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Wálter Guevara Arze
(Cochabamba, 1911-1996)


16- TEMPESTAD EN LA CORDILLERA

-¡Mamani Poma Juaaan! -gritó el pagador con voz cansada.
-¡Mamani Pomaaaa! ¡Mamaniiii! -repitieron varias voces ásperas entre el grupo de mineros que esperaban su pago quincenal, parados frente a las ventanillas de unas casuchas achatadas, con paredes de barro y techo de calamina. Era la administración de la mina wólfram "Kami". El eterno frío de la cordillera de los andes, implacable enemigo de esta especie de gusanos envueltos en harapos y cubiertos de tierra oscura, parecía morder con más ferocidad que otras veces.
-¡Mamaniiiii! -gritó de nuevo el pagador y la última sílaba se adelgazó como un hilo. Los obreros se rieron ante el tono de irritación histérica del grito.
-¿Qué es de ese animal? -agregó apresuradamente el hombre de la ventanilla con entonación compuesta y casi varonil.
Juan Mamani Poma, apoyado contra un cote de la roca que hacía de plazoleta frente a la administración, parecía un sonámbulo.
-¿Mana huyarinqui? -T'es tan gritando tu nombre. ¿Jokharachu kanki? -exclamó una palliri, apoyada también contra la roca y, acompañando la acción a las palabras, dio un empellón al hombre.
-¡Fermee! -respondió al fin Mamani Poma, como gritaba en el cuartel al escuchar su nombre en la lista. Los puntapiés de su teniente no alcanzaron a corregir la pronunciación del mestizo quechua obligado a usar el castellano.
-Apúrate animal. ¿Hasta cuándo voy a estar aquí? Seguro que ya estás borracho -y mientras hablaba de tú a Ud. al obrero, el pagador y su ayudante tarjaban diligentemente el nombre de Mamani Poma en seis ejemplares de la planilla de pagos. Después, el pagador tomó el sobre que estaba encima de una pila de otros absolutamente iguales, comprobó su contenido quizá por centésima vez con la prolijidad proficua de todo jugador y, a tiempo de dárselo a Mamani Poma, le dijo con tono más conciliador.
-Doscientos treinta pesos con veinticinco centavos de saldo. Te hemos descontado la mitad. Esta quincena has faltado casi ocho días y has sacado una barbaridad de la pulpería. Va a tener que trabajar siquiera seis meses sin emborracharte para ponerte al día. La pulpería ha ordenado que se te descuente la mitad de tu jornal desde esta quincena.
-¿Y cómo voy a vivir? No quieren darme más avío en la pulpería y ahora me descuentan…
-¿Yo no sé. ¿Para qué te emborrachas como una bestia y tiras tu plata? Friégate pues…
Ante el insulto. Mamani Poma reaccionó violentamente:
-Mentira, no me emborracho…
Después agregó con tono adolorido:
-Es que mi mujer, la María se ha muerto. Por eso he sacado de la pulpería… para su entierro y también he faltado por eso.
-Bueno, yo no sé. Pero tienes que pagar tu deuda a la pulpería.
Como Mamani Poma permanecía inmóvil, el pagador lo increpó:
-¿Qué esperas? Me estás haciendo perder mi tiempo. Los otros también quieren cobrar.
La gente del grupo comenzaba a inquietarse. Pronto sería de noche. Las enormes sombras de las montañas proyectándose cada vez más largas, parecían intensificar el frío. El sol, al ponerse, iluminaba únicamente el contrafuerte opuesto al de la mina.
Mamani Poma se retiró de la ventanilla y fue alejándose pesadamente del grupo de mineros y palliris, mirando alternativamente las caras de la gente y el sobre que tenía en la mano. Sintió vagamente que las casuchas chatas y los obreros harapientos, envueltos en la sombra creciente, no eran sino excrecencias de la roca gigante con la que parecían formar un todo solitario e inmóvil.
Levantó la vista del piso desigual y vio el intenso brillo del sol en el cerro del frente. Una mancha verde, un pequeño sembradío de cebada sin duda, ponía la única nota viviente y alegre de ese paisaje desolado de las altas cumbres. Sin mover un músculo de su cara se alegró interiormente al notar, quizá por primera vez, el sembradío de cebada que se agitaba con el viento de la altura.
Se acordó del valle en el que había crecido: maizales enormes, con plantas más elevadas que la misma gente, casitas de barro con techos de teja sombreados por árboles de ancho follaje; el pequeño ferrocarril jadeante y siempre lleno, cruzando el valle a la distancia… De alguna manera, todo esto le parecía perdido para siempre.
Volvió a mirar el cebadal y se paró. Sin darse cuenta regresó al pasado. Sus ojos dejaron de percibir la realidad presente y se perdieron en la perspectiva ilimitada del recuerdo. Como en un sueño, las delgadas y distantes espigas de cebada se agigantaron hasta convertirse en vigorosas cañas de maíz de color verde amarillo, a punto de madurar. Vio claramente el maizal de su chacra y escuchó incluso el murmullo del pequeño río a su vera. A esa hora, la María estaría terminando de lavar la ropa, de rodillas y con el cuerpo inclinado sobre el agua.
Recordó con nitidez un suave atardecer de valle, tan distinto de esta violenta puesta de sol en la cordillera; recordó cómo había cruzado su chacra de maíz para salir justamente detrás de la María. Desde donde estaba, podía observar sus dos trenzas de cabello bien negro, su torso armonioso y fuerte cubierto de una camisa de tocuyo, su cuello esbelto y parte de sus morenos brazos desnudos.
Recogió unos guijarros y se los arrojó. Ella no se dio vuelta y más bien se apresuró a enjugar y exprimir las últimas prendas de ropa que había traído para lavar. Sabía bien de donde venían los guijarros. Sintió que Juan la miraba y una cálida sensación invadió su cuerpo. Con el intento de vencer su emoción, se afanó en su tarea. Después de todo, era bien poco lo que quedaba por hacer.
Dos guijarros grandes cayeron en el agua, cerca de ella y le salpicaron la cara, los brazos desnudos y la pollera roja. Se dio la vuelta violentamente a tiempo que Juan salía del maizal.
-Llokalla bandido -exclamó ella mientras recogía rápidamente
pequeños pedruscos y se los arrojaba a él, cuidando de no afinar mucho la puntería.
Juan huyó alegremente dentro del maizal y María corrió en su persecución. Se detuvo agitada y ansiosa a la orilla de la chacra. No se animaba a continuar y quería volverse, como lo había hecho antes en ocasiones similares.
Nuevos pedruscos cayeron a su alrededor y por la dirección que traían, ella podía calcular dónde estaba Juan. La tentación era mucha. Se hizo de coraje como para emprender una aventura audaz, levantó algunos guijarros y cautelosamente avanzó dentro de la plantación, pero las piedrecillas de él parecían venir siempre de más lejos. Quedó un poco desorientada y cuando no sabía si seguir o regresar a recoger la ropa, Juan la tomó repentinamente por el talle. Se defendió a pellizcos, con la risa entrecortada, pero no en vano Juan era el llokalla más fuerte del rancho de campesinos quechuas donde vivían los dos.
Cuando lo envolvían estos recuerdos, un fondo de esperanza, parecía proyectarse hacia el porvenir, pero el minero fue violentamente devuelto a la realidad por un bullicioso grupo de obreros que se aproximaban por la callejuela increíblemente estrecha y escarpada de la mina. Una voz sonora y bien timbrada salió del grupo:
-Ahí está el Mamani Poma. Ese toca bien la guitarra. Lo llevaremos.
Al escuchar su nombre, Juan se arrancó enteramente de su ensueño. Se esfumaron la María, la chacra de maíz y el riachuelo. Quiso mirar de nuevo el sembradío de cebada para readquirir la noción cabal de la realidad circundante y vio que estaba perdido entre las sombras del repentino anochecer de la cordillera.
-Jaku rina. La Puka Senkha dice que tiene una buena chicha.
Juan reconoció al que le hablaba. Manuel Condori era un barretero como él. Había venido de Tapacarí, el pueblo más próximo a la mina, distante apenas seis leguas. Era ancho y vigoroso y Juan lo estimaba por su alegría tenaz, su incesante charla en quechua y castellano y su despreocupación.
Mamani, el soñador silencioso, se daba cuenta de la diferencia de caracteres y quería a este hombre que lo hacía reír aún en las pesadas horas que pasaban juntos, pegados a la dura roca del socavón minero, sosteniendo el taladro de aire comprimido.
Al no recibir respuesta de Mamani sumido en sus reflexiones, Condori lo interpeló:
-Parece que te has ido a emborrachar solito -y continuó sin esperar lo que Mamani pudiera decir:
-Éste es el Gonzáles, un arriero que ha venido de mi pueblo. Es un pícaro. Dice que tiene muchas mulas pero yo no creo porque ha llegado con un burrito flaco y una mula "matada" y hambrienta. Se va a regresar mañana en la mañana. Vení, ché, la Puka Senkha tiene una linda guitarra y este Gonzáles tiene un charanguito de armadillo que habrá hecho olvidar a alguien… ¿Sua kanki? -continuó su charla, dirigiéndose esta vez al arriero de Tapacarí, mientras empujaba suavemente a Mamani Poma a lo largo de la callejuela.
La chichería de la Puka Senkha era una casucha con una habitación sobre la calle, demasiado baja para permanecer parado en ella, con piso de tierra y una especie de banquillo de adobes alrededor de sus paredes. Una pequeña puerta, de no más de un metro de alto, comunicaba esta habitación con un patio minúsculo, oscuro, de piso desigual. Al fondo del patiecillo un techo de "media agua" se apoyaba contra la roca que hacía las veces de pared de fondo. Era él dormitorio y cuarto de estar de toda la familia. Unas brasas indicaban que en el patio también estaba la cocina. A esa hora y sin luna, no podía verse que por encima el fogón de barro, había una hoja de calamina enmohecida, haciendo las veces de techo.
Cuando los mineros y el arriero entraron por la pequeña puerta que daba a la calle, encontraron unos pocos parroquianos bebiendo silenciosamente. Al centro de la habitación y encima de una mesa chata, habían varias botellas de chicha. La Puka Senkha, una chola gorda y envejecida, estaba sirviendo chicha de un jarro, y como no tenía sino un vaso en la mano del que tenían que beber todos, instaba a los clientes a que bebiesen rápido:
-Sirviricuy ah, compadre, sirviricuy.
El grupo entró precedido por la voz de Condori, que se cuidaba de no mencionar el sobrenombre de la chichera, pues sabía que eso la irritaba:
-¿Imaynalla doña Carmen? Hemos venido con estos amigos para tomar una chicha de la buena. A ver, sírvanos unas dos jarritas… ¿Qué es pues de tus hijas… ya se han ido a dormir? Mucho las cui-
das también, pues…
Interrumpiendo al charlatán, la Puka Senkha, con ademán amable invitó a todos a sentarse:
-Siéntense pues, siéntense. Ya voy a traer la chicha. Habrán pagado esta tarde la quincena ¿no? Y quién es pues, este... -continuó dirigiéndose al arriero que era indudablemente el único al que no conocía.
Condori se apresuró a retomar la palabra:
-Es el Gonzáles, un arriero de Tapacarí. Ha llegado ayer y está durmiendo en mi casa. Se va a ir mañana en la mañanita, ha traído una carguita de papas y dice que se va a volver vacío pero no creo; mineral robado seguro que ha de llevar para vender en otra mina…
-Yo no me meto en eso -protestó rápidamente Gonzáles sabiendo que la Empresa y su Policía Minera perseguían con saña a los ladrones de mineral.
-Tú eres un hablador y ya me estás calentando. ¿Qué creerán éstos que no me conocen? -añadió entre quejoso y ofendido.
-No te calientes compañero. Si es una chanza nomás… a ver doña Carmen, mande traer su guitarra. Ya Ud. sabe que este Mamani es un buen guitarrero, Vas a tocar ché "Linda Cochabambinita". Esa si es cueca.
La guitarra fue traída. El arriero Gonzáles sacó de bajo el poncho un charango y pronto empezó la jarana. Las vueltas de chicha fueron más frecuentes y la Puka Senkha se cuidaba de hacer notar cuántas jarras se habían servido, añadiendo cada cierto tiempo una o dos demás a la cuenta.
-¿Qué es pues, de tus hijas doña Carmen? ¡Ah, también…!
Entraron las hijas de la chichera. La una aceptable y la otra francamente fea. Con ellas los parroquianos bailaron cuecas y bailecitos de la tierra. Los aplausos rítmicos para acompañar el zapateado, podían oírse a la distancia.
Mamani Poma tocaba la guitarra maquinalmente, con el espíritu ausente de todo lo que ocurría a su alrededor, perdido de nuevo en su ensueño sin figuras ni contornos, hasta que una de las bailadoras, la más agraciada, le trajo el recuerdo preciado del cuerpo de María y con esta imagen el pasado se agolpó de nuevo en su mente.
Del maizal, se llevó a la María a su casa. El procedimiento no era desusado entre los campesinos. En la fiesta de San Juan, vino el cura del pueblo y los casó, juntamente con otras parejas que ya habían establecido hogar sin esperar las formalidades del matrimonio.
El amor entre los campesinos quechuas, no tiene sutilezas ni refinamientos. No hay tiempo para eso. Un nuevo hogar es una pequeña empresa económica que debe funcionar y producir inmediatamente. Los padres y los vecinos ayudan a los novios, casados o no, a levantar unas casuchas que servían de hogar. Unas pocas ovejas, algunos aperos de labranza, más o menos primitivos, un perro y, cuando se trata de gentes acomodadas, un caballo, un buey y una o dos vacas, constituyen el capital inicial de esta nueva empresa y el fundamento de la felicidad o la desventura de los amantes. Las risas, las canciones y los halagos no tienen sitio en este cuadro de parquedad y pobreza colectivas.
Pero María cantaba a veces y se reía con una risa como la del arroyo. Percibía su felicidad y la mostraba, lo que era inusitado. Juan tenía que alzarse por encima de sí mismo para amarla. Le gustaba que su mujer se riera y al volver a su rancho, solía detenerse antes de entrar, para escuchar su voz suave. Ella pagaba la comprensión y el cariño de Juan con efusiones propias que a su vez la sorprendían…
Juancito, el primer hijo, nació casi inmediatamente después del matrimonio y la Marucha llegó a los dos años justos. Cuando sus hijos comenzaron a ser algo más que pequeños animalitos, las emociones de la paternidad fueron evolucionando y tomando forma en el alma de Juan. Consideraba a Juancito como a su igual, como a su amigo, como a otro hombre. La ternura para con el muchacho tenía que ser y era profundamente subterránea, imperceptible para los demás pero completamente clara para este hijo suyo, tan igual a él. Era como si existiese entre los dos un secreto entendimiento.
Con Marucha era otra cosa. Ella era como su madre, bulliciosa, atrevida, reidora. En su cariño por esta chiquita, Juan reconocía el amor a su mujer con un nuevo ingrediente que lo hacía más profundo y tenía la virtud de darle a él una efusividad de que carecía habitualmente. Alguna vez, incluso llegó a besar a esta su hija, si bien procuró siempre que nadie lo viera haciendo semejante cosa.
Eran jóvenes, fuertes, y trabajaban todos los días del año pero no prosperaban. La tierra era magra y pequeña. Las lluvias irregulares. Cuando contemplaban este panorama capaz de ensombrecer su alegría y la vida de sus hijos, se abrió una perspectiva en el horizonte: irse a trabajar a las minas.
Llegaron unos vecinos que habían estado ausentes por largo tiempo. Recobraron la chacra que habían vendido al partir y compraron varias otras. Adquirieron ganado, levantaron una nueva casa. Era visible que se habían enriquecido, al menos en la módica escala que constituye la medida de la fortuna entre los campesinos. Cómo y dónde, no era un secreto para nadie. Habían estado en las minas en donde pagaban salarios hasta de diez y quince pesos por día, lo que era suma extraordinaria para gentes que a veces no veían tales cantidades en meses enteros. Es verdad que el hombre llegó enflaquecido, esquelético, tuberculoso, pero la mujer y los hijos parecían lozanos y llenos de vida.
Juan Mamani Poma y su mujer la María, deliberaron brevemente. Trabajarían en las minas por unos años, quizá cinco, quizá menos. A su regreso, tratarían de comprar la propiedad del patrón, en la que eran colonos. Era pequeña pero para ellos sería suficiente.
Y se fueron. Como ellos y con ellos, muchos otros se lanzaron a la aventura de las minas, como sus padres, una generación antes, se habían dejado vencer por la tentación de las salitreras en la costa de Chile.
Las penurias del viaje fueron excesivas. Camiones cargados de gente hasta lo inverosímil, marchas a pie por días enteros, con los niños a la espalda. Al abandonar el vale y subir a la montaña, el frío, este frío cruel que parece defender a zarpazos las cumbres de la cordillera contra la profanación codiciosa de los hombres, hizo llorar a los chiquillos. La María mostró el temple de su alma y el vigor de su cuerpo de hembra joven en estas andanzas.
Al principio todo fue bien. Juan se contrató inmediatamente. Musculoso, elástico y con menos de treinta años, sería un barretero de primer orden. El salario no resultó ser tanto como decían, pero aun esos cinco o seis pesos diarios harían una respetable cantidad mensual. Les dieron unos tugurios por casa pero él se dio modos de levantar tres habitaciones, casi decentes, apoyando una de las paredes, la del fondo, contra la roca.
La María, tiritando de frío, trabajaba de la mañana a la noche haciendo primero comida y después chicha para otros peones que habían venido de su mismo valle y que eran solteros o habían dejado a sus familias. Las caritas de Juanito y la Marucha se agrietaron al principio hasta sangrar, pero después se habituaron al frío. Jugueteaban sin descanso por las lomas casi verticales de esta codillera con entrañas de wólfram, Juanito haciendo de minero, horadaba las partes blandas que podía encontrar en la roca, utilizando el cuchillo de cocina de su madre, la que protestaba todo el día por esta causa. La Marucha, prendida al saco de su hermano, pretendía cocinar, como su madre, en pequeños cacharros que le había comprado su padre. Las delgadas trenzas de cabello que le colgaban a la espalda más de una vez, fueron objetos de las iras del hermano que alegaba que la comida no había estado a tiempo.
Los niños, con la tez oscura y agrietada y la María con las manos rajadas, eran el encanto y la razón de ser de Juan. Su pena era que los veía poco. Salía de la casa a las cuatro de la mañana y con frecuencia doblaba su jornada para ganar más. Cuando volvía por la noche, estaba rendido, sin fuerzas ni para hablar. Después de sostener por ocho horas el taladro contra la roca, los oídos y el cuerpo entero continuaban vibrándole con el implacable ritmo de la máquina. Al día siguiente a comenzar de nuevo. Otras veces entraba al turno de la noche, pero esto sólo tenía significación en lo que se refería a su mujer y sus hijos porque para él, dentro de la mina, a cientos de metros de profundidad, era siempre de noche. El aire enrarecido y el calor subterráneo, daban a los obreros una semi-lucidez suficiente para sostener el taladro en las direcciones indicadas por el ingeniero, y para empujar las carretillas de mineral y palear la tierra, pero para nada más. Los trabajadores semi-desnudos empujaban o cargaban las carretillas o barrenaban las paredes, iluminados por lamparillas de acetileno cuya pequeña llama se extendía en la oscuridad en búsqueda desesperada de oxígeno.
La sensación de ser un gusano atrapado y perdido en un laberinto subterráneo, torturaba a veces la mente de Juan. Entonces, el pesado aire del socavón le parecía la continuación de la roca oscura, con alucinantes puntos luminosos que eran las lamparillas lejanas de los otros trabajadores. Para romper esta fascinación, abandonaba repentinamente el taladro y echaba a correr dando gritos, golpeándose contra las salientes del socavón, hasta recobrar, por la
violencia del esfuerzo y los golpes, la noción de tiempo y lugar.
Durante una de estas embestidas contra la oscuridad fue que conoció a Condori que se echó a reír a carcajadas al ver por primera vez a Juan, corriendo enceguecido dentro del socavón. Ahora, en la chichería, era precisamente Condori quien estaba divirtiendo a los circunstantes con el relato de esta extraña costumbre de su amigo.
-Sí, doña Carmen. Le juro por lo más sagrado. Así como estoy diciendo, como un loco siempre se echa a correr éste a veces y da unos gritos de fuertes que hay que oír.
-No diga… ¿Y por qué hace eso? -preguntó sin disimular su interés por el guitarrero la bailadora fea.
-Dice que es para sentirse vivo, para no quedarse pegado a la pared del socavón… para no volverse piedra -intentó explicar Condori y después agregó volviéndose a Juan:
-A ver ché, explica pues ché, por qué haces esas operías…
Juan se quedó sorprendido al comprobar que desde hacia rato era el tema de la conversación, y que su amigo Condori estaba haciendo reír a los parroquianos medio borrachos y a las hijas de la Puka Senkha, con el relato de sus extrañas actitudes dentro de la mina. La ruidosa hilaridad de Condori le obligó a responder:
-Mentiras está diciendo éste… así hablador siempre es -y Juan buscó salir del paso con algunas frases vagas.
Se levantó del banquillo de adobes en que estaba sentado, apoyó la guitarra que había dejado de tocar hacía rato y se fue al patiecillo interior. Allí encontró a Gonzáles, el arriero de Tapacarí, y la conversación se anudó espontáneamente entre los dos.
-Yo me quiero ir y ese hablador del Condori está habla que te habla. Tengo que madrugar antes del amanecer. Capaz que nieve, el cielo está muy cargado -y después de un segundo silencio, Gonzáles preguntó:
-¿Tú vas a entrar a trabajar mañana?
-No. No puedo. No sé qué hacer. Mi mujer se ha muerto la otra semana… -aquí pareció hacérsele un nudo en la garganta. Tragó aire y saliva y continuó:
-Pulmonía le ha dado saliendo de la cocina caliente y este viento helado que no pasa nunca…
-Ah…
-En menos de una semana se ha muerto…
-Qué caray…
-Ahora mis hijos, el Juanito y la Marucha, no tienen con quién quedarse. Unos paisanos que comían también en mi casa porque la María les daba pensión, han tenido que mudarse porque ya no hay quién les prepare la comida. Yo no sé qué hacer…
-¿Ya son grandes tus hijos? Esa que dices la Marucha ya podría cocinar…
-¡Si es chiquita! Tendrá como cuatro años y el otro es como dos años más grande. Más grande. Más bien querría irme de aquí…
-Eso sería lo bueno. Esta vida en la mina es muy fregada.
-Pero es que debo a la Compañía y tengo que trabajar siquiera como seis meses para pagar. Toda nuestra platita la he gastado en remedios y para nada…
-¿Por qué no te escapas?…
-Tú no sabes lo que son esos forajidos de la Policía Minera… Y como tienen buenas mulas… Además con las guaguas no se puede…
Se interrumpió la frase porque una súbita idea le iluminó la mente.
-Tú te estás yendo a Tapacarí ¿no?
-Sí, ese es mi pueblo, pero ahora pocos días nomás voy a quedarme allí.
-¿Tu mula y tu burro están yendo vacíos?
-No… Sí… sin carga, claro.
Mamani se acercó en la oscuridad un poco más a Gonzáles. En voz baja, con entonación de pregunta y suplica al mismo tiempo dijo:
-Llévamelos a mis hijos hasta Tapacarí. Tus animales están yendo sin carga y no te cuesta nada… Yo te daré alcance en el pueblo. Mañana en la mañana entraré a trabajar. Así no notarán nada. Mientras tanto tú te llevas a mis hijos. En todo el día tienes tiempo de sobra para llegar. Me han dicho que no son más que seis leguas…
-¿La Policía Minera? -comenzó a objetar Gonzáles.
-No los conocen a mis hijos. Esos sólo buscan a los obreros que se escapan debiendo a la Compañía o a los que roban mineral.
Gonzáles sufrió un sobresalto ante esta última frase y quiso saber hasta dónde los chistes de Condori habían sido creídos por Mamani.
-Sí, dicen que persiguen mucho a los que roban mineral, pero a mí eso no me importa, aunque hable zonceras ese borracho del Condori…
La respuesta llegó sincera y franca:
-Claro. Tú no le hagas caso nomás. Así siempre es. Yo le conozco. ¿Los llevas a mis hijos?
-Mi mula está matada y el burrito no ha descansado bien…
Mientras decía esto último, Gonzáles estaba haciendo mentalmente la cuenta de cuánto podría obtener de Mamani en la desesperada situación de éste, a cambio de llevar a sus hijos sanos y salvos, con un día entero de anticipación a su huída, que sin duda se produciría la noche siguiente.
El estado de ánimo de Mamani no le permitía medir la magnitud del pícaro que tenía al frente, y como le parecía lógico pagar el flete de las acémilas, se adelantó a ofrecerlo:
-Mis guaguas no pesan nada. Son bien guaguitas todavía. Tu burrito puede llevar a los dos. Además, el flete, claro que te he de pagar…
Gonzáles siguió ponderando silenciosamente el problema como si fuese algo más grave o más difícil de hacer de lo que en realidad parecía. Mamani interrumpió su reflexión:
-Llegando a Tapacarí me los tienes en tu casa nomás. Mañana en la noche o al amanecer yo también ya he de llegar…
-No hay caso. Ya te he dicho que mi burrito está cansado y la mula no puede llevar ni caronas porque tiene una mata así de grande…El ademán exagerado que hizo con los brazos abiertos, se perdió en la oscuridad.
-Además, no quiero meterme en líos con la Policía Minera.
-Pero ellos no tienen nada que ver…
-Sí, pero cuando tú te vayas, seguro que han de saber que yo he llevado a tus hijos y no podré traer carga a la mina.
-¿Cómo han de saber? Cuando yo me vaya todos han de decir que me he llevado al Juancito y la Marucha. No los voy a dejar, también, en esta mina de…
-Y por el flete nomás, zoncera sería…
Mamani comenzó a ver claro el asunto. Era simplemente cuestión de cuánto pudiera ofrecer. Estaba dispuesto a pagar bien y no tuvo inconveniente en decirlo.
-Te voy a pagar el flete del burro y además de la mula que va a ir sin carga…
-Ah, no. Eso no es nada… veinte pesos… para qué siquiera hablar…
-¿Cuánto quieres entonces?
-Ni por doscientos pesos querría verme las caras con los de la Policía Minera.
Ante esta reiterada alusión a las autoridades, Mamani comenzó a sospechar si las bromas de Condori serían algo más que bromas; si en efecto este arriero sería más bien un ladrón de minerales que encubría sus actividades con el pequeño comercio que podía trasladar de mina en mina, a lomo de sus flacas y maltrechas acémilas. Quiso tantear cómo reaccionaría el hombre y dijo como para sí:
-Qué siempre te han hecho los de la Policía a ti, pues. Ni que fueras uno que rescata minerales para venderlos afuera…
La reacción no se dejó esperar:
-Eso es mentira -interrumpió Gonzáles al darse cuenta inmediata de que había ido muy lejos en sus exigencias y que, de tanto referirse a la Policía Minera, dando expresión sin duda a su miedo subconsciente, había resultado cogido ahora en su misma trampa. Buscó corregir su error moderando sus pretensiones.
-No es sólo por ellos. Es también por los animales que están muy mal. Como eres amigo del Condori que es mi paisano, te cobraré ciento cincuenta pesos y te entrego a las guaguas en Tapacarí cuando llegues…
Era un robo, pero Mamani estaba dispuesto a dejarse robar. Desde que vio la posibilidad de huir de la mina, de volver a su valle, a la vera de su pequeño río, entre las chacras de maíz, a la sombra de los árboles, le pareció que había de nuevo esperanzas, si no para él, herido interiormente por la muerte de la María y extenuado físicamente por el brutal trabajo de barretero, al menos para sus hijos. Eran ellos a quienes quería salvar ahora. Era por ellos y con ellos que deseaba huir. La perspectiva para Juanito y la Marucha de una vida sin esperanza ni alegría en este desierto rígido de sinuosidades gigantes, a cuatro mil metros de altura, sin vegetación alguna, le pareció de pronto una pesadilla. ¿Qué sería de ellos? Habitualmente extraño a la ternura por la herencia de parquedad emocional que corría por sus venas de mestizo juntamente con la sangre indígena, esta vez la pena presentida le estrujó el pecho ante la visión de lo que podía esperar a sus hijos. Estaba dispuesto a dar todo lo que tuviese.
-Te pagaré cien pesos y eso porque no tengo más. Ya te he dicho que con lo que se ha muerto mi mujer lo hemos gastado todo. Te juro por Dios que no tengo más…
-Bueno, está bien. Yo voy a salir antes que amanezca, a eso de las tres. Tengo que apurarme porque va a caer una nevada y en la cumbre es capaz de helar hasta a las llamas. Tú no eres de por aquí y no sabes lo que es eso… Quién sabe si podrás bien pasar la cuesta mañana por la noche.
-Yo he de poder nomás, pero ten cuidado con mis guaguas. Si algo les pasara a ellos yo no sé…
-Claro. Los vamos a envolver bien, pues. Siempre tendrás unas frazadas. Mejor saldremos juntos de aquí, dentro de un rato y así nos vamos a tu casa y sacamos a tus hijos. Yo voy a ensillar los animales en la casa del Condori. Es mejor salir de ahí. Vive en la orilla del campamento.
-Sí, es mejor. Mis pobres guaguas van a tener mucho frío… Su voz estaba ronca por la emoción contenida.
Entraron de nuevo a la habitación donde habían estado bebiendo.
-Juanito… Juanito…
-¿Tatay…?
-¡Levántate!
-¿Ya te estás subiendo a la mina, tatay?
-No. Tenemos que irnos. Levántate y vestí a la Marucha. Apúrate… Apúrate.
Mamani encendió una vela de sebo, a medias consumida. A su luz temblorosa y desigual, pudieron verse los ojos de Juanito, enormemente abiertos. El niño pugnaba por despertar del todo. Cuando se incorporó al fin y empezó a ponerse el pantalón de bayeta, Gonzáles que estaba parado junto a Mamani Poma, pudo apreciar que se trataban de un niño mestizo como su padre y como él mismo, de unos seis años de edad, con expresión inteligente. Juanito miró a Gonzáles primero y después a su padre como preguntándole quién era el visitante. Mamani Poma explicó:
-Con este amigo se van a ir antes de que amanezca.
La sorpresa del niño encontró su curso en una pregunta ansiosa,
hecha en quechua como para asegurar mayor intimidad:
-¿Khanri?
Tendría que explicar sin duda. El niño era demasiado perspicaz para ser engañado simplemente.
-Yo voy a ir detrás de Uds. En la noche. Nos vamos a escapar porque si no, los carabineros de la Policía nos agarrarían. Tú ya eres un hombre y le vas a ayudar a la Marucha que es chiquita. Nos vamos a volver al valle, pero primero vamos a ir a la casa de este amigo en Tapacarí. Ahí me van a esperar.
-¿Solitos vamos a ir?…
-No. Con este amigo que los va a llevar hasta su casa.
-¿Y mi mamita por qué no viene?…
Lo inesperado de la pregunta dejó atontado a Mamani. Tragó un bocado imaginario y comentó:
-Sí. Ella también va a venir. Pero apúrate. Ponte tu ponchito y tus medias de kaito. Está haciendo mucho frío afuera…
Después se arrodillo en el piso de tierra para despertar a la Marucha que dormía sobre unos cueros de oveja tendidos en el suelo.
-Marucha… Maruchita… Ritchariy.
Levantó a la chiquilla en sus brazos y ella abrió los ojos, vio a Gonzáles y se echó a llorar.
-¿De qué estás llorando? A ver, ¿de qué?…
Al oír la voz de su padre y caer en cuenta que estaba en sus brazos, la pequeña Marucha se tranquilizó y quiso volver a dormirse para lo que estaba acomodándose mejor cuando Mamani la hizo parar en el suelo. Así la despertó del todo. Le acarició los cabellos y la cara. Intervino Juancito:
-Nos estamos yendo Marucha. Ven, te voy a vestir antes que los carabineros vengan…
La amenaza hizo llorar de nuevo a la niña pero el padre la consoló. Ella se dejó vestir, soñolienta. Era una chiquilla de unos cuatro años, con el cuerpecito que permitía adivinar lo que sería a los treinta; buena moza, más sólida que esbelta, con las caderas anchas, las piernas robustas, el seno amplio y los brazos fuertes. Al mirarla, Mamani Poma, vio a su mujer cuando era niña. Para ahuyentar el recuerdo se puso a ordenar apresuradamente unas alforjas con lo más necesario para el viaje. Después hizo el desayuno en la pieza siguiente ayudado por Gonzáles. Envolvieron a los niños en gruesas frazadas de lana de oveja toscamente tejida, y se los llevaron en brazos. Apenas era posible caminar por la senda que bajaba y subía como un hilillo blanco en medio de la oscuridad.
Era aún de noche cuando Mamani Poma probó por última vez si las ataduras con las cuales estaban sujetos sus hijos al lomo de un pacífico asno, eran lo suficientemente fuertes como para evitar la caída de los niños en alguna de las interminables subidas y bajadas que tendrían que recorrer antes de llegar a Tapacarí. El grupo compuesto de Gonzáles, Mamani Poma, Juancito y la Marucha, con el agregado de una mula y el asno en el que cabalgaban los niños, se detuvo al llegar al extremo del campamento. Las últimas casuchas habían quedado a alguna distancia. El grupo estaba en el fondo de una quebrada desde la cual partía la cuesta de salida al camino de Tapacarí.
-Bueno… -dijo Gonzáles volviéndose a Mamani- de aquí te volverás…
-Sí -respondió Mamani-. Ahora me regreso y entro en la mina en el turno de las cuatro para salir a las doce del día. Después de dormir un poco, me escapo en la nochecita y mañana a esta hora ya voy a estar en Tapacarí.
-Seguro. Son seis leguas nomás y no te puedes perder. El camino es claro, pero la nieve te ha de embromar. Fijo que hoy en la tarde va a nevar…
-¿Cómo sabes…?
-Mirá el cielo cómo está de cargado y con este frío más, nevada va a ser. Los animales también están apurados y ellos saben bien…
Efectivamente, la mula y el asno se movían inquietos. En la oscuridad se oyó la voz de Mamani Poma:
-Juanito, vas a cuidar bien a la Marucha. No la vas a hacer llorar. En la alforja hay khokhahui para cuando tengan hambre.
-Sí tatay…
-Yo voy a ir detrás de Uds…
-¿Con mi mamita vas a venir, no?…
-Sí…
Gonzáles intervino:
-Bueno… Nos tenemos que apurar…
Mamani Poma se dejó vencer por sus sentimientos una vez más y abrazó y besó a la Marucha que, semidormida, cabalgaba en el asno delante de su hermano que le tenía sujeta la espalda y la cabeza. La chiquilla despertó un poco y sonrió a su padre. Después, Mamani Poma, abrazó y besó a Juanito.
-No te vas a tardar tatay…
-No. En un ratito yo voy a venir detrás de Uds…
Gonzáles arreó las bestias que comenzaron a trepar la cuesta.
El amanecer apenas era perceptible a causa de las densas nubes que cubrían el cielo. Faltaban todavía bastante para llegar a la cumbre. Marucha estaba dormida y Juanito cabeceaba por momentos, para despertar sobresaltado, con el temor de caer del asno arrastrando a su hermanita, cuya pequeña cabeza tenía apoyada en uno de sus hombros. Gonzáles venía detrás, a pie, sin apurar a las bestias cuya prisa parecía ser aún mayor que la de él.
-Agarra bien a la Marucha Juanito. Voy a apretar la cincha para la cuesta.
-Está durmiendo…
Viajar en la cordillera es subir y bajar sin descanso. Las sendas por las cuales sólo las bestias y las gentes habituadas pueden transitar, suben como un gusano interminable, kilómetro tras kilómetro, legua tras legua para alcanzar la cumbre de un murallón gigante y precipitarse al otro lado, retorciéndose con angustia, hasta el fondo de una quebrada, cuyo hilillo de agua cristalina y helada cruza por debajo, y con renovado impulso, trepan el murallón del frente, aún más alto que el otro, para precipitarse de nuevo al fondo. Y así, sin cesar, una hora después de otra, un día después de otro…
-Bueno. Vamos… -y el grupo reanudó su marcha.
La belleza de una gran cadena de montañas, contemplada de estas cumbres, es sólo comparable a la belleza eternamente cambiante del mar. Y como el mar, la cordillera nunca es igual a sí misma. Cambia de color con las variaciones de la luz; cambia cuando las nubes le ponen un manto inmenso de sombra sobre sus lomos; cambia con cada paso del que la mira. Ansiosa de exhibirse, presenta una nueva silueta, una nueva forma a cada vuelta de sus salientes. Su grandeza es desolada y solemne. Cuando al fin los temblorosos pies del viajero han alcanzado una elevación que se alza sobre todas las otras, quizá a cinco mil metros, de nuevo la imagen del mar es la única comparación admisible. Pero de un mar cuyas olas agitadas por una tempestad terrible se hubiesen petrificado de repente.
En nada de esto pensaba Gonzáles al caminar aprisa detrás de sus acémilas. Habituado a la cordillera desde su niñez, sólo su ausencia habría podido causarle inquietud o emoción. En cuanto al mar, no lo conocía y apenas tenía noción de su existencia. Para él, el término del mundo estaba allí donde la montaña se rebaja tanto que se convierte en colina insignificante.
Su mente estaba ocupada en otra cosa. ¿Estaría el indio Pedro, cuyo apellido nunca llegó a saber, estaría esperándolo de acuerdo a lo prometido, en su choza oculta en una arruga de la cordillera? Tendría que seguir por esta senda una media hora más. Después dejaría a los niños esperándolo en el camino y bajaría por una huella, casi invisible a la casa del indio para recoger el mineral que le había prometido para este viaje. En general todo había ido bien por largo tiempo en este negocio de rescatar mineral robado.
El indio Pedro, viejo taimado pero honesto, iba a la mina a vender leña. Su presencia no despertó jamás desconfianza. Era como un pedazo de la misma cordillera, como su mismo color, con igual tranquilidad inmutable. Por lo demás, todos estaban habituados a su presencia intermitente en el campamento. Recogía el mineral de poder de aquellos obreros que le había indicado previamente Gonzáles y se lo entregaba en su choza a cambio de algunas provisiones como azúcar, coca, maíz, harina. Raras veces exigía dinero. Era viejo y sólo se contentaba con vivir pegado a sus rocas como un molusco.
Pero algunas veces se emborrachaba con el exiguo producto de la leña que había vendido y entonces desaparecía por días enteros. Gonzáles, constantemente atemorizado ante la perspectiva de caer en manos de la Policía Minera, vivía horas de angustia esperándolo acurrucado en la choza. Ayer precisamente lo había visto bebiendo en la mina. ¿Estaría esperándolo ahora?
Para empeorar la situación, no sólo estaban los niños, que constituían una sobre-carga para sus acémilas después de recogidas las bolsas de mineral, sino que también el día se presentaba amenazador. Su experiencia de toda una vida, le había enseñado a temer las tempestades de nieve en la cordillera. Él sabía bien que en estas montañas de aire seco y helado, nieva rara vez. El viento constante arrastra las nubes hacia los valles. La nieve perpetua se mantiene en los picos, quién sabe desde cuándo, por el terrible frío que hace allí. Pero cuando cae una tempestad de nieve, es sencillamente terrorífica. No es comparable a una tempestad de granizo, en la que las pequeñas bolas de hielo que caen del cielo danzan sacudidas por ráfagas de viento que se llevan la tempestad entera de cumbre en cumbre y acaban por disolverla. Lo único de temer entonces son los rayos que iluminan las crestas elevadas, como latigazos a la soberbia de las alturas. Si no se tiene encima un poncho de vicuñas, que atrae los rayos, todo se reduce a esperar, protegido por cualquier roca durante unas horas. Después brilla de nuevo el sol.
Con las tempestades de nieve es otra cosa. Entonces se pierde el viento, como si hubiese ido a descansar de su fatiga eterna. El aire, vibrante casi, a fuerza de enrarecido, que envuelve habitualmente la cordillera, se vuelve denso y pesado. Y la nieve cae. Cae sin cesar, día tras día, ocultando todas las sendas, haciendo imposible el paso por las abras, poniéndole una interminable camisa blanca a la desnudez de los flancos soberbios de la montaña. No es posible orientarse porque no se ve. Los finos vellones que caen, dan vueltas al cuerpo, danzan con movimientos fantásticos frente a la cara, se le introducen a los ojos, a la boca, a cuanta abertura pueden encontrar en la ropa. Su contacto suave produce escalofríos. Además de la orientación, se pierde el control, la sensibilidad, la proporción de las cosas. La obsesión de echarse a descansar lucha sin tregua en la mente con la convicción instintiva y vital de que no hay que ceder. Es necesario continuar caminando, incluso a riesgo de precipitarse en un abismo. El que cede, el que se sienta al menos, está perdido. La conciencia lo abandona progresivamente, un estado de calma lo invade mientras la nieve cae bailando ante sus ojos, sobre la cara, sobre el cuerpo, sobre los pies helados…
Gonzáles llegó al punto del camino en el que tenía que tomar decisión. Llevar consigo a los niños a la casa del indio Pedro le parecía cada vez más un absurdo. Tendrían que bajar por una senda imposible, casi dos leguas. Las bestias no podían resistir, teniendo en cuenta sobre todo la doble carga, el mineral y los niños, con la cual debían regresar. Como había pensando antes, quería dejarlos en esta parte del camino, donde el desvío a la casa de Pedro comenzaba. Pero el problema estaba en que no volvería a salir al mismo sitio sino dos leguas más adelante. En realidad, tenía que recorrer dos lados de un triángulo, en uno de cuyos vértices estaba ahora mientras que la casa del indio estaba en el otro y el punto donde pensaba retomar el camino venía a ser el tercero. Pero ¿Qué hacer con los niños? Si ellos pudieran caminar las dos leguas que los separaba del sitio donde él retomaría el camino, no habría problemas. Pero, ¿podrían ellos hacerlo? Y la tempestad que sin duda iba a desencadenarse antes de lo que él mismo había creído…
Por una vez en su vida mezquina y oscura, un pensamiento generoso cruzó por su mente: abandonar el mineral, no ir a lo de Pedro y continuar con los niños a toda prisa para llegar cuanto antes a Tapacarí; pero, ¿podría recoger alguna vez ese mineral? Nunca sabía uno si el mismo Pedro no había sido sorprendido por la Policía Minera. Si en su viaje siguiente, que tendría que ser después de meses, él mismo no sería descubierto. Si el indio, al encontrarse falto de provisiones, no haría alguna otra transacción. Y eran cientos de pesos, quizás más de mil…
No. No haría semejante estupidez. Desechó definitivamente la idea. Finalmente, ya encontraría una solución después de tener el mineral seguro, regresando por el camino a buscar a los niños si ellos no habían alcanzado todavía su punto de salida. Después de todo, era muy temprano y sólo tendrían que hacer de cuatro a cinco leguas en el resto del día. Miró el cielo cuyas nubes, de tan bajas que estaban, podían tocarse con la mano. La tempestad se estaba convirtiendo en amenaza inminente.
-Aquí se van a bajar Juanito.
La voz de Gonzáles, que le sonó extraña a él mismo, asustó al niño semidormido. Juanito no tenía conciencia de la tempestad natural que amenazaba a todos ni de la tempestad de conciencia que estaba torturando a Gonzáles. Despertó con la impresión de estar cayéndose y sujetó a su hermanita nerviosamente contra sí. El asno y la mula detuvieron su marcha porque Gonzáles estaba parado en medio del caminillo.
-¿Aquí es Tapacarí? -preguntó el niño.
-No todavía. Lejos todavía es, pero yo tengo que recoger una carguita de allá abajo -y señaló con el brazo extendido la lejana
profundidad de la quebrada en cuya ceja se encontraban.
La Marucha, que venía adormecida con la marcha rítmica del
asno, se despertó también.
-Tatay… mamita… -y al no recibir respuesta y ver un extraño delante, se puso a llorar.
-Ama huakhaichu. El papá está viniendo con la mamita -dijo Juanito para consolarla. Marucha siguió llorando.
Gonzáles aflojó las ataduras que sujetaban a los niños y Juanito se deslizó suavemente al suelo. El arriero tomó en brazos a la niña y la hizo parar al lado de su hermanito. Sacó de la alforja un poco de mote envuelto en un pañuelo mugriento y se lo extendió a los niños. La Marucha extendió sus manecitas y se calló. Era indudable que no podía llorar y comer al mismo tiempo.
-Ahora tienen que caminar un poco -comenzó a explicar suavemente Gonzáles. Por este mismo caminito van a ir. No se pueden perder. Yo voy a bajar allí, a la quebrada para recoger unas carguitas y les voy a dar alcance en un ratito…
-No te vas a tardar, pues… -insinuó Juanito.
-Si es un rato. Uds. caminen nomás siempre, por este camino. Llévala a la Marucha de la mano. El mote también les voy a dejar para que no llore…
Mientras decía esto, arreglaba las caronas de los animales para evitar que se cayera en la violenta bajada que tenían por delante. Dirigió las acémilas hacia un sendero casi invisible, prorrumpió en un silbido corto y agudo y la mula se adelantó a bajar.
-Bueno… Caminen nomás siempre… apuraditos… Yo les voy a alcanzar en un ratito…
Y se fue tras sus animales.
Los niños de aquella cordillera, que se aterrorizarían ante una bicicleta y saldrían huyendo enloquecidos ante el ruido de un tranvía urbano, no se asustan de la soledad de las montañas. Están habituados a que el más próximo vecino tenga su casa a dos o tres leguas de distancia. Además, los niños creen en las promesas con toda la fuerza de su inocencia. Juanito y la Marucha iniciaron despacio su marcha a lo largo del caminillo que tenían ante sí. Los menudos pasos de la chiquilla, atareada comiendo el mote, apenas si le permitían avanzar. A este paso, no irían las dos leguas que podían ser su salvación ni en una semana.
-Apúrate Maruchita.
-Yo quiero esperar a mi mamita…
Juanito la tomó por la mano y comenzó a estirarla levemente. Los pequeños pedruscos de la senda labrada en la roca, constituían serios obstáculos para su marcha.
Gonzáles caminaba a toda prisa arreando sus acémilas. Después de todo, quería tener tiempo, antes que comenzara a nevar, para regresar en busca de los niños. Hasta se prometió salir a este mismo punto del camino en vez de dos leguas más adelante porque sabía muy bien que una chiquilla de cuatro años y un muchacho de seis no irían muy lejos.
Cuando al término de una marcha precipitada de una hora o poco más, llegó a la choza el indio Pedro, éste no estaba pero había fuego encendido en un pequeño hogar de una esquina. Era indudable que el indio había regresado de la mina por la noche. Probablemente habría ido por agua al fondo de la quebrada. Gonzáles se metió en la choza y se quedó a descansar junto al fuego. Transcurrió un largo rato.
Inquieto al fin salió a la puerta y le llamó la atención el que la luz del día en vez de aumentar, estuviese disminuyendo. Nuevamente tuvo la impresión de que podía tocar el cielo con la mano. Vio al indio Pedro que estaba trepando del fondo de la quebrada con un pequeño cántaro de barro sujeto a la espalda por unas correas de cuero sin curtir. Le hizo señas para que se apurase. Cuando al fin llegó, quiso terminar cuanto antes la transacción.
-Aquí están la coca, el azúcar y todo lo demás. Entrégame el mineral porque me tengo que apurar…
-No te puedes ir ahora. En un rato más va a comenzar la nevada y tú sabes lo que es eso.
-Ahora me tengo que ir. Tengo que apurarme porque hoy siempre tengo que llegar a Tapacarí.
Ni siquiera al indio Pedro quería explicarle la verdadera causa de su apuro. Sabía que este viejo de alma recta, lo juzgaría como un malhechor. Conocía lo suficiente a este hombre como para saber que él no cambiaría la vida de una pequeña llama por cien toneladas de wólfram.
-Pero no te puedes ir. No vas a llegar. Te vas a helar en la cumbre sin encontrar la senda.
-Yo conozco bien el camino. Desde chico estoy andando por aquí.
-Yo he nacido aquí y las llamas también y ni siquiera las llamas que están afuera podrán salvarse.
-No hables más-. La actitud imperante del mestizo ante el indio, tan habitual en las relaciones mutuas de estos dos grupos humanos, apareció en la voz y el ademán de Gonzáles-. Ahora me tengo que ir, pase lo que pase.
El indio tuvo para sí que el arriero temía ser alcanzado por la Policía Minera y se calló. Entregó y ayudó a cargar las saquillas de mineral, y Gonzáles partió cuando empezaba a nevar.
Por un momento dudó cuál senda seguir: si la que salía al camino dos leguas adelante o aquella por la que había venido. Por poco que hayan andado, se dijo a sí mismo, los niños habrán avanzado algo en estas tres o cuatro horas. Será mejor salir adelante y regresar en busca de ellos, que darles alcance por detrás. Y tomó la senda que le haría avanzar dos leguas.
Fue una lucha cubrir esa distancia. La densidad de la nevada iba en aumento. Con toda su experiencia de la cordillera, por momentos le costaba encontrar el caminillo que debía seguir. Las bestias no estaban menos inquietas que él. A cada momento pretendía regresar a la choza del indio Pedro donde había un corral para protegerse contra las inclemencias del tiempo. Gonzáles iba con la obsesión de trasponer el abra, una legua más allá de la reunión de ambas. Aquella por la que los niños debían estar viniendo, era algo mejor, más ancha, más visible. Tardarían más en desaparecer debajo la nieve. El frío inmediato no era muy intenso pero resultaba difícil ver por la densidad de la precipitación atmosférica. Cuando finalmente salió al camino en el que había dejado horas antes a los niños, varios kilómetros atrás, el conflicto que estaba torturando su espíritu hizo crisis.
¿Qué hacer? La tempestad estaba en toda su fuerza aterradora. Para imponer mejor su presencia, los rayos iluminaban el día gris y repentinamente ráfagas de viento parecían huir o ocultarse en las quebradas profundas. En unas horas más, la senda estaría perdida del todo, todos los pasos serían impracticables y su esperanza de trasponer el abra se habría desvanecido. Si al menos los niños hubieran avanzado una legua, si estuvieran siquiera a mitad del camino que debería desandar…
Pero él sabía bien que no podía ser. La tempestad había comen-
zado demasiado temprano y era imposible que Juanito y la Marucha que apenas podían caminar con seguridad, hubiesen podido avanzar luchando contra los elementos desencadenados. ¿Qué sería de ellos? Volvió la cara, sombrío en el vano intento de atravesar con la vista la pesada cortina de nieve que se precipitaba interminablemente y distinguir las dos pequeñas figuras aproximándose. Después, hizo una cruz con los dedos de la mano derecha, alzó el brazo y en el aire, trazó una cruz grande en la dirección en que los niños estarían en ese momento, besó la cruz de la mano y se fue camino del abra abandonando a Juanito y la Marucha.
Cuando la tempestad comenzó, la Marucha rompió a llorar. Juanito iba a seguirla pero se acordó de la recomendación paterna: "Vas a cuidar a la Marucha… ya eres un hombre…"
-No llores. Ya va a venir el arriero… -su voz no era muy convincente.
-Yo quiero a mi mamita… ¿dónde está mi mamita…?
-Está viniendo con el papá… ya van a llegar…
No habían avanzado quinientos metros. La Marucha caminaba con dificultad y se había cansado pronto. Con los primeros rayos y el silbido del viento, el terror se apoderó de ambos. Entonces Juanito tomó una decisión.
-Aquí vamos a esperar…
Él estaba llorando también.
Hizo sentar a su hermanita en pleno camino y se sentó a su lado. Ambos estaban tiritando de frío y terror.
Los rayos cesaron y el viento se fue. No había campo en el espacio sino para la nieve que caía siempre igual a sí misma, pesada, tenazmente. Los últimos restos del viento rezagado, hacían remolinos con los copos flotantes y se precipitaban a las quebradas profundas. Después, otra vez el silencio de la nieve que caía…
Marucha fue perdiendo la conciencia más rápidamente. Dejó de llorar y se recostó en el suelo. Juanito, que aún lloraba, acomodó uno de sus brazos como almohada para ella y la abrazó con el otro. Se apretó contra el cuerpecillo de Marucha tanto como pudo en el vano intento de protegerla y protegerse. La sensación de cansancio invadió su mente y su llanto entrecortado se apagó.
Siguió nevando tenaz, silenciosamente.
La nevada cayó por dos días y una noche como si el cielo entero
hubiese querido volcarse sobre la cordillera. Después la atmósfera quedó límpida y brillante. El frío se hizo intolerable. Todas las montañas que podían verse estaban cubiertas de nieve que, con la salida del sol, se solidificó hasta adquirir la transparencia del vidrio y la dureza de la roca. El deshielo duraría más de un mes.
Varias chozas del campamento minero e incluso algunos edificios de la administración, se derrumbaron por el peso de la nieve acumulada sobre sus endebles techos.
El paisaje blanco brillaba con el sol, encegueciendo a los mineros. Para defenderse, tenían las órbitas de los ojos pintadas de hollín. Aún así, hubo casos de ceguera temporal. Se comentó que un indio y varias llamas habían muerto heladas en las alturas de la cordillera.
La noticia de lo ocurrido con los hijos de Mamani Poma circuló por el campamento a los ocho días. Mamani Poma se perdió. Unos decían que estaba buscando los cadáveres de la Marucha y Juanito y otros, que había ido en persecución del arriero Gonzáles. Nunca más se supo nada de él.
Un día, el corregidor fue llamado con gran urgencia de la chichería donde estaba bebiendo. Unos indios, al venir de Tapacari, habían visto dos delgadas trenzas de cabello, dejadas al aire por el deshielo. Se organizó una partida de carabineros y mineros. Hubo que volar con dinamita el hielo de los alrededores. La maestría de los mineros en el manejo del explosivo, permitió descubrir intactos los dos pequeños cuerpecillos. Juanito tenía todavía nerviosamente sujeta en sus bazos a la Marucha. Helados como estaban, era difícil separarlos y se resolvió dejarlos juntos.
Cuando la partida volvió al campamento, las mujeres de los mineros, que no lloran nunca, apretaron a sus hijos, temerosas, contra su seno y rompieron en llanto. Al entierro fue incluso el administrador de la mina. También fue mi padre. Mi madre no quiso que fuéramos nosotros que teníamos cuatro y seis años y quedamos en casa, pegados a ella, sin comprender por qué lloraba.

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Alfonso Gumucio Dagron
(Buenos Aires, 1950)


17- INTERIOR MINA

Corriendo en el callejón entre las dos filas de habitaciones de adobe, haciendo zetas para evitar la canalización abierta y maloliente, dando saltitos a derecha y a izquierda del agua sucia como ya tenía la costumbre, resbalándole los pies pequeños y húmedos en las abarcas sueltas de fatiga. Al contornear el último cuarto debía agachar la cabeza de un solo golpe preciso para evitar la esquina doblada de la calamina que había cortado como cuchillo más de una frente.
Le latían en la frente las palabras. Pensaba, "dice el Nogales que te ocultes porque están entrando por detrás del Sindicato"… o mejor, "papá, dice el Nogales que te hagas humo hasta contar cero…" Vio la calamina frente a su nariz, dio el cabezazo hacia abajo en el aire, sintiendo en los cabellos que acababa de burlar una vez más la punta traicionera. Iba levantando la cabeza, su mano asida al ángulo del muro para tomar la curva sin perder velocidad, sus abarcas de llanta de camión frenando en seco en la pendiente; entonces, chocó con la espalda de uno de ellos. Ya estaban en la casa, habían entrado por todas partes y no solamente por detrás del Sindicato.
Sobresaltado el soldado enterró el caño de su Garand entre dos adobes.
-¡So bestia… carajo! -el sargento estaba a pocos metros-. ¡No
estás agarrando una vela sino un fusil! No estarás con miedo de este yoqalla, ¡ja!
El soldado se volvió pálido contra el yoqalla y le dirigió un gesto amenazante. Luego, sentado con el fusil entre las piernas, se dedicó a sacar la tierra del caño con un alambre que traía cuidadosamente enrollado en un bolsillo del uniforme.
Reconoció el quejido que llegaba del interior de la habitación: quiso entrar pero el sargento se lo impidió. Apercibió a su madre sollozando sentada en el borde del catre. Un militar de bigote la estaba haciendo llorar, seguramente, ¡ay! Al levantar la cabeza encontró los ojos del sargento.
-¿Ésta es tu casa? -se dejó preguntar.
-Sí señor… -respondió huraño.
-No puedes entrar, mi teniente la está interrogando a tu mamá.
-Sí señor… -y esperó sentado al lado de la entrada-, ¿interrobando?, ¿rogando, borrando? Atisbó entre las botas del sargento.
Vio cruzar a su madre hacia el fogón, oyó que avivaba el fuego con su aliento, que meneaba la sopa hirviendo en la olla, que se secaba el vapor de las manos y del rostro con el delantal… y las lágrimas. O quizás simplemente imaginó que así era. La bota de "miteniente" apareció a pocos centímetros de su cara, sobre la grada. Miteniente dio una orden al sargento y éste partió al trote con el soldado, miteniente miró el sol, miró el callejón, miró el suelo, lo miró a él.
-¿Dónde está tu padre? -acariciándose el bigote.
-No-sé-señor -se atropelló él.
-¿Cómo?
-¿Acaso no está aquí en la casa señor?
-No. Justamente lo estamos buscando… para que arregle un problema surgido con la radio del Sindicato.
La radio. De allí venía él. Allí le había dicho clarito el Nogales: "Andá corriendo a tu casa y dile a tu padre que se han entrado otra vez". Otra vez, una vez más, de nuevo, los uniformados.
Su madre se acercó a la puerta secándose las manos, el ceño fruncido.
-¿Dónde pues te has metido mocoso? Aquí sola me dejas toda la mañana -lo increpó-. Entra, vas a tomar tu caldo -lo arrastró de una oreja sin lastimarlo.
Miteniente se quedó afuera. Daba pasos grandes frente a la entrada. El sol se iba y venía con cada pasaje de miteniente. Sonaron algunos disparos a lo lejos, miteniente se detuvo. Silencio. Otra vez los pasos de miteniente. Junto a la olla otro soldado sorbía de cuclillas una taza de caldo, mirando inquieto el sol que se iba y venía a través del portal, la sombra desmesurada de miteniente. El soldado partió una papa con la cuchara y dio los últimos sorbos a su caldo.
-Gracias señora -dijo tendiendo tímidamente la taza.
-Le voy a aumentar, debe estar con hambre. Ha debido caminar mucho…
-Cerquita nomás estábamos… -se interrumpió como si hubiese dicho demasiado.
-Sírvase de todas maneras. Usted es pues pobre, como nosotros; debe tener hambre -y volvió a llenarle la taza.
-Gracias señora -repitió como avergonzado, mirando de reojo hacia la entrada, a la sombra que pasaba, el sol que iba y venía.
Su madre le sirvió también una taza llena hasta el borde con harta papa.
-¿Y dónde pues has estado hasta ahora? -inquirió en voz baja.
-En la radio, mamá, con el Nogales…
-Shush… le hizo un gesto mirando hacia la entrada. Sombra, sol, sombra, sol- ¿Y tu papá acaso no estaba con el Nogales? -preguntó ansiosa. No, hizo él un gesto con la cabeza. El soldado parecía no oír nada, la cara metida en el vapor de la taza de caldo.
-¡Ay!… No lo habrán tomado solo en alguna parte -lastimada, afligida.
Sombra, sol, sombra… sombra.
-¡Cabo! -era la voz del teniente.
-¡Firrrme-mi-teniente-tee! -se puso de pie sobresaltado, sin saber qué hacer con la taza que tenía en las manos.
-Andá a ver dónde se ha metido el boludo de tu sargento, hace media hora que ya debería haber vuelto -dijo exagerando el tono autoritario.
-¡Su-orden-mi-tenien-tee! -y salió al trote, cruzándose en la entrada con el teniente.
-¡Chico! -otra vez a él- ¿Cómo te llamas? -dijo en tono amistoso.
-Jaimito se llama -intervino la madre-. ¿Para qué cosita lo necesita, teniente…?
-Jaimito, vas a ir a buscar a tu papá. Seguro que tú sabes dónde está.
-Sí señor…
-¡Ajá! ¿Sabes dónde se mete?
-No señor…
-Para qué dices "sí señor" entonces… Dile, cuando lo encuentres, que yo me voy a quedar aquí hasta que él se presente. Voy a estar charlando con tu mamá. Dile eso.
-Sí señor.
-Dile también que no sea zonzo, que no haga las tonterías que hizo el 67… ¡Andá pues, qué esperas!
-Sí señor -miró a su madre, en su rostro vio la angustia, en el movimiento mínimo de sus labios creyó leer un ruego.
Un frío ceniza se extendió sobre el distrito minero. Silencio en la Plaza Alonso. Las cuatro entradas estaban guardadas por soldados. El silencio se iba hundiendo, un rumor, un murmullo, a veces un grito. Los soldados no hicieron nada para impedir que las primeras mujeres entraran en la plaza, cruzaron en diagonal hacia el edificio del Sindicato, cargadas de sus wawas, sudorosas. Una vez que las últimas acabaron de llenar la plaza, el griterío se acentuó.
-¿Qué hemos hecho pues?
-No contentos con llevarse nuestra radio, están tomando presos otra vez, ¿por qué motivo, por qué razón?
-¡Hasta el agua y la electricidad han cortado! ¿Con qué derecho pues?
-¡Y la pulpería cerrada! Ni carne, ni arroz, ni azúcar. ¿Qué hemos de comer pues? ¿Acaso quieren matarnos de hambre?
-¿Y a nuestros maridos por qué los están tomando presos?
-¡En la ciudad los han agarrado a nuestros dirigentes y aquí siguen persiguiendo, tomando presos!
La ventana del segundo piso del Sindicato se abrió, apareció un militar flanqueado de algunos civiles.
-¡Señoras! Este distrito minero y cinco otros -tomó su tiempo-, han sido declaradas zonas militares por el supremo Gobierno, ¡zo-na-mi-li-tar! -repitió.
-¡Esto es zona minera, no zona militar! -gritó una mujer.
-… lo cual quiere decir -continuó con calma el militar-, que la
manifestación que ustedes han organizado es ilegal, obedece a con-
signas foráneas y constituye un acto de insubordinación a las autoridades militares…
-Uuu… -el griterío acogió las palabras del militar.
-¡Qué nos devuelvan el local del Sindicato! ¡Qué nos devuelvan la radio!
-¡Qué dejen libres a nuestros dirigentes y a los obreros presos!
-¡Señoras! -un micrófono de la radio reforzaba ahora la voz del militar-, no me obliguen a hacer despejar la plaza por la fuerza. Deben irse a sus respectivas casas hasta nueva orden.
-¿Y qué vamos a comer pues?¿Qué les vamos a dar a nuestros hijos?
-¿Y con qué agua hemos de cocinar?
-¡Señoras! Estamos en estado de sitio y la manifestación de ustedes es una provocación. El gobierno sabe que aquí actúan extremistas que influyen en el ánimo de los trabajadores…
-¡Nada de extremistas, mineros, obreros!
-… extremistas -continuó el militar sin paciencia-, que han llegado desde afuera para el último Congreso Minero y han influido en los trabajadores para que vuelvan a elegir a los mismos dirigentes...
-¡Dónde están los extremistas, muéstrenos entre los presos a los que son extremistas, a los que no son trabajadores!
-¡Señoras!, no voy a tolerarles mayores provocaciones. Cuando sus maridos vuelvan al trabajo y la situación esté normalizada, seguramente se levantará la zona militar. Pero si continúa la huelga general yo soy responsable del orden en este distrito.
-¡Los trabajadores han declarado la huelga porque el gobierno ha tomado presos a los dirigentes elegidos por las bases!
-¡Hemos declarado la huelga general después de que ustedes han ocupado las minas, después de que han tomado nuestro Sindicato, después de que se han llevado nuestra radio!
El militar no escuchó más, desapareció detrás de la ventana seguido por la comitiva de civiles que lo acompañaba. Un soldado cerró momentos más tarde la ventana. Las mujeres se fueron retirando en grupos, hablando acaloradamente entre ellas. La masa fue adelgazándose para desaparecer en las callejas del poblado minero. El frío cenizo se había instalado en el ambiente.
Esta vez las luces no aparecen una detrás de otra, los perfiles de
las cabezas y de los guardatojos no se recortan como sombras sucesivas mientras el carro se desliza hacia la salida de la mina. Esta vez no. Esta vez no hay carro, el movimiento no es regular y las lámparas de los guardatojos se desplazan agrupadas, a izquierda o a derecha, muy lejos en la más profunda oscuridad del socavón.
Los soldados cuidan la bocamina sin acercarse demasiado; el rapaz ha entrado sin dificultad. Esta oscuridad es absoluta, aquí no se acostumbran los ojos. O uno trae su luz o no ve nada; piensa así y camina siguiendo el nervio del socavón, los rieles que sirven de guía. Más allá, una luz. Camina hasta toparse con un minero de guardatojo y lámpara.
-¿No le ha visto a mi papá, compañero? -emplea la palabra que su padre utiliza para dirigirse a los trabajadores. El minero se agacha y con su luz ilumina el rostro del yoqalla. Se endereza, le tiende la mano, lo lleva hacia adentro.
-Vamos a buscarlo juntos… -el ruido de sus botas resuena en los charcos. Él ha entrado pocas veces a la mina, siempre con su padre. Ahora es diferente, han cortado la luz, no suenan ni las palas ni las perforadoras, no tiemblan los buzones ni se desprenden los muros dinamitados. Ahora es más bien el silencio el que uno escucha, un silencio roto apenas por murmullos lejanos que rebotan de una galería a otra, se transmiten ágiles trazando en la oscuridad una red de niveles, galerías, socavones, salas, buzones. Las botas del minero aplastan los charcos de copajira. La mano seca y agrietada lo introduce pronto en una pequeña pieza de madera, forrada de periódicos. Luz, hombres.
-Por aquí pasó tu padre -le dice serenamente. Una máquina de escribir, papeles, una vetusta mesa de madera. Un papel es retirado de la máquina.
-Bueno -un minero levanta el papel-, voy a leer: "Comunicado del Comité de Huelga No. 4. Compañero soldado: ¿te has preguntado en algún momento cuál es la razón por la cual tienes que soportar el frío y el hambre haciendo guardia acá en las minas? Y lo que es peor, ¿te has preguntado cuál es la razón para que tengas que apuntar y amenazar con tu fusil…?"
-Por aquí pasó tu papá -la mano seca, agrietada… cálida.
-"No sabes acaso, compañero soldado, que los mineros tenemos muchos hijos, que tenemos una madre y tenemos esposa, que se quedarían huérfanos y desamparados si tú obedeces órdenes de los generales para masacrarnos…"
-Vamos… -se deja arrastrar de nuevo hacia la oscuridad. La voz que lee se va perdiendo:
-"… pedimos mejoras salariales porque igual que tú, tenemos hambre y porque igual que tú tenemos frío…"
Plash, plash, plash, las botas sobre los charcos. Sus abarcas salpican también la copajira, empapadas, pero él no piensa en ello. Muy lejos pequeñas luces se desplazan. Plash, plash, plash. Un espacio de silencio, otra pequeña puerta de madera. Entre las tablas se filtra la luz. La mano cálida no se desprende, la otra golpea suavemente la puerta.
- "… las amas de casa nos hemos organizado para enfrentar a las medidas criminales de este gobierno antiobrero, antinacional y vendido al imperialismo que ha cancelado las pulperías y dejado sin víveres a miles de hogares mineros…"
-Buenas noches compañera, ¿cómo se siente? -el minero se introduce con él en la habitación donde se encuentran varias personas, hombres y mujeres; se dirige a una mujer acostada en un rincón, sobre un colchón improvisado.
-Bien nomás compañero, gracias -es Domitila, del Comité de Amas de Casa, él la reconoce-, la circunstancia… pero aquí las compañeras me han ayudado en todo.
-… y ahora tienen cercado militarmente las entradas y las salidas de la bocamina, con el fin de aniquilar a los dirigentes y trabajadores de base que se encuentran en interior mina, dirigiendo la lucha y protegiendo su vida…"
-¡Caray, mellizos! -exclamó el minero regocijado pero su rostro se contrarió al instante-. Pero en esta situación difícil…
-¿Lo estás buscando a tu papá? -le ha preguntado Domitila; él asiente con la cabeza, sin apartar la vista de las wawas-. ¡Ay! Hijo -suspira Domitila, y dirigiéndose al minero de la mano cálida-: llevalo nomás donde su papá, llevalo.
Hubo que caminar mucho todavía en medio de la doble noche del socavón, en medio del doble silencio goteado de copajira, o quebrado plash, plash, plash por las botas. Los pies se les cansaron, el cuerpo se adormecía. Caminaba con los ojos cerrados, dejándose llevar.
-Por aquí ha pasado tu padre, por aquí ha pasado -repetía el mi-
nero en voz baja. Y él pensando en Domitila, tan gorda que la había visto días antes. ¿Cuántos hijos tiene ya Domitila? La mano lo soltó en un techo iluminado del socavón, un lugar más amplio. Varios mineros circulaban, discutían, se reunían aquí. La mano cálida pasó delante de su rostro, le señaló… Vio a su padre, en el suelo, junto a otro minero, en el otro extremo del espacio iluminado, casi al borde de la sombra. Se acercó, se acuclilló a su lado, lo miró largamente. Pensó que tenía que darle todavía el recado del Nogales. Tendría que contarle también lo de miteniente. Y que al Nogales se lo llevaron con la radio en un caimán. Y Domitila… Retiró el guardatojo, la lámpara estaba rota. Miró el rostro de su padre, sus labios apretados, su pelo húmedo de tierra, los pómulos amoratados. Tocó el hombro, ligeramente con los dedos. Recorrió el cuerpo con los ojos, faltaba un zapato. Se quedó allí de cuclillas mirando a su padre, acompañándolo, resistiendo.
Caminando sin prisa por el callejón entre los muros de adobe. Al contornear el último cuarto agachó sin ganas la cabeza, sintiendo en los cabellos el extremo de la calamina doblada, como siempre. Miteniente estaba allí, en la puerta.
-¿Entonces? ¿Ya sabes dónde está tu padre? -inquirió como otras veces.
-Sí señor -dentro de la habitación se hizo el silencio.
-¿Cómo? ¡Ajá! ¡Conque sabes dónde está!, ¿Lo has visto?
-Sí señor -creyó sentir la respiración abultada de su madre-. Mi papá dice que si quiere hablar con él… dice que si quiere… que vaya a buscarlo en interior mina…
Imaginó que su madre acababa de apretar los párpados.


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Marcela Gutiérrez
(La Paz, 1954)


18- ROSA, ROSA, TAN MARAVILLOSA

-Cómpreme dulcecitos, señorita, joven, dos por diez centavos, le doy tres, señorita, caballero.
Tengo un hueco en la barriga, hoy nadie me ha comprado. Rosita sube al micro que está parado frente a ella, un momento maestrito, déjeme venderme mis dulces: Buenas tardes señores pasajeros. Disculpen que moleste tan importante charla que deben de tener ustedes. En primer lugar agradecer al señor chofer por permitirme subir al vehículo y venderme estos dulcecitos que sólo cuesta la suma de diez centavos, señores pasajeros, diez centavos que no les harán pobres ni a mí rica. Como ustedes saben señores pasajeros muchas chicas de mi edad se dedican a la droga, a la prostitución o a robar en las calles. Yo me gano la vida honradamente vendiéndome estos ricos dulces de menta. Tengo que mantener a mi madre enferma y a cinco hermanitos. Bueno, pasaré por sus asientos y colabórenme con diez centavitos por estos ricos dulcecitos. Gracias.
La noche comienza a caer, le duelen los pies y no ha vendido nada. Mientras sube por el Prado piensa en su amiga, la Teresa que vende loterías ¿Cómo le habrá ido?
Llega al Obelisco y después de mirar su entorno, levanta una loseta y se introduce rápidamente bajo el monumento de la estatua al soldado desconocido. Adentro ya está la Teresa. ¿Cuánto has vendido Rosita? Pero la niña contesta con una oscilación de cabeza. Sentate a mi lado, así nos calentaremos las dos, dice la Teresa a tiempo de colocar un aguayo en el suelo. Tuve que merquear mi chompa para comprarme esos panes, nos comeremos, ven, no estés triste. Pronto volverán los chicos. De repente nos traen alguito -dice rosa. -¡Qué nos van a traer nada, en ellos nomás piensan! -enfatiza la Teresa, que ya pasa los trece años. Para montarse sobre nosotras nomás sirven. A veces quisiera que tú y yo nos fuéramos a vivir a otro lado. Pero más grave puede ser con otra pandilla, dice Rosa mientras mastica su marraqueta, algo malo nos pueden hacer.
En esto se escucha recorrer la piedra de entrada. Ya habían estado aquí las ñatas, grita el Mocko a sus amigas. ¡Y se hacen las dormidas! ¡Yaaaaa! Tienden su viejo abrigo en el suelo, qué frío que hace allí afuera, mientras saca un frasco y un trapo sucio que estaba entre las rendijas de dos losetas. A ver, ¿alguien quiere un poquito de tiner?, y se lleva el trapo empapado a la nariz para aspirar profundamente. Ah, qué rico, a ver Rosita, te toca, esto te calmará el frío y el hambre. La niña siente cómo el intenso aroma le penetra por la nariz y le sube a la cabeza hasta dejarla con una sensación de abandono y tranquilidad y no le importa que el Mocko, mientras con una mano le sostiene el trapo en la cara, con la otra busque ávidamente entre sus ropas, el lugar de sus placeres y frota y acaricia y, a ver abrite Rosita, quiero que me apretes bien entre tus piernas, quiero ser el primero esta noche.
Todos los días son iguales para Rosa, a las ocho de la mañana en las esquinas de las calles, dulces, dulces, señorita, tres por diez centavos, llévese pues, señorita, para mi pancito, señorita. Y ahora camina calle abajo hacia los barrios del sur y mira las casas grandes, cuántas flores, cuánto sol, debe ser lindo vivir aquí.
Se detiene frente a una reja por donde mira el interior de una hermosa casa. Sí, debe ser lindo vivir aquí con mamá y todo: Rosita, ven, hijita, a tomar tu desayuno, a ver, aquí tienes pastelitos, empanaditas. -Sí, mamita, ¿pastelitos para mí? -Sí, hijita, pero antes déjame abrazarte fuerte, fuerte… - Y oprime con tal fuerza la bolsa de dulces… que despierta de su sueño.
Se aparta de la reja, retrocede asustada, pensando que tal vez alguien la escucha, pero no ve a nadie y choca contra un tacho de basura, qué grande es y mete las manos, debe haber algo para comer, esta gente rica debe de tirar todo. Busca y rebusca dentro del tacho y aquí hay un pedazo de carne, ¡qué chicha!, un pedazote de asadito sólo para mí y se lo lleva a la boca, sabe rico, pero raro, aunque ella nunca ha conocido el sabor de la carne asada y sigue comiendo.
Son las siete y media de la noche y uno a uno llegan los amigos al Hospital de Clínicas en Miraflores. Tanto la hemos buscado a la Rosita y aquí labian traydo, dice el Mocko, a su amigo el Sonrizas, para que dos días haya desaparecido, hermanito, bien raro shempre. Es que yo shempre veo el telepolicial en la televisión del bar donde me vendo cigarros, acota el Waype.
Entremos de una vez que aistá viniendo la Terecita.
Sin separarse mucho uno de otro, entran despacio al frío recinto y sobre una mesa de concreto ven el cadáver de la Rosita. Está tiesa, hermano, ¿qué putas le habrá pasado?, dice el Waype. Adiós Rosita, dice el Mocko, mientras le acaricia el rostro y le toca la mano, no podemos llevarte con nosotros, no sabríamos dónde enterrarte, además ya van a cerrar la morgue. Estarás bien, sí, ya no sentirás frío ni hambre y nosotros tenemos que volver a la calle -dice llorando la Terecita. El Ahijado, el Sonrizas, el Mocko, el Waype y yo te decimos adiós, Rosita.

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Jesús Lara
(Cochabamba, 1909-1980)


19- EL WAKAUYA SERAPIO

El Wakauya Serapio era un arrapiezo gordillo, con una cara ancha y gruesa que hacía pensar expresamente en la de la vaca. Tenía los ojos muy grandes y negros, con una mirada como de agua estancada. Caminaba con paso lento y pesado, como justiciando su apodo. Siempre llevaba algo en la mano: un palo, una honda, cuando no una pelota o un trompo.
No éramos amigos y yo le conocía sólo de vista. Era un simple mirón, no nos dirigía la palabra y de un momento a otro tomaba el hatillo.
Un día esperando yo en la puerta a los amigos y en lugar de ellos apareció el Wakauya, se me puso delante y me invitó a jugar. De entrada no le acepté por esperar a los míos, mas, como ninguno acudía, tuve que avenirme. No me pesó, porque el pobre dejó en mis manos todos sus chuwis, hasta el último. Al día siguiente trajo más chuwis, fue admitido por todos y desde entonces fue uno más en el grupo. Jugaba con mucho tiento, con cálculo, casi con recelo. Si salía ganancioso, se ponía exultante y se iba como si llevara cascabeles, pero siempre con paso tardo y ponderoso; si perdía, se alejaba malhumorado como ofendido.
El Wakauya, como las monedas, tenía su reverso. Entonces se transformaba, le brillaban los ojos y su palabra era fluida y cristalina, en tanto que su imaginación asombraba por su agilidad y por su riqueza. Contaba que nos arrancaban las más sonoras risotadas. A veces expedíase como una persona mayor, siendo así que no nos llevaba sino con uno o dos años, cuando mucho tres.
Pero cuando el Wakauya nos dejó deslumbrados fue una tarde en que nos dijo, con cierto aire de misterio:
-Esta noche iré a atrapar la luna.
Nos quedamos sin palabra, estupefactos. Viendo el efecto que su insólito anuncio nos había producido, el audaz prosiguió:
-Lo he pensado bien, sé cómo hacerlo.
-¿Cómo? -preguntó Valerio, un tanto repuesto del estupor-. La luna anda a mucha altura.
-Sin saber no hay que hablar, chiquilicuatro -embistió el Wakauya-. De la cumbre del cerro no es difícil alcanzarla. Sólo que hay que saber cómo hacerlo y en qué momento.
Otra vez sin palabra. El picaruelo creció a mis ojos como un gigante. Pensé que no había en el mundo un hombre como él, capaz de todo.
-No necesito -continuó el pillín- más que una cañahueca grande, que ya la tengo. Con ella haré que la luna caiga en mis manos esta noche. ¡Qué feliz voy a ser! La venderé en harto, muy harto dinero. Mis padres tendrán para comprarse una casa y otras muchas cosas y yo me echaré un par de botines y un buen traje y viviré muy contento.
Yo no puse en duda aquellas palabras. Hallábame convencido de que en efecto esa noche mi amigo bajaría del cerro con la luna en las manos. Los otros, seguramente también, ya que ninguno despegó la boca.
Al día siguiente el Wacauya vino muy serio y algo cabizbajo.
-¿Y? ¿La luna? -le preguntó Valerio.
-Hermanitos, me falló un poco la cosa. No calculé bien el tiempo de la subida a la cumbre. Yo debía estar listo allí en el momento en que la luna se asomaba, porque es cuando ella se encuentra más baja. Pero cuando legué ya estaba muy arriba, y ni pensar siquiera en alcanzarla. Pero esta noche no se me escapa.
Al día siguiente le aguardamos todos ansiosos, con la esperanza de oírle noticias más halagueñas. Pero él no vino. Ni al otro día, ni después, hasta quizás una semana. Cuando por fin se acordó de nosotros, le recibimos con una salva de exclamaciones, en las cuales sonajeaba nuestra expectación. Él lo comprendió y apresuróse a explicarnos:
-Tampoco me ayudó la suerte. Llegué a tiempo, pero la cañahueca me resultó algo corta. Si me llevaba dos en vez de una, la luna era mía.
Deploramos en silencio la mala suerte del amigo y con evidente desgano echamos mano a las carrujillas.

 

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