8-
Adolfo Cárdenas Franco
(La Paz, 1951)
CON POCISION: EL FERIADO DE TODOSANTOS
Materia: Lenguaje
Profesora: Gabriela Cervantes
Alumna: Virginia Parihuancollo
Curso: 4to. Azul
Bueno a mí
lo que más me impresionó en el feriado fue que nos ajuntamos
todos y vinieron mis tiyos y mis primos chiquitos y su hermana de mi mamá
ques mi tiya pero que yo lo digo solo de su nombre porques joven y se
llama Nolberta que lo trajo a su marido y otro señor y otra señora
que no se quienes eran.
Entonces mi mamá en una canasta ha puesto biscochos y macitas y
dos botellas de chicha morada y una tanta huahua grande ques una criyatura
hecho de pan con su cara de pan, sus ojitos de clavo dolor y sus pañalitos
de pan y que yo hubiera cerido llevarle en mis brazos, pero no, la mamá
dice que no es para juego sino que para bendecilo.
Bueno todos iriamos a la parada del bus para ir al sementedio de Villa
Primero de mallo que de la ciudad es un poco lejos y ahí o sea
en la parada, el amigo de su marido de la Nolberta ha comprado hasta chicha
que casi no podamos como meter en el carro.
Y después de un rato largo mos llegado primero al a casa de mi
abuela que nostaba mui contenta de verle a su ernia o sea mi mamá
pero al verme a mí siá puesto un poco más contenta
y me dijio habias venido a rezarle a tu papá.
Y yo le ayudé a cargar la canasta con panes y maicillo y su marido
de la Nolverta un bidoncito de alcol.
También lo que mas me impresionó fue al sementedio lleno
de gentes que habian ido a rezar y lo que otros niños con sus bolsas
andaban de grupo en grupo y se quedaban a resar adonde los llamaban y
despues se recebian macitas y panes que les daban pero nosotros al llegar
a donde mi papá está enterado no emos llamado a ellos sino
que a un resador de en verdad dijio mi abuela y el avisó que sus
resos acen milagros y que al escuchar una señora resucitó
y mi mamá quería que se haga ese milagro, yo también.
Y todos resamos repitiendo lo quel resador decía: gloria al cielo
cristu anglu y mi abuela y mi mamá llorando y mis tiyos no mucho
hasta que terminó entonces mi mamá le dió biscocho
y mi abuela macitas y chicha y despué alcol en un jarrito, primero
al rezador y después a mi mamá y las dos se abuenaron y
el que resaba dijio que así era mejor para que su almita de mi
papá no sufra más y me puso un poco feliz porque nadie resucitó
pero mi mamá y mi abuela de nuevo se hablaban y dieron masitas
y biscocho a los tiyos y primos y la mamá sacó la tanta
huahua y ya la iba a reglar al resador cuando la Norberta dijo eso que
sea para nosotros dijio y le dió la huahua a mi tiya o sea la Nolberta
y ella es nuestro hijito le dijio a su marido entonces que sea nuestro
ahijado dijio el señor que no sé de su nombre o no hija?
a su mujer le dijio.
Hasí un poco en chiste la Nolberta dijio ya pues compadre y al
rezador le pidió que bautizara a la tanta huahua con su nombre
Norbertito y le bautizó y después como ellos se reían
el rezador les encargó que nuera para reirse desas costumbres y
como ya eran compadres o sea como parientes pero un poco más tenían
que ayudarse mucho y no podían pelearse ni robarse ni mentirse
ni ofenderse entre ellos iual que si subieran emparentado con el bautizo
de una criyatura de en verdad.
Mi abuela le dijio entonces vamos a la casa y mi tía Catana es
que es un poco tarde pero igual fuimos a su casa de mi abuela y enallí
nos sentamos y el señor que ya era su compadre de mi tiyo y tiya
me mandó a comprar cerveza y me regaló el cambio todos tomaron
y le decía a la Norberta salud comadrita nos serviremos y tomaban
con ese señor y también su mujer con mi tiyo y entrellos
se pasaban a la tanta uaua que ya estaba envuelta en una mantita y la
señora tan lindo mi aijado ojalá pronto se haga realidad
no comadre? Yo me aburrí un poco porque mis primos chicos ya sestaban
durmiendo y mis tiyos y mamá y abuelo con tanta cerveza y chicha
se borracharon y mi abuela dijio quedense hay campo porque la mamá
lloraba mucho y mi tiyo y su comadre ya estaban también durmiendo
sobre la mesa y solo la Nolberta con su compadre seguiaban tomando y se
reían y se abrazaban a cada rato diciendose felicidades, yo ya
mestaba durmiendo cuando e visto el muñeco abandonado sobre la
mesa y lo agarré para distraerme porque era lindo y se parecía
a una muñeca que tiene la Mirna ques mi compañera de mi
curso y me distraí acariciandole de su carita y envolviéndole
mejor en su mantita porque parecía que tenía el mismo frío
que a mi miacia y al rato sentí que mi mamá me sacudió
y me dijio ya a dormir y agarró la uaua questaba en mis brazos
y la ponió sobre la mesa donde la Nolberta y su compadre estaban
abrazándose felices y mi mamá se puso furiosa yo no se por
qué.
Y me dio una pena dejar la uauita porque ni su mamá y su padrino
le hacían mucho caso pero entrellos sí se hacían
caso y yo seguía escuchando sus voces hasta el otro cuarto y de
pronto ya no tenía sueño y via la luz de la luna entrar
por la ventanita y escuchaba los murmullos que llegaban desde el otro
lado y lo que la mamá y la abuela renegaban y mi abuela le deciya
pero ya pues dile es tu hermana como se va aportar así y la mamá
pero noables tan fuerte que noscuchen los chicos y así estaban
hasta no se que ora cuando hemos escuchado un grito orrible que dijio
¡¡No mamá, no!! y mi abuela ¡Jesús, Dios
mio ques eso! (y como usté dijio utilice el sino de admiración
para significar que gritaba) ¡Santa Bárbara mamita questá
pasando! y mi mamá saliendo tras della y hasta yo y mi primitos
bien sentados en la cama y la más chica se puso a llorar fuerte
asustada de sus esclamasiones de mi abuela y que yo oyiya una maldición
va a caerse sobre, de ustedes una maldición ques esto señor
santo padre santo y en mi casa dios todopoderoso porque a mi siempre me
persige la desgracia y yo fui de puntas hasta la puerta donde la mamá
estaba mirando como icnotisada el suelo que yo miré y ai estaba
la uaua de pan en dos partida y con la boca abierta como si hubiera gritado
y me hespantó que me agarré de las polleras de mi mamá
quentonces me miró y me riñió a mi nomás no
entiendo porque y me dijo sal de aquí curiosa de eme
(es
una palabra fea pero que usté se debe dar de cuenta profesora)
y gritó ¡Catana sacalos de aquí a estos! Y la tiya
nos jaló a todos que no me dia cuenta que estaban en mi detrasito
mirando lo mismo que yo y a mi tiyo que se despertó con la bulla
y no entendía todaviya porque dijio salud hermanito.
Nada más empude ver primero porque la Catana nos arrempujó
hasta el otro cuarto y segundo porque todos nos subimos en la cama y la
tiya nos tapó a todos ella mas y dijio duermanse uauas mientras
ella lloraba porque creiya que ya no la oibamos pero eso nuera posible
los alaridos de mi abuela eran miu fuertes y decia lo mismo maldición
han traido la maldición es un milagro al revéz Dios miyo
hay que quemarlo todo todo y mi mamá también se puso a gritar
p
gran p
eran una gran p
(el resto no puedo escribir
porques una palabrota pero usté entenderá señorita)
mirá lo que has hecho y la Norberta ya no se ría sinos que
gritaba más peor que todos y querió entrarse al cuarto donde
estábamos nosotros y cuando ya estaba adentro yo miré que
no estaba ni con su pollera ni con su centro y de que alguna persona la
jaló de sus cabellos y dijio te voy matar gran siete cochina, no
entiendo esta vez no te vas a librar creo quera mi tiyo y despues todo
un griterio y yo queriendo ir a ver pero la Catana no me dejó tan
fuerte me agarró y yo sentía apretarse en mi cara su cara
mojada hasta que mi mamá entró llorando y la abuela por
detrás llorando y gritando, es segunda vez que me trayes la maldición
a esta casa andate andate porquería le gritó y la mamá
me sacudió y lloraba vestite miercoles me dijio y cuando salimos
al otro cuarto me tapó de mis ojos con su mano y solo pude ver
de nuevo cuando estuvimos enafuera en el frío y no pude decirle
a la abuela, me voy abuela solo escuchaba su voz ya de lejos que chiyaba
desgraciada maldita y la mamá lloraba mucho y mientras caminabamos
se calmó un poco y al pasar por el sementedio como si hablara con
ella solo dijio entre soyosos aura al año después de rezar
por la almita de tu papá también habrá que rezar
pa que salve su almita de la Norberta pobre Nolberta pobre mi hermana.
Eso es lo que más me imprecionó del feriado de todosantos.
9- Homero Carvalho
Oliva
(Santa Ana, Beni, 1957)
MONSTRUOS
Después
de un largo día de aventuras en el país de Por Siempre Jamás
llega la inevitable noche. A la derecha del patio trasero de la casa se
puede ver un océano joven, todavía sin bautizar, sobre sus
calmadas olas navega un solitario submarino que no puede llamarse otra
cosa que "Nautilus", si cerramos los ojos puede que parezca
un terrible dragón emergiendo de las insondables profundidades
marinas. Más allá, en las escarpadas montañas del
jardín, ocultos entre arbustos y rosales descansan algunos soldados
cansados de tanta batalla. Desde la izquierda del mismo patio algo nos
hace señas, una pequeña mano se acerca y levanta un aerodinámico
coche de carreras, un veloz Fórmula, uno de color verde esmeralda,
cuyos faroles delanteros permanecen encendidos como dos pequeños
carbones al rojo vivo.
Una sombra se alarga sobre las flores pasando fugaz por el patio y, de
pronto en pleno ocaso, se escucha un categórico grito que sobresalta
al guerrero anunciándole que, por hoy, la guerra ha terminado y
que un merecido descanso lo espera al interior del hogar. No hay lugar
a réplicas o negativas, así que poco antes de que las tinieblas
se apoderen del universo, el Guardián del Templo Sagrado guarda
su vieja armadura, esconde a Excalibur en el lugar secreto y sigue a la
sombra que lo apresura con alguno de los ya conocidos sermones: "¡Mirá
tu ropa, otra vez estás sucio, cochino!".
El Capitán Planeta no se amilana pues sabe que mañana será
otro día y habrá nuevos peligros que afrontar y doncellas
que rescatar. Ingresa en la casa, sube al baño, toma su ducha y
luego se sirve sus alimentos para recuperar sus menguadas fuerzas. Antes
de levantarse de la mesa toma un tremendo vaso de leche y con algunas
gotas cayéndole por entre los labios se acomoda en su sillón
favorito para mirar su serie preferida en la televisión: Los Power
Rangers.
Medio adormilado siente que unas tibias manos lo levantan, lo abrazan
y le susurran al oído: "Ya es hora de acostarse", sujetado
cariñosamente por esos fuertes brazos se siente volando por encima
de las escaleras que conducen a su dormitorio, una vez allí, lo
dejan en la cama, lo arropan y le dan un reconfortante beso en la mejilla
curtida de sol y guerra. "Qué duermas bien hijo mío",
murmura el padre antes de apagar la luz y cerrar la puerta. El click del
interruptor y el suave golpe de la puerta son como una señal para
que el Campeón del mundo abra los ojos y permanezca alerta, lentamente
el Marinero en tierra saca la cabeza de debajo de las sábanas y
pasa revista al cuarto; a medida que sus ojos se acostumbran a la oscuridad
el niño va descubriendo a los sempiternos monstruos de la noche,
las siniestras sombras que divisa le sugieren crueles garras y grotescas
siluetas que tendrá espantar una vez más con sus oraciones.
El pequeño espadachín vuelve a meter la cabeza entre las
sábanas y reza, como todas las noches lo hace, reza pidiéndole
a Dios, a Jesús, a la Virgen María y a todos los santos
y apóstoles que no lo dejen morir esa noche y que el sueño
le venga tan rápido que no se dé cuenta cuándo fue
que amaneció. Mientras reza va sintiendo que el miedo, real y verdadero,
tan antiguo como la humanidad misma, le cala los huesos y se apodera de
los escasos años del Superhéroe. El guerrero sabe que el
sueño es el único escape para salir con vida y esperar sonriente
el sol de la mañana, la otra salida, la de espantar a los monstruos
de la noche con un rayo de luz es demasiado peligrosa, pues significaría
desafiar a sus padres que creen que él ya no es un bebé,
sino un niño valiente.
10- Jorge F.
Catalano
(La Paz, 1928-1987)
EL NIÑO DE LAS ESCOBAS
La brisa mece suavemente las flores en la avenida de las acacias. Los
rayos del sol juegan con las gotas de rocío que penden de los ciruelos
floridos. Ha pasado la tormenta.
A Mario le hubiese gustado salir a pasear por el jardín, aspirar
el olor a tierra mojada, sentir la humedad de las hierbas, del lampazo
entre los gladiolos mojándole los pies, el salpicado de aquel rocío
en sus brazos apenas cubiertos por la deshilachada camisa. Hubiese querido
asomarse a los charcos para coger sapos cantores, a los que ahora sólo
podía oír de lejos. Desde la habitación contigua,
escucha las órdenes de Fredegunda, su apoderada: debía quedarse
allí, bajo techo, hasta que pasase la humedad.
Fredegunda era de aquellas mujeres hechas en la escuela del siglo pasado.
Tenía a Mario bajo su cuidado mientras la madre del niño
pasaba una larga temporada en otra de las haciendas. Cuando Fredegunda
se sentía iluminada por alguna idea genial, no se quedaba tranquila
hasta no salir con la suya; y su egoísmo no tenía límites.
-Primero recibe y mira luego de quien-, solía decir. A nadie saludaba
sin antes conocer su origen y abolengo. Su relación con Mario tenía
mucho de excéntrico; Mario había llegado a los trece años
con la inocencia que sólo una madre desea para sus hijos. Fredegunda
ejercitaba su paciencia obligándole a fabricar escobas; para ello,
el niño utilizaba la paja que crecía en los caminos que
cruzan los jardines y las chacras de la casa de hacienda. Una vez reunido
un haz lo suficientemente grueso como para tomarlo con la mano. Mario
lo ataba con un pedazo de cordel que llevaba siempre en el bolsillo, y
luego probaba en el suelo la consistencia de la escoba.
Próximo a la puerta principal que da al jardín, sentado
en un taburete, Mario contempla el vuelo de los picaflores en el mezclado
colorido de los gladíolos; él quisiera gozar de la misma
libertad de aquellas aves. Recuerda haber descubierto ayer un nido de
todos en las ramas del molle cercano a la cocina. Desespera por ir a verlo,
mientras con el índice diseña en el aire un nido imaginario.
De pronto se levanta, mira de reojo la habitación contigua, y se
dispone a salir justamente en el momento en que se escucha la voz autoritaria
de Fredegunda.
-¿Adónde vas?, te dije que te quedaras sentado.
-Ya pasó la lluvia, ¿puedo salir?
-¡Nada! -sentencia Fredegunda sin moverse de su sitio ni levantar
la vista del periódico que tiene entre las manos-. Llueva o no,
usted se queda ahí, tome sus cuadernos y póngase a leer.
Fastidiado al no poder responder ni moverse, Mario vuelve a sentarse.
En una de las paredes, frente a él, hay un empapelado que sirve
de decorado; está allí desde hace muchísimos años.
Sólo el tiempo se ha detenido en aquellos diseños oscurecidos
por los excrementos de las moscas y las vinchucas. Instintivamente, detiene
la mirada en los dibujos: parecería no haber diferencia. La figura
del Quijote es la misma, y tampoco varía la de Sancho; el trabajo
de los insectos no ha llegado a desfigurar las imágenes. Mario
lo descubre, le molesta una mancha en la cara de Sancho; si al menos la
pudiera limpiar. Pero Fredegunda controla sus movimientos. Recuerda los
libros en los que vio las caprichosas figuras de Goya. -¿Por qué
Fredegunda guardará todos los libros bajo llave?-, murmura distraídamente,
mientras frota el suelo con el pie.
En un rincón de la habitación, Maleva, la perra guardiana,
se estira restregándose en el conjunto de escobas que Mario ha
hecho durante la semana. Una cae al suelo rodando a poca distancia del
niño, quien nada hace por levantarla. -¡Bota a esa perra!
-grita Fredegunda que continúa enfrascada en la lectura, ahora
de una revista. -¡Qué raro! Si parece que tuviera ojos en
todas partes-, murmura Mario. Se levanta apresuradamente para cumplir
la orden, pero la perra, creyendo que su amigo quiere jugar con ella,
se echa al suelo y retoza lamiéndole los muslos. Sin contenerse,
Mario la acaricia llamándola junto a sí, y ambos se acomodan
en el taburete.
Un enjambre de hormigas voladoras se ha reunido alrededor del ciruelo.
Los pequeños loros picotean los frutos verdes del peral.
Una tarde Mario sintió que se moría. Aguardó pacientemente
a que llegara la noche y se echó a dormir en el pequeño
catre de campaña. No comió nada y tampoco se atrevió
a hablar. Al día siguiente sintió la cabeza tan pesada como
si fuese a caérsele; y sintió un dolor tan terrible que
no le permitía moverse. Muy asustado, buscó refugio en su
tía Victoria. Sin duda, ella lo comprendería. Tal la idea
de Mario. Muchísimas veces Victoria había salido en su ayuda
aun contrariando las instrucciones de Fredegunda. Y por eso mismo se diferenciaba
de ésta.
Mario asomó tímidamente y declaró:
-Tía, me duele la cabeza.
-Espera que ponga estas verduras en la olla -dijo Victoria, quien preparaba
el almuerzo-. ¿Cómo has dicho?
-Desde ayer me duele la cabeza, estoy muy mal.
-Ven, ven aquí -dijo mientras le ponía la mano en la frente-
¡Uy!, estás ardiendo. Tienes que quedarte en cama.
-¿Y si Fredegunda no quiere?
-No te preocupes. Vamos a trasladar tu cama a mi cuarto y allí
estarás tranquilo.
-¿Y si Fredegunda se enoja?
-Ya te dije, no te preocupes. Yo te cuidaré.
-Gracias tía. Es que no quiero que Fredegunda me riña.
Mario temblaba por la fiebre y el temor a Fredegunda, cuando a sus espaldas
se dejó escuchar la voz de ésta.
-¿Qué es lo se me oculta? -llevando entre sus manos una
maceta con plantas de amarilis, Fredegunda bajaba las gradas del jardín.
-Mario está enfermo, tiene que quedarse en cama -explicó
Victoria-. Seguro que algo malo le ocurre. Tiene mucha temperatura.
-¡Conque por eso no ha ido al colegio! -protestó Fredegunda,
dejando la maceta sobre un banquillo.
-Bueno; si tiene temperatura tan de mañana será por algo.
-Claro, claro -refunfuñó Fredegunda-. Lo que no tiene es
ganas para trabajar y menos para estudiar. Con estas lluvias, ayer tarde
no hizo una sola escoba -cogiendo de una oreja a Mario, lo arrastró
consigo. Este sintió que la cabeza le estallaba-. ¡Ahora
vas a saber lo que es canela! ¡A trabajar ocioso! Y si no me traes
un par de escobas antes del mediodía, mejor que ni pienses en el
almuerzo.
A pocos pasos, en el molle cercano a la cocina, un par de tordillos revoloteó
alrededor de sus polluelos.
La orden de Fredegunda era terminante. Victoria no podía hacer
nada en favor de Mario.
-¿No sería bueno llevarlo a lo del médico?
-¡Qué médico ni qué ocho cuartos! -se molestó
Fredegunda-. Estos chicos son siempre así.
-¿Le ha tocado usted la frente? -insistió Victoria.
-¡Bah! Como si no lo conociera. No me hagas perder el tiempo y vuelve
a tus quehaceres -ordenó con voz tonante.
Mario se fue rumbo a los pajizales; Victoria se quedó estupefacta
contemplándolo, sin alcanzar a comprender la severidad de Fredegunda.
Ya allí estuvo hasta que el niño, habiendo llegado al recodo
del camino, volvió la cabeza para ver a Maleva que le daba alcance,
momento que aprovechó para hacerle señas con la mano en
alto:
-¡Si te sientes mal, vuelve de inmediato! -alcanzó a gritar.
Camina despacio, sin levantar la cabeza, como si fuese contando las piedras
de color que se entremezclan con los terrones encubiertos por pequeñas
matas de yuyo y lampazo. Un dolor agudo lo detiene, se agarra la cabeza.
Mientras camina siente que cada paso repercute como mil martillazos en
su cerebro; busca en qué apoyarse, y sólo encuentra un algarrobo.
Sus espinas le lastiman las manos. Acicateado por el dolor, recupera el
equilibrio hasta llegar a un tapial próximo, cercano al pajizal.
Sus sandalias están mojadas, no siente la frescura del rocío
de las plantas, cada gota es un cristal de hielo que penetra en la piel.
Desfalleciente, se sienta a descansar un momento. Apoya las manos, levanta
la cara hacia el cielo en busca de aire fresco; a pocos metros hállase
el pajizal. -Un esfuerzo más, y podré hacer las escobas
que Fredegunda me pidió -se dice-. Si al menos me dejara de doler
la cabeza-, murmura levantándose dificultosamente.
Camina despacio. Siente los párpados pesados, quisiera dormir.
Con gran esfuerzo abre los ojos; palpando, casi adivinándolo, sus
dedos llegan al nudo de las pajas; las corta. Mide una tras otra las pajas
que darán forma a la escoba que debe ser pareja. Como si estuviese
consciente del sufrimiento de su amigo, la Maleva no se aparta de su lado.
De vez en vez, al soplar la brisa, mueve la cola; el niño la contempla,
acariciándole el hocico. Se sienta a su lado. Ahora el sol es un
tormento, y el tremendo malestar de la noche anterior se repite, esta
vez con mayor fuerza; los árboles parecen moverse en derredor suyo.
Alcanza a ver un par de conejos corriendo a sus madrigueras: -no se vayan,
les dice a media voz, moviendo apenas las manos, en un intento de atraparlos.
No puede hacer nada. Le duelen los ojos, deja las pajas en el suelo. Se
frota los párpados y limpia el sudor de su frente con el dorso
de la mano. La siente fría, o como una cosa inexistente o sin vida.
Un picaflor vuela cerca del jardín. Su largo pico juega con el
rojo cáliz de un gladíolo, llega otro que se detiene a beber
las gotas de rocío reunidas en la flor de acacia.
Frente al molle, allí donde se encuentra el nido de tordos, Mario
se detiene un momento a contemplar los pichones. Una rama más arriba,
está el ave picoteando las uvillas negras que traslada al nido.
El sol abrasa el terruño. Sin embargo, Mario siente el fresco de
la sombra. Separa unas ramas y el sol da de lleno en su rostro quemándole
la frente. Siente sed, un irresistible deseo de tomar agua; se lanza a
la acequia y la encuentra seca. Entonces se revuelca desesperadamente
en la hierba fresca.
-¡Señora Fredegunda, mire! -grita Mario desde el pajizal-.
¡Qué bien me ha quedado esta escoba! -seguro de lograr el
contento de Fredegunda, el niño corre a su encuentro, y deja en
sus manos un par de doradas escobas, con menudas semillas que brillan
en largas espigas.
-¿Y dónde has encontrado estas pajas?
-En el pajizal -afirma Mario, y señala un promontorio.
Según Fredegunda, allí sólo hay malas hierbas.
-No puedo negar que las escobas están bien hechas -declara ahora-;
las guardaré para mi uso exclusivo.
Fredegunda se encamina hacia la cocina, seguida por Victoria y Mario;
mira detenidamente las escobas y luego, después de clavar sus ojos
en Mario, tira ambas escobas al fogón. Explota una gran llamarada
que dura pocos segundos. Atónita, Victoria mira las llamas. Mario
siente que el fuego lo abrasa. Sus ojos se humedecen, y ahora las lágrimas
queman sus mejillas. Maleva, la perra amiga, escapa aullando.
-Es demasiado tarde. Una desgracia que no lo trajeran antes -con gesto
hosco, el médico guardó el estetoscopio en el maletín.
-Es que estaba ocupada -explicó Fredegunda.
Victoria guardó silencio.
-Pero este niño ha estado enfermo muchos días -adujo el
médico.
-Claro; pero lo cierto es que cuando se pone a hacer escobas se olvida
de todo.
-¿Hacer escobas un niño de su edad?
-Bueno
Usted sabe.
-Lo lamento señora. Es demasiado tarde.
Inclinada sobre la camilla, Victoria comenzó a musitar suave y
lastimeramente:
-¡Mario! ¡Mario!
El niño no respondía. Le acarició el rostro y le
tomó las manos. Estaban frías.
En la casa de hacienda, en el corral de los animales, el caballo está
inquieto; ha pasado la hora en que Mario solía darle el terrón
de azúcar y el haz de hierba fresca. Los polluelos pían
en el nido de los tordos, asustados por el chillido de los pequeños
loros que revolotean alrededor del peral.
-¡Qué le metan hacha a ese peral! -ordenó Fredegunda.
Dos peones hicieron el trabajo.
Mario no está allí. Su sueño se confunde con la brisa
en el camino del pajizal.
11- Oscar Cerruto
(La Paz, 1912-1981)
ALEGRÍA DEL MAR
I
Mucho antes de
que amaneciera, el mar tenía ya un color de plomo líquido,
vagamente aceitoso. Las olas rompían suavemente en la arena rayada
por la huella de los cangrejos, algunos gritos de pájaros desgarraban
la tela nocturna, de la que goteaban las últimas estrellas, y el
frío que corría con las primeras claridades de la amanecida
era húmedo de yodo y sal, casi palpable como las neblinas. Poco
a poco el mar mudaba de color, y sobre mar y cielo, como una regata de
luces, se veía deslizarse el resplandor de la mañana. Pero
las obstinadas brumas del norte ocultaban el sol, y el mar tenía
sonidos de playa vieja. Sobre las olas se levantaban densas bandadas de
gaviotas, y en las orillas, grupos inquietos de garumas picoteaban entre
los manchones de sargazos abandonados por la bajante. Cortando la superficie
cruzaban manadas de lobos marinos, el más viejo llenando la mañana
con sus bramidos, y los más jóvenes, veloces como flechas
negras y brillantes, zambulléndose con elegancia, en alarde de
nadadores afinados, como si tomaran su primer baño. Cuando aún
es noche declinante y más que asistir a la llegada del día
se presiente su inminencia esplendorosa -en ese viento ligero que resbala
sobre las sienes, en el silencio del cielo y en la misma voz del mar,
que resuena más fresca y tranquila-, se ve perderse en el confín
oscuro la última linterna de las lanchas pesqueras y llegar, simultáneamente,
las que vienen ya de vuelta, colmadas todavía de noche, trayendo
a remolque una albacora lustrosa, como de bruñida caoba, o un bote
de pesca menuda.
Entre esta hora sin ojos y la sucesiva, ahora en que la mañana
comienza a moverse en el puesto como un animal resplandeciente, de crines
húmedas, Eliecer escuchaba a la vieja Emelina arrastrar primero
su tos y sus chancletas, luego mover platos y cacerolas, rezando y refunfuñando.
Su madre se levantaba entonces, los desnudos brazos de mujer joven arqueados
sobre el pelo, atravesaba el humo denso que venía de la cocina
y se iba a acallar los gruñidos de Emelina ofreciéndole
un cigarrillo y ayudándole a preparar el desayuno. La mañana
de humo tenía pronto olor de pescado frito. Eliecer se encogía
bajo la manta liviana, en la cama, y se entregaba a la sensación
de estar flotando sobre el mundo: era una gaviota, era una nube. Del puerto
subían las voces de los playeros y los comerciantes. Alguien llamaba
mar adentro: "¡Eh, Manuelitoooo!". Veía el grito
planear sobre los peces asustados. En la casa vecina lloraba una criatura.
Eliecer, los ojos cerrados, subía por una escalera de caracol,
angosta, infinita, que se perdía en el cielo, y sentía repicar
en lo alto unas campanas que eran como polleras de muchacha. Subía,
subía, y las campanas reían como burlándose. Reían
con alegres carcajadas las muchachas, dobladas por la cintura y cubriéndose
la boca con las manos. Descubrió que una de ellas era su profesora.
¿Lo habría visto? Bajaba su profesora por la escalera y
los tacos finos de sus zapatos sonaban en los peldaños como si
caminara por las teclas de un piano. Din, don, dan, don, din. Era necesario
que no advirtiera su presencia; le preguntaría qué hacía
allí, por qué no había ido esa mañana a la
escuela. Pero la profesora lo tenía ya tomado de una mano, corrían
los dos a la orilla del mar. Eliecer pensaba que no la había saludado
siquiera. Buenos días, señorita. Las piernas de la profesora
brillaban al sol como aquella tarde en que, con sus compañeros
de curso, hizo un paseo hasta la roca de la cruz y se bañaron todos
y todos hablaron después de las piernas de la señorita.
En la playa, en una casucha de tablas, disputaban dos pescadores borrachos:
uno de ellos quería cantar y el otro se empeñaba en que
primero bebiera de la botella. La profesora apresuró el paso, incómoda.
A Eliecer le habría gustado demorarse a presenciar la querella.
De pronto uno de los borrachos alargó el brazo y lo llamó.
Era su padre. Se despertó. Estaba completamente claro. Por las
calles del puerto bajaban los estibadores. Se oían sus voces ásperas
y cantantes, una más alta que las otras y, entre ellas, como cojeando,
una tos desigual y persistente. Un perro ladraba en uno de los pontones.
-Vaya a buscar un litro de vino para su padre, Eliecer.
Tomó el dinero de manos del hombre y, sin soltar las monedas, se
puso el pantalón y la camisa. Salió al viento fresco que
pasó silbando por sus oídos. Corrió, corrieron los
dos, viento y niño, calle arriba. El viejo Miguel venía
en sentido contrario, rengueando, con una columnita de humo sobre sus
labios.
-¿Se levantó tu padre?
Dijo que sí sin detenerse. Empuñó la botella con
las dos manos y prorrumpió en un gemido ronco y prolongado que
quería imitar el zumbido de un avión al remontarse. Lo gobernaba
él, piloto, y su máquina surcaba los espacios en audaces
evoluciones sobre las nubes. Allá abajo, muy abajo, quedaba el
puerto, recostado contra el mar. Reconocía la calle principal,
una culebra brillando bajo el sol; la plaza hormigueando de gente, el
manchón verde del parque junto a la rambla. En la puerta de su
casa su padre agitaba el puño reclamándole el vino. Eliecer
aferró con más energía la botella, que tradujo el
temblor que acababa de sacudirlo, pero en seguida divisaba el grupo de
amigos, una parvada de niños que lo contemplaba con la boca abierta,
desde la plaza de la estación, y sacudiendo la botella dirigía
el avión mar adentro, hacia el azul sin término. Diez pasos
más allá se detuvo de golpe, en medio de la calle, olvidó
su juego y comenzó a caminar despacio, balanceando la botella en
una mano. Allí vivían los Mejido. Eran mayores que él
y siempre querían pelear los dos contra él solo. Eliecer
los había desafiado a hacerlo primero con uno y después
con el otro, delante de testigos. Los Mejido no aceptaban, decían
que el hombre para pelear no ponía condiciones. ¿Y ellos?
¡Cobardes, maricones! Pasó echando miradas de recelo al zaguán
de la casa. Más allá, Juvencio, el mandadero de la botica,
alzaba la cortina metálica. La ciudad se disponía a la batalla
del día.
El italiano Brunelli colgaba telas y prendas sobre la puerta de su negocio.
Barahona escobas y plumeros.
Dobló la primera esquina y entró en el despacho del chino
Lin. La mujer del chino, la sorda Zenobia, le arrancó la botella
de la mano y después de verificar el dinero acercándoselo
a los ojos para comprobar si no era falso.
-Todavía no amanece y ya la gente se pone a tomar vino -farfulló
mientras llenaba la botella.
Eliecer alargó el brazo, tomó un puñado de galletas
y se las echó rápidamente al bolsillo. La sorda lo miró
con desconfianza.
-No me habrás robado nada, jorobado sinvergüenza, ¿no?
Eliecer respondió con dignidad:
-¿Me ha visto con cara de ladrón?
Pasar delante de la puerta de los Mejido era ahora más peligroso.
Podían romperle la botella de vino, y su padre, después,
le rompía el culo a azotes. Con la botella en la mano sentíase
incapaz de hacerles frente. Se preguntó si no le convendría
tomar por otra calle, dar un rodeo, pero siguió caminando. Cruzó,
temblándole las piernas, por delante de la relojería, ya
abierta, donde alcanzó a divisar a los dos hermanos limpiando los
vidrios del mostrador. Si lo provocaban, no habría podido correr,
embarazado por la botella. Los contempló, bien peinados y con trajes
mejores que el suyo, trajes cosidos por don Hermelo, el sastre, mientras
que el suyo era obra de su madre, el pantalón, de unos viejos de
su progenitor, y la camisa (esa vergüenza íntima lo humillaba,
y habría preferido morir a revelarla) de una camisa de mujer, sí,
de su madre. Era todo lo que llevaba. Miró los zapatos rotos pero
lustrados de Lucho Mejido; estaba seguro que él, con los pies desnudos,
lo aventajaba. ¡Marica! No, no correría; ¿por qué
iba a correr? Una cólera sorda se levantó en su pecho. Se
detuvo, extrajo del bolsillo de su pantalón una gallera y comenzó
a roerla ostensiblemente, despacio, para prolongar su placer, demorándose
a cada paso. Un barco en la rada lanzó un pitazo hondo. En el horizonte,
una rayita de humo, apenas visible a los ojos humanos, le indicó
la entrada de una nave. De repente una voz gritó a sus espaldas.
-¡Jorobado, hijo del diablo!
Eliecer se volvió como tocado por una corriente. Alcanzó
a ver a Lucho Mejido que se escondía en la tienda de su padre.
-¡Ven a pelear si eres hombre, María Luisa! -gritó
Eliecer.
Pero nadie aceptó su desafío.
Cuando llegó a su casa, su padre apenas si lo miró. Además
del viejo Miguel estaba allí su tío Esleván, hermano
de su madre, dominando la escena en una mesa artillada de botellas de
vino, que visiblemente le pertenecían. Esleván era tipógrafo,
todo él trascendía a suficiencia. "Hablas como un diario,
lo que dices apesta a diarios viejos", solía decirle su cuñado.
Eliecer pensaba lo mismo, de modo que se fue a la cocina.
-¿Fuiste a buscar vino? -le preguntó Emelina.
-Sí -contestó con indiferencia.
La vieja lo estudió un segundo y luego exclamó como hablando
consigo misma:
-¿Y por qué mandan a los niños? ¿Se creen
que yo me voy a quedar con el dinero?
-Es que usted se toma el vino en la calle, señora, y llega aquí
con el cuento.
Aunque la acusación era cierta, la vieja se volvió echando
llamas por los ojos.
-¿Qué te has figurado mocoso insolente? ¿Por quién
me has tomado? No te rompo la boca de una cachetada porque soy buena.
Seré vieja y pobre pero honrada, ¿sabes? ¡Atrevido!
Se puso a desayunar sin preocuparse de los insultos de Emelina. Pero de
pronto la mujer lanzó un gemido. Se golpeaba las sienes con el
puño cerrado.
-¿Que le pasa, señora?
-¡Ay!
-¿Tiene malos pensamientos?
-¡Ay, hijito! No te burles de esta pobre vieja. Si vieras cómo
se me ha puesto la cabeza. ¡Me duele como un diablo!
Y volvió a los golpes. Eliecer hacía dibujos imaginarios,
con el dedo, sobre la tabla de la mesa. Emelina se le acercó.
-Niñito, tú que eres bueno, ¿por qué no me
traes un dedito de vino para pasar este dolor de cabeza? Pídeselo
a tu padre, anda, sé hombrecito, Eliecer.
Se levantó con un gesto desganado y pasó a la habitación
vecina. Tomó una copa, la llenó y, cuando salía,
oyó que su tío le decía:
-Oye, mocoso de porquería, el vino se hizo par la gente que sabe
tomarlo, no para la basura.
-Es el vino de mi padre, no el suyo -replicó con altivez.
Dejó el vaso colmado delante de Emelina, sin decir palabra, y se
encaminó a la playa.
II
En aquel punto
de la costa las olas saltan sobre las rompientes y vienen, altas y veloces,
coronadas por un airón de espuma, a morir en la arena. Entre una
y otra, la playa queda desnuda. Los muchachos corren mar adentro al encuentro
de la ola próxima, se lanzan de cabeza contra ella, y nadan flotando
en la cresta espumosa. La ola es un poro marino disparado hacia la costa,
con un jinete encumbrado en el lomo, al que luego deposita blandamente
sobre la arena fresca y crujiente. Cuando Eliecer se cansaba de este juego,
buscaba entre los acantilados esas pozas profundas en las que el agua
del mar se arremansa y es verde y traslúcida. Se zambullía
allí con los ojos abiertos para contemplar las flores azules, los
líquenes dorados, las pinzas amarillas de los cangrejos y el rosado
nidal de los moluscos. El sol se esponjaba como un pájaro en el
aterciopelado tapiz de las rocas y en la arena del fondo, lecho de oro
donde dormían las estrellas de mar y flotaban los penachos suntuosos
de los celentéreos. En esas incursiones prefería bajar solo,
deslizándose con suavidad, simplemente a mirar. Era la codicia
de los ojos, no de las manos. Se sentía solidario con la vida vegetativa,
aparentemente eterna y sin urgencias, de las anémonas y los erizos
adheridos a las rocas, pertenecía también a su elemento.
-Vamos a espantar los patos -propuso Nicanor.
Tostados por el sol, vistiendo apenas un pantaloncito, ágiles y
flexibles, corrían los niños por la playa o saltaban sobre
las rocas pulidas por el roce de la pleamar. Eliecer siempre detrás,
enfundado en un traje de baño que pretendía disimular su
joroba, tejido por su madre.
Se arrojaron al agua, uno después del otro, como lobos asustados.
En el agua desaparecía la inferioridad de Eliecer. Nadaba de costado,
ágilmente, y sólo a ratos su joroba emergía de la
superficie, a manera de una extraña aleta. Corría más
que ninguno y sólo Pedro lo aventajaba unas veces. Pedro era, en
cierto modo, el caudillo del grupo. A su lado Eliecer se deslizaba como
un delfín, sin mover apenas el agua, con braceadas limpias y rápidas.
Sortearon un manchón de algas, siempre juntos, uno al lado del
otro, con los demás a la zaga. El mar brillaba, azul y cantante.
A lo lejos, en los muelles, cabeceaban algunos barcos. Finalmente abordaron
una roca. La mano de Eliecer fue la primera en posarse en la meta.
-¿Comiste plomo que estás tan pesado? -gritó alegremente,
ya encaramado en el escollo, viendo llegar el último a Nicanor.
-¿Qué gracia -se defendió Nicanor (era lento también
de palabra). Estaba visiblemente lastimado en su amor propio-. Si vos
tienes motor en la joroba.
Eliecer recibió el impacto sin ofenderse, pero quedó al
acecho de su revancha. Nicanor se aferraba torpemente a las salientes
de las rocas para dejar el agua y de pronto lanzó un juramento.
Había puesto la mano sobre un acalefo y, por más que la
retiró con presteza, se le puso roja y ardiente como una quemadura.
Reconcentrado en su rabia, se la sobaba melancólicamente, entre
las risas sofocadas de sus compañeros.
Permanecieron en silencio, un buen rato, agazapados detrás de la
roca batida suavemente por la resaca. Y de repente irrumpieron del otro
lado del farallón, dando alaridos salvajes. Las gaviotas se alzaron
espantadas, en una nube densa y ruidosa, golpeando las alas y chillando,
pero en seguida se ordenaron para evolucionar unos instantes sobre la
bahía y luego afilar hacia otro promontorio, mar adentro. Algunas
desertaban de la bandada y caían como flechas en el agua, en medio
de un cardumen.
-Se fueron al islote -comentó Pedro.
Los balnearios, allá lejos, se iban poblando de mallas coloridas,
de quitasoles rayados y, detrás, la larga fila de automóviles.
No era un sitio para ellos, además, preferían la soledad,
se sentían más libres en contacto con el mar libre, las
rocas hirientes, las gaviotas, el cielo abierto.
-¡El Chinchol! -exclamó de pronto Nicanor.
Todos se volvieron. Por la orilla de la playa, a sus espaldas, cruzaba
en esos instantes un hombre greñudo, la barba crecida, vestido
de harapos.
-Déjenlo tranquilo -pidió Eliécer-. No lo molesten.
Pero ya todos, haciendo pandilla con las manos gritaban a coro:
-¡Chinchol! ¡Chinchol!
El hombre se detuvo en seco, bajo el sol, y volteó la cabeza.
-No sean brutos -intercedía el jorobadito-. ¿Para qué
tienen que meterse con él?
Los niños seguían haciendo escarnio del desdichado, que
alzó el puño y los amenazó, iracundo. Levantó
luego una piedra y la arrojó con furia en dirección al grupo,
pero la distancia era grande y la piedra cayó ridículamente
en el mar. Mientras se alejaba, volvíase de tanto en tanto, para
insultar a los muchachos.
-¿Y tú por qué lo defiendes? -interpeló Nicanor.
-El hombre no hace daño a nadie -repuso Eliécer-. Debe ser
muy desgraciado, ¿qué sacamos burlándonos de él?
Callaron todos.
-Vive solo -explicó en seguida Pedro-, en una caleta desierta.
Duerme al amparo de unas rocas, en la arena, y se alimenta de mariscos
que él mismo casa del mar. Nadie sabe de dónde vino.
-Pobre hombre.
-Esto me recuerda que debemos echarle algo al estómago, niños.
Provistos de unos alambres engarfilados se pusieron a buscar ostiones
y erizos. Pedro se deslizó entre unas rocas, había visto
algo. Hundió la mano y de repente su brazo asomó aprisionado
por los tentáculos de un pulpo. El muchacho le tomó rápidamente
la cabeza y se la dio vueltas; un leve temblor recorrió los largos
apéndices y el molusco quedó inmóvil.
Cocieron todo en una lata, alimentando el fuego con algas secas y restos
de embarcaciones diseminados por la playa. Mientras comían, en
silencio, la mirada perdida en el confín azul del mar y sintiendo
cantar en sus oídos la sinfonía eterna de las aguas, convinieron
en que la vida merecía la pena. La vida era hermosa.
III
Cuando Eliecer
abrió los ojos, el navío del sol navegaba ya de bolina hacia
el horizonte, en busca de puerto. Quedaba todavía, sin embargo,
un par de horas para arriar las velas. Sus amigos seguían durmiendo
la siesta, la cabeza casi hundida en la arena. Se puso de pies y, como
sugestionado por los brillos del sol en la gran masa líquida, se
internó paso a paso en el agua. El reflujo de la marea era como
la respiración del mar, lenta y poderosa. Tenía la sensación
de desafiar temerariamente al fabuloso monstruo, y recibiendo en su débil
pecho la salada embestida de las olas, se sentía él mismo
inmenso y fuerte. En ese instante una ola alta lo levantó, lo sobrepasó
cubriéndolo de agua y espumas ruidosas. Gozosamente comenzó
a luchar con la marejada y a nadar hacia el peñón, que alcanzó
con facilidad. Sentado en la cima de la roca, contempló el mar,
de un azul profundo, que se mecía allí tranquilo y solitario
y murmuraba en su lenguaje misterioso.
-Querido mar -dijo Eliécer-. Estás contento, ¿eh?
Yo también lo estoy, viejo amigo. Es el día, el lindo, lindo
día. Vamos a darnos otro remojón.
Volvió a lanzarse al agua y enfiló ahora hacia el islote,
mar adentro, braceando sin esfuerzo, para no fatigarse. Se sentía
dichoso de vencer la elástica resistencia del agua, de saberse
solo y puro y libre entre mar y cielo, a cubierto de la hostilidad del
mundo. Nadó de espaldas unos minutos; cuando calculó que
el islote estaba próximo se dio vuelta y avanzó vigorosamente
hasta abordarlo. Tendido de vientre en la arena dejó un largo rato
que las olas le lamieran las piernas y se retiraran cansadas para volver
de nuevo, insistentes y rumorosas. En la playa distante sus amigos no
daban señales de vida; probablemente los holgazanes seguían
durmiendo. Vaciló entre volver o quedarse allí, esperándolos,
y entonces se resolvió a costear a nado el islote. Sus amigos nunca
lo habían hecho, porque el otro lado carecía de playa y
caía sobre el mar en un acantilado que las olas batían con
furia. Nadó en un amplio círculo para evitar la resorción
de la marejada; a medida que adelantaba en su impulso, el mar se hacía
más ruidoso al arremeter contra el peñasco. Enfiló
con entusiasmo ahora en un mar inquieto y ligeramente revuelto, frente
a la escarpa, y en seguida deslizóse en línea recta, enérgicamente,
tratando de mantener la gestión de su ahínco a buena distancia
de la tolmera. Era una batalla con la muerte, y lo sabía; si se
descuidaba un instante, si aflojaba en su ardor, un golpe de mar podía
estrellarlo contra las rocas. Iba a ganar ya, por fin, el otro extremo
del risco sombrío, hirviente de espumas negras y sobrecogedoras.
En ese momento descubrió al Chinchol.
El hombre flotaba en el agua con la apariencia de un ahogado,
rígidos los brazos y las piernas. Los largos cabellos empapados
cubríanle los ojos dándole un aspecto siniestro. Y hasta
creyó advertir reflejos verdosos en la piel de ese cuerpo sin carnadura.
Pero tenía clavada la mirada en Eliecer.
Al muchacho se le había encogido el corazón, mientras seguía
nadando. Se sentía avergonzado de la conducta de sus amigos al
insultar al solitario, maldijo su estupidez. Era tarde para volverse atrás,
pues de otro modo habría huido. Todo lo que le quedaba para hacer
era pasar lo más lejos posible del hombre aparentando naturalidad,
dominando el oscuro miedo que extrañamente se había apoderado
de sus entrañas. Aceleró sus movimientos en el agua convulsa.
Pero el Chinchol se había dado vuelta y avanzaba, a su vez, para
cortarle el paso. En sus gestos, en su mirada de odio, adivinó
su resolución. Braceó Eliecer con todas sus reservas de
entereza, en un salvaje desesperado esfuerzo por tomarle la delantera;
si lograba salir al otro lado del islote, estaría a salvo, podría
gritar a sus amigos y sus amigos lo escucharían, lo escucharían
tal vez otras personas, mientras que ahora sus gritos quedarían
ahogados por el fragoso embate de las olas contra el farallón.
Gritó, con todo, absurdamente, absurdamente deseó que su
atacante se asustara y volvió a gritar. El Chinchol estaba ya a
dos brazadas, a una brazada. Sintió su jadeo quemándole
la nuca, presintió su mano alargándose para tomarlo de los
cabellos. Entonces hundió la cabeza en el agua y se sumergió
con rapidez, nadó debajo de la superficie, ahora en sentido contrario,
y reapareció a una buena distancia de su perseguidor. Por el rostro
de desconcierto y extravío del Chinchol pudo comprobar, con alguna
tranquilidad, que el hombre no sabía zambullir; ello le procuraba
una ventaja, la aprovecharía. Pero el Chinchol era más veloz
y la rabia acrecentaba su velocidad. De nuevo estaba sobre él:
Eliecer volvió a zambullirse. Deseó ser pez, con todas las
ansias de su alma, para perderse debajo del mar, deseó ser un tiburón
para dar cuenta a dentelladas de su adversario. El Chinchol, cada vez
más ciego de furia, no le daba tregua.
Se habían acercado, entretanto, al extremo del islote. Con un poco
de suerte, y a favor de la corriente, podría salir a la vista de
sus compañeros, que probablemente ya habrían advertido su
ausencia. Nadó frenéticamente, con redoblado brío,
y de pronto sintió la mano del Chinchol que se aferraba a una de
sus piernas. Se escurrió como una anguila, pateando el agua y debatiéndose
en el terror y el aturdimiento, perdido ya el control. Los brazos del
hombre luchaban por hacer presa en él. ¿Iba a ser ese el
fin? ¿Iba a morir de esa manera, sin que nadie supiese nunca cómo
había muerto, quién lo había matado? Por su imaginación
cruzó como un relámpago la imagen de su cuerpo flotando
entre las algas, comido por los peces. Quiso zambullirse de espaldas,
en una última tentativa por salvar su vida y de repente, sin saber
cómo, se encontró con la cabeza del Chinchol aprisionada
entre sus piernas. Las apretó instintivamente en el cuello de su
enemigo y ajustó el anillo con todas sus fuerzas, hundiéndose
todo lo que pudo. El Chinchol le desgarraba la carne con las uñas,
tratando de desasirse y sacarlo a la superficie. Era una lucha de vida
o muerte, pero no podía durar mucho. Eliecer sentía que
su pecho iba a estallar, necesitaba respirar, necesitaba aire, y en ese
mismo instante advirtió que la presión del Chinchol aflojaba,
que su cuerpo se iba al fondo. Se desembarazó de él y subió
a flote. El Chinchol no volvió a aparecer.
Eliecer permaneció de espaldas en el agua, sofocado, para recuperarse,
luego ganó penosamente la playa del islote. Sus compañeros
lo encontraron allí, sin conocimiento.
Cuando volvían, en un bote que fueron a buscar Pedro y Nicanor,
quisieron saber lo que le había ocurrido, lo llenaron de preguntas.
-Luché con un lobo -dijo Eliecer, con dureza-. Lo vencí.
Sus compañeros se le quedaron mirando, miraban sus piernas heridas,
surcadas por hondos canales sangrantes, y por primera vez lo consideraron
con silencioso respeto, mientras él, por primera vez, descubría
que los odiaba.
12- Carlos
Condarco Santillán
(Oruro, 1946)
EL TORO
Apenas se ha movido
desde ayer. Permanece sentado en el suelo, jugando con el gran plato de
barro, que sus manitas toman por los bordes, oponiéndose entre
sí, imprimiéndole un movimiento de volante lento. Martín
está ahí, sedente, sobre el piso de la tierra, junto a una
mancha de humedad. Martín está ahí y yo estoy aquí,
cerca de la puerta del rancho.
Estamos los dos esperando, y él no regresa.
(Les pedí que se cuidasen y me esperaran, mostrándoles dónde
encontrarían la harina, el tasajo, la sal. Indicándoles
cómo debían prepararse la comida. Después tomé
el morral, lo colgué del hombro derecho, crucé la pequeña
explanada y ascendí por la escarpada, buscando la senda, festoneada
de pedruscos. Me alejé en pos del camino real. Caminaba, caminaba
y, al hacerlo, me elevaba sobre el valle, contemplando, de momento en
momento, cada vez más pequeño el rancho. Por detrás,
la montaña; por delante, el despeñadero y, por los flancos,
un maizal y el monte. Orillando el maizal, un arroyo que fulge al sol).
Al principio no fue difícil. Martín y yo nos dimos maña
para hacer nuestra comida. Martín es muy eficiente, se desempeña,
a pesar de tener sólo cuatro años, bastante bien en los
menesteres. Lo hace todo, sin hablar, en silencio, con una diligencia
muda y pertinaz. Antes, Martín era muy locuaz, de una marrullería
fastidiosa. Se la pasaba parloteando, de la mañana a la noche,
hasta que se quedaba dormido, en el lecho de nuestra madre. Eso fue como
hasta hace un año, hasta que ella murió. Ayer, cuando el
sol se puso vertical sobre los árboles y las montañas, a
esa hora en que la sombra desaparece por entero y todo flota inmerso en
un polvo de oro, Martín habló, dijo: "Tengo hambre".
Desde entonces permanece mudo; sentado sobre el piso, jugando con el pesado
y negro plato de barro.
Su ausencia no debía durar más de tres días, pero
no fue así; al cuarto, vino un vecino de más abajo del valle,
buscaba un toro. "Tal vez esté alzado por estas breñas
y matorrales". Le contesté que no lo habíamos visto.
Martín, junto a mí, mudo, nos miraba alternativamente. El
vecino, llenando un botijo en el arroyo, relató que un camión,
cerca del puente de Salineros, en el camino real, se precipitó
en el abismo. Decía el rumor que murieron algunos de por estos
lados, del Abra de Candelaria, que es como le llaman a esta tierra. Luego
se fue y ya no lo vimos.
Echaba la hornija, que Martín recogió en el monte, en el
tiznado llar del rancho. Tomé el cántaro de barro bermejo.
"Martín, dije, vamos por agua". Martín buscó
una olla pequeña y salimos al sol. Cegaba. Entornando los párpados,
caminamos hacia el arroyo, llegamos a la rivera. Entonces, lo vimos por
primera vez, era negro.
Retornamos al rancho.
Esa tarde, la pasamos jugando, Martín y yo. Trepados por los peñascos,
nos escondimos entre los arbustos, las zarzas hirieron nuestros brazos
desnudos, las guijas, nuestros descalzos pies. Desde el cresterío
rocoso, lo vimos, abajo, en medio del campo cultivado, negro, brillante,
reluciente con los cuernos azulencos, destellando brillos de metal. Metía
la cabeza enorme entre las cañas de nuestro maizal.
Martín, de pie sobre una peña, haciendo bocina con las manos,
gritó: "¡Toro
Toro
Toroooo!". Múltiple,
el eco devolvió su grito.
Por la noche, luego de comer tasajo y mazamorra, nos acostamos en el poyo,
estremecidos, gozando, íntimamente, el albergue de nuestro rancho,
arrebujándonos con las mantas. Martín se durmió pronto.
Yo pensé en nuestro padre ausente y, después, abrazando
a mi hermano, dormí.
El sol estaba alto al despertarnos. Penetraba su luz, vibrando en
átomos dorados, por las hendijas de la precaria puerta. ¡Hermosa
mañana! Con las hondas pendientes del cuello, buscamos las sendas
umbrías del monte. En nuestros bolsillos estaba el peso de los
proyectiles, cantos pequeños, redondeados. Tirábamos contra
las palomas eligiendo aquellas posadas sobre las ramas bajas, las chinas,
luego de errar el blanco, chocaban en los troncos, produciendo un ruido
repetido y seco. No logramos cazar nada.
Al retornar, lo encontramos cerca del rancho, oliscando unos pedrones
cubiertos de cal. Hicimos alto. Martín se puso a mis espaldas protegiéndose,
tomé puntería y lancé la piedra. Zumbó en
el aire quieto y fue a herir el morro. Sacudió la cabeza oscura,
se volvió y, con balanceo cansino, fue rumbo al maizal. Entramos
en el rancho, oscurecía. Los astros vesperales principiaban a desangrar
su luz.
Las luces cubrían el cielo matinal. Como oscuros vellones, se apeñuscaban
contra las distantes cumbres montañosas. Luego del parco desayuno,
nos resistimos a abandonar la cama, preferimos remolonear, bajo las pesadas
y multicolores mantas de lana, el hambre urgió a mediodía.
"Martín, vamos por agua".
Con los cuerpos laxos y la voluntad lánguida, marchamos hacia el
arroyo. La humedad de la atmósfera, acrecía el aroma vegetal
y profundo del campo. Empecé a verter agua en el cántaro,
sirviéndome de la ventruda olla de Martín; cuando la hube
colmado sumergí la olla en el arroyo y la retiré llena y
chorreando agua. "Llévatela, yo llevaré el cántaro".
Nos incorporamos con movimientos que la húmeda grama hacía
inseguros. Tomamos los recipientes y la senda que conducía al rancho.
Allí, el fuego estaría danzando en el llar.
Martín equilibró la olla sobre su cabeza; yo acomodé
el cántaro en el cuadril. Caminamos, yo por delante, Martín
por detrás.
En el cielo las nubes desplazaban sus masas disformes, gigantescas, plúmbeas.
"Tal vez hoy llegue papá", dijo Martín, "Tal
vez" respondí, pensando en los muertos del Puente de Salineros.
El ritmo del andar, hacía saltas, alegre, el agua en los recipientes.
La figura del rancho se aproximaba a cada paso nuestro. El arroyo manso
murmuraba su cristal, rompiéndolo dulcemente contra las
pulidas piedras de su lecho.
Súbitamente, aquella paz fue turbada. Los duros golpes de una
tumultuosa y frenética carrera estremecieron la tierra. Volvimos
los rostros, sobresaltados, pálidos.
Entonces surgió, como una pesadilla furiosa, de en medio de los
verdes tallos de maíz, tronchándolos con el empuje avasallador
de su mole negra. Nos embistió. Solté el cántaro
que se rizó perlando el aire en torno suyo. "Martín,
al rancho. ¡Corre Martín!". Corrimos, con la bestia
tras nuestra fuga, con el pecho expandido y la cabeza echada atrás,
desesperadamente. El rancho recortaba el negro rectángulo de su
puerta como una promesa de vida. Martín corría casi pegado
a mí, inexplicablemente, llevaba la olla, sujetándola con
ambos brazos, apoyándola contra su pequeño y acezante tórax,
salpicándose el rostro marcado por la angustia. Nos lanzamos adentro
y cerramos la puerta tras nuestro. Penetró por las grietas, como
la luz de la mañana, el polvo de la tierra conmovida por la bestia
y escuchamos un furioso bramido ronco. Se perdió en el eco del
valle
Después, el silencio.
Nos encontramos sin tomar alimento alguno. Martín se estremecía
en sueños. Permanecí desvelado hasta muy tarde, escuchando
los grillos y el murmullo del arroyo. Cuando los grillos callaban, mi
miedo se dilataba en el silencio. Un viento persistente empezó
a soplar, cuando, sobreponiéndome al temor que la soledad me imponía,
me quedé dormido. Mi sueño se rompía bruscamente.
Despertaba sobresaltado. Miraba la puerta, nunca me pareció tan
frágil como entonces. Martín bullía inquieto, llamando,
entre sueños, a nuestra madre. En dos ocasiones, sofocado por el
silencio, oí que las pezuñas del toro rascaban la tierra,
cerca de nuestro rancho, muy cerca. También lo escuché restregarse
contra la rugosa corteza del molle viejo, que se alzaba casi junto a la
puerta.
Al fin amaneció.
Recostados contra el muro de adobes sin enjalbegar, esperamos a que el
sol estuviese alto en el cielo, para ponernos en movimiento. Bajé
del poyo. "Quédate en cama Martín. Prepararé
el desayuno". Encendí el fuego y me dispuse a calentar el
agua. En la olla quedaba muy poca, el cántaro estaba afuera, hecho
añicos. Compartimos una menguada taza de té, no dio el agua
para más. Afuera reinaba el silencio, solamente turbado, de vez
en vez, por el canto de algún pájaro, sin embargo, no abrimos
la puerta. La mañana se fue, mientras hablábamos susurrantes
y sobrecogidos.
Fisgamos por las hendijas, sin ver nada atemorizador.
Seguramente era ya más de mediodía cuando, acuciados por
el hambre nos resolvimos ir por agua. Despacio, muy despacio, doblados
por la cintura y con una mano trémula, entorné la puerta.
El día radiante semejaba un fanal de paz. Miré al frente:
el despeñadero y, al fondo, la cordillera. Martín permaneció
acurrucado, junto al umbral. Asomé la mitad del cuerpo, arqueando
el torso, estirando el cuello, afirmando los pies en el piso del rancho.
A la izquierda, el viejo molle; más allá el monte enmalezado.
A la derecha
¡Allí estaba!, ramoneando entre unos arbustos.
Quedé inmóvil, en completo silencio, mirándolo temeroso.
No obstante, como obedeciendo a una orden misteriosa, gritó bruscamente,
puso en mí la mirada encendida, aplomó el cuerpo, mugió
en un crecendo sordo. Cerré la puerta. Tomé de la mano a
Martín y nos fuimos al fondo del rancho, al rincón más
oscuro. Permanecimos un rato silenciosos, después, sin mediar palabra,
rompimos a llorar. Vimos nuestro desamparo frente a nosotros desnudo y
aterrador. Al transcurrir las horas poco a poco, nos fue ganando el letargo,
más de estupefacción que de sueño. Anocheció.
Es horriblemente salado el tasajo. Arrancamos del gran pedazo que cuelga
del muro, junto al hogar, unas tiras fibrosas y resecas de cecina. Hambrientos,
las masticamos largamente, sin conseguir deglutirlas. La sal de la carne
mojada aumentó nuestra sed. Penosamente, conseguimos tragar unas
fibras, que nuestros estómagos no sintieron llegar. Probamos a
comer harina, llevamos, ávidos puñados de amarillo polvo
a nuestras bocas resecas. No dio resultado la experiencia.
Martín ha dejado de jugar con el plato. Con movimientos desmayados,
con el cuerpo desmadejado casi, se ha llegado junto a la olla. Puesto
de cuclillas, concienzudamente, restriega con los dedos la ya inexistente
humedad del fondo, después recorre sus labios con los dedos pequeñitos
y morenos.
El toro no ha dejado de merodear el rancho. Durante el día ronda
los lindes del maizal. Asomándonos, unas veces yo, y otras Martín,
medrosamente lo hemos columbrado.
Por las noches -ya son cuatro desde el día en que se rompió
el
cántaro-, lo escuchamos andar entre el maizal y la casa. Resopla
con fuerza acercando las narices al suelo.
He decidido abrir la puerta durante el día. Cuando lo advirtió,
se acercó trotando, con la cola enhiesta, orgulloso de su poder
sobre nosotros, pero no se atrevió a llegar muy cerca. Un resto
de temor lo hace respetar nuestra morada. Olfateó la tierra, frente
a la puerta, resoplando como un fuelle y tornó a irse en dirección
a su regato.
Ya no sentimos ese dolor espantoso en el estómago, el dolor que
nos agobió los primeros dos días, en torturas incesantes.
Lo ha reemplazado una gran lasitud, un vértigo de abandono e indiferencia.
Si sentimos algún dolor, es en los ojos y en los labios agrietados.
Martín parece muy lejano a todo, a momentos, sonríe. El
plato, abandonado en el suelo, invertido, semeja un túmulo diminuto.
Pasamos las horas de la mañana y la tarde junto a la puerta, por
la noche nos allegamos al lecho, solamente por costumbre, pues nada tiene
ya significado alguno.
Hoy, Martín amaneció muy débil. Al fin, yo soy dos
años mayor que él y tengo más fortaleza. Lo arrastré
esforzadamente hasta la puerta, para que goce del sol, a ver si éste
lo mejora, le devuelve un poco el color a sus mejillas muertas. Le he
puesto una manta en el suelo, recostándolo encima. Martín
no habla, ni siquiera balbucea. Mira fijamente el cielo, buscando el sol,
como en espera de algo. Con un platito, hago al azar, trazos en el piso
de tierra. Con el sol radiante las moscas parecen tomar vitalidad y un
dinamismo extraño. Zumban monótonas alrededor de mi cabeza.
Una, más grande que las otras, después de recorrer por las
mejillas sucias de Martín, se ha posado sobre la fija pupila abierta,
Martín no hace nada por espantarla. Ni siquiera parpadea.
Escucho chapalear al toro en el arroyo; seguramente está haciendo
una nueva visita al maizal.
13- Gary Daher
Canedo
(Cochabamba, 1956)
EL OLOR DE LAS LLAVES
Soy un hijo de
lejos, lo leí en el certificado de nacimiento que vi, por primera
vez, ayer por la mañana. Se lo he contado a Roberto después
de una noche de tortura, allí mismo, sentados en el promontorio
junto a la acequia. ... Él dice que no, que "legítimo"
no significa eso. ¿Cómo te digo?, tal vez significa algo
relacionado con líos o con las cosas que hacen los abogados, tú
sabes, me dice. Lo único que se me viene a la cabeza es la figura
de Martínez, con su impermeable viejo, siempre lleno de carpetas
en su maletín de cuero, sentado al frente de la oficina del tío
Norberto. ¿Será este ser agachado, casi siempre con la mirada
opaca como que no entiende, el culpable de que yo sea un hijo de este
tipo, lejano así? Todo esto duele tanto.
¿Qué es, a fin de cuentas, un documento en el que han colocado
tu nombre escrito, nacido; una palabra corta diciéndome, soy tú,
como un sello de sangre? Por estas graves preguntas he llegado a la conclusión
de que un papel oficial (como los veo siempre: marcados con membrete y
firma) debe ser algo de mi cuerpo que no comprendo, un pedazo de piel.
A veces siento que un día aparecerá uno entre mis cuadernos,
y seré sacado de la escuela, llevado ante algún hombre pequeño
de traje sudado; y tener que escribir para siempre la misma tontería,
quinientas veces todos los días, para poder vivir. Hoy he besado
a mi madre con cuidado, no vaya ser que, por ser yo de lejos, se rompa
la magia y comience a frecuentar la casa de Alberto Bianjo; y de un día
para otro me convierta en su hijo, y me haga hambrear, y me castigue con
chicote como dicen que hace con el Ernestino, que viene con la cara de
perro triste todos los días a querer jugar fútbol; y nosotros
nada, porque es tan inútil. Yo lo veo con su cara de tordo repitiendo
siempre: Ya, pues; ya, pues. Y a mí me da una rabia, porque me
distrae y por ahí me meten un gol, y todos me dirán "¡qué
te pasa!", con sus caras de niños bestias, mientras el sol
se irá poniendo entre los eucaliptos, iluminándonos por
todas partes, vivo, maravillosamente blanco.
14- Porfirio
Díaz Machicao
(La Paz, 1909-1981)
QUILCO EN LA RAYA DEL HORIZONTE
Claro, como era
nieto de indios le llamaban Quilco, por burlarse de él, por arañarle
el alma. Él no hacía caso. Le sacaba joroba, como los gatos,
a sus impulsos y contestaba con el brillo de sus ojos. Y nada más.
Un gato asustado de los ratones
Luego, entraba resbalando, despacio,
con susto en su desolación.
-¿Qué hará Quilco en la vida?
-¡Bah, a lo mejor nada!
Es muy difícil, a veces, llegar a la dificultosa y horrible decisión
de no hacer nada. A Quilco lo sujetaba su raza, amarrado a la contemplación.
Dentro de sí había algo que era como una dentadura que mascase
coca. De rato en rato escupía un deseo. Pero era un deseo tan absurdo
-¿Que hará Quilco en la vida? -Los colegiales reían.
Entonces él sacaba una uña interior y rasguñaba un
anhelo:
Navegar
pero no entre las totoras del lago milenario y sagrado de
su pampa, ni en la barquita frágil de las pajas secas, sino en
los buques grandes, mecidos por la bravura de las olas en unos mares enormes,
enormes como el tiempo, como su ansia, como él
Y despegarse
de las orillas para ir fraternalmente con el aire infinito, encerrado
por muros de horizontes y de charla con el agua frenética, vestida
de experiencia y encanecida de espuma. Ir por el mar
Quilco solía repetir
-Ir por el mar
Sin embargo su pena inútil volvía a mascar sus hojas de
coca. Ninguno de los suyos, hombres envueltos en el viento helado de las
cordilleras, conoció el mar. El mar de los indios estaba seco,
muerto bajo el cielo azul: el Altiplano. Sin espumas, sin olas, sin playas,
mar de tierra gris, rayado por la paciencia de los bueyes. Mar con mortaja.
Por eso él quería navegar en los barcos de hierro, para
matar la angustia de su mar muerto y cambiar la coca por el licor marinero.
Para dejar de ser lombriz y convertirse en pez. Si él pudiera abrazar
un paisaje nuevo
Si él pudiera enredar su corazón
entre las algas mojadas y escuchar el secreto de otros mundos
Quilco
quería ser Colón, o Pizarro, o simplemente el último
vagabundo de la tripulación, el que obedece, el que sufre, el que
se retuerce con la espina de la impotencia y del silencio.
¡Aunque fuese así! Pero del fondo de la sombra, algo le tiraba
fuertemente a la entraña de la tierra. Quilco se quedaba
y la nave de la ilusión se iba, se perdía en el confín,
cayéndose y levantándose entre las olas. Los marineros limpiaban
la sal de mar de sus frentes sudorosas y reían sus corazones una
carcajada de muchos cielos y tenían un ademán para recordar
todos los puertos en donde habían anclado. Quilco, abandonado en
el puerto, guardaba el pañuelo de la despedida.
-¿Qué hará Quilco en la vida?
Derrochar
sí, derrochar locuras y riquezas. Llegar un día
a Nueva York, comprar acciones, venderlas, volverlas a comprar según
el diagnóstico de los juegos de bolsa. Y subir en un coche y correr
la carretera de fiebre de la vida moderna, quitándose un segundo
de tiempo para sonreír por un recuerdo romántico, o dedicando
nada más que tres minutos para pensar en la humildad, el amor y
la belleza. Y saludar a Dios si el buen humor se lo permitía. Y
ponerle al cocktail unas gotas de transacción y la alegría
de un 10% al cigarrillo. Mientras tanto él vería crecer
su fortuna como a un nene robusto, con mejillas de crédito, ojos
de prosperidad y abdomen de cuenta corriente
-¡Mister Kilko!,
el gran Mr. Kilko, el Rey de las Maderas
¡Mr. Kilko!-. Quinta
Avenida, Nueva York, Estados Unidos de Norteamérica metiendo las
manos en una bolsa de oro y echando también el oro por las ventanas
del rascacie-
los, con cimientos de sindicato o de sociedad anónima. Mr. Kilko
asegurado. Mr. Kilko la astilla viviente de la Bolivian Madera Society
Corp. ¡Mr. Kilko un hombre de oro...! Pero una mano insistente le
atraía para abrazarlo a traición: la raza, la raza fuerte,
imperdonable, asesina del ensueño. Ninguno de los suyos fue usufructuario,
ni jamás conoció el derroche, menos aún la locura.
Eran indios que para recorrer un camino vacío, ponían en
él la humildad de una pisada esclava. Y tenían por reloj
el sol en las jornadas sin fin de las penas largas. No hubo nunca en sus
vidas el más leve intento de locura. Al contrario: pequeños
de acción, no comerciaban porque horadaban la tierra para hacerla
germinar con una lágrima en el tiempo de un silencio crecido. ¡Indios,
pobres indios!
Quilco entraba sobresaltado, huraño, en el
ritmo doliente de la realidad.
-¿Qué hará Quilco en la vida?
Amar
Amar con todas las fuerzas. Vivir entregado a una pasión.
Conquistar a una mujer, como fruta extraordinaria, y saborearla en el
triunfo de una nueva independencia. Una mujer blanca, una castellana de
gran mundo, una dama
No la Lurpila del campo, ni la Kantuta pastora,
con los dedos pegados a la rueca, recortándose en el confín
del yermo. No, Quilco quería una señora, una matrona. Ya
no serían para él los roces de los phullus tejidos con lana
de ovejas, sino la caricia de la seda sensual
Mas, nuevamente, con
tenacidad, volvía a hundirse en la miseria de su resignación.
Todos sus ensueños se deshacían. La sangre oculta en su
carne bronceada lo llamaba a la cordura, al retorno paciente. Nunca un
corazón aymara había latido por mujer de otra raza. Nunca.
Ni fue cálida la mente para abandonar su frontera de siglos. ¡Ay,
de aquel que deseara ver atrás del horizonte límite! Solamente
la Lurpila y la Kantuta, la rueca y las ovejas para los hombres rudos
de la raza fuerte. Mientras se va tejiendo un poncho, se va, a la par,
tejiendo el destino, va sin poncho, desnudo, a la intemperie del olvido
-¿Qué hará Quilco en la vida?
-¡Bah, a lo mejor nada! -. Los colegiales reían de la timidez
del compañero.
Entonces él, crucificado a los suyos, hincó las rodillas
en su tercera caída, y su alma absorbió el polvo del suelo.
-¿Qué será Quilco en la vida?
Él respondió resuelto:
-¡Nada!
Y tomó el camino de regreso, entregándose a los brazos abiertos
de su solar nativo. Surcó con pies recios el lomo de mar endurecido
de la pampa, se peinó la cabellera con el viento y aplacó
su sed en el arroyo tímido. Se santiguó con la cruz de los
cuatro puntos cardinales y se santificó con el aire de las cordilleras.
Se envolvió en la pampa y se puso frente al horizonte, camino de
su hogar.
Entonces el asno le mostró su fatiga y la majada le contó
los secretos de la pastora.
Y cuando Quilco se hubo reintegrado a sus campos, puso las manos en los
hombros de su padre y le habló en aymara:
-Tatay, me he regresado.
15- Alfonso
Gamarra Durana
(Oruro, 1931)
UNA TARDE DE SÁBADO
Aquella tarde
caía el sol caldeando el aire. Los niños que caminaban alrededor
del padre Humberto levantaban tierra a su paso, e iban formando en su
trayecto una nubécula amasada con polvo y sol.
Habían dejado atrás las últimas calles de la pequeña
ciudad para ganar la pampa circundante, donde buscarían un lugar
apropiado para disputar un partido de fútbol.
Adalberto buscaba los sitios donde la tierra arenisca se había
acumulado mayormente, para pisar allí y ver, entonces, con inmensa
alegría, cómo entraba la tierra por las grietas de sus zapatos.
Unos pasos más y se sentaba en el suelo, para hacer caer de sus
calzados viejos un chorro de arena; él comparaba aquello con una
catarata. Se ponía en pie y repetía la misma operación
una y cien veces.
-¡Padre!
Si uno se traga un montón de tierra, ¿qué
le pasa? -inquirió Carlitos, corriendo al lado del padre Humberto.
-Se convierte en una bolsa de arena para la guerra -apuntó inmediatamente
el gordo Severino.
-Produciría desarreglos funcionales en el estómago -indicó
el padre- y posiblemente una grave infección. El polvo, éste
que levantamos al caminar, es causa también de enfermedades porque
se deposita en los pulmones; es el caso de todos los mineros de Bolivia.
-¡Mi papá trabaja en la mina
! -gritó Jaime,
detrás del padre.
-¿Te dijo qué gusto tiene el polvo de mina? -preguntó
despectivamente Carlos, el único bien vestido del grupo.
-No
No creo.
-El polvo, sea de dónde sea, siempre tiene gusto a soledad
-filosofó Antonio entre dientes, cortando la charla científica.
-¡Ché, automóvil sin motor, acelerá
!
-gritó Severino a Adalberto que, con su estremecimiento particular,
se había quedado muy a la zaga.
-Qué sin motor, a que te gano una carrera.
-Listo
-¿Hasta dónde?
-Hasta aquella piedra como la verruga del sacristán
Apúrate
para que te corra sin ventaja.
Adalberto terminó de atar su zapato y trotó hasta ponerse
a la altura de sus demás compañeros. El padre contó,
entusiasta: "¡Uno
dos
ya!". Y los dos rivales
salieron disparados. Severino avanzaba a pequeños pasos pero veloces,
apretándose su cinturón como si con ello ganara fuerzas.
Adalberto, por su parte, tendía sobre el suelo los troncos largos
de sus piernas flacas, pero en su frente aparecían copiosas gotas
de sudor, que indicaban claramente que su anterior esfuerzo le restaba
aliento para la verdadera competencia.
-¡Apuesto al Seve
!
-¡Qué va a ganar si ya no da!
-Están iguales.
-¡Apura, Adalberto
!
Los gritos de los demás niños se confundían en uno
solo, y a pesar de ser pronunciados como estímulo, a los oídos
de los dos corredores llegaban solamente como un griterío ininteligible,
como una crítica severa al que perdía terreno.
Sin embargo, esa carrera nunca llegó a la meta, porque el padre
Humberto halló con la mirada un lugar plano, más o menos
firme, y señalando, dijo:
-Allí está nuestra cancha
Una pelota de goma salió del grupo de chicos volando por los
aires para ir a dar unos cuantos rebotes sobre el terreno señalado.
Altiva y segura, como queriendo examinar el lugar, la bola fue amortiguando
lentamente sus botes, hasta que llegó el Ojos Estirados y de un
nuevo golpe con la izquierda la lanzó por los aires. El cielo,
que servía de fondo a la pelota, se prolongaba en su celeste, infinitamente,
sin medida, como esos años de la niñez que no deberían
acabar nunca.
El encuentro deportivo comenzó. Al lado de Ojos Estirados se alinearon
diez chicos. Al frente, sólo cinco porque el padre Humberto, que
jugaba con éstos, valía por lo menos por seis, pero con
ellos estaba Carlitos, el dueño de la pelota, por eso, el que tenía
que ser elegido para el equipo más fuerte, pero también
el que nunca había sabido otra cosa que "patear" la pelota
de punta y sin ninguna trayectoria definida.
David recibió la pelota y empezó a correr en dirección
al arco contrario; se fatigó más por la responsabilidad
que por el trote y la cedió a Jaime; éste con los pies descalzos,
porque así la empeinaba mejor, continuó la carrera dejando,
de esta manera, muy atrás al padre. Quedaban, por tanto, tres muchachitos
para defender el arco. Jaime, serio como siempre, pero con la lengua bailando
sobre los labios al compás de sus pies que se movían, avanzó
hasta colocarse frente a dos rivales, dio de pronto una media vuelta,
retrocedió un par de metros y, sorpresivamente, volvió sobre
sus pasos, para echar un pase por entre los dos adversarios. La pelota
había pasado con tan hábil jugada, pero el dedo gordo de
su pie desnudo quedó aprisionado bajo el tacón de un zapato.
Mientras tanto, había tomado la bola el Ojos Estirados y de un
puntazo dobló las manos de Daniel, el porterito, y marcó
el primer gol. El mismo Ojos Estirados corrió a traer la pelota
que se había internado en lo más abierto de la pampa, con
la fuerza de su disparo.
Luego, le tocó el turno de avanzar al equipo del padre. Roberto,
elástico en su carrera, ganaba terreno, dejando atrás a
sus rivales, hasta que Severino por hacerle un quite, tropezó y
cayó al suelo. La sacudida de su gorda humanidad fue violenta,
pero este sacrificio impensado sirvió para salvar del peligro a
su portero. Adalberto corrió hasta donde Severino, en el suelo,
se lamentaba de su suerte, para ponerse a danzar un baile estrafalario
que había visto en las películas de salvajes, acompañándose
él mismo con gritos ululantes; el juego había perdido para
él todo atractivo, lo grandioso del espectáculo estaba allí,
en el suelo, con una rodilla raspada. Reía, proclamaba
y
volvía a danzar. El gordito Seve le gritó molesto:
-¡Lárgate, cuello de jirafa!
Adalberto le obedeció pero no sin antes saltar por sobre el cuerpo
del atormentado defensor; buscó después dónde estaba
la pelota y vio, con miedo, que el padre Humberto avanzaba directamente
a su arco, el mismo que le habían -por así decirlo- encomendado
que cuidara como portero de reglamento. Se persignó y murmuró
entre dientes:
-San Matías, mañana comulgo si atajas este gol para mí
De repente, el padre que avanzaba con la pelota, trastabilló y
al tiempo de caer lanzó un puntapié, sin embargo el disparo
salió con la trayectoria desviada.
-Bendito seas, San Matías -murmuró lleno de convicción
religiosa.
Una carcajada general recibió la caída del padre Humberto
porque su larga sotana había cambiado automáticamente de
color. Su negro inmaculado mostraba trazos geográficos de polvo:
la orografía del revolcón.
Las risas de los chicos se ahogaron repentinamente en sus gargantas secas
cuando el padre fue alzando con lentitud la largura de su cuerpo, dirigiendo
una mirada avergonzada, pero llena de energía europea, que fue
saltando de cara en cara de los jugadores. Durante unos instantes vaciló
el juego. Pero la voz de "¡Pásala!" indicó
la reiniciación del encuentro.
Comandando un avance nuevo apareció Ojos Estirados; con una tranquilidad
de verdadero maestro de los estadios se embelesaba con la pelota y mientras
la levantaba con la rodilla, la empujaba con el hombro, amagaba con la
frente y la volvía a elevar con el taco, atraía hacia él
a todos los defensores que, mientras trataban de estorbar a Ojos, gritaban:
-Así no vale
¡Padre, que suelte pues la bola
!
Antes de escuchar la voz autoritaria del cura, el Ojos Estirados volvió
a la realidad, y como si saliese de una gruta en tinieblas buscó
a algún compañero. Antonio estaba en cuclillas a seis metros,
deleitándose con las maravillas de su compañero, cuando
vio venir el pase. Tomó la pelota y salió corriendo a gran
velocidad. No desprendía su mirada de la bola y veía pasar
el suelo raudamente debajo de sus pies. De reojo alcanzó a ver
los dos montoncitos de ropa que señalaban los límites de
la portería contraria y entre ambos a Daniel. Pisó entonces
la pelota, pero como venía animado de tan rápido movimiento
se tropezó en la misma, para continuar su avance pero rodando concéntricamente
hasta aparecer con la cabeza sepultada entre la ropa. Se sentó,
apoyando su cara disgustada en su puño derecho cuyo antebrazo reposaba
en la rodilla y, observando el juego que estaba nuevamente lejos, le preguntó:
-¿En qué momento debía de patear
?
El padre Humberto había recibido otro pase y se dirigía
sobre la meta contraria. Severino salió a marcarle, y haciendo
esfuerzos inauditos se mantuvo, mientras corría, a la misma altura
que el padre. No encontraba la manera para despojarle de la pelota. Para
facilitar su embestida, el padre se fue levantando la sotana redentorista,
dejando ver a Severino, que no le perdía pisada, sus grandes pies
calzados con enormes botines negros. De pronto, el gordito se quedó
parado, lo que favoreció al padre para enviar un fuerte pelotazo
que venció la resistencia de Adalberto.
-Oye, Seve
-se dejó escuchar la voz de Ojos Estirados- ¿Qué
ha pasado? En vez de quitarle te quedas plantado
-Pero, qué quieres
Si el padre había tenido escondidos
los botines del monstruo Frankestein
Pelota va, pelota viene, iban pasando apresuradamente los minutos. Incansables,
todos continuaban en la brega aunque el marcador acusaba cifras de doce,
trece, catorce. La alegría contagiosa de la bola de goma no terminaba
y para los muchachos la dicha era completa, aunque interrumpida cuando
al religioso se le iba un poco uno de sus pies y dejaba un moretón
en las piernas del rival.
Quince, dieciséis
Los goles iban en aumento. A cada puntapié
la noche saltaba un metro. Las estrellas comenzaban a asomar para ver
cómo el sudor se secaba en las caritas de los niños con
el frío de la noche altiplánica, y cómo el cansancio
resoplaba en los rostros enrojecidos.
Cuando ya no se podía ver la pelota, se sentaron todos cerca de
una de las metas formada con piedras. Nadie pronunció una palabra,
los ojos parecían querer perforar la arena con su fijeza y las
lenguas se deslizaban pegajosas sobre los labios. Los corazones palpitaban
al mismo ritmo, comunicando su movimiento a las cabezas despeinadas y
a los pulmones agitados. En aquel momento el tiempo se había paralizado,
las nubes miraban con ternura y la luna había detenido su marcha
para que los niños disfrutaran más tiempo la dicha del descanso.
Con unas cuantas palabras el padre Humberto indicó que debían
regresar. Se levantó y, rodeado de unos pocos, se fue alejando
del campito. Sus siluetas fueron penetrando en la oscuridad. Esto obligó
a los restantes chicos a levantarse, aún agotados, y conducir sus
pasos en la misma dirección; con la cabeza agachada, en silencio,
arrastrando su ropa por el suelo, dejaban la canchita de fútbol
al cuidado de las estrellas.
-¿Y los botines de Frankestein que había tenido el padre?
-se escuchó la voz de Severino, cortando de un tajo, con su entonación
ronca, el silencio de la noche.
Bastaron esas pocas palabras para que el tiempo reanudase su marcha, el
viento frío a soplar, y la luna a sentirse pelota rodando por el
área grande del firmamento
Los espíritus se reanimaron
y una carcajada infantil, nacida al unísono en las gargantas, llenó
el ambiente de otras estrellas que rivalizaban con las de allá
arriba en pureza y claridad.
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