapa más noble y sensitiva que nos depara la vida. No en vano reza el sabio proverbio: "El niño es el padre del hombre", pues nosotros, los adultos, somos lo que fuimos de niños. Quien no tenga un punto de referencia en los años de la infancia, debe considerarse un individuo sin pasado ni futuro, y por eso mismo, un desatino de la razón y una fatalidad del destino.

El único criterio que se usó en la selección de los cuentos, al margen de la inherente calidad literaria que se exige en este tipo de publicaciones, fue el hecho de que los temas, cuyos escenarios están ambientados en el campo, las minas y las ciudades, estuviesen contemplados desde la perspectiva de los niños, quienes, gracias al poder de su imaginación, son capaces de captar las vibraciones más sutiles de su entorno, observando con perspicacia los atavismos ancestrales y las costumbres familiares, debido a que la sensibilidad es uno de los hilos conductores de la condición humana, sobre todo, cuando ésta se halla en pleno proceso de desarrollo.

De otro lado, valga advertir que ciertos cuentos, aparte de reflejar el panorama multicultural del país, recrean el lenguaje popular, salpicando el texto con interferencias del quechua y el aymara, en una suerte de pirotecnia lingüística que enriquece los matices léxicos y sintácticos de una lengua.
En algunos cuentos, cuyos temas son disímiles en su forma y tratamiento, están retratados los niños marginados de las grandes urbes: los huérfanos, mendigos, canillitas, lustrabotas, los que no tienen nombre ni hogar, los que maduran antes de tiempo como si estuviesen hechos a golpes de crueldad y tragedia. En otros, en cambio, aparecen los niños de la clase media empobrecida, los niños de las minas y el campo, donde están presentes la discriminación social y racial, la violencia y el menosprecio. Se tratan de cuentos que, además de contener un alto valor ético y estético, nos convocan vehemente a la reflexión y a la toma de conciencia, como si los autores, a tiempo de exagerar intencionalmente el grotesco social, criticando los aspectos más crudos de la realidad, desearan transformar la situación de los niños que pertenecen a las clases menos privilegiadas de la sociedad imperante, donde el atropello a los Derechos del Niño, junto a la pobreza y el autoritarismo, es una ley contundente que habla su propio lenguaje.

Varios de los cuentos, expuestos con sobriedad y transparencia, nos dejan con el aliento suspendido, pues parecen nacidos del alma de su autor con el mismo dolor que implica el parto. Son cuentos que, narrados en primera persona y con experiencias personales y colectivas, se convierten en gritos de desesperación y denuncia. No obstante, es interesante observar que en medio de la tragedia social, que en Bolivia se torna en un doloroso problema nacional, se filtra el rayito mágico de la fantasía, permitiéndole a cada niño mantener encendida la llama de la esperanza y el goce emocional que le proporciona la actividad lúdica, donde los deseos, palabras, imágenes y sueños siguen su propio cauce, al margen de la realidad existencial y el mundo racional de los adultos.

La antología reviste no sólo la importancia de haber sido publicada en Suecia, como una contribución a la difusión de la literatura boliviana, sino también la importancia de reunir, en un solo volumen, el tema del niño en la cuentística del siglo XX, con la esperanza de que la narrativa boliviana, tantas veces ausente en la constelación de la literatura latinoamericana, tenga un mejor porvenir en el presente milenio, en provecho de los autores que dedican su tiempo y talento al arte de la palabra escrita.
Asimismo, la presente antología, lejos de tener un afán de lucro, es una suerte de reconocimiento y agradecimiento a los escritores que se empeñan -y se empeñaron- en rescatar los sentimientos más sublimes de un pueblo, cuyos valores culturales apenas trascienden más allá de sus fronteras, en parte, debido a la desidia de quienes controlan los aparatos de poder a nombre del consenso y la democracia.
En lo que a mí respecta, me complace el simple hecho de haber compilado estos cuentos de mi tierra, donde no pocos escritores descuellan como excelentes intérpretes del alma infantil.
Estos son los cuentos que cautivaron mis inquietudes de lector y éstos son los autores que inspiraron, con su palabra y aliento, la elaboración de este volumen que ahora deposito en sus manos, como un cofre lleno de esperanzas y sorpresas literarias.

Víctor Montoya, Estocolmo, 2001.

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Germán Arauz Crespo
(La Paz, 1941)


2- EL MILAGRO DE LAS SANDÍAS

Ni subidos sobre los hombros de otro lográbamos abarcar con la mirada los límites del sandial. A lo lejos, sólo podíamos ver el reflejo del sol estallando sobre las frutas. Lentamente nos fuimos repartiendo por el terreno. Era tanto nuestro entusiasmo, que ni tomamos en cuenta el tamaño de cada fruta ni el solazo que partía la tierra. Hasta nos parecía sueño. ¡Todito el sandial de don Casiano a nuestra disposición y ni siquiera debíamos apresurarnos por temor a los hondazos del dueño!
No había en la zona fruta más apetecida que la cultivada por don Casiano y, tal vez por eso, éste prefería venderla afuera y no en el pueblo. Es posible que sean sus tierras, es posible que -como decía don Uruguay Carrillo- sea la suerte del avaro. Lo cierto es que todo lo que cultivaba ese hombre, resultaba siempre en una cosecha envidiable.
De sus tierras salían los choclos más tiernos, las mangas más dulces, las sandías más grandes, las naranjas más jugosas. Situado en lo alto de la loma, el puesto de don Casiano era el más apetecido. Y el menos visitado. Los dueños jamás invitaban a nadie y, si alguien se acercaba para conversar, era atendido hoscamente en la tranquera. Ninguno de nosotros se podía jactar alguna vez de haber cruzado la alambrada sin que un certero hondazo nos dejara escociendo las nalgas.
A simple vista parecía pan comido. No tenía ni siquiera un perro pa que denuncie a los intrusos. El último que tuvo aguantó 23 días comiendo ruda. Qué desventura la del animalito. Cuando se murió, ya casi era un vegetariano convencido, solía contar Israel Mendoza, el camionero. Sin embargo, el cerco que separaba el puesto de don Casiano con afuera, era impasable. Allí por donde uno metiera la nariz -ya sea al alba o al atardecer- allí encontraba al dueño, revoleando con placer su honda.
Sería para evitar esas invasiones que don Casiano nunca dejaba su propiedad. Salvo cuando tenía que viajar para colocar sus productos afuera. Entonces, quién entrara allí con deseos de sacar una naranja para calmar su sed, seguro encontraba a su mujer. Y si en el pueblo había alguien más certero que don Casiano para manejar la honda, esa era doña Etelvina.
La fama de tacaño de don Casiano se fue extendiendo a los pueblos vecinos. No había en los alrededores quién quisiera trabajar para él y cuando llegaban las épocas de la siembra o la cosecha, tenía que ir cada vez más lejos a buscar quién lo ayude. Muchos de sus peones, abandonaban el trabajo antes de terminarlo. Parece que el hombre les mezquinaba hasta el agua que tomaban. La última vez, los tuvo que traer del sur de Potosí -recordó Pastor Vaca. ¡Había que ver cómo se derretían esos collitas*!, añadió Cesáreo Nogales. Como siga así, hasta su mujer se le irá, predecía Benigno Perales. Y eso lo mataría, de seguro. ¿Quién sería capaz de encontrar mejor peón que doña Etelvina y por nada?, retrucaba Inocencio Taboada.
Y era cierto. Nadie había visto jamás una mujer más valiente para el trabajo que doña Etelvina. Laboraba de sol a sol con la misma energía que tres peones. Y ni siquiera cuando quedó preñada disminuyó su capacidad de trabajo. Todo el mundo le achacaba a ella la prosperidad del puesto. ¡Quién podría creerlo! Justo fue eso lo que la mató. Estaría de unos siete meses, cuando el marido tuvo que viajar de urgencia a Tarija, para acomodar a buenos precios las sandías antes de temporada. Entonces, fue que la mandó a que ensillara el caballo.
Algo habrá pasado, porque el caballo de don Casiano era más manso que sapo criado en casa. Tal vez se le acercó alguna víbora. El caso es que, justo cuando la mujer iba a colocarle los aperos, el ruano le mandó el patadón en pleno vientre. Murió -dicen que sin largar un quejido- dos días después. El doctor sólo pudo atenderla una vez y, para eso, tuvo que prometerle al dueño de casa, que no le cobraría un centavo por la consulta. Para el velorio -sin que nadie se los pida- los vecinos comenzaron a subir a la loma llevando café, azúcar, cigarritos y hasta alcohol, pa velar como Dios manda a la muerta. Es que, así como el marido inspiraba desprecio, doña Etelvina siempre fue objeto de simpatía y lástima de parte del pueblo.
Al día siguiente, a las dos de la tarde, pese al solazo que perforaba los techos de las casas, el pueblo comenzó a reunirse en el puesto del avaro, para el entierro. Nosotros también. Pero por la parte de atrás.
Sabíamos que don Casiano debía asistir al cementerio, dejando sola la casa. Era una oportunidad para visitar el sandial que no se nos presentaría en 20 años. Nos habíamos reunido como ocho chicos, y teníamos bien preparada la estrategia. Llevaríamos las sandías al borde de la cuesta, de forma que, al final, no tengamos que hacer más esfuerzo que el empujarlas cuesta abajo. Los más chiquitos como Luciano y Edil, esperarían a medio camino, para dar un impulso a la fruta que quede estancada en medio camino.
Iniciamos la cosecha con mucha alegría. Pero ésta duró muy poco. A los pocos minutos el sol de la tarde empezó a aplastar nuestro entusiasmo. Las espaldas parecían ardernos y el gran tamaño de cada sandía dificultaba su transporte hasta la ladera. Apenas habíamos logrado reunir unas 20 sandías en la orilla de la ladera, cuando Saúl nos dio la voz de alarma: ¡Vuelve el tacaño!
Nos asomamos al borde de la ladera. El cortejo, encabezado por el viudo, y compuesto por unas 15 personas, retornaba del cementerio trabajosamente. Caminaban con dificultad, achatados por el calor, dispuestos a un último esfuerzo que les permita ascender hasta el puesto. Era imposible que no nos vieran. No nos quedaba otra. Empezamos a empujar con desesperación la fruta apilada, que comenzó a rodar provocando una gran avalancha. Don Casiano levantó la cabeza y quedó paralizado. Era como si le hubiese caído un rayo. Pero eso fue sólo un instante. Luego comenzó a correr cerro arriba con desesperación. Aterrorizado, sentí un líquido tibio correr entre mis piernas.
El tacaño subía trabajosamente, resbalando en la ladera, volviéndose a levantar. Hasta que alcanzó la primera fruta. Rápidamente la levantó y, partiéndola en dos sobre una de sus piernas, hundió la cara en la superficie roja y fresca de la sandía y empezó a comerla con desesperación. Luego, mirando hacia nosotros, gritó ansioso: ¡Tiren más sandías, carajo!, y volviendo hacia quienes lo acompañaban: ¡Vengan compadres, sírvanse fruta! ¡Aprovechen ahora que la Etelvina se ha muerto!

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Virginia Ayllón
(La Paz, 1958)


3- BÚSQUEDA

a Bárbara

El tiempo tiene miedo
El miedo tiene tiempo.
Alejandra Pizarnik

He tardado mucho en encontrarla pero al buscarla huía de su posible materialidad. Miedo de que no fuera, de que estuviera hecha de nada. Pánico de encontrarme con otra cosa igual a ese miedo-monstruo, esa presencia pesada, verde-oscura y casi transparente que fue el miedo corporizado durante mi búsqueda. Esa cosa que se me pegó al cuerpo y estaba en todo; sintiendo mis sensaciones, caminando mis pasos, soñando mi sueño, solazándome en mi llanto… imposible desprenderlo, arrojarlo, destruirlo.
¿Y qué si ella no existía?, ¿si mi búsqueda era una ilusión en trance a la frustración?

ANTEANTEAYER

Hoy el miedo se alejó un poquito porque al fin la vi. ¡Es tan hermosa! Es sólo una niña: algo alta, algo delgada y me lleva ese invariable vestido celeste estampado con menudas florecillas blancas. El pelo largo, amarrado en la nuca con un breve lazo blanco. Camina lenta y distraídamente entre los árboles del bosque de eucaliptos que a veces deja que un rayo de sol la ilumine. Canturrea al caminar, palpa cada tronco que se le asoma. ¿Cómo será su cara?, ¿y su sonrisa?, ¿la tiene?
Qué ganas de gritarle que lo único que ansío es charlar con ella. Junto a esta felicidad me nace el miedo a que huya de mí.
Pero… ¡horror!, ¡es tan cándida y está tan desprotegida! No parece saber los peligros que la acosan, es muy distraída. ¿Cómo decirle que algo grave puede pasarle? ¿Cómo, cómo alertarle y cuidarla sin hablarle? ¿Cómo hablarle si se me muere de miedo?

ANTEAYER

Hoy tomé valor y la seguí entre los árboles (evitando siempre que me vea). No se percató de mi presencia.

AYER

Llegamos al bosque y estaba sentada en una piedra, el vestido celeste y el moño en la cabeza, canturreaba y jugaba con un pedazo de hierba. Me presintió y por fin… se dio la vuelta. Temí lo peor… que huyera, desapareciera o se desvaneciera. Cerré los ojos y al abrirlos me encontré con su sonrisa, ¡qué linda sonrisa!, ¡qué lindos ojos! Nerviosa, sonreí, enrojecí y me escondí tras un macizo de eucaliptos. Inició entonces ella un juego en el que yo debía seguirla y el zigzag entre árboles delató su seguridad y mi inseguridad. ¿Qué decirle, cómo decirle?

HOY

Hoy, no sé cómo ni cuándo sucedió; sólo sé que me encontré reposando en su regazo y llorando. Ella acariciaba mi cabello y no permitió que el miedo (ese verde-oscuro) se sentara entre las dos. De querer protegerla resulté protegida y querida.

SIEMPRE

Hoy quiero volver a verla porque tengo muchas cosas que contarle, quiero volver a jugar con ella, internarme en ese bosque de sol, aprender la cancioncilla que canta. Ya sé cómo y todo está listo: las niñas en el colegio, la comida preparada, el teléfono descolgado, el timbre desconectado y yo presta a relajarme para poco a poco entrar en ese túnel de mí y mi tiempo que me lleva al bosque donde estoy yo de niña, con mi invariable vestido celeste estampado con florecillas blancas y mi breve moño en la cabeza.


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René Bascopé Aspiazu
(La Paz, 1951-1984)


4- ÁNGELA DESDE SU PROPIA OSCURIDAD

No sé desde cuando empecé a sentir miedo por aquella habitación del segundo patio. Sin embargo creo recordar una tarde en que jugábamos fútbol, cuando la pelota de trapo golpeó con fuerza la puerta cerrada que crujió en toda su estructura gastada. De pronto me pareció que el ruido que había penetrado en la habitación se transformaba lentamente en un eco rotundo que levantaba polvo, removía telarañas y cambiaba de lugar las cosas. Después sentí cómo se aquietaba y se apoderaba del aire, llenándolo y absorbiéndolo todo, de manera que si repentinamente se abría la puerta, el ruido crecido se desbordaría en el patio, arrastrándonos, ahogándonos.
Nunca antes, hasta el día en que el hijo del portero de la casa tragó veneno para matarse por Yolanda, me di cuenta de que la habitación estaba ocupada por dos viejas y una muchacha alta y pálida llamada Ángela. Precisamente ese día, mientras mi madre y yo mirábamos cómo Roso se revolcaba en el empedrado, vomitando y gritando de dolor, me sorprendí al ver que la puerta se abría imperceptiblemente. La sangre se congeló en mis venas, porque yo tenía la íntima seguridad de que ese cuarto estaba deshabitado. Por suerte Roso tardó en morir hasta que cayó la noche, y yo aproveché para mirar con más detalle por la pequeña abertura dejada como a propósito. Ángela estaba inmóvil en una silla y las dos viejas se turnaban para ver el espectáculo del envenenado que no se dejaba tocar con nadie, mientras su padre lloraba histéricamente en un rincón. Tal como lo había supuesto inconscientemente, los objetos que alcancé a ver eran más antiguos que lo que podía tolerar mi imaginación. Lo que más me deprimió era la gran cantidad de cuadros de santos con los rostros satisfechos de tanto sufrir que estaban colgados en la pared del fondo, y un Cristo pequeño, crucificado, sangrando por todas partes y con los cabellos tan crecidos que me daba miedo y náusea. Así permanecimos hasta que murió Roso y nos quedamos todavía hasta que llegó la policía a llevarse el cadáver. Para entonces la puerta se había cerrado completamente, simulando que nadie existía detrás de ella.
(En Todos Santos, mi madre y mi abuela tienden un paño negro encima de la mesa pequeña que está en el rincón más oscuro de mi cuarto. Encima de ella colocan lentamente el retrato de mi abuelo muerto hace quince o veinte años, mientras lo desempolvan con un trapo, luego encienden una vela y la fijan con la cera derretida que chorrea de la misma en un platillo de porcelana. El retrato se encandila. Mi abuela trae un vaso lleno de agua cristalina y lo posa en el paño; luego rezamos todos mientras yo mastico un pedazo de pan. En la noche no puedo dormir con la vela encendida y con el miedo de ver la mirada triste de mi abuelo encerrado en su fotografía, mientras su alma se bebe llorando a grandes tragos el agua del vaso. La llama chisporrotea y mi madre no se da cuenta del miedo que siento, por eso duerme en lugar de abrazarme).
Mi astucia infantil, con truculencia, me hizo ingeniar mil maneras para poder observar con detenimiento el interior de la habitación. Algunas veces, sin embargo, la puerta permanecía cerrada durante varios días, aunque por el olor que salía de las rendijas de la misma, yo sabía que Ángela y las viejas estaban en el interior.
Con el tiempo, las facciones de las tres mujeres me eran familiares; las miraba sin que se dieran cuenta, mientras jugaba cualquier cosa. Cuando salían, ella siempre caminaba entre las dos viejas, y parecía que sufría tan profundamente, que la empecé a amar con todas las fuerzas que me permitía el miedo. Estaba seguro que los cabellos peinados en moño, el velo negro, la joroba y el abrigo hasta las canillas era una imposición de ellas, para que se les pareciese. Pero Ángela tenía una palidez original que la diferenciaba totalmente.
Cuando mi madre se dio cuenta que me gustaba permanecer más de lo necesario en el patio, inexplicablemente comenzó a exigirme que dejara los juegos antes del anochecer. Pero era precisamente a la hora del principio de la noche cuando Ángela salía custodiada por las viejas. Por eso, las primeras veces, me negué a obedecer con pretextos de juego, pero después, en el invierno, cuando la noche llegaba más temprano, mis razones terminaron. Entonces opté por decirle que tenía ganas de entrar al baño. Así fue que la engañé, haciendo que me viera entrar, para luego salir furtivamente y esconderme en la oscuridad del callejón que comunicaba mi patio con el segundo, hasta que Ángela salía rumbo a la calle.
No recuerdo cuándo me enteré que Ángela no se llamaba así sino Elvira, que las viejas eran su madre y su tía, y que todas las noches, infaltablemente, iban a la misa de siete de San Francisco. Desde entonces me atreví a acercarme a la puerta, descaradamente, en el momento en que salían, para ver cada noche, desde diferentes ángulos, la habitación; de manera que fui armando mentalmente las imágenes anteriores, hasta conocer bien la ubicación de la mesa, de las dos camas, de los cuadros, de los baúles de madera, de las sillas viejas y de todas las demás cosas.
(En las mañanas de Todos Santos, mi madre es la primera en despertar, se levanta y mira indiferente el vaso casi vacío, recoge los restos que han quedado de la vela ardida y los arroja a la lata de basura. Yo siento todavía el llanto profundo del alma de mi abuelo, cuando salimos. En el patio, el perro nos mira con los ojos llenos de lagañas, porque ha visto toda la noche a los espíritus deambulando por la casa. En el cementerio escucho aún el llanto lejano, entreverado con el tañido de las campanas que traen un olor a cadáver y a flores. Cuando hemos rezado empieza a llover sobre las tumbas y la mañana parece tarde).
Hace mucho tiempo, por mala suerte, mientras yo permanecía oculto esperando la salida de Ángela, aparecieron en el otro extremo del callejón, doña Juana y el padre de Carlos. Sin verme comenzaron a abrazarse y besarse y tocarse en todas partes, apresuradamente. Pero cuando el padre de Carlos me descubrió sólo atiné a correr hacia la puerta de Ángela, mientras él me perseguía amarrándose los pantalones. Justo en el momento en que me alcanzaba, las tres mujeres salían de la habitación. Ese día vi por primera vez que Ángela me miraba, por eso no sentí los golpes que me daba el padre de Carlos mientras me arrastraba hacia mi cuarto.
Desde ese momento mi madre no me dejaba salir al patio, por corrompido. Pero lo único bueno que pasó, fue que no se enteró que yo amaba a Ángela ni que tenía miedo de la habitación del segundo piso.
Yo pensé que duraría poco tiempo mi encierro, pero mi madre no se olvidaba de aquella noche en el callejón, y hasta llegó a pensar en que nos fuéramos a ir a otra parte, porque no podía más de vergüenza ante el padre de Carlos. Pero mi abuela, que me defendía un poco, le decía que no hiciera locuras, que en ninguna parte encontraríamos un cuarto en alquiler tan barato, y que por último ya se dejara de fregar que no era para tanto. Parece que esto hizo que mi madre se conformara.
Para Navidad encontré debajo de la cama, un camión de madera, pintado de morado y azul. Creí que al darme ese regalo, mi madre me perdonaba; pero además se puso tan contenta que se distrajo y yo salí al patio arrastrando mi juguete hacia el callejón. Cuando mi madre se dio cuenta me llamó a gritos, enojada, pero yo alcancé a ver que la puerta de Ángela estaba cerrada con un candado grande y medio ensarrado.
Desde la mañana en que escuchamos un griterío infernal en el patio, porque el padre de Carlos le había partido la cabeza con un hacha a su mujer, mientras que doña Juana se desgañitaba llorando, llevándose las manos a la herida profunda que le había hecho en el rostro la muerta, mi madre respiró tranquila y me dejaba salir a jugar algunos ratos. Sin embargo el largo tiempo de encierro hizo que no pudiera divertirme como antes, y peor todavía cuando me enteré que mi amigo Carlos estaba en el hospicio desde que murió su madre y el encarcelamiento de su padre. En los momentos en que podía ir al segundo patio, encontraba siempre la puerta cerrada, como si nadie hubiera vivido jamás en la habitación. Hubo algún instante en que quise rogarle a mi madre que me dejara salir, aunque sea por cinco minutos, en la hora en que anochecía, a condición de no salir en todo el día, pero jamás pude hacerlo.
(En Todos Santos corro hacia la habitación del segundo patio y cuando la puerta se abre, veo en el fondo, encima de una mesa negra, una vela ardiendo frente al retrato de Ángela. En la noche mi madre me hace rezar y me da galletas. Más tarde no puedo dormir, porque mientras el alma de mi abuelo se bebe el agua del vaso, Ángela se coloca lentamente en una mancha del tumbado y desde allí me mira fijamente y me susurra con su voz tan suave. La veo más pálida y más encorvada que antes. Cuando amanece se pone a llorar en silencio y se va. Mi madre despierta, prepara el desayuno y cambia la vela que está por apagarse. Mi abuela se levanta y raspa con las uñas el excremento de moscas que se ha acumulado en el retrato.
Al salir hacia el cementerio encontramos al perro dormido, con gran cantidad de lagañas en los ojos, mi madre comenta que si se quiere ver a los espíritus de los muertos, basta con untarse los ojos con las lagañas de un perro. En el cementerio rezamos mucho y mi madre saluda a las dos viejas de la habitación de Ángela mientras comienza a llover, yo las miro con odio. Luego colocamos las ilusiones blancas en un florero antiguo. Mi abuela dice que la tumba de su marido está cada año más derruida. Al regresar a la calle llueve más fuerte y no deja escuchar el sonido trémulo del campanario. Mentalmente rezo para que las viejas no mueran nunca. En el momento en que mi madre abre la puerta de nuestro cuarto, yo arranco las lagañas del perro que sigue durmiendo.

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Adolfo Cáceres Romero
(Oruro, 1937)


5- EL ÁNGEL INDIO

Niño indio, aquel día en que decidiste navegar entre las nubes, subiendo a la cordillera con tu totora bajo el brazo, nadie, sino tu perro lanudo que cuidaba las ovejas, se dio cuenta de ese propósito. Tomaste la senda muy de mañana, cuando tus padres se iban de labranza, sin saber que tal vez ya no te verían más. La mañana te recibía -con todo lo que ya conocías hasta la franja de la carretera- con su aliento frío, punzante como la paja brava que te salía al paso. Manadas de ovejas y llamas se desplazaban por la serranía, en busca de pasto fresco. El lago, despejando el cielo, se extendía como un manto salpicado de totoras. Desde ahí arriba tú lo divisabas sintiéndote crecer alas, listo para el vuelo. ¡Pilpintus!, gritabas a las mariposas que revoloteaban, ebrias de sol, junto a las flores de los cactus.
Niño indio, el cielo se te abría azul e inmenso como el mar que no conoces. La montaña se agrandaba a tu paso, mientras te perdías entre la bruma que parecía descender a tu encuentro. Algún pastorcillo te saludaba con su ¡Yule!, en los labios, y tú continuabas ascendiendo. La quena solitaria de un arriero avanzaba por la senda que seguías. Tolvaneras de viento se enzarzaban con los matorrales. Las nubes, blancas como los vellones que escarmenaba tu madre, se arremolinaban en media cumbre de la cordillera.
Pronto el cansancio hizo que te sentaras sobre una piedra. La oca
cocida endulzaba tu boca, al tiempo que descubrías el suave placer de un cóndor lejano. La inmensidad de la puna se extendía a tus pies. Cuando de las oquedades sacabas la nieve escarchada, el salto de la vicuña atrajo tu atención. Frágil como la bruma que rodaba, la viste perderse entre las rocas; entonces, te pusiste a buscarla tenazmente, hasta que la encontraste en una especie de aprisco que cobijaba una tropilla de vicuñas. Fue inútil el sigilo que puso a tus movimientos, porque en cuanto sintieron tu presencia todas se deslizaron cuesta arriba.
Las pisadas del viento ululaban entre las grietas y la paja brava, trayendo, desde algún lugar de la montaña, un dulce coro de quenas y zampoñas, acompasadas por su vibrante tamboril. Niño indio, aguzando el oído persiguió la melodía que a veces se perdía y reaparecía libre al viento. Las vicuñas, sigilosas, se internaron en un estrecho desfiladero, indudablemente atraídas por la música. Niño indio, aunque no las habías visto, hiciste lo mismo. La música se escurría nítida en su ancestral tonada, sembrando sus notas en la quebrada que, ahí abajo, se mostraba como una catedral de rocas, mientras arriba, las nubes, como una muelle bóveda, parecían desperezarse, aguardando tu llegada.
Azul y oro, el sol se bañaba en el lago sagrado. Niño indio, una nueva sonrisa iluminó tu rostro cuando descubriste la presencia de las vicuñas. Con alas de bruma, las zampoñas soplaban su tonada. Por la misma senda, percibiste la presencia de un zorro y, entonces, ¡Kamage!, gritaste como queriendo alertar a las vicuñas que permanecían subyugadas por la música. El sabor de la montaña te penetraba a los pulmones. La tierra gredosa brillaba con el rocío matinal, mostrando la huella de los años en la tierra. ¡Kamage!, repetiste, al tiempo que las zampoñas, cambiando de ritmo, sollozaban un triste yaraví. Niño indio, estabas en presencia de un rito milenario que se elevaba en la evocación de tu raza. La quena contaba sus penas y, así, sin darte cuenta, penetraste en el éxtasis de las vicuñas que ahora te daban la bienvenida con el brillo de sus ojos; todo eso era tan natural que muy pronto te diste cuenta que estabas casi al límite de las nubes más bajas. Tu vista llegaba a su fin. Pedazos de nubes rodaban y jugaban con el viento que las empujaban.
-Niño indio -te dijo de pronto el zorro-, aquí no tienes nada
que temer.
-¡Kamage! -salió tu sorpresa y, ya sosegado, depositaste tu totora en el suelo. Las nubes se estiraban y gruñían, animándote a la subida; "¡Adelante, ángel mío; coge tu totora!" - ¿Puedo saber qué haces aquí? -te preguntó el zorro.
-He venido a navegar en las nubes -respondiste, con plena convicción.
-¿En esa totora?
-Sí.
-¿Y no te parece muy pequeña?
-Yo también soy pequeño.
-Niño indio -aleteó un cóndor, frenando su vuelo- las nubes no te aceptarán si no tienes alas como yo -dijo luego, extendiendo la maravilla de sus plumas.
-Ellas me llamaron.
-¿Las nubes? -el cóndor.
-Seré como ellas.
-¿Y vas a navegar con esa tu totora? -el zorro.
-Sí.
-Pero las nubes nunca están quietas, ¿cómo llegarás a ellas? -inquirió una de las vicuñas.
-Cierto, nunca -repitió el zorro, sonriente.
-Eso lo sé bien yo -el cóndor dio unos pasos, torpes, tratando de equilibrarse en sus alas.
-Nada se detiene nunca -una lagartija verdeamarilla, que se hallaba camuflada entre las piedras, sacó la lengua bipartida al hablar.
El cóndor empezó a sacudir sus alas y correr para levantar vuelo. "Te esperaré entre las nubes", dijo, al subir por los aires. Las zampoñas y la quena parecían seguir su vuelo con una nueva melodía indígena que impregnaba de aguayo y arcilla todo el ambiente.
-¿Y dónde están los músicos? -preguntaste, entonces, extrañado de no verlos por ningún lado.
-Nadie lo sabe -dijo el zorro.
-Tal vez los músicos ya no existen y sólo haya quedado su melodía que el viento ha traído a este lugar -explicó la lagartija-. Yo la oigo desde que nací y pienso que seguirá así hasta que el viento decida llevársela a otra parte.
-Sí, nosotras antes la escuchábamos cerca del valle, al otro lado de la montaña y, después, desapareció totalmente -dijo la más vieja de las vicuñas.
-Bueno, yo les puedo decir que seguirán aquí mientras todos nosotros continuemos viviendo en paz -afirmó la lagartija.
-Es verdad, niño indio -el zorro, dispuesto a marcharse.
Las nubes, plomizas y blancas, volvieron a sacudirse, como con un gruñido de satisfacción, cuando volviste a colocar tu totora bajo el brazo. Las vicuñas se dispersaron llevadas por la música, como queriendo aprovechar al máximo esa oportunidad de paz que pregonaban las quenas y el tamboril. El zorro levantó su cola en señal de despedida, corriendo luego tras de sus ocasionales compañeras. Así, con una melodía más alegre, quedaste frente a la lagartija.
-Me voy, tengo que continuar subiendo -le dijiste, sin perder de vista el ascendente vuelo del cóndor.
-Que el espíritu de la montaña y nuestra madre tierra, Pachamama, colmen tus deseos -dijo la lagartija y se perdió entre las piedras.
Niño indio, a medida que subías por la senda que te señalaban las nubes, la música te llegaba con toda nitidez. A ratos el viento se integraba a esa melodía, silbando su canto lúgubre de siempre. El aire se enrarecía mientras trepabas por los riscos que se interponían a tu paso. Súbitamente, todo cambió para ti cuando te recibió una luz extraña, fragmentada en infinitas gotas. Estabas justo en medio de un maravilloso arco iris que se formaba en el seno de la primera nube en que penetraste. La iridiscente luz espolvoreaba con su aliento esa parte de la montaña. Tus pasos eran más ágiles, casi alados en el esplendor del paisaje y de la música que no cejaba en su empeño por seguir tus huellas. Siluetas de cóndores se deslizaban al infinito. Ahí estabas, al fin, niño indio, comprendiendo el llamado de las nubes. Al dejar libre a tu totora, ésta se dilató y creció, poniéndose a tu alcance. Y así fue como, al dar el primer paso para embarcarte en ella, tus pies se confundieron con las nubes que se extendían como una blanca sábana. Liviano y deletéreo entraste a formar parte de ese mundo, cada vez más consciente de los mil secretos de tu raza, cuya voz percibías en murmullos claros y seductores. Ahora conocías la inmensidad de tu heredad. Estabas por encima de los hombres y de las cosas… alguna vez, un niño imaginativo como tú, al elevar la mirada al cielo, te descubrirá surcando las nubes, blanco y tenue en tu frágil totora.

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Zenobio Calizaya Velásquez
(Llallagua, Potosí, 1955)


6- EL LEÓN EN INVIERNO

Ramón y Manuel eran dos hermanos que vivían en el campo. El uno tenía doce años y el otro nueve.
Muchos años ya estaban bajo el amparo de su abuelo materno, porque sus padres habían muerto en el valle, víctimas de fiebres desconocidas.
En el campo las casas se desparramaban ladera abajo, como un rebaño sin pastor. La de los muchachos constaba de dos piezas juntas y otra haciendo esquina. Servían de dormitorio, alacena, comedor, cocina y de todo lo necesario. Estaban construidas, como todas del villorrio, de anchos adobes y techadas con esteras de paja y barro, que en la región llamaban t'ajta. La destinada a la cocina tenía puerta pequeña y estaba completamente tiznada de hollín. Pero era el lugar más abrigado y más apreciado por la familia, de manera que en ella solían pasar las noches con frecuencia. Era curioso ver al abuelo y a los niños, como dos espantajos negros saliendo de la cocina, al despuntar el día. La casa estaba rodeada por un patio cuadrangular, cuyos muros eran de piedra de río. Ramón y Manuel vivían alegres y montaraces, ajenos al vaivén de las ciudades. Ramón ayudaba al abuelo en las faenas del agro. Como no poseían grandes extensiones de terreno, su labor se limitaba a pequeñas parcelas que removían en la época de los barbechos y desbrozar la mala hierba. Durante las cosechas, el trabajo era todavía más duro y también divertido, porque daba gusto recoger el fruto. El mayor tiempo, sin embargo, lo dedicaban al pastoreo del rebaño. No más de cincuenta ovejas constituían el patrimonio del hogar.
La escuela quedaba a dos leguas de camino.
Casi al alba, ramón y Manuel encendían la cocina de barro, con thola seca que tenían apilada en un extremo del patio. Colocaban dos ollas de aluminio fregadas en la víspera: una para el desayuno y otra para el fiambre. Como el tiempo corría inclemente, Ramón y Manuel solían preparar lo necesario ya un día antes, como pelar papas, remojar el chuño, picar la cebolla. A esas horas del amanecer, esperaban que hirviese el agua para introducir en una de las ollas todo aquello, además de tasajos de cordero; y en la otra, unos granos de sultana. El abuelo, entre tanto, aguardaba remolón y chochero.
Concluido el desayuno y guardado el almuerzo en una arpillera, con tantos envoltorios como fuera preciso para mantenerlo caliente, los niños se despedían del abuelo y cogían el delgado sendero que se perdía colinas abajo, sorteando canchones, grietas, riachuelos y rocas, hasta llegar a la escuela. Antes de ella había un peñón que semejaba una alta torre de piedra, que visto por un lado parecía la cabeza de un perro, con las orejas tiesas incluidas. La gente del lugar lo llamaba Tangani. Hasta llegar allí, habrían transcurrido hora y media, al menos. Descendían la escarpada como dos traviesas vizcachas, brincando de piedra en piedra. Cruzaban un rumoroso río de aguas claras, que mantenían en las orillas unas franjas de pastos verdes, berros, hierbabuenas y otras vegetaciones que hacían del lugar un particular oasis.
La escuela era un modesto edificio de dos aulas, con paredes de adobe y techo de calamina. En lugar de pupitres, tenían poyos hechos de otros adobes y angostas tablas. Sin embargo, en el patio, sobre un mástil, flameaba la bandera nacional.
Al caer la tarde, Ramón y Manuel regresaban a casa, donde el abuelo ya terminaba de guardar el rebaño.
Una mañana de invierno, el abuelo no pudo levantarse de cama, afligido como estaba por unos dolores incesantes. Ramón y Manuel consideraron que no podían asistir a la escuela. Recorrieron la estancia en busca de remedios. Acudieron a la gente buscando ayuda. Mas, no hubo manera de mejorar la salud de aquel cuerpo marchito.
El abuelo, héroe silencioso de tantas jornadas en la dura serranía andina, que supo gambetearle a la muerte en las arenas del Chaco, sucumbía encogido al inexorable peso de los años. El viejo león miró con ojos acuosos a los niños, quiso decir algo y su voz se resistió. Suspiró profundamente y tras breve sufrimiento, entregó su alma a Dios.
Después sellaron su eterna ausencia los actos funerarios. El cuerpo apergaminado descendió a la fosa, muy lejos de su casa, abandonando sobre la tierra a esos cachorros huérfanos que en adelante debían enfrentar a la vida, solos.
El invierno recrudecía.
La despensa empezó a vaciarse. El rebaño se descarriaba. Fue preciso distribuirlo, "al partir" o en comandita, entre la gente del oficio, para evitar su exterminio. Faltaba azúcar para los mates y sultanas, y arroz para la sopa.
Ramón y Manuel decidieron marchar al pueblo, capital de la Provincia, distante unas cinco leguas hacia el norte. Cogieron, pues, algunas cosas para el camino: la consabida merienda, algo de charque y una gallina que pudieran trocear con otros productos.
Pero la naturaleza obró en contra, como si ya no fueran suficientes todas las angustias presentes.
Al cabo de tres horas de caminata, los sorprendió una nevada. Los niños lograron refugiarse en una especie de horadación que había en un cerro. Acurrucados uno junto al otro, rogaron al cielo para que escampara. Sin embargo, la tormenta zapateaba una cueca infernal e iba formando en torno gruesas capas blancas.
-Tengo frío -susurró Manuel.
Ramón se quitó el poncho y se lo dio. Tuvo que conformarse con el calor que le proporcionaba el cuerpecito de la gallina, apretado como lo tenía al pecho.
-Sigo teniendo frío -volvió a rogar Manuel.
La noche arrojó su manto, pero no amainó el temporal.
Ramón se deshizo también de la gallina, en beneficio de su hermano. Poco después rechinó los dientes y se abandonó a un sueño pesado.
La gallina saltó del tierno pecho y se internó en la gran alfombra
glacial. Despuntaba el día. Sobre la nieve, el ave dejaba sus huellas en desconcierto. Manuel abrió los ojos y requirió a su hermano. No obtuvo respuesta. Sólo era un témpano humano que rodó ladera abajo.
Como el león que en invierno tiene hambre y muere de frío.

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José Camarlinghi
(La Paz, 1928)


7- CUANDO YO ERA TRENCITO

I

Cuando era más pequeño, hace ya mucho tiempo, fui un trencito de verdad, como el que tengo en un libro; papá dice que es modelo de 1890. Lo guardo como recuerdo preciado porque él me dio la alegría más grande de esa época. El trencito tenía todo: su locomotora pequeña, donde casi no entraba el maquinista don Santiago y su ayudante Onofrio. ¡Uff…! Hacía mucho calor y apenas se podían mover para echar carbón al fogón que parecía un infierno. Tenía coche de primera y segunda, un coche comedor hermoso y, a veces, llevaba coches dormitorios. Nunca más seré tan feliz como en aquellos días.

II

Un día dije a papá que quería ser un trencito. Se burló con muchas carcajadas porque le parecía que tenía gracia. Muy chistoso. Me dolió bastante. No le dije nada, porque un hijo no debe lastimar nunca a su papá. Molesté todos los días; muchas veces lloré porque era injusto, sin embargo yo traté de ser lo más bueno posible. Cuando llegaba de su trabajo, mi tema era el tren. Los niños somos molestosos si no nos satisfacen, y somos tenaces para conseguir lo que deseamos, sobre todo, cuando nuestros deseos son justos, pero también los padres son como nosotros, ellos quieren que hagamos cosas que a nosotros no nos gustan. Cada vez volvía a solicitar con más decisión, entonces, papá se molestaba y me dirigía unas miradas, que cualquiera se iba directo a la cama a llorar su desencanto. Pasaba días y días entristecido, hasta que me enfermé y toda la culpa la tenía papá por no conceder mi deseo de ser un tren. Por supuesto que estaba a un paso de transformarme en cualquier momento que lo deseara, pero no quería sin la autorización de papá. Toda la vida había sido un niño obediente y estaba muy agradecido a mis padres que siempre me quisieron y me dieron muchas cosas lindas. Papá era muy bueno, pero, no sé por qué no quería que yo fuera tren.

III

Un día mamá se puso de mi parte, y muy molesta dijo a papá: "¡Ya! ¡Concédele su deseo! No se puede disgustar a un niño con esa terquedad tan absurda. ¡Sí! Es un absurdo -contestó papá-, porque es hacerle perder la realidad de la vida". Me miró y regañándome, dijo: "Un tren está hecho de fierro, de engranajes y pernos; un tren no tiene ojos ni boca, no tiene inteligencia ni corazón; tampoco va a la escuela ni al cine; un tren no tiene ni su papá ni su mamá".
Luego de un silencio largo… "¡Ya! ¡Vuélvete un tren si quieres!".
Sentí alrededor de mi cabeza las campanadas de San Francisco; risas y gritos de los recreos. Como una mañana de carnaval con el corso de niños disfrazados de pepinos y kusillos, que brincaban como si fueran de goma, al son de los pinquillos chillones. ¿Qué sería de los niños si no tuvieran mamá? La mía es muy buena.

IV

Me gusta vivir en la estación. Oír el sonido de los pitos, el traqueteo, el bullicio, las despedidas, la alegría de la gente que viaja.
Corríamos sobre rieles muy brillantes y, ¡qué sé yo! Por qué caminos desconocidos que se pierden en el horizonte del altiplano; subíamos cerros con muchas curvas, bordeando precipicios profundos, hasta llegar a las montañas cubiertas de nieve y el pito como una pelota roja rebotando de un cerro a otro. Y chas… chas… chasss… chasss, la locomotora cansada y apenas chasss… chasss… chasss… hasta llegar a la cumbre. El descenso era hasta llegar a la otra pampa y correr, correr siempre. Como yo era un tren, ya no podía ir a casa. Papá y mamá se quedaron muy tristes; las veces que venían a visitarme a la estación se les saltaban las lágrimas. Mamá no podía contener su llanto. Me sentía muy dolorido en esta situación, pero qué podía hacer si yo era un tren. Papá y mamá tenían que comprender que yo era más grande y que algún día tendría que irme de casa, como todos los hijos que se casan y se van con sus esposas. Yo era un tren y tenía que correr los caminos; además, que un tren no puede ser a la vez un niño y volver a ser, otra vez un tren.
Mamá algún día me comprendería. ¡Yo no los olvidaré nunca!
En la vida de trencito pasé mucho tiempo y así como cuando era más pequeño, no comprendía si los años eran días y los días meses; a un tren no le interesa el tiempo que pasa. Yo sólo recordaba el domingo porque todos íbamos a la iglesia, pero aprovechaba para escaparme a la estación, porque creo que es lógico que un niño, en proceso de volverse tren, vaya a la iglesia. Recordaba también que ese día me llevaban al circo a ver a los payasos, a los leones y a los trapecistas que me gustaban mucho. Ahora viajo con ellos y son mis amigos.

V

Una noche viajábamos por la pampa a mucha velocidad; la noche estaba tan oscura que parecía un terciopelo y sólo se oía el ruido del traqueteo monótono. Estuvimos con retraso en nuestro horario y teníamos que ganar el tiempo perdido. Un tren tiene que ser cumplido con su itinerario sino la gente se molesta, por eso corríamos mucho.
Repentinamente vi -a lo lejos-, en la oscuridad, una luz del tamaño de una cabeza de alfiler que crecía aceleradamente sin darnos tiempo a pensar en lo que podía ser. "Es un platillo volador", dijo Onofrio. "Déjate de boberías", le contestó el maestro Santiago; "no creo en esas fantasías". A cada instante era más grande, hasta que parecía que nos hubiera echado el sol sobre la cara. ¡Su luz encandilaba!… "¡Es un pla…! ¡Cuidado nos metimos en el carril del tren grande!… ¡Es el expreso que se nos viene encima!…".
Sentimos el pitazo agudo y ensordecedor. Todo sucedió en segundos. Un ruido atronador. Todo crujía, parecía el fin del mundo; nos sentimos expulsados a un lado de la vía y pasó la enorme locomotora diesel y sus coches que parecía de nunca terminar con su pito largo y agudo.
Cuando nos recuperamos de la confusión, vimos fierros retorcidos, carros inclinados fuera del carril, el agua de la locomotora desparramada, el vapor quemante que se iba al cielo; más allá estaba el humo como gelatina negra que se escurría entre las piedras. ¡Todo destruido!
Recogimos el agua, el humo y las ruedas retorcidas, los fierros que habían perdido sus formas. Y nos fuimos a buscar un mecánico. Ya era media noche y apenas pudimos llegar a donde don Panchito. Su casa estaba sin luz; pensamos que ya estaba durmiendo. No había más solución que despertarlo; llamamos varias veces ¡y nada! Volvimos a llamar, y nos contestó que no podía atendernos. Tanto le rogamos que tuvo que salir. Don Panchito era un excelente mecánico. Al fin apareció frente a nosotros, bien abrigado con una manta y una vela en la mano. Don Panchito es muy viejo y tiene que cuidarse de los resfríos. Le contamos el trágico accidente y no podíamos explicar cómo nos habíamos metido en la vía del gran tren expreso que parece un monstruo. Miró los fierros retorcidos y, muy crédulo, nos dijo: "Trataremos de repararlo; haré lo posible". En seguida se metió entre los fierros. Hora tras hora esperamos hasta el amanecer. Así, don Panchito salió cuando cantaban los gallos, con la vela en la mano. La luz le alumbraba sus grandes bigotes grises, sus ojos cansados y las manchas de grasa y hollín de su rostro. Nos dijo tristemente: "Me rindo; no se puede reparar. Está todo destruido".

VI

Nos quedamos vacilantes, con un largo silencio; nadie dijo nada. Yo sólo sentí que, por mis mejillas, corrían lágrimas y tenía ganas de llorar a gritos. Recién comprendí que todo había terminado.
No me quedaba más que volver a casa. Cuando toqué la puerta, mamá me abrió y sorprendida no pudo aguantarse y dio un grito de alegría, hasta asustar a papá el cual salió y me levantó en sus brazos, haciéndome dar varias vueltas en el aire. Lo importante para ellos era que yo hubiera vuelto a casa.
Ahora, todas las tardes, cuando vuelvo de la escuela, me siento en las gradas de la estación a mirar pasar los trenes, recordando los buenos tiempos. ¡El corazón se me encoge!
Dicen que soy un niño triste. No. Yo pienso que no. Lo que pasa es que quiero ser un tren.

 

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