Roberto Laserna
(Cochabamba, 1953)
20- LOS MENORES DE LA ESQUINA
a Gíldaro Antezana
Es cierto; temblabas de miedo al caminar por esas calles,
tan desconocidas, tan frías, tan ajenas. Si hasta
te molestaba pisar ese suelo negro y duro, no sentir la tierra
y el pedrón bajo tus pies, deshacer las khurpas al
caminar. ¿Extrañabas tal vez el aire verde?
Claro, no puedes arrepentirte, volver a tu casa sería
rendirse. Y mañana tendrás que buscar dónde
comer, qué hacer. Lo que importa ahora no es pensar
sino soñar, dormir un poco. Tienes suerte. Tienes
suerte porque apenas llegaste y ya tienes un amigo: el Chino.
Sonriente, hospitalario, el Chino te ha invitado a su...
atorradero? ¿Se dice atorradero? No, claro, tú no,
pero así le llaman, ¿no? Y el Chino, qué buen
tipo, te ha dicho que te quedes con ellos, que serás
de su grupo, que te dejarán estar con la Tuerta, que
dicen que lo hace lindo. Ni sabes lo que hace pero está bien,
el brillo en los ojitos del Chino da ánimos, claro
que sí.
No estás descontento. Con miedo sí pero no
triste. Si hasta tienes amigos y la promesa de la Tuerta.
Pero ¡cómo temblabas! ¡Cómo temblabas
hasta que conociste al Chino! Cuando te vio parado en la
puerta del café, con la boca abierta y mirando todo
como si fuera nuevo, se dio cuenta de inmediato que acababas
de llegar.
-¡De dónde vienes lorito! -notando tu nariz,
acercándose burlón, amiguero el Chino.
Lo miraste sorprendido ¿quién es éste?
Pero a poco ya le estabas contando, casi lloroso, cómo
te aburrías con las habas y la papa, y las ordeñadas
a la vaca, y el ven hijito, anda hijito, come hijito, salta
hijito hasta que, ¡la pucha!, no aguantaste y aquí estás.
No dijiste nada del castigo y callaste las ilusiones.
-¡Pero bien oyes! -dijo el Chino entusiasmado- igualito
que todos -agarrándolo del brazo- no tienes dónde
dormir, ¿no? -jalándote hacia adentro. Y de
pronto estabas en la cocina del boliche, con un pan con chorizo
entre las manos, con tu cuerpo en la calle y los ojos sorprendidos.
-¡Sin decir gracias he salido!
-No importa -sonríe el Chino- ella es bien buena gente
-diciendo en tu oído- por suerte no estaba la dueña
que siempre llama a la COPRO y ahí sí que nos
friegan la vida.
Y tú en la luna, qué vieja, qué Coprocuántos,
qué frieguen. Y el Chino carcajeando.
-Si serás nuevo -sus ojitos perdiéndose- ven
que te explico todo de un canto -empujándote hacia
la plazuela.
Dices que esa noche dormiste bien. Que te prestaron periódicos
porque te estabas thayachando de frío. Thayachando, ¿no?
Y pensabas seguramente que era muy lindo dormir así,
en grupo, apretaditos y mirando las estrellas.
-Yo te voy a enseñar cómo se saca el brillo
a los zapatos.
-Yo te voy a llevar a mi pocita del río, vas a ver
cómo de lindo se baña uno.
-Vas a venir conmigo al Prado a limpiar autos. Siempre se
consigue platita y, a veces, hasta cervecita nos convidan... ¡y
hay puchos?... ¡para escoger!
-Pero mejor es limpiar vidrios en la 25, ¡el semáforo
es relargo y te da tiempo!
Todos, el Lagarto, el Loco, el Pancitas y hasta la Tuerta
te querían llevar con ellos. Pero el Chino te ofreció el
asunto del cine y con eso quedaste deslumbrado. ¡Cómo
abrías los ojos! ¡El cine! Te dejó pensando,
recordando, soñando. Los charros, los caballos, esas
mujeres lindas que viste hace no mucho, y los karatecas. ¿Pasaban
ellos por tu mente? ¿Soñaste con ellos? Porque
de dormir sí que dormiste. ¡Y cómo! La
barriga de la Tuerta debajo de tu cabeza y la cabeza del
Pancitas en tu barriga. ¿Cierto que así durmiendo
uno se olvida que no ha comido? ¿Cierto que se tienen
sueños lindos?
-¡Despierten piojosos!
Y te fuiste con el Chino al día siguiente. ¡Qué feliz
que estabas! Amigos y trabajo. Y en la ciudad.
-Te presento al Lorito -dijo amistoso el Chino. Y el Ringo
desde arriba, desdeñando, te mira desde el chulo a
las ojotas.
-De dónde salió este lari -mirando al Chino.
Rascando la cicatriz de su cara. Escupiendo verde y pesado,
eructaba el Ringo y tú temblabas -parece un kjarka
-se burla. El Chino, mientras tanto, dale a contar que te
escapaste, que duermes en la esquina, que eres un buen chango,
que no sabes nada de nada, pero que puedes trabajar en el
cine. -¡Va estar bien, Ringo, lo probaremos! ¡No
ves su pinta... le van a creer!
-Bueno pues -diciendo el Ringo- tal vez sirva -abrazándote
afectuoso- déjamelo esta tarde -y tú como queriendo
zafarte.
-Listo hermano -el Chino- te lo traigo esta tarde entonces.
¿
Tomaste desayuno? ¿En el Santa María? ¿Té sin
azúcar? No, no me río, no creas.
-Ven -terminando su tecito el Chino- te voy a presentar a
la Chaskita -escondiendo su taza de lata- la que ayer nos
dio pan y chorizo, ¿te acuerdas?
Sí que te acordabas. No te ibas a olvidar así nomás
de la gordita, tan simpática, con sus ojos tan grandotes.
Caminando largo con el Chino al lado llegaste a la casa de
la Chaskita, y fue ella la que salió a recibirlos
con su enorme sonrisa.
-Pasen, pasen -melosa- ¿cómo estás Chinitoy?
-besándolo- ¿quién es tu amigo? -agarrándote
del brazo.
No le cuenta mucho el Chino. Que recién has llegado,
que sabes poco y que eres fuerte.
-Y es nuevito -pícaro otra vez-. ¡Les va a gustar
a tus clientes!
Miras al Chino sin entender nada. Piensas que bromea.
-Pero tiene que aprender -guiña el Chino.
-A ver pues -la Chaskita- lo vamos a probar -jalándote
hacia su cuarto- ven...
-Lorito -diciendo el Chino.
-Lorito -repitiendo la mujer al abrazarte. ¿Qué más
hizo allí en su cuarto? ¿Qué no querías? ¿Y
ella te desvestía? Pero...
Saliste contento de la casa pero sin entender lo que pasaba.
El Chino tampoco entendía pero estaba seguro de que
era cuestión de suerte. Que hay lugares donde se paga
para lo mismo. Que era rarito pero bueno, ¿no? Y a
ti ya no te importa mucho. Total, la Chaskita es buena gente
y te ríes con ella. ¡Claro! ¡Cómo
ibas a saber! Tan buena la Chaskita.
-Demasiado miedoso el chango -mira con reproche al Chino-
casi nos hace pescar -el Ringo.
Es que ni sabías cómo pedir un pesito y no
pudiste distraer al que compraba entradas y el Ringo se enojó por
eso y casi te pega, claro.
-Y el jailón tenía pinta de buena plata -estaba
molesto el Ringo- ¡de billetera grande era! -también
se enoja con el Chino.
-¡Vagos de mierda! ¡Con lo bien que los trata
la COPRO!
El Chino estaba triste después de tu prueba pero no
podían perder tiempo con lamentaciones, así que
ahí mismo se fueron a lavar vidrios a los autos del
Prado. Te gustaba estar cerca de ellos, acariciarlos, mirarlos
y remirarlos con tus ojos tiernos, aguados de nostalgia...
tal vez recordando... ¡Pasaban tan rápido y
tan lejos! Los veías veloces, inalcanzables, perdiéndose
en el polvo del camino. Los veías... Tus padres, tus
padres también.
¿
Ganaron bien esa tarde? ¿Llenaron el frasquito por
el puente? ¿Pensabas que era para hacer fogatita en
la noche? ¿Para colar unos cartones?
-Probá nomás -diciendo y alcanzándote
la Tuerta- ¡vas a ver qué rico es!
Tú temiendo, no queriendo, resistiendo y ¡qué sensación!
Tu garganta quemándose. Tu estómago ardiendo.
Tus ojos cerrándose al cansancio. ¿Otra vez?
Mucho mejor. Nada de hambre. Nada de frío. ¿Dormiste
bien?
-¡Cuidado con ése... que no se escape!
¿
La más buena? La más buena la Chaskita. Por
eso fuiste una vez más a pedirle comida pero te dijeron
que no estaba. Tal vez presa, tal vez enferma: no había
venido a trabajar y que te dejes de fregar. Buscaste de inmediato
al Chino para contarle. Cojo y balbuceante estaba en pleno
trabajo a la puerta de la iglesia. Corrieron a la casa y
tampoco la encontraron. La vieja de la esquina les dijo renegando,
con voz de procesión.
-Se la ha llevado la policía -riñéndolos
a ustedes- ¡Mujer de mala vida! -dice rencorosa y al
mirarlos piensa que a ustedes también deberían
agarrarlos- ¡Había estado enferma, contagiando
la bandida!
Asustado el Chino, asustado tú, salieron corriendo
y apenas solos a revisarse. ¡Maldita sea! ¡Era
cierto! ¡A ver mirá! Con razón nadie
la buscaba y era ella la que los buscaba a ustedes, la muy
putísima.
-Seguro que la pescaron por engatusar a un jailón
-odiando a la Chaska- ¡Maldita Chancrona! -cambiándole
el apodo- que se pudra la perra -tocándose y mirando,
rabiando el Chino- si la vuelvo a ver te juro que la mato,
le meo en la cara hija de puta, ¡si será...!
Tú sin saber qué hacer, doliéndote hasta
las manos de sólo mirarte, gimiendo tu desesperación.
-¡Y pensar que llegué sanito! ¡Maldita
ciudad! -ayudando en maldiciones al Chino tu amigo.
-¡Qué vamos a ir al hospital! -con ira, rabia
y odio el Chino-, de ahí nos llevan a la COPRO directo...
-¡Estamos jodidos Chinitoy! ¡Qué mierdas
hacemos?
Arrastrando la mirada por el suelo, pateando basuras por
la calle, suspirando un aire enrarecido, el Chino y el Lorito
se van camino al centro. Ganarán algo por lo menos,
quizás los dejen cuidar un auto, tal vez consigan
lo que quieren. No es difícil, otras veces lo han
hecho.
-¿Recuerdas la primera vez, Lorito? ¡Meses!
-Meses. ¡Tanto ya!
Pasa el tiempo. Silencioso, como dejándonos atrás
y es él el que se va.
Viernes, estreno, autos a no acabar en la cuadra del cine
Astor. La noche bulliciosa los observa buscar una tripita.
Tú la tienes, Lorito, y también la botellita
que irán llenando de gasolina. Saldrán del
apuro. No sentirán hambre. Tendrán sonrisa.
No llevas más el traje que tenías al llegar
y usas zapatos de quién sabe dónde. Tienes
las manos negras del betún porque sabes lustrar. Tienes
tu caja con cepillos, cremas y trapos y trabajas. El Chino
no, él hace lo único que sabe en todas las
colas que encuentra. El cine, el fútbol, la alcaldía,
el circo... ¿Mal? Mal no viven, aunque mastican el
dolor de saberse enfermos. Recogen puchos y se sientan en
la acera a descansar.
-Suerte encontrar rubio -habla, comenta, protesta el Chino-
ahora que los pijes se han dedicado a fumar negro es una
suerte.
Asientes en silencio.
-¡Y la Tuerta!!! -abres los ojos, te acuerdas, te asustas
Lorito- seguro que la hemos contagiado...
-¡Y a los demás! -con el terror redondeando
sus ojos te mira el Chino- ¡Nos jodió la Chancrona!
16 (APE).- En eficaz acción y en estricto cumplimiento
de sus funciones, la policía tutelar del Consejo de
Protección de la Familia y el Menor -COPROFAM- descubrió un
atorradero donde pequeños delincuentes se drogaban
con gasolina y clefa.
Los menores fueron inmediatamente trasladados al Hogar del
Buen Señor donde recibirán adecuada atención
a sus necesidades.
Entre ellos se detuvo, además, a una meretriz apodada
la Tuerta cuya enfermedad parece haber contagiado a los indicados
menores. La mujer fue puesta a disposición de las
autoridades sanitarias de la Cárcel de Mujeres, quienes
se encargarán de investigar la procedencia de dicha
enfermedad que, según versiones oficiales, había
sido totalmente erradicada de nuestro medio.
-¡Agarren a ese también!!! -gran despliegue
de fuerzas, heroicos los policías.
-Tenemos que avisarle. Ojalá que esta noche vaya a
la esquina -se sienta otra vez, taciturno el Chino.
Le importa poco. Lo que quiere es gasolina, o clefa, o lo
que sea para olvidar a esa mierda de la Chancrona, nunca
más Chaskita para nadie. Pero no puede evitar la opresión
que siente en el estómago. Mira con pena a su amigo,
se estará arrepintiendo de haber escapado, piensa
tal vez el Chino, queriendo escapar él esta vez.
-Vamos -sacude su camisa, pisa la colilla, camina trabajosamente
el Lorito- tal vez el Pancitas también esté contagiado.
Levanta su cuerpo el Chino y se van juntos, a pasos lentos
y callados, hacia su esquina.
La Tuerta llora y putea.
-¡Cojudos de mierda! -pega, insulta, maldice al Lorito
y al Chino que han llegado con la noticia- ¡Por su
culpa de ustedes, cabrones! -se lleva el frasco a la nariz
y aspira hondo, largo y profundo la Tuerta- Gracias.
Llora en silencio, esconde la bronca, se pierde en el adormecimiento
que le llega de adentro. La tristeza ha hecho pesados sus
estómagos vacíos pero logran derrumbar sus
párpados. Hasta que una patada en la espalda despierta
al Loco.
-¡Despierten piojosos! -es la ley que trabaja.
Apenas llegaron al Hogar del Buen Señor y ya estaban
tratando de fugar. Azotes al primer intento, ayuno de dos
días al segundo.
-COPROFAM está cumpliendo una gran labor -muy seria-,
los niños se encuentran bajo vigilancia médica
-risueña- la niñez está bien protegida
en el país -sonriendo a los flashes, agradeciendo
a la prensa con salteñas y cerveza, brindando la autoridad.
-¡Y para qué vamos a joder a estos chicos! -preguntando
ingenuo Marcial Fuentes.
-¿Acaso no sabes que mañana llegan unos capos
de no sé dónde? -encendiendo un cigarrillo,
bostezando, aburrido el cabo- pero después los sueltan,
Fuentes, no te preocupes, no hay plata para dar de comer
a tantos... ¡Agarren a ese también!! -gritando
el cabo, corriendo Marcial Fuentes- ¡Sí señor!
-Vámonos a la esquina -jadeando el Chino. La carrera
ha sido larga y tiene sueño.
-¡Mana, mana! -negando, reprochando, miedoso- nos han
de volver a agarrar -rezongando- ¡y habían sabido
fregar con sus castigos! -con ganas de escapar, tú,
pero ¿a dónde?.
-Cierto pues que es la primera vez que te atrapan -sonriente
y de buen humor el Chino- pero tranquilo oyes, ya no nos
han de joder hasta la próxima... el tiro es que nos
den un campanazo, así desaparecemos de su vista ¡y
listo! -optimista y haciendo planes-. Ven nomás...
apúrate. Uno de los policías ya es mi amigo...
Abrazados, amigos como nunca, el Chino y el Lorito cortan
la oscuridad con sus silbidos mientras se acercan a la esquina.
Ahí está la Tuerta, sonriendo hacia adentro,
sólo para ella. El Pancitas tiene su redonda cabeza
sobre la espalda del Loco. Ustedes también se recuestan
y buscan el frasco del sueño pero ya no queda nada. ¿Ninguno
puede dormir? Estiras los periódicos y la luz ilumina
una sonrisa. ¿Es una foto o eres tú que de
mí te burlas?
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Alfredo Medrano
(Cochabamba, 1944)
21- EL GATO
Los dos niños, metidos en la noche, duermen uno contra
el otro. Hace frío y la piedra se estremece con imperceptible
temblor. La calle está desierta, un gato cruza los
tejados veloz como una saeta. El reloj de la catedral marca
las tres, lento como el bostezo de alguien que se frota el
sueño con la otra mano. Una cucaracha pasea por la
calzada, agita sus antenas bajo la penumbra buscando el hueco
de la alcantarilla, su morada al otro lado de la luz. Los
dos niños lanzan profundos suspiros, navegando aún
lejos del día, empañando la piedra con su pequeño
aliento cálido que roza levemente la cuchilla del
frío que anda suelto por las calles escupiendo escarcha
sobre el lomo de los perros vagabundos, sobre el césped
de los parques. Ambos niños se arrebujan con sus harapos
delgados, casi líquidos, mientras el invierno afila
y afila sus cuchillas; ambos se estrechan buscando un poco
de calor, se aproximan entre sueños apretando los
dientes, acurrucados, metiendo las manos entre las rodillas,
acariciando un pan duro. Otro gato maúlla y espanta
una estrella. La cucaracha sigue vagando sobre las baldosas
desoladas y ateridas, sigue el reloj marchando en silencio
hacia el encuentro del alba, las calles desiertas con sus
muros carcomidos de orín. Los niños permanecen
anclados en el fondo del sueño desconocido que sueñan
junto a una puerta cerrada con un aldabón antiguo
mientras pase la noche. Ambos parecen gemelos porque duermen
de la misma manera, con el mismo gesto desconsolado, y tienen
igual hirsuto el pelo, no tienen zapatos, los dos son los únicos
que pueden observar el paseo alocado de la cucaracha o escuchar
la carrera de los gatos y lo mismo ambos tienen un extraño
signo en la frente. (Otro gato grita y otra estrella cae).
El frío envuelve a los dos niños, les manosea
los huesos. Uno de ellos musita algo como una palabra o una
queja empujada desde el pecho, empapada en un poco de saliva,
hasta escurrirse entre los dientes y llegar al aire helado
que fluye por la calle donde transita la cucaracha brillosa
como un prendedor perdido. El niño se agita entre
su sueño y sus dientes castañean; tirita y
la piedra está tibia, la piedra pulida por la carne
y el trajín del tiempo, tirita y el sueño le
corre por las venas a borbollones, aplastándole el
pecho, mesándole los cabellos, arrastrando voces agrias
por los pasadizos de su memoria. La puerta se abre de golpe,
el gato dilata sus ojos del tamaño de la luna y el
niño gime, quiere desprenderse de la piedra, del peso
de ese sueño denso y turbio. Llama a alguien, llama
a su compañero. "Pedro", dice. No: "Pablo",
dice, con un apremio que le agolpa las palabras en la boca,
junto a los dientes que entrechocan y dejan salir un aliento
cortado a pedacitos y dejan entrar el frío de la noche,
la cucaracha pulida y agitada tras el último eslabón
de las tinieblas. "Pablo", repite el nombre de
su compañero junto a él durmiendo o ya llegando
desde lejos, a punto de verse de nuevo sobre el umbral de
piedra, apenas al margen del frío que anda suelto
acuchillando el aire, la carne tibia y morena bajo los andrajos.
El hombre está ahí, parado en actitud amenazante.
El gato huye como una sombra golpeada por la luz. El niño
dilata sus pupilas del tamaño de la luna, se siente
acorralado, anhela correr pero no puede porque el miedo le
sacude las piernas. La mano avanza proyectándose tensa
y rígida cual una tenaza de acero y cae sobre la pequeña
cabeza desgreñada. El niño grita y otra estrella
cae del cielo. El otro niño duerme tranquilo porque
ya sabe correr.
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Víctor Montoya
(La Paz, 1958)
22- LA LETRA ENTRA CON SANGRE
La primera vez que mi madre me llevó a la escuela,
la mañana era calurosa y polvorienta. Yo tenía
guardapolvo blanco, sandalias de cuero negro y un mundo de
ilusiones. Pensé que al fin se me abrirían
las puertas de ese establecimiento misterioso y temido, del
cual me hablaron tanto mis compañeros de juego. "Los
profesores sacan los conocimientos hasta por los bolsillos",
me dijeron. "Les falta un pelo para ser bibliotecas
andantes y dejar de ser mortales de sangre y hueso".
En el trayecto, cuya distancia entre la casa de mis abuelos
y la escuela se podía ganar en un minuto a vuelo de
pájaro, recuerdo que mi madre me apretaba la mano
como si me fuese a reventar los dedos. Ella caminaba redoblando
los pasos y yo casi flotando a un palmo del suelo.
Cuando llegamos a la plaza del pueblo, a poco de vencer un
laberinto de callejones, mi madre se plantó de súbito,
levantó el brazo y, enseñándome un letrero,
dijo: "Ésta será tu escuela. Se llama
Jaime Mendoza". Yo miré el letrero con el rabillo
del ojo y sentí escalofríos, pues sabía
que en esta escuela, de paredes húmedas y pupitres
desvencijados, se castigaba a los desobedientes y se premiaba
a los inteligentes.
Cuando entramos en la escuela, mi madre desapareció en
la sala de los profesores, mientras yo la aguardaba en el
patio, sentado en un rincón, escuchando voces que
estallaban a mi alrededor y trepando con la mirada por las
paredes grisáceas.
Al toque de la campana, los niños rompieron el bullicio
y formaron en columnas de a dos. Yo permanecí en aquel
rincón, sin moverme ni hablar, hasta cuando escuché a
mis espaldas la voz de mi madre, quien me tomó de
la mano y me condujo hacia donde estaban los compañeros
de mi clase. "Éste es mi hijo", le dijo
a la profesora, con una sonrisa que se le amplió en
el rostro. La profesora no le contestó, se limitó a
bañarme con una mirada fría y a esbozar un
rictus de tedio y mal humor.
Al cabo de ocupar mi puesto en la fila, me entraron ganas
de llorar a gritos; pero como sabía que los hombres
no deben llorar, y menos cuando éstos están
en la escuela, me contuve con las manos empuñadas
y los dientes apretados. Mi madre se arrimó sobre
mi hombro y, acercando sus tibios labios contra mi oreja,
dijo: "Tienes que respetar a tu profesora como a tu
segunda madre". Luego depositó un beso en mi
frente, se volvió y se fue. Yo la perseguí con
la mirada y, antes de que desapareciera detrás de
la puerta, sentí ganas de orinarme; mas me inhibí al
oír al portero, cuya voz de mando se sobreponía
a la algarabía de los niños y los redobles
de la campana.
A las nueve de la mañana, dos niños, de cabezas
rapadas y zapatos lustrosos como sus caras, izaron la bandera
en un mástil herrumbroso. Entonamos el Himno Nacional
deformando "el hado" en "helado" y "propicio" en "prepucio".
Al final del acto, el director habló de cosas que
yo no entendía; sus palabras eran tan difíciles
y abstractas como las del Himno Nacional.
Después entramos en el aula, nos sentamos en los pupitres
de dos en dos. La profesora leyó nuestros nombres
en orden alfabético y, al llegar al mío, me
miró a los ojos y preguntó: "¿Tú te
llamas Víctor o Luis?" "Víctor",
le contesté con una voz quebrada. Ella levantó el
bolígrafo a la altura de su nariz ganchuda y tachó mi
nombre como haciéndome desaparecer del mapa. Se plantó frente
a nosotros, mirándonos uno por uno, y advirtió: "En
esta clase está prohibido hablar, jugar y preguntar".
Por la tarde, apenas oí el portazo que me sacudió como
si el golpe lo hubiese recibido yo, la profesora apretó una
tiza entre los dedos y exclamó: "Hoy les presentaré a
una señora redonda y con cola. Se llama "a".
Y, mientras la representaba gráficamente en el pizarrón,
agregó: "Ésta es la primera letra de nuestro
abecedario…".
Al día siguiente no quise volver a la escuela. Preferí jugar
con mi auto de latas y carretas de hilo, pero como mi madre
me amenazó con llevarme de la oreja, no tuve más
remedio que alistar mis útiles y asearme el cuerpo,
ya que la profesora tenía la manía de revisar
las orejas, los calcetines, las uñas y el pañuelo.
A quienes tenían las uñas sucias les daba un
reglazo en la palma de la mano y a quienes se olvidaban el
pañuelo los hacía volver a casa. La disciplina
era tan espartana que los niños, más que niños, éramos
soldados en miniatura.
Desde cuando empezó la escuela transcurrieron ya varios
días, semanas y meses, pero yo no aprendí ni
siquiera a diferenciar las vocales de las consonantes. En
cambio el compañero de mi banco, un niño de
origen campesino, que casi siempre venía en harapos
y cuyo castellano estaba salpicado de interferencias quechuas,
sabía ya leer y escribir de corrido. Su padre trabajaba
en la misma galería del interior de la mina donde
trabajaba mi padre y mi madre era la profesora de su hermana
en la escuela de niñas; razones suficientes para que
fuese mi mejor amigo. Además, me defendía de
la agresión de los más grandes y me ayudaba
a hacer los deberes escolares. Se llamaba Juan -digo que
se llamaba, porque no hace mucho que murió aplastado
por un tojo en la mina-. Los dos solíamos jugar en
los recreos. Yo le invitaba una fruta y él depositaba
un puñado de habas tostadas en el cuenco de mi mano.
Ambos éramos aburridos y nunca reíamos a carcajadas,
ni siquiera cuando los payasos y titiriteros venían
a la escuela. Eso de las carcajadas era una especie de privilegio
reservado sólo para los niños felices. Nosotros éramos
otra cosa. La alegría la teníamos escondida
en algún recóndito lugar del cuerpo. No hablábamos
en voz alta ni nos oponíamos al autoritarismo de los
adultos. Ya entonces estuvimos acostumbrados a la pedagogía
del silencio.
Recuerdo todavía el día en que Juan y yo llegamos
retrasados a la escuela por jugar con las canicas. El portero
abrió la puerta y nos propinó un coscorrón
a cada uno. Próximos a nuestra aula nos persignamos
y escupimos tres veces al suelo, pero esta creencia popular
no dio resultado, pues apenas cruzamos la puerta, la profesora
nos tomó por las orejas y nos sacudió en el
aire.
Cuando nos soltó de golpe, sentí que un hilo
de sangre corría por mi cuello y que un sudor frío
me empapó el cuerpo. De mis ojos querían brotar
lágrimas y de mis labios improperios, y, sin proponérmelo,
dejé caer la mirada en el instante en que la profesora
me dio un revés que me hizo arder la cara. Seguidamente
me dio un empellón y me arrinconó contra la
pared, donde me puso de rodillas sobre dos piedras del tamaño
de las canicas. A Juan lo puso de plantón, los brazos
en alto y seis libros apilados sobre las manos. En esta posición
nos mantuvimos hasta la hora del recreo.
Desde entonces fueron mayores mis deseos de no volver a la
escuela, y aunque me sentía como Pinocho, un niño
ni muy bueno ni muy malo, jamás se me ocurrió la
idea de ser un niño obediente para luego convertirme
en un niño de verdad. Lo que yo quería era
morirme y no volver a ver la figura de mi profesora, quien,
por lo demás, tenía un horrible moño
en la cabeza, la cara prismática, el estómago
abombado y las piernas tan delgadas como los tacones de sus
zapatos.
Cada vez que me acosaba la idea de no ir a la escuela, no
sabía cómo explicárselo a mi madre.
Sabía que no me iba a entender. Entonces tramaba mis
planes entre el silencio y el desvelo, simulando estar enfermo
o dormido; pero mi madre, quien conocía mis manías
como la palma de su mano, me levantaba de un grito y me daba
unas pastillitas que me provocaban náuseas. Frustrados
mis planes, salía de casa golpeando las puertas, pateando
las piedras, maldiciendo a mi profesora y pensando que la
escuela había sido el peor invento del hombre.
Un día en que el sol se mostró en un cielo
teñido de rojo sangre, me enteré de que Juan
se marchó al campo a cultivar la tierra de sus padres,
a oír el ladrido de los perros y el balido de las
ovejas. De pronto sentí su ausencia como si algo me
faltara en el alma y una sombra de tristeza cubrió mis
ojos. Avancé cabizbajo y me dejé caer sobre
el banco vacío y frío. Y, mientras recordaba
los mejores momentos que pasé con Juan, la profesora
me extendió un libro mal encuadernado y sin láminas
a colores. El libro era grande y pesado, que había
que asentarlo sobre el pupitre para hojearlo.
La profesora me miró con los ojos grandes y negros,
negrísimos, y me ordenó leer una fábula
de Esopo. Yo me puse de pie, sintiendo un nudo en la garganta
y, al término de un instante de rigidez que me trepó por
los huesos, empecé a leer el título deletreando.
La profesora, quien estaba parada a mis espaldas, leyendo
el texto por encima de mi hombro, me preguntó a bocajarro: "¿No
sabes leer o no quieres leer?". Yo me restregué los
ojos con el dorso de la mano y volví a clavar la mirada
en esa sopa de letras. Pero en el tercero o cuarto verso
llegué a la conclusión de que no entendía
el léxico, la sintaxis ni la moraleja.
Al comprobar que no comprendía mi propia lectura,
a pesar de escuchar mi voz, me dio la impresión de
que aún no sabía leer. Por lo tanto, acosado
por la angustia y la frustración, empecé a
tartamudear y gimotear. La profesora, cuya severidad era
admirada por los padres, hizo estallar un sopapo en mi boca.
El dolor fue tan intenso que, apenas me chocó su mano,
sentí como si me arrancara la cabeza de cuajo. La
sangre fluía de mis labios, mientras yo permanecía
pétreo, como acostumbrado a mantenerme inmóvil
para recibir un golpe. Me sorbí los mocos, engullí un
amago de saliva y las lágrimas inundaron mis ojos.
Pero la profesora, que mantenía la mano alzada ante
un rayo que se filtraba por la ventana iluminando las motas
de polvo, me siguió obligando a leer, como si con
esa tortura física y psíquica complaciera su
sadismo.
A partir de ese día adquirí un trauma por la
lectura. Pensé que todos los libros estaban escritos
por cabezones para cabezones, y no para los niños
que piensan y hablan de diferente manera que los animalitos
de las fábulas de Esopo. Sin embargo, mi otro yo,
el que estaba dentro de mí, pero muy adentro, me decía
que debía de aprender a leer, aun no estando motivado
para hacerlo.
Lo extraño es que yo sabía ya leer un poco,
pero en silencio, pues leía el letrero del peluquero
que vivía cerca de la casa de mi abuelo, las carteleras
de los cines, las rúbricas de los periódicos
y las revistas de series, que son las que más leía,
porque tenían ilustraciones a colores. Y cuando escribía,
parecía que las palabras descendían de mi cerebro,
emergían por mi boca y chorreaban sobre el papel como
la tinta por la punta del bolígrafo. Pero eso sí,
lo que nunca supe es cómo aprendí a leer, si
fue por inducción o deducción, con método
sintético o analítico. Lo único que
recuerdo es que esos pequeños signos se fueron grabando
en mi memoria. Después aprendí la fonética
de cada grafema, junté las letras en sílabas
y las sílabas en palabras. Era como si mi cerebro
acumulara palabras y las organizara en una sintaxis coherente.
A pesar de esto, cada vez que la profesora me obligaba a
leer en voz alta, delante de mis compañeros de miradas
atónitas, me subía el rubor a la cara y pronunciaba
las palabras atropelladamente, como si arrojara pedradas
por la boca.
Recuerdo también que, la primera vez que no hice los
deberes de matemáticas, la profesora me preguntó la
tabla de multiplicar y yo quise trocarme en polvo, pues en
lugar de contestar una cosa, contestaba otra. Así que
ella introdujo sus dedos índices en mi boca y me estiró la
comisura de los labios de ceja a oreja. "Correveydile
a tu madre que, en vez de tener un hijo, tuvo un burro",
me dijo mientras me sacudía violentamente, como a
un pez cogido por el anzuelo.
Otro día me sorprendió haciendo su caricatura
sobre un papel cuadriculado, me miró seria y dijo: "Desde
mañana haz de cuenta que no existes". Rompió su
caricatura delante de mis ojos, y ese dibujante que había
en mí, murió a poco de haber nacido. Ella se
sentó en la silla, redactó una nota, dobló la
hoja y agregó: "Este regalito es para tus padres".
Al regresar a la casa de mis abuelos, tenía alucinaciones
audiovisuales, veía la imagen de la profesora y oía
sus palabras en todas partes. Fue entonces cuando perdí las
ganas de seguir siendo niño. No quería ser
como Peter Pan, pequeño toda una vida, sino un hombre
hecho y derecho, para salvarme de los castigos habidos y
por haber.
Antes de concluir el año lectivo había que
asistir al examen final, para comprobar si uno merecía
ser promovido a un curso inmediato superior. Aquel día,
la mañana era lluviosa y fría. Yo desperté con
la idea de colgarme de la viga del techo o meterme un cuchillo
en el pecho, cansado ya de soportar los vejámenes
por el simple hecho de no haber asimilado las lecciones impartidas
por la profesora. No tomé el desayuno ni me cepillé los
dientes. No me lavé la cara ni me arreglé los
mechones de la frente. Salí exactamente como estaba,
con el guardapolvo sujeto por el único botón
que había cerca del cuello y con las sandalias de
correas reventadas. No llevaba conmigo más que un
lápiz, una goma y un sacapuntas colgados del cuello
como abalorio de curandero.
Cuando legué a la escuela, esquivando los charcos
que formó la
lluvia, alcé los ojos hacia el cielo y recé el
Padrenuestro. Después entré en la sala de examinación,
donde los profesores vigilaban el mínimo movimiento
en medio de un ámbito en el que no se oía una
sola voz. La sala parecía un campo de concentración,
donde sólo faltaban las armas y los barrotes.
Sentado en mi pupitre, frente a la hoja de examen, empecé a
llenar mecánicamente los espacios en blanco. Todas
las preguntas tenían una sola respuesta, cualquier
otra era inmediatamente anulada. Entre mis compañeros
había quienes memorizaban las lecciones tres días
antes del examen y quienes se olvidaban tres días
después. Empero, los más astutos, que casi
siempre obtenían las calificaciones más sobresalientes,
metían chanchullo en las manos, en el reverso del
guardapolvo y hasta en las mangas de la camisa.
Al abandonar la sala, experimenté la misma sensación
que siente el preso al salir de la cárcel, aspiré un
aire puro a todo pulmón y lancé un escupitajo
al suelo.
En la calle, no muy lejos de la casa de mis abuelos ni muy
cerca de la escuela, me encontré con mi madre, quien,
abriendo sus ojos que parecían invadirle el rostro,
me dijo: "El próximo año seré la
directora de tu escuela". A lo que yo le contesté con
voz serena: "No hace falta, la letra ya me entró con
sangre".
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Jaime Nisttahuz
(La Paz, 1942)
23- LA LINTERNA
A mi hijo Julio César
Volvió a insistir el niño que le compren una
linterna. Volvió el padre a decirle que las linternas
no son juguetes. Que son como las herramientas de trabajo,
y que más se usan en los lugares donde no hay luz.
También le dijo que si empleara la misma terquedad
en hacer sus deberes escolares, podría resultar un
alumno brillante.
-Te he comprado lo que querías. Supongo que así como
uno te complace, tú también sabrás portarte
mejor, ¿no?
-Sí, papá.
-No harás renegar a tu madre, por lo menos hoy…
-Ya, papá.
-Sabes que está un poco mal de los nervios, y hay
que tratar de complacerla.
-Sí, papá…
-¿No me estás tomando el pelo?
-No, papá.
Prueba el niño la linterna buscando sus canicas bajo
el catre. Espera la noche con ansiedad, mirando por la ventana,
mirando el reloj de la pared.
En su cuarto y ya acostado, saca la linterna de bajo la almohada
y comienza a mirar las figuritas que debe pegar a su álbum.
Nuevamente las cuenta. Oye un ruido. Lanza el chorro de luz
a la vitrina de sus juguetes. El mono está caído
sobre un auto. Va pasando la luz por los otros juguetes.
Parece que hablaran entre ellos. Parece que jugaran. Las
sombras que proyectan se mueven. Quieren aplastar a sus dueños.
El niño sacude la linterna. Juguetes y sombras efectúan
como una pelea de sombras contra sombras, juguetes contra
sombras, como si todos estuvieran contra todos. Llega a creer
que él arrastra o empuja con la barra de luz a esa
pelea. Entusiasmado ve que del fondo de la vitrina surge
otra luz (aunque más pequeña). Se asusta. Apaga
la linterna. No se da cuenta que es el pequeño espejo
que ha guardado allí.
La oscuridad es una pregunta sin respuesta. Tiene las manos
sobre la colcha. Por concentrarse en los ruidos de su habitación,
no oye el vehículo que al pasar bajo su ventana con
los faroles encendidos, parece cortarle las manos con la
luz, provocando sus gritos.
Entra la madre. Lo lleva a su dormitorio.
En la mañana, el padre observa al chico agujerear
en el jardín. Cuando está por abrir la ventana
y decirle que no se ensucie ni estropee las plantas, ve que
entierra la linterna. Quiere reprochárselo, pero como
sospecha que en cualquier momento va a desenterrarla, mueve
la cabeza. Qué imprevisibles son los niños.
Y se pregunta, si no es característico en los hombres
no contar con lo imprevisible.
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Blanca Elena Paz
(Santa Cruz, 1953)
24- LA CASA BLANCA
-¡Esteban, llevá el canasto!
La voz de tu madre hace que levantés la vista del
suelo. Guardás el toro de cristal. Los demás
protestan por la interrupción del juego.
-Ya voy mamá- un poco de desgano en tu respuesta.
También desgano en tus pasos que abandonan la sombra
del árbol. Y, después de tomar la cesta llena
de tamales, te alejás hacia los barrios de calles
enlosetadas.
-Véndalos todos y no se tarde mi hijo, necesito esa
plata- Las recomendaciones te acompañan como te acompaña
el sol. Ese sol que reseca la tierra arcillosa hasta hacer
que se descascare formando grietas. Volvés la cabeza.
Con un gesto de mano te despedís de los amigos que
continúan jugando a las bolitas. Te vas alejando del
barrio. Empiezan a distanciarse las zanjas verdosas con su
vaho caliente.
Cruzando la carretera están las casas con jardines.
En éstas venderás todos los tamales. Irás
pulsando uno a uno, los timbres de aquellas mansiones. Las
empleadas uniformadas se encargarán de vaciar tu canasto.
Con el dinero de la venta, tu madre te comprará algo.
Ella ha estado reuniendo las ganancias de los últimos
días. Estás seguro de que te va a regalar alguna
cosa porque mañana es tu cumpleaños. ¿Te
comprará un par de chuteras? Sí, creés
que será eso. Podrás usarlas en las mañanas
para ir a la escuela. Y en las tardes ya no jugarás
descalzo. Meterás muchos goles con esas chuteras.
Serán negras enteritas. No, mejor negras con una raya
blanca. Blanca como la bolita de vidrio que tocás
en tu bolsillo. Mañana no saldrás a vender.
Tu madre te preparará un café; aunque te parece
que va ser un chocolate con leche. Tu hermana irá en
tu lugar mañana en la tarde. Por eso debés
aprovechar esta oportunidad. ¿Te vas a subir a ese árbol
desde donde viste el otro día el techo y los balaustres
de la casa blanca? El portero te sorprendió mirando,
y si no te hubiese amenazado con guasquearte, hubieras podido
trepar más arriba para mirar mejor. No importa, esa
vez huiste, y ahora tendrás más cuidado. No
te va a pillar. ¿Será un castillo como en los
cuentos? Casi no viste nada. Los dueños no quieren
que nadie se acerque. La barda es muy alta, y con alambre
de púas. El portero no es malo. Cuando pasás
y él está parado en la calle, te compra; pero,
el portón se ve siempre cerrado.
Antes, no sabías nada acerca de ese caserón.
Fue tu madre quien comentó una vez.
-Los dueños eran pobres como nosotros -y agregó-.
Sólo que nosotros no hacemos negocios turbios-. Era
imposible, según tus vecinas, llegar a ser tan rico
de la noche a la mañana, sin sacarse la lotería.
Tu madre también te prohibió andar espiando
por la casa amurallada. Ella sí que te dará una
paliza si te acercás, pero ¿quién le
habría de avisar? Y si le avisan podés huir.
Ella no te dará alcance. Nadie te gana a correr. Llegás
a la esquina, y tu corazón late acelerado por la emoción.
Esta vez no vas a treparte a ningún árbol,
harás valer tu condición de vendedor. Mirarás
por el portón una vez abierto, y sabrás cómo
son los castillos. Presionás el timbre. Te parece
interminable el tiempo que transcurre hasta la aparición
de aquel hombre con el revólver. No sabés por
qué, pero sentís que por la herida de tu pecho
se te escapa el alma. Y nadie le gana en la huida.
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Edmundo Paz Soldán
(Cochabamba, 1967)
25- LA PUERTA CERRADA
a León
Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia majestuosa;
bajo un cielo azul salpicado de hilos de plata, en la calurosa
tarde de este verano agobiador, el cura ofició una
misa conmovedora frente al lujoso ataúd de caoba y,
mientras nos refrescaba a todos con agua bendita, nos convenció una
vez más de que la verdadera vida recién comienza
después de ésta. Personalidades del lugar dejaron
guirnaldas de flores frescas a los pies del ataúd
y, secándose el rostro con pañuelos perfumados,
pronunciaron aburridores discursos, destacando lo bueno y
desprendido que había sido papá con los vecinos,
el ejemplo de amor y abnegación que había sido
para su esposa y sus hijos, las incontables cosas que había
hecho por el desarrollo del pueblo. Una banda tocó "La
media vuelta", el bolero favorito de papá. "Te
vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiera
te detengo, yo sé que mi cariño te hace falta,
porque quieras o no yo soy tu dueño". Mamá lloraba,
los hermanos de papá lloraban. Sólo mi hermana
no lloraba. Tenía un jazmín en la mano y lo
olía con aire ausente. Con su vestido negro de una
pieza y la larga cabellera castaña recogida en un
moño, era la sobriedad encarnada.
Pero ayer por la mañana María tenía
un aspecto muy diferente.
Yo la vi, por la puerta entreabierta de su cuarto, empuñar
el cuchillo para destazar cerdos con la mano que ahora oprime
un jazmín, e incrustarlo con saña en el estómago
de papá, una y otra vez, hasta que sus entrañas
comenzaron a salírsele y él se desplomó al
suelo. Luego, María dio unos pasos como sonámbula,
se dirigió a tientas a la cama, se echó en
ella y, todavía con el cuchillo en la mano, lloró como
lo hacen los niños, con tanta angustia y desesperación
que uno cree que acaban de ver un fantasma. Esa fue la única
vez que la he visto llorar. Me acerqué a ella, la
consolé diciéndole que no se preocupara, que
yo estaría allí para protegerla. Le quité el
cuchillo y fui a tirarlo al río.
María mató a papá porque él jamás
respetó la puerta cerrada. Él ingresaba al
cuarto de ella cuando mamá iba al mercado por la mañana,
o a veces, en las tardes, cuando mamá iba a visitar
unas amigas, o, en las noches, después de asegurarse
de que mamá estaba profundamente dormida. Desde mi
cuarto, yo los oía. Oía que ella le decía
que la puerta de su cuarto estaba cerrada para él,
que le pesaría si él continuaba sin respetar
esa decisión. Así sucedió lo que sucedió.
María, poco a poco, se fue armando de valor, hasta
que, un día, el cuchillo para destazar cerdos se convirtió en
la única opción.
É
ste es un pueblo chico, y aquí todo, tarde o temprano,
se sabe. Acaso todos, en el cementerio, ya sabían
lo que yo sé, pero acaso, por esas formas extrañas
pero obligadas que tenemos de comportarnos en sociedad, debían
actuar como si no lo supieran. Acaso mamá, mientras
lloraba, se sentía al fin liberada de un peso enorme,
y los personajes importantes, mientras elogiaban al hombre
que fue mi padre, se sentían aliviados de tenerlo
al fin a un metro bajo tierra, y el cura, mientras prometía
el cielo, pensaba en el infierno para esa frágil carne
en el ataúd de caoba.
Acaso todos los habitantes del pueblo sepan lo que yo sé,
o más, o menos. Acaso. Pero no podré saberlo
con seguridad mientras no hablen. Y lo más probable
es que lo hagan sólo después de que a algún
borracho se le ocurra abrir la boca. Alguien será el
primero en hablar, pero ése no seré yo, porque
no quiero revelar lo que sé. No quiero que María,
de regreso a casa con mamá y conmigo, mordiendo el
jazmín y con la frente húmeda por el calor
de este verano que no nos da sosiego, decida, como lo hizo
antes con papá, cerrarme la puerta de su cuarto.
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Giancarla de Quiroga
(Roma, Italia, 1940)
26- SE LLAMARÁ CRISTÓBAL
A mi hijo Oscarín
Cuando a mamá se le ocurre ordenar mi cuarto ¡me
muero de rabia! Revuelve todo y al final la habitación
queda como si fuera de una persona desconocida, limpia, ordenada,
de alguien que no soy yo. Ni siquiera respeta el cajón
de mi escritorio, lo malo es que perdí la llave, en
el jardín. Tendré que buscarla, ojalá la
encuentre, mientras tanto he puesto un chicle para sellarlo
y he pegado un letrero que dice:
"¡PRIVADO! ¡NO TOCAR! ¡PELIGRO!"
Y abajo he dibujado una calavera cruzada por dos huesos,
pero ni así… no ha servido de nada, igual lo
ha abierto y ha sacado todo. Hasta encontrar la llave, tendría
que clavarlo o pegarlo con la gotita, pero después ¿cómo
lo abro?
-¿Para qué guardas tantos disparates? Papeles
pegajosos, cajitas de chicle vacías, botones, clavos… ¡hasta
una mosca muerta! ¡Ya es el colmo del desorden! -protesta
mamá.
Quisiera poder explicarle que esos papeles son de los dulces
que Corina me invitó un día al salir de la
escuela, y que ese botón dorado lo encontramos juntos,
creíamos que era de oro, pero no es, sus dos agujeritos
parecen ojitos, dice ella. La mosca la cacé al vuelo, ¡qué puntería!
El tornillo es de mi primer reloj, ya he desarmado cinco,
la galleta a medio mascar, la mordió ella.
-¿Y este pedazo de queso? ¡Qué espanto!
Van a aparecer ratones en este cuarto, ¡te aseguro!
-dice mamá mientras lo tira al basurero con un gesto
de asco.
Cada vez dice lo mismo, pero hasta ahora… ¡nada!
Porque el queso lo pongo en mi cajón para eso, para
que venga un ratón y se quede a vivir en mi cuarto.
Ya que no quiere comprarme un perro, tendría un lindo
ratoncito que, en todo caso hace pis y caca más chiquitos
que un perro.
-Y estas piedras, ¿para qué sirven? Hojas secas,
resortes, fósforos quemados, pepas de durazno… ¡todo
a la basura! -dice mamá mientras bota todo al basurero.
No me atrevo a protestar, sería inútil porque
ella no entiende que aunque no sirvan para nada, a mí me
gustan. Las piedras las recojo en mis paseos al río,
una parece una cara, tiene nariz y boca; la hoja que acaba
de destrozar era un pez perfecto, el hueso del pollo tiene
forma de Y, es de la suerte, y si uno mira esa corteza de árbol,
descubre un cuerpo de hombre con pito y todo. Ella en la
sala tiene sus adornos que no sirven para nada, pero le gustan
y no hay que tocarlos… A mí me gustan mis 37
piedras, mis hojas, mi pluma de pato, mis cosas, pero ella
las bota…
Si por lo menos tuviera un hermano con quien jugar… o
un perro, un gato, o un loro con quien hablar…
-¿Y este caballito roto? ¿Y este tren sin ruedas?
Tienes tantos juguetes nuevos, ¿para qué guardas éstos
que ya no sirven? Ahora que me acuerdo… ¡ya los
boté la semana pasada! No se te ocurra recoger nada
de la basura ¡Qué manía la que tienes
de guardar cosas inservibles!
No digo nada porque no entendería… sería
muy largo explicarle que el caballito lo quiero justamente
porque es cojo y me da pena, y que cuando juego, lo hago
correr más rápido que los otros caballos y
gana todas las carreras. En cuanto al tren, no necesita ruedas
para flotar en el agua, es un tren-barco.
Mientras mamá sigue protestando y asegurando que a
este paso mi cuarto se convertirá en un criadero de
ratones, recojo el caballito cojo del basurero, ¡le
salvé la vida tantas veces! Con disimulo rescato también
la cabeza de un títere, es un payaso con la nariz
desportillada, pero lo quiero mucho. Sin que mami se dé cuenta,
voy recuperando casi todos mis bienes: mis piedras, mi imán,
mi tren-barco, no encuentro mi mosca… ¡qué pena!
Mis hojas están todas destrozadas, pero consigo salvar
el corazón amarillo de mi margarita, yo le arranqué los
pétalos, me quiere, no me quiere, poco, mucho, nada, ¡me
quiere! ¡Corina me quiere! Cuando sea grande, seré astronauta
o tractorista, tendré mucha plata y me casaré con
ella, tendremos muchos perros de todas las razas, un monito,
una tortuga y un león.
Lleno mis bolsillos y me escapo al jardín antes de
que mi mamá se dé cuenta, es preciso que encuentre
la llave de mi cajón para que no hurgue mis cosas,
luego voy a la cocina a sacar un pedacito de queso y pienso
con ilusión que cuando aparezca el ratón en
mi cuarto, se llamará Cristóbal y podré contarle
todas mis penas.
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Rosario Quiroga de Urquieta
(Cochabamba, 1948)
27- DEL OTRO LADO DEL MUNDO
La tímida luz penetró sobre el silencio, que
como una hacendosa araña tejía la soledad de
los objetos, que todavía dormían en los rincones
del cuarto.
Como en todos los amaneceres, se frotó los ojos. Se
sentó sobre su colchón de cueros que a cada
movimiento crujía como si debajo de él estuviese
la alarma de un despertador.
Todo se puso a marchar: correteaban los ratones sobre los
periódicos viejos, el gato los perseguía. El
perro husmeaba por sobre los trastos. Afuera goteaba, insistente,
una pileta sobre la losa del patio gris del conventillo.
Miró a su alrededor. Estaba sola… sí,
estaba sola como siempre. Hoy, también, sus padres
habían salido a trabajar.
Como una caricia acostumbrada, la angustia le apretó la
garganta. Primero fue un sollozo fuerte, después un
llanto tímido como una especie de alivio. Luego le
sobrevino una calentura en la cabeza y en su húmedo
rostro brilló una resolución: conocería
el secreto de afuera, de la calle, de aquel otro lado.
¿
Qué me pondré. La falda verde… no, no;
es mejor la roja, aunque está un poco sucia, pero
no hay más remedio, no tengo otra. Para ocultar mi
blusa rota me pondré la manta de mi mamá. ¿Y,
mi pelo? ¿Qué hago con mi pelo?
Los cabellos sucios de Mariana estaban más tiesos
que nunca.
Decidió amarrarlos, tras la nuca, con un cordón
viejo de zapatos.
Se movía sigilosa, temerosa, como si miles de ojos
invisibles la estuviesen observando, y pudiesen impedirle
su salida a la calle.
Se intensificó la luz. Se hizo tibio su recorrido
por el cuarto e inundó de fuerza el corazón
de Mariana.
Entreabierta, la puerta marcaba la ruta de ensueño.
Avanzó hacia el patio, confiada prosiguió.
Sus piececitos negros, curtidos estaban acostumbrados al áspero
ripio de las piedras puntiagudas. Su caminar se hizo más
seguro al atravesar el patio. Un ánimo desconocido
parecía guiarla. No sentía miedo ni remordimiento.
Ahora, afuera, en las calles disparejas del barrio suburbano
sus pies corrían ágiles, incansables, hacia
adelante. Ella correteaba de acá para allá,
esquivando perros o miradas feas. Iba sólo orientada
por su instinto.
Cosa rara, en esa soledad parecía sentirse más
segura de sí misma; mucho más que en el estrecho
cuarto de su vivienda. No necesitaba de sus padres.
Una avenida cuajada de ruidos se abrió ante sus ojos.
Buses repletos de gente. Niños que viajaban en carritos
pequeños. Vestidos y zapatos brillantes. Mamás
que llevaban de la mano a sus hijos. Vitrinas de dulces,
tortas, juguetes… todo, todo parecía correr
como reguero de chispa y campanillas sonoras.
Era el corazón de la ciudad. La muchedumbre arrastraba
su vida sin preocupación. Entre ellos, Mariana, una
simple niña que se sentía dueña de aquella
libertad de sol y aire.
Ella, curiosa e inocente, levantaba la vista hacia las caras
de los distraídos y egoístas transeúntes,
y ante la indiferencia empezó a sentirse turbada y
con un gesto de defensa quiso apretar algo y sólo
encontró su propia mano.
El desordenado flujo de la multitud la volvió a empujar
hacia la corriente. De pronto se encontró frente a
una niña que parecía estar sola. Mariana avanzó hacia
ella. Con súbita ternura que le corría por
los ojos se fue acercando despacio, sin hablar. De pronto,
la niña advirtió su presencia y empezó a
gritar alocadamente, como si hubiera visto algo muy feo,
o lo que es peor, un fantasma.
¡¡¡¡¡
Mamá, mamá… Mammmmmmmá!!!!!!
Antes de que la madre acudiera, Mariana empezó a correr
hasta
lograr cruzar la calle y otra vez se vio envuelta en la corriente
humana. Cuando logró serenarse, un dolor grande le
apretó el pecho y las lágrimas le empezaron
a nublar la vista.
-¿Realmente soy tan fea? ¿Por qué se
asustó tanto esa niña? ¿Qué tengo
yo que esa niña no tenga?
Empezó a observarse y no encontraba respuesta. No
había explicación. Sintió ganas de volver
al conventillo. Era preferible la compañía
de los ratones y el tic-tac de su cuarto solitario. Sin embargo,
sin darse cuenta, la corriente humana la volvió arrastrar
hacia adelante. Como en un carrusel giraban a su alrededor
personas y objetos.
Por un momento violento pensó en su mamá y
papá, quizá porque veía a niños
y niñas de la mano de sus padres. Pero en forma inexplicable
empezó a sentirse importante y grande. Ella sola había
logrado salir. Ella sola había logrado enfrentarse "al
afuera"… Claro que sí, era independiente.
De ahora en adelante nada más la haría desanimarse
en su desafío al mundo.
Meditando llegó al pretil del río.
Luces amarillas. Luces rojas salían de una carpa y
se perdían en la noche. Se fue acercando cada vez
más y sintió que dentro de la carpa estallaban
aplausos. Asomó la cabeza por debajo de la lona, sin
mucha dificultad se escurrió y apareció dentro
del circo. Aquello era como una gran vitrina iluminada. Vio
enanitos barbudos, de piernas cortas y gran cabeza. Osos
peludos, payasos traviesos. Pero su corazón quiso
brincar de alegría cuando vio girar una gran rueda
que hacía chorrear luces y sonidos haciendo dar vueltas
a hombres, mujeres y niños.
No supo qué tiempo estuvieron sus manos pegadas a
la reja del carrusel. Estaba concentrada en el balanceo de
los caballitos de revueltas crines y en la alegría
de grandes y chicos, cuando una voz cruel y pesada la devolvió a
la realidad.
-Aparta de ahí a Luisito, querido, esa niña
debe tener piojos. Como respuesta, el hombre se alejó rápidamente
con el niño en los brazos.
Mariana se miró, no tenía zapatos brillosos,
ni cara lavada, ¿era esa la diferencia? Pero tenía
algo igual a los demás… los pies, que la podían
llevar a donde quisiese.
Entre el tumulto ella era como un canto de libertad.
No andó mucho trecho. Algo en su interior le hizo
disminuir su marcha. Llegó hasta sus narices el olor
inconfundible del fritado de pasteles. Se volvió como
un resorte. Uno sobre otro, humeante, empolvados con azúcar
molida, se amontonaban los pasteles sobre una mesa. Detrás
de la mesa, la vendedora, con el ceño fruncido, gritaba
ofreciéndolos:
-¡Pasteles, pastelitos calientes!
Se aproximó todo lo que pudo a la mesa. Su boca hambrienta,
su lengua, sus dientes nadaban en abundante saliva. Qué ricos
se veían. Habían tantos y sin embargo ninguno
podía ser para su boca.
Aquella señora gorda no le daría ninguno.
Le vino el impulso de pedirle, con voz humilde, uno; como
respuesta, la vendedora, la apartó con una rama, como
si fuese una mosca.
¡
Ni modo! Volvió a caminar entre la gente. Pero, ahora,
ya no le interesaba ni los pasteles ni los demás niños;
tampoco las vitrinas, los ruidos y sus calles.
Algo diferente animaba su cuerpo. Algo distinto la empujaba.
Vio que frente a ella se abría la ancha puerta iluminada
de su cuarto. Parecía encendida de plata lunar. Debía
penetrar en su interior. Se dio plenamente. Se sentía
cansada. El sueño la estaba tocando con su mano de
seda y sus ojos visionarios. Sintió que de sus hombros
le brotaban unas alas que se agitaban, se elevaban por el
aire puro, transparente, lleno de paz.
Así llegaría, ella, al conventillo que estaba
al otro lado del mundo.
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