8- Adolfo Cárdenas Franco
(La Paz, 1951)


CON POCISION: EL FERIADO DE TODOSANTOS

Materia: Lenguaje
Profesora: Gabriela Cervantes
Alumna: Virginia Parihuancollo
Curso: 4to. Azul

Bueno a mí lo que más me impresionó en el feriado fue que nos ajuntamos todos y vinieron mis tiyos y mis primos chiquitos y su hermana de mi mamá ques mi tiya pero que yo lo digo solo de su nombre porques joven y se llama Nolberta que lo trajo a su marido y otro señor y otra señora que no se quienes eran.
Entonces mi mamá en una canasta ha puesto biscochos y macitas y dos botellas de chicha morada y una tanta huahua grande ques una criyatura hecho de pan con su cara de pan, sus ojitos de clavo dolor y sus pañalitos de pan y que yo hubiera cerido llevarle en mis brazos, pero no, la mamá dice que no es para juego sino que para bendecilo.
Bueno todos iriamos a la parada del bus para ir al sementedio de Villa Primero de mallo que de la ciudad es un poco lejos y ahí o sea en la parada, el amigo de su marido de la Nolberta ha comprado hasta chicha que casi no podamos como meter en el carro.
Y después de un rato largo mos llegado primero al a casa de mi abuela que nostaba mui contenta de verle a su ernia o sea mi mamá pero al verme a mí siá puesto un poco más contenta y me dijio habias venido a rezarle a tu papá.
Y yo le ayudé a cargar la canasta con panes y maicillo y su marido de la Nolverta un bidoncito de alcol.
También lo que mas me impresionó fue al sementedio lleno de gentes que habian ido a rezar y lo que otros niños con sus bolsas andaban de grupo en grupo y se quedaban a resar adonde los llamaban y despues se recebian macitas y panes que les daban pero nosotros al llegar a donde mi papá está enterado no emos llamado a ellos sino que a un resador de en verdad dijio mi abuela y el avisó que sus resos acen milagros y que al escuchar una señora resucitó y mi mamá quería que se haga ese milagro, yo también.
Y todos resamos repitiendo lo quel resador decía: gloria al cielo cristu anglu y mi abuela y mi mamá llorando y mis tiyos no mucho hasta que terminó entonces mi mamá le dió biscocho y mi abuela macitas y chicha y despué alcol en un jarrito, primero al rezador y después a mi mamá y las dos se abuenaron y el que resaba dijio que así era mejor para que su almita de mi papá no sufra más y me puso un poco feliz porque nadie resucitó pero mi mamá y mi abuela de nuevo se hablaban y dieron masitas y biscocho a los tiyos y primos y la mamá sacó la tanta huahua y ya la iba a reglar al resador cuando la Norberta dijo eso que sea para nosotros dijio y le dió la huahua a mi tiya o sea la Nolberta y ella es nuestro hijito le dijio a su marido entonces que sea nuestro ahijado dijio el señor que no sé de su nombre o no hija? a su mujer le dijio.
Hasí un poco en chiste la Nolberta dijio ya pues compadre y al rezador le pidió que bautizara a la tanta huahua con su nombre Norbertito y le bautizó y después como ellos se reían el rezador les encargó que nuera para reirse desas costumbres y como ya eran compadres o sea como parientes pero un poco más tenían que ayudarse mucho y no podían pelearse ni robarse ni mentirse ni ofenderse entre ellos iual que si subieran emparentado con el bautizo de una criyatura de en verdad.
Mi abuela le dijio entonces vamos a la casa y mi tía Catana es que es un poco tarde pero igual fuimos a su casa de mi abuela y enallí nos sentamos y el señor que ya era su compadre de mi tiyo y tiya me mandó a comprar cerveza y me regaló el cambio todos tomaron y le decía a la Norberta salud comadrita nos serviremos y tomaban con ese señor y también su mujer con mi tiyo y entrellos se pasaban a la tanta uaua que ya estaba envuelta en una mantita y la señora tan lindo mi aijado ojalá pronto se haga realidad no comadre? Yo me aburrí un poco porque mis primos chicos ya sestaban durmiendo y mis tiyos y mamá y abuelo con tanta cerveza y chicha se borracharon y mi abuela dijio quedense hay campo porque la mamá lloraba mucho y mi tiyo y su comadre ya estaban también durmiendo sobre la mesa y solo la Nolberta con su compadre seguiaban tomando y se reían y se abrazaban a cada rato diciendose felicidades, yo ya mestaba durmiendo cuando e visto el muñeco abandonado sobre la mesa y lo agarré para distraerme porque era lindo y se parecía a una muñeca que tiene la Mirna ques mi compañera de mi curso y me distraí acariciandole de su carita y envolviéndole mejor en su mantita porque parecía que tenía el mismo frío que a mi miacia y al rato sentí que mi mamá me sacudió y me dijio ya a dormir y agarró la uaua questaba en mis brazos y la ponió sobre la mesa donde la Nolberta y su compadre estaban abrazándose felices y mi mamá se puso furiosa yo no se por qué.
Y me dio una pena dejar la uauita porque ni su mamá y su padrino le hacían mucho caso pero entrellos sí se hacían caso y yo seguía escuchando sus voces hasta el otro cuarto y de pronto ya no tenía sueño y via la luz de la luna entrar por la ventanita y escuchaba los murmullos que llegaban desde el otro lado y lo que la mamá y la abuela renegaban y mi abuela le deciya pero ya pues dile es tu hermana como se va aportar así y la mamá pero noables tan fuerte que noscuchen los chicos y así estaban hasta no se que ora cuando hemos escuchado un grito orrible que dijio ¡¡No mamá, no!! y mi abuela ¡Jesús, Dios mio ques eso! (y como usté dijio utilice el sino de admiración para significar que gritaba) ¡Santa Bárbara mamita questá pasando! y mi mamá saliendo tras della y hasta yo y mi primitos bien sentados en la cama y la más chica se puso a llorar fuerte asustada de sus esclamasiones de mi abuela y que yo oyiya una maldición va a caerse sobre, de ustedes una maldición ques esto señor santo padre santo y en mi casa dios todopoderoso porque a mi siempre me persige la desgracia y yo fui de puntas hasta la puerta donde la mamá estaba mirando como icnotisada el suelo que yo miré y ai estaba la uaua de pan en dos partida y con la boca abierta como si hubiera gritado y me hespantó que me agarré de las polleras de mi mamá quentonces me miró y me riñió a mi nomás no entiendo porque y me dijo sal de aquí curiosa de eme… (es una palabra fea pero que usté se debe dar de cuenta profesora) y gritó ¡Catana sacalos de aquí a estos! Y la tiya nos jaló a todos que no me dia cuenta que estaban en mi detrasito mirando lo mismo que yo y a mi tiyo que se despertó con la bulla y no entendía todaviya porque dijio salud hermanito.
Nada más empude ver primero porque la Catana nos arrempujó hasta el otro cuarto y segundo porque todos nos subimos en la cama y la tiya nos tapó a todos ella mas y dijio duermanse uauas mientras ella lloraba porque creiya que ya no la oibamos pero eso nuera posible los alaridos de mi abuela eran miu fuertes y decia lo mismo maldición han traido la maldición es un milagro al revéz Dios miyo hay que quemarlo todo todo y mi mamá también se puso a gritar p… gran p… eran una gran p… (el resto no puedo escribir porques una palabrota pero usté entenderá señorita) mirá lo que has hecho y la Norberta ya no se ría sinos que gritaba más peor que todos y querió entrarse al cuarto donde estábamos nosotros y cuando ya estaba adentro yo miré que no estaba ni con su pollera ni con su centro y de que alguna persona la jaló de sus cabellos y dijio te voy matar gran siete cochina, no entiendo esta vez no te vas a librar creo quera mi tiyo y despues todo un griterio y yo queriendo ir a ver pero la Catana no me dejó tan fuerte me agarró y yo sentía apretarse en mi cara su cara mojada hasta que mi mamá entró llorando y la abuela por detrás llorando y gritando, es segunda vez que me trayes la maldición a esta casa andate andate porquería le gritó y la mamá me sacudió y lloraba vestite miercoles me dijio y cuando salimos al otro cuarto me tapó de mis ojos con su mano y solo pude ver de nuevo cuando estuvimos enafuera en el frío y no pude decirle a la abuela, me voy abuela solo escuchaba su voz ya de lejos que chiyaba desgraciada maldita y la mamá lloraba mucho y mientras caminabamos se calmó un poco y al pasar por el sementedio como si hablara con ella solo dijio entre soyosos aura al año después de rezar por la almita de tu papá también habrá que rezar pa que salve su almita de la Norberta pobre Nolberta pobre mi hermana. Eso es lo que más me imprecionó del feriado de todosantos.


9- Homero Carvalho Oliva
(Santa Ana, Beni, 1957)


MONSTRUOS

Después de un largo día de aventuras en el país de Por Siempre Jamás llega la inevitable noche. A la derecha del patio trasero de la casa se puede ver un océano joven, todavía sin bautizar, sobre sus calmadas olas navega un solitario submarino que no puede llamarse otra cosa que "Nautilus", si cerramos los ojos puede que parezca un terrible dragón emergiendo de las insondables profundidades marinas. Más allá, en las escarpadas montañas del jardín, ocultos entre arbustos y rosales descansan algunos soldados cansados de tanta batalla. Desde la izquierda del mismo patio algo nos hace señas, una pequeña mano se acerca y levanta un aerodinámico coche de carreras, un veloz Fórmula, uno de color verde esmeralda, cuyos faroles delanteros permanecen encendidos como dos pequeños carbones al rojo vivo.
Una sombra se alarga sobre las flores pasando fugaz por el patio y, de pronto en pleno ocaso, se escucha un categórico grito que sobresalta al guerrero anunciándole que, por hoy, la guerra ha terminado y que un merecido descanso lo espera al interior del hogar. No hay lugar a réplicas o negativas, así que poco antes de que las tinieblas se apoderen del universo, el Guardián del Templo Sagrado guarda su vieja armadura, esconde a Excalibur en el lugar secreto y sigue a la sombra que lo apresura con alguno de los ya conocidos sermones: "¡Mirá tu ropa, otra vez estás sucio, cochino!".
El Capitán Planeta no se amilana pues sabe que mañana será otro día y habrá nuevos peligros que afrontar y doncellas que rescatar. Ingresa en la casa, sube al baño, toma su ducha y luego se sirve sus alimentos para recuperar sus menguadas fuerzas. Antes de levantarse de la mesa toma un tremendo vaso de leche y con algunas gotas cayéndole por entre los labios se acomoda en su sillón favorito para mirar su serie preferida en la televisión: Los Power Rangers.
Medio adormilado siente que unas tibias manos lo levantan, lo abrazan y le susurran al oído: "Ya es hora de acostarse", sujetado cariñosamente por esos fuertes brazos se siente volando por encima de las escaleras que conducen a su dormitorio, una vez allí, lo dejan en la cama, lo arropan y le dan un reconfortante beso en la mejilla curtida de sol y guerra. "Qué duermas bien hijo mío", murmura el padre antes de apagar la luz y cerrar la puerta. El click del interruptor y el suave golpe de la puerta son como una señal para que el Campeón del mundo abra los ojos y permanezca alerta, lentamente el Marinero en tierra saca la cabeza de debajo de las sábanas y pasa revista al cuarto; a medida que sus ojos se acostumbran a la oscuridad el niño va descubriendo a los sempiternos monstruos de la noche, las siniestras sombras que divisa le sugieren crueles garras y grotescas siluetas que tendrá espantar una vez más con sus oraciones.
El pequeño espadachín vuelve a meter la cabeza entre las sábanas y reza, como todas las noches lo hace, reza pidiéndole a Dios, a Jesús, a la Virgen María y a todos los santos y apóstoles que no lo dejen morir esa noche y que el sueño le venga tan rápido que no se dé cuenta cuándo fue que amaneció. Mientras reza va sintiendo que el miedo, real y verdadero, tan antiguo como la humanidad misma, le cala los huesos y se apodera de los escasos años del Superhéroe. El guerrero sabe que el sueño es el único escape para salir con vida y esperar sonriente el sol de la mañana, la otra salida, la de espantar a los monstruos de la noche con un rayo de luz es demasiado peligrosa, pues significaría desafiar a sus padres que creen que él ya no es un bebé, sino un niño valiente.


10- Jorge F. Catalano
(La Paz, 1928-1987)


EL NIÑO DE LAS ESCOBAS


La brisa mece suavemente las flores en la avenida de las acacias. Los rayos del sol juegan con las gotas de rocío que penden de los ciruelos floridos. Ha pasado la tormenta.
A Mario le hubiese gustado salir a pasear por el jardín, aspirar el olor a tierra mojada, sentir la humedad de las hierbas, del lampazo entre los gladiolos mojándole los pies, el salpicado de aquel rocío en sus brazos apenas cubiertos por la deshilachada camisa. Hubiese querido asomarse a los charcos para coger sapos cantores, a los que ahora sólo podía oír de lejos. Desde la habitación contigua, escucha las órdenes de Fredegunda, su apoderada: debía quedarse allí, bajo techo, hasta que pasase la humedad.
Fredegunda era de aquellas mujeres hechas en la escuela del siglo pasado. Tenía a Mario bajo su cuidado mientras la madre del niño pasaba una larga temporada en otra de las haciendas. Cuando Fredegunda se sentía iluminada por alguna idea genial, no se quedaba tranquila hasta no salir con la suya; y su egoísmo no tenía límites. -Primero recibe y mira luego de quien-, solía decir. A nadie saludaba sin antes conocer su origen y abolengo. Su relación con Mario tenía mucho de excéntrico; Mario había llegado a los trece años con la inocencia que sólo una madre desea para sus hijos. Fredegunda ejercitaba su paciencia obligándole a fabricar escobas; para ello, el niño utilizaba la paja que crecía en los caminos que cruzan los jardines y las chacras de la casa de hacienda. Una vez reunido un haz lo suficientemente grueso como para tomarlo con la mano. Mario lo ataba con un pedazo de cordel que llevaba siempre en el bolsillo, y luego probaba en el suelo la consistencia de la escoba.
Próximo a la puerta principal que da al jardín, sentado en un taburete, Mario contempla el vuelo de los picaflores en el mezclado colorido de los gladíolos; él quisiera gozar de la misma libertad de aquellas aves. Recuerda haber descubierto ayer un nido de todos en las ramas del molle cercano a la cocina. Desespera por ir a verlo, mientras con el índice diseña en el aire un nido imaginario.
De pronto se levanta, mira de reojo la habitación contigua, y se dispone a salir justamente en el momento en que se escucha la voz autoritaria de Fredegunda.
-¿Adónde vas?, te dije que te quedaras sentado.
-Ya pasó la lluvia, ¿puedo salir?
-¡Nada! -sentencia Fredegunda sin moverse de su sitio ni levantar la vista del periódico que tiene entre las manos-. Llueva o no, usted se queda ahí, tome sus cuadernos y póngase a leer.
Fastidiado al no poder responder ni moverse, Mario vuelve a sentarse. En una de las paredes, frente a él, hay un empapelado que sirve de decorado; está allí desde hace muchísimos años. Sólo el tiempo se ha detenido en aquellos diseños oscurecidos por los excrementos de las moscas y las vinchucas. Instintivamente, detiene la mirada en los dibujos: parecería no haber diferencia. La figura del Quijote es la misma, y tampoco varía la de Sancho; el trabajo de los insectos no ha llegado a desfigurar las imágenes. Mario lo descubre, le molesta una mancha en la cara de Sancho; si al menos la pudiera limpiar. Pero Fredegunda controla sus movimientos. Recuerda los libros en los que vio las caprichosas figuras de Goya. -¿Por qué Fredegunda guardará todos los libros bajo llave?-, murmura distraídamente, mientras frota el suelo con el pie.
En un rincón de la habitación, Maleva, la perra guardiana, se estira restregándose en el conjunto de escobas que Mario ha hecho durante la semana. Una cae al suelo rodando a poca distancia del niño, quien nada hace por levantarla. -¡Bota a esa perra! -grita Fredegunda que continúa enfrascada en la lectura, ahora de una revista. -¡Qué raro! Si parece que tuviera ojos en todas partes-, murmura Mario. Se levanta apresuradamente para cumplir la orden, pero la perra, creyendo que su amigo quiere jugar con ella, se echa al suelo y retoza lamiéndole los muslos. Sin contenerse, Mario la acaricia llamándola junto a sí, y ambos se acomodan en el taburete.
Un enjambre de hormigas voladoras se ha reunido alrededor del ciruelo. Los pequeños loros picotean los frutos verdes del peral.
Una tarde Mario sintió que se moría. Aguardó pacientemente a que llegara la noche y se echó a dormir en el pequeño catre de campaña. No comió nada y tampoco se atrevió a hablar. Al día siguiente sintió la cabeza tan pesada como si fuese a caérsele; y sintió un dolor tan terrible que no le permitía moverse. Muy asustado, buscó refugio en su tía Victoria. Sin duda, ella lo comprendería. Tal la idea de Mario. Muchísimas veces Victoria había salido en su ayuda aun contrariando las instrucciones de Fredegunda. Y por eso mismo se diferenciaba de ésta.
Mario asomó tímidamente y declaró:
-Tía, me duele la cabeza.
-Espera que ponga estas verduras en la olla -dijo Victoria, quien preparaba el almuerzo-. ¿Cómo has dicho?
-Desde ayer me duele la cabeza, estoy muy mal.
-Ven, ven aquí -dijo mientras le ponía la mano en la frente- ¡Uy!, estás ardiendo. Tienes que quedarte en cama.
-¿Y si Fredegunda no quiere?
-No te preocupes. Vamos a trasladar tu cama a mi cuarto y allí estarás tranquilo.
-¿Y si Fredegunda se enoja?
-Ya te dije, no te preocupes. Yo te cuidaré.
-Gracias tía. Es que no quiero que Fredegunda me riña.
Mario temblaba por la fiebre y el temor a Fredegunda, cuando a sus espaldas se dejó escuchar la voz de ésta.
-¿Qué es lo se me oculta? -llevando entre sus manos una maceta con plantas de amarilis, Fredegunda bajaba las gradas del jardín.
-Mario está enfermo, tiene que quedarse en cama -explicó Victoria-. Seguro que algo malo le ocurre. Tiene mucha temperatura.
-¡Conque por eso no ha ido al colegio! -protestó Fredegunda, dejando la maceta sobre un banquillo.
-Bueno; si tiene temperatura tan de mañana será por algo.
-Claro, claro -refunfuñó Fredegunda-. Lo que no tiene es ganas para trabajar y menos para estudiar. Con estas lluvias, ayer tarde no hizo una sola escoba -cogiendo de una oreja a Mario, lo arrastró consigo. Este sintió que la cabeza le estallaba-. ¡Ahora vas a saber lo que es canela! ¡A trabajar ocioso! Y si no me traes un par de escobas antes del mediodía, mejor que ni pienses en el almuerzo.
A pocos pasos, en el molle cercano a la cocina, un par de tordillos revoloteó alrededor de sus polluelos.
La orden de Fredegunda era terminante. Victoria no podía hacer nada en favor de Mario.
-¿No sería bueno llevarlo a lo del médico?
-¡Qué médico ni qué ocho cuartos! -se molestó Fredegunda-. Estos chicos son siempre así.
-¿Le ha tocado usted la frente? -insistió Victoria.
-¡Bah! Como si no lo conociera. No me hagas perder el tiempo y vuelve a tus quehaceres -ordenó con voz tonante.
Mario se fue rumbo a los pajizales; Victoria se quedó estupefacta contemplándolo, sin alcanzar a comprender la severidad de Fredegunda. Ya allí estuvo hasta que el niño, habiendo llegado al recodo del camino, volvió la cabeza para ver a Maleva que le daba alcance, momento que aprovechó para hacerle señas con la mano en alto:
-¡Si te sientes mal, vuelve de inmediato! -alcanzó a gritar.
Camina despacio, sin levantar la cabeza, como si fuese contando las piedras de color que se entremezclan con los terrones encubiertos por pequeñas matas de yuyo y lampazo. Un dolor agudo lo detiene, se agarra la cabeza. Mientras camina siente que cada paso repercute como mil martillazos en su cerebro; busca en qué apoyarse, y sólo encuentra un algarrobo. Sus espinas le lastiman las manos. Acicateado por el dolor, recupera el equilibrio hasta llegar a un tapial próximo, cercano al pajizal.
Sus sandalias están mojadas, no siente la frescura del rocío de las plantas, cada gota es un cristal de hielo que penetra en la piel. Desfalleciente, se sienta a descansar un momento. Apoya las manos, levanta la cara hacia el cielo en busca de aire fresco; a pocos metros hállase el pajizal. -Un esfuerzo más, y podré hacer las escobas que Fredegunda me pidió -se dice-. Si al menos me dejara de doler la cabeza-, murmura levantándose dificultosamente.
Camina despacio. Siente los párpados pesados, quisiera dormir. Con gran esfuerzo abre los ojos; palpando, casi adivinándolo, sus dedos llegan al nudo de las pajas; las corta. Mide una tras otra las pajas que darán forma a la escoba que debe ser pareja. Como si estuviese consciente del sufrimiento de su amigo, la Maleva no se aparta de su lado. De vez en vez, al soplar la brisa, mueve la cola; el niño la contempla, acariciándole el hocico. Se sienta a su lado. Ahora el sol es un tormento, y el tremendo malestar de la noche anterior se repite, esta vez con mayor fuerza; los árboles parecen moverse en derredor suyo. Alcanza a ver un par de conejos corriendo a sus madrigueras: -no se vayan, les dice a media voz, moviendo apenas las manos, en un intento de atraparlos. No puede hacer nada. Le duelen los ojos, deja las pajas en el suelo. Se frota los párpados y limpia el sudor de su frente con el dorso de la mano. La siente fría, o como una cosa inexistente o sin vida.
Un picaflor vuela cerca del jardín. Su largo pico juega con el rojo cáliz de un gladíolo, llega otro que se detiene a beber las gotas de rocío reunidas en la flor de acacia.
Frente al molle, allí donde se encuentra el nido de tordos, Mario se detiene un momento a contemplar los pichones. Una rama más arriba, está el ave picoteando las uvillas negras que traslada al nido. El sol abrasa el terruño. Sin embargo, Mario siente el fresco de la sombra. Separa unas ramas y el sol da de lleno en su rostro quemándole la frente. Siente sed, un irresistible deseo de tomar agua; se lanza a la acequia y la encuentra seca. Entonces se revuelca desesperadamente en la hierba fresca.
-¡Señora Fredegunda, mire! -grita Mario desde el pajizal-. ¡Qué bien me ha quedado esta escoba! -seguro de lograr el contento de Fredegunda, el niño corre a su encuentro, y deja en sus manos un par de doradas escobas, con menudas semillas que brillan en largas espigas.
-¿Y dónde has encontrado estas pajas?
-En el pajizal -afirma Mario, y señala un promontorio.
Según Fredegunda, allí sólo hay malas hierbas.
-No puedo negar que las escobas están bien hechas -declara ahora-; las guardaré para mi uso exclusivo.
Fredegunda se encamina hacia la cocina, seguida por Victoria y Mario; mira detenidamente las escobas y luego, después de clavar sus ojos en Mario, tira ambas escobas al fogón. Explota una gran llamarada que dura pocos segundos. Atónita, Victoria mira las llamas. Mario siente que el fuego lo abrasa. Sus ojos se humedecen, y ahora las lágrimas queman sus mejillas. Maleva, la perra amiga, escapa aullando.
-Es demasiado tarde. Una desgracia que no lo trajeran antes -con gesto hosco, el médico guardó el estetoscopio en el maletín.
-Es que estaba ocupada -explicó Fredegunda.
Victoria guardó silencio.
-Pero este niño ha estado enfermo muchos días -adujo el médico.
-Claro; pero lo cierto es que cuando se pone a hacer escobas se olvida de todo.
-¿Hacer escobas un niño de su edad?
-Bueno… Usted sabe.
-Lo lamento señora. Es demasiado tarde.
Inclinada sobre la camilla, Victoria comenzó a musitar suave y lastimeramente:
-¡Mario! ¡Mario!
El niño no respondía. Le acarició el rostro y le tomó las manos. Estaban frías.
En la casa de hacienda, en el corral de los animales, el caballo está inquieto; ha pasado la hora en que Mario solía darle el terrón de azúcar y el haz de hierba fresca. Los polluelos pían en el nido de los tordos, asustados por el chillido de los pequeños loros que revolotean alrededor del peral.
-¡Qué le metan hacha a ese peral! -ordenó Fredegunda.
Dos peones hicieron el trabajo.
Mario no está allí. Su sueño se confunde con la brisa en el camino del pajizal.


11- Oscar Cerruto
(La Paz, 1912-1981)


ALEGRÍA DEL MAR

I

Mucho antes de que amaneciera, el mar tenía ya un color de plomo líquido, vagamente aceitoso. Las olas rompían suavemente en la arena rayada por la huella de los cangrejos, algunos gritos de pájaros desgarraban la tela nocturna, de la que goteaban las últimas estrellas, y el frío que corría con las primeras claridades de la amanecida era húmedo de yodo y sal, casi palpable como las neblinas. Poco a poco el mar mudaba de color, y sobre mar y cielo, como una regata de luces, se veía deslizarse el resplandor de la mañana. Pero las obstinadas brumas del norte ocultaban el sol, y el mar tenía sonidos de playa vieja. Sobre las olas se levantaban densas bandadas de gaviotas, y en las orillas, grupos inquietos de garumas picoteaban entre los manchones de sargazos abandonados por la bajante. Cortando la superficie cruzaban manadas de lobos marinos, el más viejo llenando la mañana con sus bramidos, y los más jóvenes, veloces como flechas negras y brillantes, zambulléndose con elegancia, en alarde de nadadores afinados, como si tomaran su primer baño. Cuando aún es noche declinante y más que asistir a la llegada del día se presiente su inminencia esplendorosa -en ese viento ligero que resbala sobre las sienes, en el silencio del cielo y en la misma voz del mar, que resuena más fresca y tranquila-, se ve perderse en el confín oscuro la última linterna de las lanchas pesqueras y llegar, simultáneamente, las que vienen ya de vuelta, colmadas todavía de noche, trayendo a remolque una albacora lustrosa, como de bruñida caoba, o un bote de pesca menuda.
Entre esta hora sin ojos y la sucesiva, ahora en que la mañana comienza a moverse en el puesto como un animal resplandeciente, de crines húmedas, Eliecer escuchaba a la vieja Emelina arrastrar primero su tos y sus chancletas, luego mover platos y cacerolas, rezando y refunfuñando. Su madre se levantaba entonces, los desnudos brazos de mujer joven arqueados sobre el pelo, atravesaba el humo denso que venía de la cocina y se iba a acallar los gruñidos de Emelina ofreciéndole un cigarrillo y ayudándole a preparar el desayuno. La mañana de humo tenía pronto olor de pescado frito. Eliecer se encogía bajo la manta liviana, en la cama, y se entregaba a la sensación de estar flotando sobre el mundo: era una gaviota, era una nube. Del puerto subían las voces de los playeros y los comerciantes. Alguien llamaba mar adentro: "¡Eh, Manuelitoooo!". Veía el grito planear sobre los peces asustados. En la casa vecina lloraba una criatura. Eliecer, los ojos cerrados, subía por una escalera de caracol, angosta, infinita, que se perdía en el cielo, y sentía repicar en lo alto unas campanas que eran como polleras de muchacha. Subía, subía, y las campanas reían como burlándose. Reían con alegres carcajadas las muchachas, dobladas por la cintura y cubriéndose la boca con las manos. Descubrió que una de ellas era su profesora. ¿Lo habría visto? Bajaba su profesora por la escalera y los tacos finos de sus zapatos sonaban en los peldaños como si caminara por las teclas de un piano. Din, don, dan, don, din. Era necesario que no advirtiera su presencia; le preguntaría qué hacía allí, por qué no había ido esa mañana a la escuela. Pero la profesora lo tenía ya tomado de una mano, corrían los dos a la orilla del mar. Eliecer pensaba que no la había saludado siquiera. Buenos días, señorita. Las piernas de la profesora brillaban al sol como aquella tarde en que, con sus compañeros de curso, hizo un paseo hasta la roca de la cruz y se bañaron todos y todos hablaron después de las piernas de la señorita. En la playa, en una casucha de tablas, disputaban dos pescadores borrachos: uno de ellos quería cantar y el otro se empeñaba en que primero bebiera de la botella. La profesora apresuró el paso, incómoda. A Eliecer le habría gustado demorarse a presenciar la querella. De pronto uno de los borrachos alargó el brazo y lo llamó. Era su padre. Se despertó. Estaba completamente claro. Por las calles del puerto bajaban los estibadores. Se oían sus voces ásperas y cantantes, una más alta que las otras y, entre ellas, como cojeando, una tos desigual y persistente. Un perro ladraba en uno de los pontones.
-Vaya a buscar un litro de vino para su padre, Eliecer.
Tomó el dinero de manos del hombre y, sin soltar las monedas, se puso el pantalón y la camisa. Salió al viento fresco que pasó silbando por sus oídos. Corrió, corrieron los dos, viento y niño, calle arriba. El viejo Miguel venía en sentido contrario, rengueando, con una columnita de humo sobre sus labios.
-¿Se levantó tu padre?
Dijo que sí sin detenerse. Empuñó la botella con las dos manos y prorrumpió en un gemido ronco y prolongado que quería imitar el zumbido de un avión al remontarse. Lo gobernaba él, piloto, y su máquina surcaba los espacios en audaces evoluciones sobre las nubes. Allá abajo, muy abajo, quedaba el puerto, recostado contra el mar. Reconocía la calle principal, una culebra brillando bajo el sol; la plaza hormigueando de gente, el manchón verde del parque junto a la rambla. En la puerta de su casa su padre agitaba el puño reclamándole el vino. Eliecer aferró con más energía la botella, que tradujo el temblor que acababa de sacudirlo, pero en seguida divisaba el grupo de amigos, una parvada de niños que lo contemplaba con la boca abierta, desde la plaza de la estación, y sacudiendo la botella dirigía el avión mar adentro, hacia el azul sin término. Diez pasos más allá se detuvo de golpe, en medio de la calle, olvidó su juego y comenzó a caminar despacio, balanceando la botella en una mano. Allí vivían los Mejido. Eran mayores que él y siempre querían pelear los dos contra él solo. Eliecer los había desafiado a hacerlo primero con uno y después con el otro, delante de testigos. Los Mejido no aceptaban, decían que el hombre para pelear no ponía condiciones. ¿Y ellos? ¡Cobardes, maricones! Pasó echando miradas de recelo al zaguán de la casa. Más allá, Juvencio, el mandadero de la botica, alzaba la cortina metálica. La ciudad se disponía a la batalla del día.
El italiano Brunelli colgaba telas y prendas sobre la puerta de su negocio. Barahona escobas y plumeros.
Dobló la primera esquina y entró en el despacho del chino Lin. La mujer del chino, la sorda Zenobia, le arrancó la botella de la mano y después de verificar el dinero acercándoselo a los ojos para comprobar si no era falso.
-Todavía no amanece y ya la gente se pone a tomar vino -farfulló mientras llenaba la botella.
Eliecer alargó el brazo, tomó un puñado de galletas y se las echó rápidamente al bolsillo. La sorda lo miró con desconfianza.
-No me habrás robado nada, jorobado sinvergüenza, ¿no?
Eliecer respondió con dignidad:
-¿Me ha visto con cara de ladrón?
Pasar delante de la puerta de los Mejido era ahora más peligroso. Podían romperle la botella de vino, y su padre, después, le rompía el culo a azotes. Con la botella en la mano sentíase incapaz de hacerles frente. Se preguntó si no le convendría tomar por otra calle, dar un rodeo, pero siguió caminando. Cruzó, temblándole las piernas, por delante de la relojería, ya abierta, donde alcanzó a divisar a los dos hermanos limpiando los vidrios del mostrador. Si lo provocaban, no habría podido correr, embarazado por la botella. Los contempló, bien peinados y con trajes mejores que el suyo, trajes cosidos por don Hermelo, el sastre, mientras que el suyo era obra de su madre, el pantalón, de unos viejos de su progenitor, y la camisa (esa vergüenza íntima lo humillaba, y habría preferido morir a revelarla) de una camisa de mujer, sí, de su madre. Era todo lo que llevaba. Miró los zapatos rotos pero lustrados de Lucho Mejido; estaba seguro que él, con los pies desnudos, lo aventajaba. ¡Marica! No, no correría; ¿por qué iba a correr? Una cólera sorda se levantó en su pecho. Se detuvo, extrajo del bolsillo de su pantalón una gallera y comenzó a roerla ostensiblemente, despacio, para prolongar su placer, demorándose a cada paso. Un barco en la rada lanzó un pitazo hondo. En el horizonte, una rayita de humo, apenas visible a los ojos humanos, le indicó la entrada de una nave. De repente una voz gritó a sus espaldas.
-¡Jorobado, hijo del diablo!
Eliecer se volvió como tocado por una corriente. Alcanzó a ver a Lucho Mejido que se escondía en la tienda de su padre.
-¡Ven a pelear si eres hombre, María Luisa! -gritó Eliecer.
Pero nadie aceptó su desafío.
Cuando llegó a su casa, su padre apenas si lo miró. Además del viejo Miguel estaba allí su tío Esleván, hermano de su madre, dominando la escena en una mesa artillada de botellas de vino, que visiblemente le pertenecían. Esleván era tipógrafo, todo él trascendía a suficiencia. "Hablas como un diario, lo que dices apesta a diarios viejos", solía decirle su cuñado. Eliecer pensaba lo mismo, de modo que se fue a la cocina.
-¿Fuiste a buscar vino? -le preguntó Emelina.
-Sí -contestó con indiferencia.
La vieja lo estudió un segundo y luego exclamó como hablando consigo misma:
-¿Y por qué mandan a los niños? ¿Se creen que yo me voy a quedar con el dinero?
-Es que usted se toma el vino en la calle, señora, y llega aquí con el cuento.
Aunque la acusación era cierta, la vieja se volvió echando llamas por los ojos.
-¿Qué te has figurado mocoso insolente? ¿Por quién me has tomado? No te rompo la boca de una cachetada porque soy buena. Seré vieja y pobre pero honrada, ¿sabes? ¡Atrevido!
Se puso a desayunar sin preocuparse de los insultos de Emelina. Pero de pronto la mujer lanzó un gemido. Se golpeaba las sienes con el puño cerrado.
-¿Que le pasa, señora?
-¡Ay!
-¿Tiene malos pensamientos?
-¡Ay, hijito! No te burles de esta pobre vieja. Si vieras cómo se me ha puesto la cabeza. ¡Me duele como un diablo!
Y volvió a los golpes. Eliecer hacía dibujos imaginarios, con el dedo, sobre la tabla de la mesa. Emelina se le acercó.
-Niñito, tú que eres bueno, ¿por qué no me traes un dedito de vino para pasar este dolor de cabeza? Pídeselo a tu padre, anda, sé hombrecito, Eliecer.
Se levantó con un gesto desganado y pasó a la habitación vecina. Tomó una copa, la llenó y, cuando salía, oyó que su tío le decía:
-Oye, mocoso de porquería, el vino se hizo par la gente que sabe tomarlo, no para la basura.
-Es el vino de mi padre, no el suyo -replicó con altivez.
Dejó el vaso colmado delante de Emelina, sin decir palabra, y se encaminó a la playa.

II

En aquel punto de la costa las olas saltan sobre las rompientes y vienen, altas y veloces, coronadas por un airón de espuma, a morir en la arena. Entre una y otra, la playa queda desnuda. Los muchachos corren mar adentro al encuentro de la ola próxima, se lanzan de cabeza contra ella, y nadan flotando en la cresta espumosa. La ola es un poro marino disparado hacia la costa, con un jinete encumbrado en el lomo, al que luego deposita blandamente sobre la arena fresca y crujiente. Cuando Eliecer se cansaba de este juego, buscaba entre los acantilados esas pozas profundas en las que el agua del mar se arremansa y es verde y traslúcida. Se zambullía allí con los ojos abiertos para contemplar las flores azules, los líquenes dorados, las pinzas amarillas de los cangrejos y el rosado nidal de los moluscos. El sol se esponjaba como un pájaro en el aterciopelado tapiz de las rocas y en la arena del fondo, lecho de oro donde dormían las estrellas de mar y flotaban los penachos suntuosos de los celentéreos. En esas incursiones prefería bajar solo, deslizándose con suavidad, simplemente a mirar. Era la codicia de los ojos, no de las manos. Se sentía solidario con la vida vegetativa, aparentemente eterna y sin urgencias, de las anémonas y los erizos adheridos a las rocas, pertenecía también a su elemento.
-Vamos a espantar los patos -propuso Nicanor.
Tostados por el sol, vistiendo apenas un pantaloncito, ágiles y flexibles, corrían los niños por la playa o saltaban sobre las rocas pulidas por el roce de la pleamar. Eliecer siempre detrás, enfundado en un traje de baño que pretendía disimular su joroba, tejido por su madre.
Se arrojaron al agua, uno después del otro, como lobos asustados. En el agua desaparecía la inferioridad de Eliecer. Nadaba de costado, ágilmente, y sólo a ratos su joroba emergía de la superficie, a manera de una extraña aleta. Corría más que ninguno y sólo Pedro lo aventajaba unas veces. Pedro era, en cierto modo, el caudillo del grupo. A su lado Eliecer se deslizaba como un delfín, sin mover apenas el agua, con braceadas limpias y rápidas. Sortearon un manchón de algas, siempre juntos, uno al lado del otro, con los demás a la zaga. El mar brillaba, azul y cantante. A lo lejos, en los muelles, cabeceaban algunos barcos. Finalmente abordaron una roca. La mano de Eliecer fue la primera en posarse en la meta.
-¿Comiste plomo que estás tan pesado? -gritó alegremente, ya encaramado en el escollo, viendo llegar el último a Nicanor.
-¿Qué gracia -se defendió Nicanor (era lento también de palabra). Estaba visiblemente lastimado en su amor propio-. Si vos tienes motor en la joroba.
Eliecer recibió el impacto sin ofenderse, pero quedó al acecho de su revancha. Nicanor se aferraba torpemente a las salientes de las rocas para dejar el agua y de pronto lanzó un juramento. Había puesto la mano sobre un acalefo y, por más que la retiró con presteza, se le puso roja y ardiente como una quemadura. Reconcentrado en su rabia, se la sobaba melancólicamente, entre las risas sofocadas de sus compañeros.
Permanecieron en silencio, un buen rato, agazapados detrás de la roca batida suavemente por la resaca. Y de repente irrumpieron del otro lado del farallón, dando alaridos salvajes. Las gaviotas se alzaron espantadas, en una nube densa y ruidosa, golpeando las alas y chillando, pero en seguida se ordenaron para evolucionar unos instantes sobre la bahía y luego afilar hacia otro promontorio, mar adentro. Algunas desertaban de la bandada y caían como flechas en el agua, en medio de un cardumen.
-Se fueron al islote -comentó Pedro.
Los balnearios, allá lejos, se iban poblando de mallas coloridas, de quitasoles rayados y, detrás, la larga fila de automóviles. No era un sitio para ellos, además, preferían la soledad, se sentían más libres en contacto con el mar libre, las rocas hirientes, las gaviotas, el cielo abierto.
-¡El Chinchol! -exclamó de pronto Nicanor.
Todos se volvieron. Por la orilla de la playa, a sus espaldas, cruzaba en esos instantes un hombre greñudo, la barba crecida, vestido de harapos.
-Déjenlo tranquilo -pidió Eliécer-. No lo molesten.
Pero ya todos, haciendo pandilla con las manos gritaban a coro:
-¡Chinchol! ¡Chinchol!
El hombre se detuvo en seco, bajo el sol, y volteó la cabeza.
-No sean brutos -intercedía el jorobadito-. ¿Para qué tienen que meterse con él?
Los niños seguían haciendo escarnio del desdichado, que alzó el puño y los amenazó, iracundo. Levantó luego una piedra y la arrojó con furia en dirección al grupo, pero la distancia era grande y la piedra cayó ridículamente en el mar. Mientras se alejaba, volvíase de tanto en tanto, para insultar a los muchachos.
-¿Y tú por qué lo defiendes? -interpeló Nicanor.
-El hombre no hace daño a nadie -repuso Eliécer-. Debe ser muy desgraciado, ¿qué sacamos burlándonos de él?
Callaron todos.
-Vive solo -explicó en seguida Pedro-, en una caleta desierta. Duerme al amparo de unas rocas, en la arena, y se alimenta de mariscos que él mismo casa del mar. Nadie sabe de dónde vino.
-Pobre hombre.
-Esto me recuerda que debemos echarle algo al estómago, niños.
Provistos de unos alambres engarfilados se pusieron a buscar ostiones y erizos. Pedro se deslizó entre unas rocas, había visto algo. Hundió la mano y de repente su brazo asomó aprisionado por los tentáculos de un pulpo. El muchacho le tomó rápidamente la cabeza y se la dio vueltas; un leve temblor recorrió los largos apéndices y el molusco quedó inmóvil.
Cocieron todo en una lata, alimentando el fuego con algas secas y restos de embarcaciones diseminados por la playa. Mientras comían, en silencio, la mirada perdida en el confín azul del mar y sintiendo cantar en sus oídos la sinfonía eterna de las aguas, convinieron en que la vida merecía la pena. La vida era hermosa.

III

Cuando Eliecer abrió los ojos, el navío del sol navegaba ya de bolina hacia el horizonte, en busca de puerto. Quedaba todavía, sin embargo, un par de horas para arriar las velas. Sus amigos seguían durmiendo la siesta, la cabeza casi hundida en la arena. Se puso de pies y, como sugestionado por los brillos del sol en la gran masa líquida, se internó paso a paso en el agua. El reflujo de la marea era como la respiración del mar, lenta y poderosa. Tenía la sensación de desafiar temerariamente al fabuloso monstruo, y recibiendo en su débil pecho la salada embestida de las olas, se sentía él mismo inmenso y fuerte. En ese instante una ola alta lo levantó, lo sobrepasó cubriéndolo de agua y espumas ruidosas. Gozosamente comenzó a luchar con la marejada y a nadar hacia el peñón, que alcanzó con facilidad. Sentado en la cima de la roca, contempló el mar, de un azul profundo, que se mecía allí tranquilo y solitario y murmuraba en su lenguaje misterioso.
-Querido mar -dijo Eliécer-. Estás contento, ¿eh? Yo también lo estoy, viejo amigo. Es el día, el lindo, lindo día. Vamos a darnos otro remojón.
Volvió a lanzarse al agua y enfiló ahora hacia el islote, mar adentro, braceando sin esfuerzo, para no fatigarse. Se sentía dichoso de vencer la elástica resistencia del agua, de saberse solo y puro y libre entre mar y cielo, a cubierto de la hostilidad del mundo. Nadó de espaldas unos minutos; cuando calculó que el islote estaba próximo se dio vuelta y avanzó vigorosamente hasta abordarlo. Tendido de vientre en la arena dejó un largo rato que las olas le lamieran las piernas y se retiraran cansadas para volver de nuevo, insistentes y rumorosas. En la playa distante sus amigos no daban señales de vida; probablemente los holgazanes seguían durmiendo. Vaciló entre volver o quedarse allí, esperándolos, y entonces se resolvió a costear a nado el islote. Sus amigos nunca lo habían hecho, porque el otro lado carecía de playa y caía sobre el mar en un acantilado que las olas batían con furia. Nadó en un amplio círculo para evitar la resorción de la marejada; a medida que adelantaba en su impulso, el mar se hacía más ruidoso al arremeter contra el peñasco. Enfiló con entusiasmo ahora en un mar inquieto y ligeramente revuelto, frente a la escarpa, y en seguida deslizóse en línea recta, enérgicamente, tratando de mantener la gestión de su ahínco a buena distancia de la tolmera. Era una batalla con la muerte, y lo sabía; si se descuidaba un instante, si aflojaba en su ardor, un golpe de mar podía estrellarlo contra las rocas. Iba a ganar ya, por fin, el otro extremo del risco sombrío, hirviente de espumas negras y sobrecogedoras. En ese momento descubrió al Chinchol.
El hombre flotaba en el agua con la apariencia de un ahogado,
rígidos los brazos y las piernas. Los largos cabellos empapados cubríanle los ojos dándole un aspecto siniestro. Y hasta creyó advertir reflejos verdosos en la piel de ese cuerpo sin carnadura. Pero tenía clavada la mirada en Eliecer.
Al muchacho se le había encogido el corazón, mientras seguía nadando. Se sentía avergonzado de la conducta de sus amigos al insultar al solitario, maldijo su estupidez. Era tarde para volverse atrás, pues de otro modo habría huido. Todo lo que le quedaba para hacer era pasar lo más lejos posible del hombre aparentando naturalidad, dominando el oscuro miedo que extrañamente se había apoderado de sus entrañas. Aceleró sus movimientos en el agua convulsa. Pero el Chinchol se había dado vuelta y avanzaba, a su vez, para cortarle el paso. En sus gestos, en su mirada de odio, adivinó su resolución. Braceó Eliecer con todas sus reservas de entereza, en un salvaje desesperado esfuerzo por tomarle la delantera; si lograba salir al otro lado del islote, estaría a salvo, podría gritar a sus amigos y sus amigos lo escucharían, lo escucharían tal vez otras personas, mientras que ahora sus gritos quedarían ahogados por el fragoso embate de las olas contra el farallón. Gritó, con todo, absurdamente, absurdamente deseó que su atacante se asustara y volvió a gritar. El Chinchol estaba ya a dos brazadas, a una brazada. Sintió su jadeo quemándole la nuca, presintió su mano alargándose para tomarlo de los cabellos. Entonces hundió la cabeza en el agua y se sumergió con rapidez, nadó debajo de la superficie, ahora en sentido contrario, y reapareció a una buena distancia de su perseguidor. Por el rostro de desconcierto y extravío del Chinchol pudo comprobar, con alguna tranquilidad, que el hombre no sabía zambullir; ello le procuraba una ventaja, la aprovecharía. Pero el Chinchol era más veloz y la rabia acrecentaba su velocidad. De nuevo estaba sobre él: Eliecer volvió a zambullirse. Deseó ser pez, con todas las ansias de su alma, para perderse debajo del mar, deseó ser un tiburón para dar cuenta a dentelladas de su adversario. El Chinchol, cada vez más ciego de furia, no le daba tregua.
Se habían acercado, entretanto, al extremo del islote. Con un poco de suerte, y a favor de la corriente, podría salir a la vista de sus compañeros, que probablemente ya habrían advertido su ausencia. Nadó frenéticamente, con redoblado brío, y de pronto sintió la mano del Chinchol que se aferraba a una de sus piernas. Se escurrió como una anguila, pateando el agua y debatiéndose en el terror y el aturdimiento, perdido ya el control. Los brazos del hombre luchaban por hacer presa en él. ¿Iba a ser ese el fin? ¿Iba a morir de esa manera, sin que nadie supiese nunca cómo había muerto, quién lo había matado? Por su imaginación cruzó como un relámpago la imagen de su cuerpo flotando entre las algas, comido por los peces. Quiso zambullirse de espaldas, en una última tentativa por salvar su vida y de repente, sin saber cómo, se encontró con la cabeza del Chinchol aprisionada entre sus piernas. Las apretó instintivamente en el cuello de su enemigo y ajustó el anillo con todas sus fuerzas, hundiéndose todo lo que pudo. El Chinchol le desgarraba la carne con las uñas, tratando de desasirse y sacarlo a la superficie. Era una lucha de vida o muerte, pero no podía durar mucho. Eliecer sentía que su pecho iba a estallar, necesitaba respirar, necesitaba aire, y en ese mismo instante advirtió que la presión del Chinchol aflojaba, que su cuerpo se iba al fondo. Se desembarazó de él y subió a flote. El Chinchol no volvió a aparecer.
Eliecer permaneció de espaldas en el agua, sofocado, para recuperarse, luego ganó penosamente la playa del islote. Sus compañeros lo encontraron allí, sin conocimiento.
Cuando volvían, en un bote que fueron a buscar Pedro y Nicanor, quisieron saber lo que le había ocurrido, lo llenaron de preguntas.
-Luché con un lobo -dijo Eliecer, con dureza-. Lo vencí.
Sus compañeros se le quedaron mirando, miraban sus piernas heridas, surcadas por hondos canales sangrantes, y por primera vez lo consideraron con silencioso respeto, mientras él, por primera vez, descubría que los odiaba.


12- Carlos Condarco Santillán
(Oruro, 1946)

EL TORO

Apenas se ha movido desde ayer. Permanece sentado en el suelo, jugando con el gran plato de barro, que sus manitas toman por los bordes, oponiéndose entre sí, imprimiéndole un movimiento de volante lento. Martín está ahí, sedente, sobre el piso de la tierra, junto a una mancha de humedad. Martín está ahí y yo estoy aquí, cerca de la puerta del rancho.
Estamos los dos esperando, y él no regresa.
(Les pedí que se cuidasen y me esperaran, mostrándoles dónde encontrarían la harina, el tasajo, la sal. Indicándoles cómo debían prepararse la comida. Después tomé el morral, lo colgué del hombro derecho, crucé la pequeña explanada y ascendí por la escarpada, buscando la senda, festoneada de pedruscos. Me alejé en pos del camino real. Caminaba, caminaba y, al hacerlo, me elevaba sobre el valle, contemplando, de momento en momento, cada vez más pequeño el rancho. Por detrás, la montaña; por delante, el despeñadero y, por los flancos, un maizal y el monte. Orillando el maizal, un arroyo que fulge al sol).
Al principio no fue difícil. Martín y yo nos dimos maña para hacer nuestra comida. Martín es muy eficiente, se desempeña, a pesar de tener sólo cuatro años, bastante bien en los menesteres. Lo hace todo, sin hablar, en silencio, con una diligencia muda y pertinaz. Antes, Martín era muy locuaz, de una marrullería fastidiosa. Se la pasaba parloteando, de la mañana a la noche, hasta que se quedaba dormido, en el lecho de nuestra madre. Eso fue como hasta hace un año, hasta que ella murió. Ayer, cuando el sol se puso vertical sobre los árboles y las montañas, a esa hora en que la sombra desaparece por entero y todo flota inmerso en un polvo de oro, Martín habló, dijo: "Tengo hambre".
Desde entonces permanece mudo; sentado sobre el piso, jugando con el pesado y negro plato de barro.
Su ausencia no debía durar más de tres días, pero no fue así; al cuarto, vino un vecino de más abajo del valle, buscaba un toro. "Tal vez esté alzado por estas breñas y matorrales". Le contesté que no lo habíamos visto. Martín, junto a mí, mudo, nos miraba alternativamente. El vecino, llenando un botijo en el arroyo, relató que un camión, cerca del puente de Salineros, en el camino real, se precipitó en el abismo. Decía el rumor que murieron algunos de por estos lados, del Abra de Candelaria, que es como le llaman a esta tierra. Luego se fue y ya no lo vimos.
Echaba la hornija, que Martín recogió en el monte, en el tiznado llar del rancho. Tomé el cántaro de barro bermejo. "Martín, dije, vamos por agua". Martín buscó una olla pequeña y salimos al sol. Cegaba. Entornando los párpados, caminamos hacia el arroyo, llegamos a la rivera. Entonces, lo vimos por primera vez, era negro.
Retornamos al rancho.
Esa tarde, la pasamos jugando, Martín y yo. Trepados por los peñascos, nos escondimos entre los arbustos, las zarzas hirieron nuestros brazos desnudos, las guijas, nuestros descalzos pies. Desde el cresterío rocoso, lo vimos, abajo, en medio del campo cultivado, negro, brillante, reluciente con los cuernos azulencos, destellando brillos de metal. Metía la cabeza enorme entre las cañas de nuestro maizal.
Martín, de pie sobre una peña, haciendo bocina con las manos, gritó: "¡Toro… Toro…Toroooo!". Múltiple, el eco devolvió su grito.
Por la noche, luego de comer tasajo y mazamorra, nos acostamos en el poyo, estremecidos, gozando, íntimamente, el albergue de nuestro rancho, arrebujándonos con las mantas. Martín se durmió pronto. Yo pensé en nuestro padre ausente y, después, abrazando a mi hermano, dormí.
El sol estaba alto al despertarnos. Penetraba su luz, vibrando en
átomos dorados, por las hendijas de la precaria puerta. ¡Hermosa mañana! Con las hondas pendientes del cuello, buscamos las sendas umbrías del monte. En nuestros bolsillos estaba el peso de los proyectiles, cantos pequeños, redondeados. Tirábamos contra las palomas eligiendo aquellas posadas sobre las ramas bajas, las chinas, luego de errar el blanco, chocaban en los troncos, produciendo un ruido repetido y seco. No logramos cazar nada.
Al retornar, lo encontramos cerca del rancho, oliscando unos pedrones cubiertos de cal. Hicimos alto. Martín se puso a mis espaldas protegiéndose, tomé puntería y lancé la piedra. Zumbó en el aire quieto y fue a herir el morro. Sacudió la cabeza oscura, se volvió y, con balanceo cansino, fue rumbo al maizal. Entramos en el rancho, oscurecía. Los astros vesperales principiaban a desangrar su luz.
Las luces cubrían el cielo matinal. Como oscuros vellones, se apeñuscaban contra las distantes cumbres montañosas. Luego del parco desayuno, nos resistimos a abandonar la cama, preferimos remolonear, bajo las pesadas y multicolores mantas de lana, el hambre urgió a mediodía. "Martín, vamos por agua".
Con los cuerpos laxos y la voluntad lánguida, marchamos hacia el arroyo. La humedad de la atmósfera, acrecía el aroma vegetal y profundo del campo. Empecé a verter agua en el cántaro, sirviéndome de la ventruda olla de Martín; cuando la hube colmado sumergí la olla en el arroyo y la retiré llena y chorreando agua. "Llévatela, yo llevaré el cántaro".
Nos incorporamos con movimientos que la húmeda grama hacía inseguros. Tomamos los recipientes y la senda que conducía al rancho. Allí, el fuego estaría danzando en el llar.
Martín equilibró la olla sobre su cabeza; yo acomodé el cántaro en el cuadril. Caminamos, yo por delante, Martín por detrás.
En el cielo las nubes desplazaban sus masas disformes, gigantescas, plúmbeas. "Tal vez hoy llegue papá", dijo Martín, "Tal vez" respondí, pensando en los muertos del Puente de Salineros. El ritmo del andar, hacía saltas, alegre, el agua en los recipientes. La figura del rancho se aproximaba a cada paso nuestro. El arroyo manso murmuraba su cristal, rompiéndolo dulcemente contra las
pulidas piedras de su lecho.
Súbitamente, aquella paz fue turbada. Los duros golpes de una
tumultuosa y frenética carrera estremecieron la tierra. Volvimos los rostros, sobresaltados, pálidos.
Entonces surgió, como una pesadilla furiosa, de en medio de los verdes tallos de maíz, tronchándolos con el empuje avasallador de su mole negra. Nos embistió. Solté el cántaro que se rizó perlando el aire en torno suyo. "Martín, al rancho. ¡Corre Martín!". Corrimos, con la bestia tras nuestra fuga, con el pecho expandido y la cabeza echada atrás, desesperadamente. El rancho recortaba el negro rectángulo de su puerta como una promesa de vida. Martín corría casi pegado a mí, inexplicablemente, llevaba la olla, sujetándola con ambos brazos, apoyándola contra su pequeño y acezante tórax, salpicándose el rostro marcado por la angustia. Nos lanzamos adentro y cerramos la puerta tras nuestro. Penetró por las grietas, como la luz de la mañana, el polvo de la tierra conmovida por la bestia y escuchamos un furioso bramido ronco. Se perdió en el eco del valle… Después, el silencio.
Nos encontramos sin tomar alimento alguno. Martín se estremecía en sueños. Permanecí desvelado hasta muy tarde, escuchando los grillos y el murmullo del arroyo. Cuando los grillos callaban, mi miedo se dilataba en el silencio. Un viento persistente empezó a soplar, cuando, sobreponiéndome al temor que la soledad me imponía, me quedé dormido. Mi sueño se rompía bruscamente. Despertaba sobresaltado. Miraba la puerta, nunca me pareció tan frágil como entonces. Martín bullía inquieto, llamando, entre sueños, a nuestra madre. En dos ocasiones, sofocado por el silencio, oí que las pezuñas del toro rascaban la tierra, cerca de nuestro rancho, muy cerca. También lo escuché restregarse contra la rugosa corteza del molle viejo, que se alzaba casi junto a la puerta.
Al fin amaneció.
Recostados contra el muro de adobes sin enjalbegar, esperamos a que el sol estuviese alto en el cielo, para ponernos en movimiento. Bajé del poyo. "Quédate en cama Martín. Prepararé el desayuno". Encendí el fuego y me dispuse a calentar el agua. En la olla quedaba muy poca, el cántaro estaba afuera, hecho añicos. Compartimos una menguada taza de té, no dio el agua para más. Afuera reinaba el silencio, solamente turbado, de vez en vez, por el canto de algún pájaro, sin embargo, no abrimos la puerta. La mañana se fue, mientras hablábamos susurrantes y sobrecogidos.
Fisgamos por las hendijas, sin ver nada atemorizador.
Seguramente era ya más de mediodía cuando, acuciados por el hambre nos resolvimos ir por agua. Despacio, muy despacio, doblados por la cintura y con una mano trémula, entorné la puerta. El día radiante semejaba un fanal de paz. Miré al frente: el despeñadero y, al fondo, la cordillera. Martín permaneció acurrucado, junto al umbral. Asomé la mitad del cuerpo, arqueando el torso, estirando el cuello, afirmando los pies en el piso del rancho. A la izquierda, el viejo molle; más allá el monte enmalezado. A la derecha… ¡Allí estaba!, ramoneando entre unos arbustos. Quedé inmóvil, en completo silencio, mirándolo temeroso. No obstante, como obedeciendo a una orden misteriosa, gritó bruscamente, puso en mí la mirada encendida, aplomó el cuerpo, mugió en un crecendo sordo. Cerré la puerta. Tomé de la mano a Martín y nos fuimos al fondo del rancho, al rincón más oscuro. Permanecimos un rato silenciosos, después, sin mediar palabra, rompimos a llorar. Vimos nuestro desamparo frente a nosotros desnudo y aterrador. Al transcurrir las horas poco a poco, nos fue ganando el letargo, más de estupefacción que de sueño. Anocheció.
Es horriblemente salado el tasajo. Arrancamos del gran pedazo que cuelga del muro, junto al hogar, unas tiras fibrosas y resecas de cecina. Hambrientos, las masticamos largamente, sin conseguir deglutirlas. La sal de la carne mojada aumentó nuestra sed. Penosamente, conseguimos tragar unas fibras, que nuestros estómagos no sintieron llegar. Probamos a comer harina, llevamos, ávidos puñados de amarillo polvo a nuestras bocas resecas. No dio resultado la experiencia.
Martín ha dejado de jugar con el plato. Con movimientos desmayados, con el cuerpo desmadejado casi, se ha llegado junto a la olla. Puesto de cuclillas, concienzudamente, restriega con los dedos la ya inexistente humedad del fondo, después recorre sus labios con los dedos pequeñitos y morenos.
El toro no ha dejado de merodear el rancho. Durante el día ronda los lindes del maizal. Asomándonos, unas veces yo, y otras Martín, medrosamente lo hemos columbrado.
Por las noches -ya son cuatro desde el día en que se rompió el
cántaro-, lo escuchamos andar entre el maizal y la casa. Resopla con fuerza acercando las narices al suelo.
He decidido abrir la puerta durante el día. Cuando lo advirtió, se acercó trotando, con la cola enhiesta, orgulloso de su poder sobre nosotros, pero no se atrevió a llegar muy cerca. Un resto de temor lo hace respetar nuestra morada. Olfateó la tierra, frente a la puerta, resoplando como un fuelle y tornó a irse en dirección a su regato.
Ya no sentimos ese dolor espantoso en el estómago, el dolor que nos agobió los primeros dos días, en torturas incesantes. Lo ha reemplazado una gran lasitud, un vértigo de abandono e indiferencia. Si sentimos algún dolor, es en los ojos y en los labios agrietados. Martín parece muy lejano a todo, a momentos, sonríe. El plato, abandonado en el suelo, invertido, semeja un túmulo diminuto. Pasamos las horas de la mañana y la tarde junto a la puerta, por la noche nos allegamos al lecho, solamente por costumbre, pues nada tiene ya significado alguno.
Hoy, Martín amaneció muy débil. Al fin, yo soy dos años mayor que él y tengo más fortaleza. Lo arrastré esforzadamente hasta la puerta, para que goce del sol, a ver si éste lo mejora, le devuelve un poco el color a sus mejillas muertas. Le he puesto una manta en el suelo, recostándolo encima. Martín no habla, ni siquiera balbucea. Mira fijamente el cielo, buscando el sol, como en espera de algo. Con un platito, hago al azar, trazos en el piso de tierra. Con el sol radiante las moscas parecen tomar vitalidad y un dinamismo extraño. Zumban monótonas alrededor de mi cabeza. Una, más grande que las otras, después de recorrer por las mejillas sucias de Martín, se ha posado sobre la fija pupila abierta, Martín no hace nada por espantarla. Ni siquiera parpadea.
Escucho chapalear al toro en el arroyo; seguramente está haciendo una nueva visita al maizal.


13- Gary Daher Canedo
(Cochabamba, 1956)


EL OLOR DE LAS LLAVES

Soy un hijo de lejos, lo leí en el certificado de nacimiento que vi, por primera vez, ayer por la mañana. Se lo he contado a Roberto después de una noche de tortura, allí mismo, sentados en el promontorio junto a la acequia. ... Él dice que no, que "legítimo" no significa eso. ¿Cómo te digo?, tal vez significa algo relacionado con líos o con las cosas que hacen los abogados, tú sabes, me dice. Lo único que se me viene a la cabeza es la figura de Martínez, con su impermeable viejo, siempre lleno de carpetas en su maletín de cuero, sentado al frente de la oficina del tío Norberto. ¿Será este ser agachado, casi siempre con la mirada opaca como que no entiende, el culpable de que yo sea un hijo de este tipo, lejano así? Todo esto duele tanto.
¿Qué es, a fin de cuentas, un documento en el que han colocado tu nombre escrito, nacido; una palabra corta diciéndome, soy tú, como un sello de sangre? Por estas graves preguntas he llegado a la conclusión de que un papel oficial (como los veo siempre: marcados con membrete y firma) debe ser algo de mi cuerpo que no comprendo, un pedazo de piel. A veces siento que un día aparecerá uno entre mis cuadernos, y seré sacado de la escuela, llevado ante algún hombre pequeño de traje sudado; y tener que escribir para siempre la misma tontería, quinientas veces todos los días, para poder vivir. Hoy he besado a mi madre con cuidado, no vaya ser que, por ser yo de lejos, se rompa la magia y comience a frecuentar la casa de Alberto Bianjo; y de un día para otro me convierta en su hijo, y me haga hambrear, y me castigue con chicote como dicen que hace con el Ernestino, que viene con la cara de perro triste todos los días a querer jugar fútbol; y nosotros nada, porque es tan inútil. Yo lo veo con su cara de tordo repitiendo siempre: Ya, pues; ya, pues. Y a mí me da una rabia, porque me distrae y por ahí me meten un gol, y todos me dirán "¡qué te pasa!", con sus caras de niños bestias, mientras el sol se irá poniendo entre los eucaliptos, iluminándonos por todas partes, vivo, maravillosamente blanco.


14- Porfirio Díaz Machicao
(La Paz, 1909-1981)


QUILCO EN LA RAYA DEL HORIZONTE

Claro, como era nieto de indios le llamaban Quilco, por burlarse de él, por arañarle el alma. Él no hacía caso. Le sacaba joroba, como los gatos, a sus impulsos y contestaba con el brillo de sus ojos. Y nada más. Un gato asustado de los ratones… Luego, entraba resbalando, despacio, con susto en su desolación.
-¿Qué hará Quilco en la vida?
-¡Bah, a lo mejor nada!
Es muy difícil, a veces, llegar a la dificultosa y horrible decisión de no hacer nada. A Quilco lo sujetaba su raza, amarrado a la contemplación. Dentro de sí había algo que era como una dentadura que mascase coca. De rato en rato escupía un deseo. Pero era un deseo tan absurdo…
-¿Que hará Quilco en la vida? -Los colegiales reían.
Entonces él sacaba una uña interior y rasguñaba un anhelo:
Navegar… pero no entre las totoras del lago milenario y sagrado de su pampa, ni en la barquita frágil de las pajas secas, sino en los buques grandes, mecidos por la bravura de las olas en unos mares enormes, enormes como el tiempo, como su ansia, como él… Y despegarse de las orillas para ir fraternalmente con el aire infinito, encerrado por muros de horizontes y de charla con el agua frenética, vestida de experiencia y encanecida de espuma. Ir por el mar…
Quilco solía repetir…
-Ir por el mar…
Sin embargo su pena inútil volvía a mascar sus hojas de coca. Ninguno de los suyos, hombres envueltos en el viento helado de las cordilleras, conoció el mar. El mar de los indios estaba seco, muerto bajo el cielo azul: el Altiplano. Sin espumas, sin olas, sin playas, mar de tierra gris, rayado por la paciencia de los bueyes. Mar con mortaja. Por eso él quería navegar en los barcos de hierro, para matar la angustia de su mar muerto y cambiar la coca por el licor marinero. Para dejar de ser lombriz y convertirse en pez. Si él pudiera abrazar un paisaje nuevo… Si él pudiera enredar su corazón entre las algas mojadas y escuchar el secreto de otros mundos… Quilco quería ser Colón, o Pizarro, o simplemente el último vagabundo de la tripulación, el que obedece, el que sufre, el que se retuerce con la espina de la impotencia y del silencio.
¡Aunque fuese así! Pero del fondo de la sombra, algo le tiraba fuertemente a la entraña de la tierra. Quilco se quedaba… y la nave de la ilusión se iba, se perdía en el confín, cayéndose y levantándose entre las olas. Los marineros limpiaban la sal de mar de sus frentes sudorosas y reían sus corazones una carcajada de muchos cielos y tenían un ademán para recordar todos los puertos en donde habían anclado. Quilco, abandonado en el puerto, guardaba el pañuelo de la despedida.
-¿Qué hará Quilco en la vida?
Derrochar… sí, derrochar locuras y riquezas. Llegar un día a Nueva York, comprar acciones, venderlas, volverlas a comprar según el diagnóstico de los juegos de bolsa. Y subir en un coche y correr la carretera de fiebre de la vida moderna, quitándose un segundo de tiempo para sonreír por un recuerdo romántico, o dedicando nada más que tres minutos para pensar en la humildad, el amor y la belleza. Y saludar a Dios si el buen humor se lo permitía. Y ponerle al cocktail unas gotas de transacción y la alegría de un 10% al cigarrillo. Mientras tanto él vería crecer su fortuna como a un nene robusto, con mejillas de crédito, ojos de prosperidad y abdomen de cuenta corriente… -¡Mister Kilko!, el gran Mr. Kilko, el Rey de las Maderas… ¡Mr. Kilko!-. Quinta Avenida, Nueva York, Estados Unidos de Norteamérica metiendo las manos en una bolsa de oro y echando también el oro por las ventanas del rascacie-
los, con cimientos de sindicato o de sociedad anónima. Mr. Kilko asegurado. Mr. Kilko la astilla viviente de la Bolivian Madera Society Corp. ¡Mr. Kilko un hombre de oro...! Pero una mano insistente le atraía para abrazarlo a traición: la raza, la raza fuerte, imperdonable, asesina del ensueño. Ninguno de los suyos fue usufructuario, ni jamás conoció el derroche, menos aún la locura. Eran indios que para recorrer un camino vacío, ponían en él la humildad de una pisada esclava. Y tenían por reloj el sol en las jornadas sin fin de las penas largas. No hubo nunca en sus vidas el más leve intento de locura. Al contrario: pequeños de acción, no comerciaban porque horadaban la tierra para hacerla germinar con una lágrima en el tiempo de un silencio crecido. ¡Indios, pobres indios!… Quilco entraba sobresaltado, huraño, en el ritmo doliente de la realidad.
-¿Qué hará Quilco en la vida?
Amar… Amar con todas las fuerzas. Vivir entregado a una pasión. Conquistar a una mujer, como fruta extraordinaria, y saborearla en el triunfo de una nueva independencia. Una mujer blanca, una castellana de gran mundo, una dama… No la Lurpila del campo, ni la Kantuta pastora, con los dedos pegados a la rueca, recortándose en el confín del yermo. No, Quilco quería una señora, una matrona. Ya no serían para él los roces de los phullus tejidos con lana de ovejas, sino la caricia de la seda sensual… Mas, nuevamente, con tenacidad, volvía a hundirse en la miseria de su resignación. Todos sus ensueños se deshacían. La sangre oculta en su carne bronceada lo llamaba a la cordura, al retorno paciente. Nunca un corazón aymara había latido por mujer de otra raza. Nunca. Ni fue cálida la mente para abandonar su frontera de siglos. ¡Ay, de aquel que deseara ver atrás del horizonte límite! Solamente la Lurpila y la Kantuta, la rueca y las ovejas para los hombres rudos de la raza fuerte. Mientras se va tejiendo un poncho, se va, a la par, tejiendo el destino, va sin poncho, desnudo, a la intemperie del olvido…
-¿Qué hará Quilco en la vida?
-¡Bah, a lo mejor nada! -. Los colegiales reían de la timidez del compañero.
Entonces él, crucificado a los suyos, hincó las rodillas en su tercera caída, y su alma absorbió el polvo del suelo.
-¿Qué será Quilco en la vida?
Él respondió resuelto:
-¡Nada!
Y tomó el camino de regreso, entregándose a los brazos abiertos de su solar nativo. Surcó con pies recios el lomo de mar endurecido de la pampa, se peinó la cabellera con el viento y aplacó su sed en el arroyo tímido. Se santiguó con la cruz de los cuatro puntos cardinales y se santificó con el aire de las cordilleras. Se envolvió en la pampa y se puso frente al horizonte, camino de su hogar.
Entonces el asno le mostró su fatiga y la majada le contó los secretos de la pastora.
Y cuando Quilco se hubo reintegrado a sus campos, puso las manos en los hombros de su padre y le habló en aymara:
-Tatay, me he regresado.


15- Alfonso Gamarra Durana
(Oruro, 1931)


UNA TARDE DE SÁBADO

Aquella tarde caía el sol caldeando el aire. Los niños que caminaban alrededor del padre Humberto levantaban tierra a su paso, e iban formando en su trayecto una nubécula amasada con polvo y sol.
Habían dejado atrás las últimas calles de la pequeña ciudad para ganar la pampa circundante, donde buscarían un lugar apropiado para disputar un partido de fútbol.
Adalberto buscaba los sitios donde la tierra arenisca se había acumulado mayormente, para pisar allí y ver, entonces, con inmensa alegría, cómo entraba la tierra por las grietas de sus zapatos. Unos pasos más y se sentaba en el suelo, para hacer caer de sus calzados viejos un chorro de arena; él comparaba aquello con una catarata. Se ponía en pie y repetía la misma operación una y cien veces.
-¡Padre!… Si uno se traga un montón de tierra, ¿qué le pasa? -inquirió Carlitos, corriendo al lado del padre Humberto.
-Se convierte en una bolsa de arena para la guerra -apuntó inmediatamente el gordo Severino.
-Produciría desarreglos funcionales en el estómago -indicó el padre- y posiblemente una grave infección. El polvo, éste que levantamos al caminar, es causa también de enfermedades porque se deposita en los pulmones; es el caso de todos los mineros de Bolivia.
-¡Mi papá trabaja en la mina…! -gritó Jaime, detrás del padre.
-¿Te dijo qué gusto tiene el polvo de mina? -preguntó despectivamente Carlos, el único bien vestido del grupo.
-No… No creo.
-El polvo, sea de dónde sea, siempre tiene gusto a soledad… -filosofó Antonio entre dientes, cortando la charla científica.
-¡Ché, automóvil sin motor, acelerá…! -gritó Severino a Adalberto que, con su estremecimiento particular, se había quedado muy a la zaga.
-Qué sin motor, a que te gano una carrera.
-Listo…
-¿Hasta dónde?
-Hasta aquella piedra como la verruga del sacristán… Apúrate para que te corra sin ventaja.
Adalberto terminó de atar su zapato y trotó hasta ponerse a la altura de sus demás compañeros. El padre contó, entusiasta: "¡Uno… dos… ya!". Y los dos rivales salieron disparados. Severino avanzaba a pequeños pasos pero veloces, apretándose su cinturón como si con ello ganara fuerzas. Adalberto, por su parte, tendía sobre el suelo los troncos largos de sus piernas flacas, pero en su frente aparecían copiosas gotas de sudor, que indicaban claramente que su anterior esfuerzo le restaba aliento para la verdadera competencia.
-¡Apuesto al Seve…!
-¡Qué va a ganar si ya no da!
-Están iguales.
-¡Apura, Adalberto…!
Los gritos de los demás niños se confundían en uno solo, y a pesar de ser pronunciados como estímulo, a los oídos de los dos corredores llegaban solamente como un griterío ininteligible, como una crítica severa al que perdía terreno.
Sin embargo, esa carrera nunca llegó a la meta, porque el padre Humberto halló con la mirada un lugar plano, más o menos firme, y señalando, dijo:
-Allí está nuestra cancha…
Una pelota de goma salió del grupo de chicos volando por los
aires para ir a dar unos cuantos rebotes sobre el terreno señalado. Altiva y segura, como queriendo examinar el lugar, la bola fue amortiguando lentamente sus botes, hasta que llegó el Ojos Estirados y de un nuevo golpe con la izquierda la lanzó por los aires. El cielo, que servía de fondo a la pelota, se prolongaba en su celeste, infinitamente, sin medida, como esos años de la niñez que no deberían acabar nunca.
El encuentro deportivo comenzó. Al lado de Ojos Estirados se alinearon diez chicos. Al frente, sólo cinco porque el padre Humberto, que jugaba con éstos, valía por lo menos por seis, pero con ellos estaba Carlitos, el dueño de la pelota, por eso, el que tenía que ser elegido para el equipo más fuerte, pero también el que nunca había sabido otra cosa que "patear" la pelota de punta y sin ninguna trayectoria definida.
David recibió la pelota y empezó a correr en dirección al arco contrario; se fatigó más por la responsabilidad que por el trote y la cedió a Jaime; éste con los pies descalzos, porque así la empeinaba mejor, continuó la carrera dejando, de esta manera, muy atrás al padre. Quedaban, por tanto, tres muchachitos para defender el arco. Jaime, serio como siempre, pero con la lengua bailando sobre los labios al compás de sus pies que se movían, avanzó hasta colocarse frente a dos rivales, dio de pronto una media vuelta, retrocedió un par de metros y, sorpresivamente, volvió sobre sus pasos, para echar un pase por entre los dos adversarios. La pelota había pasado con tan hábil jugada, pero el dedo gordo de su pie desnudo quedó aprisionado bajo el tacón de un zapato.
Mientras tanto, había tomado la bola el Ojos Estirados y de un puntazo dobló las manos de Daniel, el porterito, y marcó el primer gol. El mismo Ojos Estirados corrió a traer la pelota que se había internado en lo más abierto de la pampa, con la fuerza de su disparo.
Luego, le tocó el turno de avanzar al equipo del padre. Roberto, elástico en su carrera, ganaba terreno, dejando atrás a sus rivales, hasta que Severino por hacerle un quite, tropezó y cayó al suelo. La sacudida de su gorda humanidad fue violenta, pero este sacrificio impensado sirvió para salvar del peligro a su portero. Adalberto corrió hasta donde Severino, en el suelo, se lamentaba de su suerte, para ponerse a danzar un baile estrafalario que había visto en las películas de salvajes, acompañándose él mismo con gritos ululantes; el juego había perdido para él todo atractivo, lo grandioso del espectáculo estaba allí, en el suelo, con una rodilla raspada. Reía, proclamaba… y volvía a danzar. El gordito Seve le gritó molesto:
-¡Lárgate, cuello de jirafa!
Adalberto le obedeció pero no sin antes saltar por sobre el cuerpo del atormentado defensor; buscó después dónde estaba la pelota y vio, con miedo, que el padre Humberto avanzaba directamente a su arco, el mismo que le habían -por así decirlo- encomendado que cuidara como portero de reglamento. Se persignó y murmuró entre dientes:
-San Matías, mañana comulgo si atajas este gol para mí…
De repente, el padre que avanzaba con la pelota, trastabilló y al tiempo de caer lanzó un puntapié, sin embargo el disparo salió con la trayectoria desviada.
-Bendito seas, San Matías -murmuró lleno de convicción religiosa.
Una carcajada general recibió la caída del padre Humberto porque su larga sotana había cambiado automáticamente de color. Su negro inmaculado mostraba trazos geográficos de polvo: la orografía del revolcón.
Las risas de los chicos se ahogaron repentinamente en sus gargantas secas cuando el padre fue alzando con lentitud la largura de su cuerpo, dirigiendo una mirada avergonzada, pero llena de energía europea, que fue saltando de cara en cara de los jugadores. Durante unos instantes vaciló el juego. Pero la voz de "¡Pásala!" indicó la reiniciación del encuentro.
Comandando un avance nuevo apareció Ojos Estirados; con una tranquilidad de verdadero maestro de los estadios se embelesaba con la pelota y mientras la levantaba con la rodilla, la empujaba con el hombro, amagaba con la frente y la volvía a elevar con el taco, atraía hacia él a todos los defensores que, mientras trataban de estorbar a Ojos, gritaban:
-Así no vale… ¡Padre, que suelte pues la bola…!
Antes de escuchar la voz autoritaria del cura, el Ojos Estirados volvió a la realidad, y como si saliese de una gruta en tinieblas buscó a algún compañero. Antonio estaba en cuclillas a seis metros, deleitándose con las maravillas de su compañero, cuando vio venir el pase. Tomó la pelota y salió corriendo a gran velocidad. No desprendía su mirada de la bola y veía pasar el suelo raudamente debajo de sus pies. De reojo alcanzó a ver los dos montoncitos de ropa que señalaban los límites de la portería contraria y entre ambos a Daniel. Pisó entonces la pelota, pero como venía animado de tan rápido movimiento se tropezó en la misma, para continuar su avance pero rodando concéntricamente hasta aparecer con la cabeza sepultada entre la ropa. Se sentó, apoyando su cara disgustada en su puño derecho cuyo antebrazo reposaba en la rodilla y, observando el juego que estaba nuevamente lejos, le preguntó:
-¿En qué momento debía de patear…?
El padre Humberto había recibido otro pase y se dirigía sobre la meta contraria. Severino salió a marcarle, y haciendo esfuerzos inauditos se mantuvo, mientras corría, a la misma altura que el padre. No encontraba la manera para despojarle de la pelota. Para facilitar su embestida, el padre se fue levantando la sotana redentorista, dejando ver a Severino, que no le perdía pisada, sus grandes pies calzados con enormes botines negros. De pronto, el gordito se quedó parado, lo que favoreció al padre para enviar un fuerte pelotazo que venció la resistencia de Adalberto.
-Oye, Seve…-se dejó escuchar la voz de Ojos Estirados- ¿Qué ha pasado? En vez de quitarle te quedas plantado…
-Pero, qué quieres… Si el padre había tenido escondidos los botines del monstruo Frankestein…
Pelota va, pelota viene, iban pasando apresuradamente los minutos. Incansables, todos continuaban en la brega aunque el marcador acusaba cifras de doce, trece, catorce. La alegría contagiosa de la bola de goma no terminaba y para los muchachos la dicha era completa, aunque interrumpida cuando al religioso se le iba un poco uno de sus pies y dejaba un moretón en las piernas del rival.
Quince, dieciséis… Los goles iban en aumento. A cada puntapié la noche saltaba un metro. Las estrellas comenzaban a asomar para ver cómo el sudor se secaba en las caritas de los niños con el frío de la noche altiplánica, y cómo el cansancio resoplaba en los rostros enrojecidos.
Cuando ya no se podía ver la pelota, se sentaron todos cerca de una de las metas formada con piedras. Nadie pronunció una palabra, los ojos parecían querer perforar la arena con su fijeza y las lenguas se deslizaban pegajosas sobre los labios. Los corazones palpitaban al mismo ritmo, comunicando su movimiento a las cabezas despeinadas y a los pulmones agitados. En aquel momento el tiempo se había paralizado, las nubes miraban con ternura y la luna había detenido su marcha para que los niños disfrutaran más tiempo la dicha del descanso.
Con unas cuantas palabras el padre Humberto indicó que debían regresar. Se levantó y, rodeado de unos pocos, se fue alejando del campito. Sus siluetas fueron penetrando en la oscuridad. Esto obligó a los restantes chicos a levantarse, aún agotados, y conducir sus pasos en la misma dirección; con la cabeza agachada, en silencio, arrastrando su ropa por el suelo, dejaban la canchita de fútbol al cuidado de las estrellas.
-¿Y los botines de Frankestein que había tenido el padre? -se escuchó la voz de Severino, cortando de un tajo, con su entonación ronca, el silencio de la noche.
Bastaron esas pocas palabras para que el tiempo reanudase su marcha, el viento frío a soplar, y la luna a sentirse pelota rodando por el área grande del firmamento… Los espíritus se reanimaron y una carcajada infantil, nacida al unísono en las gargantas, llenó el ambiente de otras estrellas que rivalizaban con las de allá arriba en pureza y claridad.



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