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Roberto Laserna
(Cochabamba, 1953)


20- LOS MENORES DE LA ESQUINA

a Gíldaro Antezana

Es cierto; temblabas de miedo al caminar por esas calles, tan desconocidas, tan frías, tan ajenas. Si hasta te molestaba pisar ese suelo negro y duro, no sentir la tierra y el pedrón bajo tus pies, deshacer las khurpas al caminar. ¿Extrañabas tal vez el aire verde? Claro, no puedes arrepentirte, volver a tu casa sería rendirse. Y mañana tendrás que buscar dónde comer, qué hacer. Lo que importa ahora no es pensar sino soñar, dormir un poco. Tienes suerte. Tienes suerte porque apenas llegaste y ya tienes un amigo: el Chino. Sonriente, hospitalario, el Chino te ha invitado a su... atorradero? ¿Se dice atorradero? No, claro, tú no, pero así le llaman, ¿no? Y el Chino, qué buen tipo, te ha dicho que te quedes con ellos, que serás de su grupo, que te dejarán estar con la Tuerta, que dicen que lo hace lindo. Ni sabes lo que hace pero está bien, el brillo en los ojitos del Chino da ánimos, claro que sí.
No estás descontento. Con miedo sí pero no triste. Si hasta tienes amigos y la promesa de la Tuerta. Pero ¡cómo temblabas! ¡Cómo temblabas hasta que conociste al Chino! Cuando te vio parado en la puerta del café, con la boca abierta y mirando todo como si fuera nuevo, se dio cuenta de inmediato que acababas de llegar.
-¡De dónde vienes lorito! -notando tu nariz, acercándose burlón, amiguero el Chino.
Lo miraste sorprendido ¿quién es éste? Pero a poco ya le estabas contando, casi lloroso, cómo te aburrías con las habas y la papa, y las ordeñadas a la vaca, y el ven hijito, anda hijito, come hijito, salta hijito hasta que, ¡la pucha!, no aguantaste y aquí estás. No dijiste nada del castigo y callaste las ilusiones.
-¡Pero bien oyes! -dijo el Chino entusiasmado- igualito que todos -agarrándolo del brazo- no tienes dónde dormir, ¿no? -jalándote hacia adentro. Y de pronto estabas en la cocina del boliche, con un pan con chorizo entre las manos, con tu cuerpo en la calle y los ojos sorprendidos.
-¡Sin decir gracias he salido!
-No importa -sonríe el Chino- ella es bien buena gente -diciendo en tu oído- por suerte no estaba la dueña que siempre llama a la COPRO y ahí sí que nos friegan la vida.
Y tú en la luna, qué vieja, qué Coprocuántos, qué frieguen. Y el Chino carcajeando.
-Si serás nuevo -sus ojitos perdiéndose- ven que te explico todo de un canto -empujándote hacia la plazuela.
Dices que esa noche dormiste bien. Que te prestaron periódicos porque te estabas thayachando de frío. Thayachando, ¿no? Y pensabas seguramente que era muy lindo dormir así, en grupo, apretaditos y mirando las estrellas.
-Yo te voy a enseñar cómo se saca el brillo a los zapatos.
-Yo te voy a llevar a mi pocita del río, vas a ver cómo de lindo se baña uno.
-Vas a venir conmigo al Prado a limpiar autos. Siempre se consigue platita y, a veces, hasta cervecita nos convidan... ¡y hay puchos?... ¡para escoger!
-Pero mejor es limpiar vidrios en la 25, ¡el semáforo es relargo y te da tiempo!
Todos, el Lagarto, el Loco, el Pancitas y hasta la Tuerta te querían llevar con ellos. Pero el Chino te ofreció el asunto del cine y con eso quedaste deslumbrado. ¡Cómo abrías los ojos! ¡El cine! Te dejó pensando, recordando, soñando. Los charros, los caballos, esas mujeres lindas que viste hace no mucho, y los karatecas. ¿Pasaban ellos por tu mente? ¿Soñaste con ellos? Porque de dormir sí que dormiste. ¡Y cómo! La barriga de la Tuerta debajo de tu cabeza y la cabeza del Pancitas en tu barriga. ¿Cierto que así durmiendo uno se olvida que no ha comido? ¿Cierto que se tienen sueños lindos?
-¡Despierten piojosos!
Y te fuiste con el Chino al día siguiente. ¡Qué feliz que estabas! Amigos y trabajo. Y en la ciudad.
-Te presento al Lorito -dijo amistoso el Chino. Y el Ringo desde arriba, desdeñando, te mira desde el chulo a las ojotas.
-De dónde salió este lari -mirando al Chino.
Rascando la cicatriz de su cara. Escupiendo verde y pesado, eructaba el Ringo y tú temblabas -parece un kjarka -se burla. El Chino, mientras tanto, dale a contar que te escapaste, que duermes en la esquina, que eres un buen chango, que no sabes nada de nada, pero que puedes trabajar en el cine. -¡Va estar bien, Ringo, lo probaremos! ¡No ves su pinta... le van a creer!
-Bueno pues -diciendo el Ringo- tal vez sirva -abrazándote afectuoso- déjamelo esta tarde -y tú como queriendo zafarte.
-Listo hermano -el Chino- te lo traigo esta tarde entonces.
¿ Tomaste desayuno? ¿En el Santa María? ¿Té sin azúcar? No, no me río, no creas.
-Ven -terminando su tecito el Chino- te voy a presentar a la Chaskita -escondiendo su taza de lata- la que ayer nos dio pan y chorizo, ¿te acuerdas?
Sí que te acordabas. No te ibas a olvidar así nomás de la gordita, tan simpática, con sus ojos tan grandotes.
Caminando largo con el Chino al lado llegaste a la casa de la Chaskita, y fue ella la que salió a recibirlos con su enorme sonrisa.
-Pasen, pasen -melosa- ¿cómo estás Chinitoy? -besándolo- ¿quién es tu amigo? -agarrándote del brazo.
No le cuenta mucho el Chino. Que recién has llegado, que sabes poco y que eres fuerte.
-Y es nuevito -pícaro otra vez-. ¡Les va a gustar a tus clientes!
Miras al Chino sin entender nada. Piensas que bromea.
-Pero tiene que aprender -guiña el Chino.
-A ver pues -la Chaskita- lo vamos a probar -jalándote hacia su cuarto- ven...
-Lorito -diciendo el Chino.
-Lorito -repitiendo la mujer al abrazarte. ¿Qué más hizo allí en su cuarto? ¿Qué no querías? ¿Y ella te desvestía? Pero...
Saliste contento de la casa pero sin entender lo que pasaba. El Chino tampoco entendía pero estaba seguro de que era cuestión de suerte. Que hay lugares donde se paga para lo mismo. Que era rarito pero bueno, ¿no? Y a ti ya no te importa mucho. Total, la Chaskita es buena gente y te ríes con ella. ¡Claro! ¡Cómo ibas a saber! Tan buena la Chaskita.
-Demasiado miedoso el chango -mira con reproche al Chino- casi nos hace pescar -el Ringo.
Es que ni sabías cómo pedir un pesito y no pudiste distraer al que compraba entradas y el Ringo se enojó por eso y casi te pega, claro.
-Y el jailón tenía pinta de buena plata -estaba molesto el Ringo- ¡de billetera grande era! -también se enoja con el Chino.
-¡Vagos de mierda! ¡Con lo bien que los trata la COPRO!
El Chino estaba triste después de tu prueba pero no podían perder tiempo con lamentaciones, así que ahí mismo se fueron a lavar vidrios a los autos del Prado. Te gustaba estar cerca de ellos, acariciarlos, mirarlos y remirarlos con tus ojos tiernos, aguados de nostalgia... tal vez recordando... ¡Pasaban tan rápido y tan lejos! Los veías veloces, inalcanzables, perdiéndose en el polvo del camino. Los veías... Tus padres, tus padres también.
¿ Ganaron bien esa tarde? ¿Llenaron el frasquito por el puente? ¿Pensabas que era para hacer fogatita en la noche? ¿Para colar unos cartones?
-Probá nomás -diciendo y alcanzándote la Tuerta- ¡vas a ver qué rico es!
Tú temiendo, no queriendo, resistiendo y ¡qué sensación! Tu garganta quemándose. Tu estómago ardiendo. Tus ojos cerrándose al cansancio. ¿Otra vez? Mucho mejor. Nada de hambre. Nada de frío. ¿Dormiste bien?
-¡Cuidado con ése... que no se escape!
¿ La más buena? La más buena la Chaskita. Por eso fuiste una vez más a pedirle comida pero te dijeron que no estaba. Tal vez presa, tal vez enferma: no había venido a trabajar y que te dejes de fregar. Buscaste de inmediato al Chino para contarle. Cojo y balbuceante estaba en pleno trabajo a la puerta de la iglesia. Corrieron a la casa y tampoco la encontraron. La vieja de la esquina les dijo renegando, con voz de procesión.
-Se la ha llevado la policía -riñéndolos a ustedes- ¡Mujer de mala vida! -dice rencorosa y al mirarlos piensa que a ustedes también deberían agarrarlos- ¡Había estado enferma, contagiando la bandida!
Asustado el Chino, asustado tú, salieron corriendo y apenas solos a revisarse. ¡Maldita sea! ¡Era cierto! ¡A ver mirá! Con razón nadie la buscaba y era ella la que los buscaba a ustedes, la muy putísima.
-Seguro que la pescaron por engatusar a un jailón -odiando a la Chaska- ¡Maldita Chancrona! -cambiándole el apodo- que se pudra la perra -tocándose y mirando, rabiando el Chino- si la vuelvo a ver te juro que la mato, le meo en la cara hija de puta, ¡si será...!
Tú sin saber qué hacer, doliéndote hasta las manos de sólo mirarte, gimiendo tu desesperación.
-¡Y pensar que llegué sanito! ¡Maldita ciudad! -ayudando en maldiciones al Chino tu amigo.
-¡Qué vamos a ir al hospital! -con ira, rabia y odio el Chino-, de ahí nos llevan a la COPRO directo...
-¡Estamos jodidos Chinitoy! ¡Qué mierdas hacemos?
Arrastrando la mirada por el suelo, pateando basuras por la calle, suspirando un aire enrarecido, el Chino y el Lorito se van camino al centro. Ganarán algo por lo menos, quizás los dejen cuidar un auto, tal vez consigan lo que quieren. No es difícil, otras veces lo han hecho.
-¿Recuerdas la primera vez, Lorito? ¡Meses!
-Meses. ¡Tanto ya!
Pasa el tiempo. Silencioso, como dejándonos atrás y es él el que se va.
Viernes, estreno, autos a no acabar en la cuadra del cine Astor. La noche bulliciosa los observa buscar una tripita. Tú la tienes, Lorito, y también la botellita que irán llenando de gasolina. Saldrán del apuro. No sentirán hambre. Tendrán sonrisa. No llevas más el traje que tenías al llegar y usas zapatos de quién sabe dónde. Tienes las manos negras del betún porque sabes lustrar. Tienes tu caja con cepillos, cremas y trapos y trabajas. El Chino no, él hace lo único que sabe en todas las colas que encuentra. El cine, el fútbol, la alcaldía, el circo... ¿Mal? Mal no viven, aunque mastican el dolor de saberse enfermos. Recogen puchos y se sientan en la acera a descansar.
-Suerte encontrar rubio -habla, comenta, protesta el Chino- ahora que los pijes se han dedicado a fumar negro es una suerte.
Asientes en silencio.
-¡Y la Tuerta!!! -abres los ojos, te acuerdas, te asustas Lorito- seguro que la hemos contagiado...
-¡Y a los demás! -con el terror redondeando sus ojos te mira el Chino- ¡Nos jodió la Chancrona!
16 (APE).- En eficaz acción y en estricto cumplimiento de sus funciones, la policía tutelar del Consejo de Protección de la Familia y el Menor -COPROFAM- descubrió un atorradero donde pequeños delincuentes se drogaban con gasolina y clefa.
Los menores fueron inmediatamente trasladados al Hogar del Buen Señor donde recibirán adecuada atención a sus necesidades.
Entre ellos se detuvo, además, a una meretriz apodada la Tuerta cuya enfermedad parece haber contagiado a los indicados menores. La mujer fue puesta a disposición de las autoridades sanitarias de la Cárcel de Mujeres, quienes se encargarán de investigar la procedencia de dicha enfermedad que, según versiones oficiales, había sido totalmente erradicada de nuestro medio.
-¡Agarren a ese también!!! -gran despliegue de fuerzas, heroicos los policías.
-Tenemos que avisarle. Ojalá que esta noche vaya a la esquina -se sienta otra vez, taciturno el Chino.
Le importa poco. Lo que quiere es gasolina, o clefa, o lo que sea para olvidar a esa mierda de la Chancrona, nunca más Chaskita para nadie. Pero no puede evitar la opresión que siente en el estómago. Mira con pena a su amigo, se estará arrepintiendo de haber escapado, piensa tal vez el Chino, queriendo escapar él esta vez.
-Vamos -sacude su camisa, pisa la colilla, camina trabajosamente el Lorito- tal vez el Pancitas también esté contagiado.
Levanta su cuerpo el Chino y se van juntos, a pasos lentos y callados, hacia su esquina.
La Tuerta llora y putea.
-¡Cojudos de mierda! -pega, insulta, maldice al Lorito y al Chino que han llegado con la noticia- ¡Por su culpa de ustedes, cabrones! -se lleva el frasco a la nariz y aspira hondo, largo y profundo la Tuerta- Gracias.
Llora en silencio, esconde la bronca, se pierde en el adormecimiento que le llega de adentro. La tristeza ha hecho pesados sus estómagos vacíos pero logran derrumbar sus párpados. Hasta que una patada en la espalda despierta al Loco.
-¡Despierten piojosos! -es la ley que trabaja.
Apenas llegaron al Hogar del Buen Señor y ya estaban tratando de fugar. Azotes al primer intento, ayuno de dos días al segundo.
-COPROFAM está cumpliendo una gran labor -muy seria-, los niños se encuentran bajo vigilancia médica -risueña- la niñez está bien protegida en el país -sonriendo a los flashes, agradeciendo a la prensa con salteñas y cerveza, brindando la autoridad.
-¡Y para qué vamos a joder a estos chicos! -preguntando ingenuo Marcial Fuentes.
-¿Acaso no sabes que mañana llegan unos capos de no sé dónde? -encendiendo un cigarrillo, bostezando, aburrido el cabo- pero después los sueltan, Fuentes, no te preocupes, no hay plata para dar de comer a tantos... ¡Agarren a ese también!! -gritando el cabo, corriendo Marcial Fuentes- ¡Sí señor!
-Vámonos a la esquina -jadeando el Chino. La carrera ha sido larga y tiene sueño.
-¡Mana, mana! -negando, reprochando, miedoso- nos han de volver a agarrar -rezongando- ¡y habían sabido fregar con sus castigos! -con ganas de escapar, tú, pero ¿a dónde?.
-Cierto pues que es la primera vez que te atrapan -sonriente y de buen humor el Chino- pero tranquilo oyes, ya no nos han de joder hasta la próxima... el tiro es que nos den un campanazo, así desaparecemos de su vista ¡y listo! -optimista y haciendo planes-. Ven nomás... apúrate. Uno de los policías ya es mi amigo...
Abrazados, amigos como nunca, el Chino y el Lorito cortan la oscuridad con sus silbidos mientras se acercan a la esquina. Ahí está la Tuerta, sonriendo hacia adentro, sólo para ella. El Pancitas tiene su redonda cabeza sobre la espalda del Loco. Ustedes también se recuestan y buscan el frasco del sueño pero ya no queda nada. ¿Ninguno puede dormir? Estiras los periódicos y la luz ilumina una sonrisa. ¿Es una foto o eres tú que de mí te burlas?

 

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Alfredo Medrano
(Cochabamba, 1944)


21- EL GATO

Los dos niños, metidos en la noche, duermen uno contra el otro. Hace frío y la piedra se estremece con imperceptible temblor. La calle está desierta, un gato cruza los tejados veloz como una saeta. El reloj de la catedral marca las tres, lento como el bostezo de alguien que se frota el sueño con la otra mano. Una cucaracha pasea por la calzada, agita sus antenas bajo la penumbra buscando el hueco de la alcantarilla, su morada al otro lado de la luz. Los dos niños lanzan profundos suspiros, navegando aún lejos del día, empañando la piedra con su pequeño aliento cálido que roza levemente la cuchilla del frío que anda suelto por las calles escupiendo escarcha sobre el lomo de los perros vagabundos, sobre el césped de los parques. Ambos niños se arrebujan con sus harapos delgados, casi líquidos, mientras el invierno afila y afila sus cuchillas; ambos se estrechan buscando un poco de calor, se aproximan entre sueños apretando los dientes, acurrucados, metiendo las manos entre las rodillas, acariciando un pan duro. Otro gato maúlla y espanta una estrella. La cucaracha sigue vagando sobre las baldosas desoladas y ateridas, sigue el reloj marchando en silencio hacia el encuentro del alba, las calles desiertas con sus muros carcomidos de orín. Los niños permanecen anclados en el fondo del sueño desconocido que sueñan junto a una puerta cerrada con un aldabón antiguo mientras pase la noche. Ambos parecen gemelos porque duermen de la misma manera, con el mismo gesto desconsolado, y tienen igual hirsuto el pelo, no tienen zapatos, los dos son los únicos que pueden observar el paseo alocado de la cucaracha o escuchar la carrera de los gatos y lo mismo ambos tienen un extraño signo en la frente. (Otro gato grita y otra estrella cae). El frío envuelve a los dos niños, les manosea los huesos. Uno de ellos musita algo como una palabra o una queja empujada desde el pecho, empapada en un poco de saliva, hasta escurrirse entre los dientes y llegar al aire helado que fluye por la calle donde transita la cucaracha brillosa como un prendedor perdido. El niño se agita entre su sueño y sus dientes castañean; tirita y la piedra está tibia, la piedra pulida por la carne y el trajín del tiempo, tirita y el sueño le corre por las venas a borbollones, aplastándole el pecho, mesándole los cabellos, arrastrando voces agrias por los pasadizos de su memoria. La puerta se abre de golpe, el gato dilata sus ojos del tamaño de la luna y el niño gime, quiere desprenderse de la piedra, del peso de ese sueño denso y turbio. Llama a alguien, llama a su compañero. "Pedro", dice. No: "Pablo", dice, con un apremio que le agolpa las palabras en la boca, junto a los dientes que entrechocan y dejan salir un aliento cortado a pedacitos y dejan entrar el frío de la noche, la cucaracha pulida y agitada tras el último eslabón de las tinieblas. "Pablo", repite el nombre de su compañero junto a él durmiendo o ya llegando desde lejos, a punto de verse de nuevo sobre el umbral de piedra, apenas al margen del frío que anda suelto acuchillando el aire, la carne tibia y morena bajo los andrajos. El hombre está ahí, parado en actitud amenazante. El gato huye como una sombra golpeada por la luz. El niño dilata sus pupilas del tamaño de la luna, se siente acorralado, anhela correr pero no puede porque el miedo le sacude las piernas. La mano avanza proyectándose tensa y rígida cual una tenaza de acero y cae sobre la pequeña cabeza desgreñada. El niño grita y otra estrella cae del cielo. El otro niño duerme tranquilo porque ya sabe correr.

 

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Víctor Montoya
(La Paz, 1958)


22- LA LETRA ENTRA CON SANGRE

La primera vez que mi madre me llevó a la escuela, la mañana era calurosa y polvorienta. Yo tenía guardapolvo blanco, sandalias de cuero negro y un mundo de ilusiones. Pensé que al fin se me abrirían las puertas de ese establecimiento misterioso y temido, del cual me hablaron tanto mis compañeros de juego. "Los profesores sacan los conocimientos hasta por los bolsillos", me dijeron. "Les falta un pelo para ser bibliotecas andantes y dejar de ser mortales de sangre y hueso".
En el trayecto, cuya distancia entre la casa de mis abuelos y la escuela se podía ganar en un minuto a vuelo de pájaro, recuerdo que mi madre me apretaba la mano como si me fuese a reventar los dedos. Ella caminaba redoblando los pasos y yo casi flotando a un palmo del suelo.
Cuando llegamos a la plaza del pueblo, a poco de vencer un laberinto de callejones, mi madre se plantó de súbito, levantó el brazo y, enseñándome un letrero, dijo: "Ésta será tu escuela. Se llama Jaime Mendoza". Yo miré el letrero con el rabillo del ojo y sentí escalofríos, pues sabía que en esta escuela, de paredes húmedas y pupitres desvencijados, se castigaba a los desobedientes y se premiaba a los inteligentes.
Cuando entramos en la escuela, mi madre desapareció en la sala de los profesores, mientras yo la aguardaba en el patio, sentado en un rincón, escuchando voces que estallaban a mi alrededor y trepando con la mirada por las paredes grisáceas.
Al toque de la campana, los niños rompieron el bullicio y formaron en columnas de a dos. Yo permanecí en aquel rincón, sin moverme ni hablar, hasta cuando escuché a mis espaldas la voz de mi madre, quien me tomó de la mano y me condujo hacia donde estaban los compañeros de mi clase. "Éste es mi hijo", le dijo a la profesora, con una sonrisa que se le amplió en el rostro. La profesora no le contestó, se limitó a bañarme con una mirada fría y a esbozar un rictus de tedio y mal humor.
Al cabo de ocupar mi puesto en la fila, me entraron ganas de llorar a gritos; pero como sabía que los hombres no deben llorar, y menos cuando éstos están en la escuela, me contuve con las manos empuñadas y los dientes apretados. Mi madre se arrimó sobre mi hombro y, acercando sus tibios labios contra mi oreja, dijo: "Tienes que respetar a tu profesora como a tu segunda madre". Luego depositó un beso en mi frente, se volvió y se fue. Yo la perseguí con la mirada y, antes de que desapareciera detrás de la puerta, sentí ganas de orinarme; mas me inhibí al oír al portero, cuya voz de mando se sobreponía a la algarabía de los niños y los redobles de la campana.
A las nueve de la mañana, dos niños, de cabezas rapadas y zapatos lustrosos como sus caras, izaron la bandera en un mástil herrumbroso. Entonamos el Himno Nacional deformando "el hado" en "helado" y "propicio" en "prepucio". Al final del acto, el director habló de cosas que yo no entendía; sus palabras eran tan difíciles y abstractas como las del Himno Nacional.
Después entramos en el aula, nos sentamos en los pupitres de dos en dos. La profesora leyó nuestros nombres en orden alfabético y, al llegar al mío, me miró a los ojos y preguntó: "¿Tú te llamas Víctor o Luis?" "Víctor", le contesté con una voz quebrada. Ella levantó el bolígrafo a la altura de su nariz ganchuda y tachó mi nombre como haciéndome desaparecer del mapa. Se plantó frente a nosotros, mirándonos uno por uno, y advirtió: "En esta clase está prohibido hablar, jugar y preguntar".
Por la tarde, apenas oí el portazo que me sacudió como si el golpe lo hubiese recibido yo, la profesora apretó una tiza entre los dedos y exclamó: "Hoy les presentaré a una señora redonda y con cola. Se llama "a". Y, mientras la representaba gráficamente en el pizarrón, agregó: "Ésta es la primera letra de nuestro abecedario…".
Al día siguiente no quise volver a la escuela. Preferí jugar con mi auto de latas y carretas de hilo, pero como mi madre me amenazó con llevarme de la oreja, no tuve más remedio que alistar mis útiles y asearme el cuerpo, ya que la profesora tenía la manía de revisar las orejas, los calcetines, las uñas y el pañuelo. A quienes tenían las uñas sucias les daba un reglazo en la palma de la mano y a quienes se olvidaban el pañuelo los hacía volver a casa. La disciplina era tan espartana que los niños, más que niños, éramos soldados en miniatura.
Desde cuando empezó la escuela transcurrieron ya varios días, semanas y meses, pero yo no aprendí ni siquiera a diferenciar las vocales de las consonantes. En cambio el compañero de mi banco, un niño de origen campesino, que casi siempre venía en harapos y cuyo castellano estaba salpicado de interferencias quechuas, sabía ya leer y escribir de corrido. Su padre trabajaba en la misma galería del interior de la mina donde trabajaba mi padre y mi madre era la profesora de su hermana en la escuela de niñas; razones suficientes para que fuese mi mejor amigo. Además, me defendía de la agresión de los más grandes y me ayudaba a hacer los deberes escolares. Se llamaba Juan -digo que se llamaba, porque no hace mucho que murió aplastado por un tojo en la mina-. Los dos solíamos jugar en los recreos. Yo le invitaba una fruta y él depositaba un puñado de habas tostadas en el cuenco de mi mano. Ambos éramos aburridos y nunca reíamos a carcajadas, ni siquiera cuando los payasos y titiriteros venían a la escuela. Eso de las carcajadas era una especie de privilegio reservado sólo para los niños felices. Nosotros éramos otra cosa. La alegría la teníamos escondida en algún recóndito lugar del cuerpo. No hablábamos en voz alta ni nos oponíamos al autoritarismo de los adultos. Ya entonces estuvimos acostumbrados a la pedagogía del silencio.
Recuerdo todavía el día en que Juan y yo llegamos retrasados a la escuela por jugar con las canicas. El portero abrió la puerta y nos propinó un coscorrón a cada uno. Próximos a nuestra aula nos persignamos y escupimos tres veces al suelo, pero esta creencia popular no dio resultado, pues apenas cruzamos la puerta, la profesora
nos tomó por las orejas y nos sacudió en el aire.
Cuando nos soltó de golpe, sentí que un hilo de sangre corría por mi cuello y que un sudor frío me empapó el cuerpo. De mis ojos querían brotar lágrimas y de mis labios improperios, y, sin proponérmelo, dejé caer la mirada en el instante en que la profesora me dio un revés que me hizo arder la cara. Seguidamente me dio un empellón y me arrinconó contra la pared, donde me puso de rodillas sobre dos piedras del tamaño de las canicas. A Juan lo puso de plantón, los brazos en alto y seis libros apilados sobre las manos. En esta posición nos mantuvimos hasta la hora del recreo.
Desde entonces fueron mayores mis deseos de no volver a la escuela, y aunque me sentía como Pinocho, un niño ni muy bueno ni muy malo, jamás se me ocurrió la idea de ser un niño obediente para luego convertirme en un niño de verdad. Lo que yo quería era morirme y no volver a ver la figura de mi profesora, quien, por lo demás, tenía un horrible moño en la cabeza, la cara prismática, el estómago abombado y las piernas tan delgadas como los tacones de sus zapatos.
Cada vez que me acosaba la idea de no ir a la escuela, no sabía cómo explicárselo a mi madre. Sabía que no me iba a entender. Entonces tramaba mis planes entre el silencio y el desvelo, simulando estar enfermo o dormido; pero mi madre, quien conocía mis manías como la palma de su mano, me levantaba de un grito y me daba unas pastillitas que me provocaban náuseas. Frustrados mis planes, salía de casa golpeando las puertas, pateando las piedras, maldiciendo a mi profesora y pensando que la escuela había sido el peor invento del hombre.
Un día en que el sol se mostró en un cielo teñido de rojo sangre, me enteré de que Juan se marchó al campo a cultivar la tierra de sus padres, a oír el ladrido de los perros y el balido de las ovejas. De pronto sentí su ausencia como si algo me faltara en el alma y una sombra de tristeza cubrió mis ojos. Avancé cabizbajo y me dejé caer sobre el banco vacío y frío. Y, mientras recordaba los mejores momentos que pasé con Juan, la profesora me extendió un libro mal encuadernado y sin láminas a colores. El libro era grande y pesado, que había que asentarlo sobre el pupitre para hojearlo.
La profesora me miró con los ojos grandes y negros, negrísimos, y me ordenó leer una fábula de Esopo. Yo me puse de pie, sintiendo un nudo en la garganta y, al término de un instante de rigidez que me trepó por los huesos, empecé a leer el título deletreando. La profesora, quien estaba parada a mis espaldas, leyendo el texto por encima de mi hombro, me preguntó a bocajarro: "¿No sabes leer o no quieres leer?". Yo me restregué los ojos con el dorso de la mano y volví a clavar la mirada en esa sopa de letras. Pero en el tercero o cuarto verso llegué a la conclusión de que no entendía el léxico, la sintaxis ni la moraleja.
Al comprobar que no comprendía mi propia lectura, a pesar de escuchar mi voz, me dio la impresión de que aún no sabía leer. Por lo tanto, acosado por la angustia y la frustración, empecé a tartamudear y gimotear. La profesora, cuya severidad era admirada por los padres, hizo estallar un sopapo en mi boca. El dolor fue tan intenso que, apenas me chocó su mano, sentí como si me arrancara la cabeza de cuajo. La sangre fluía de mis labios, mientras yo permanecía pétreo, como acostumbrado a mantenerme inmóvil para recibir un golpe. Me sorbí los mocos, engullí un amago de saliva y las lágrimas inundaron mis ojos. Pero la profesora, que mantenía la mano alzada ante un rayo que se filtraba por la ventana iluminando las motas de polvo, me siguió obligando a leer, como si con esa tortura física y psíquica complaciera su sadismo.
A partir de ese día adquirí un trauma por la lectura. Pensé que todos los libros estaban escritos por cabezones para cabezones, y no para los niños que piensan y hablan de diferente manera que los animalitos de las fábulas de Esopo. Sin embargo, mi otro yo, el que estaba dentro de mí, pero muy adentro, me decía que debía de aprender a leer, aun no estando motivado para hacerlo.
Lo extraño es que yo sabía ya leer un poco, pero en silencio, pues leía el letrero del peluquero que vivía cerca de la casa de mi abuelo, las carteleras de los cines, las rúbricas de los periódicos y las revistas de series, que son las que más leía, porque tenían ilustraciones a colores. Y cuando escribía, parecía que las palabras descendían de mi cerebro, emergían por mi boca y chorreaban sobre el papel como la tinta por la punta del bolígrafo. Pero eso sí, lo que nunca supe es cómo aprendí a leer, si fue por inducción o deducción, con método sintético o analítico. Lo único que recuerdo es que esos pequeños signos se fueron grabando en mi memoria. Después aprendí la fonética de cada grafema, junté las letras en sílabas y las sílabas en palabras. Era como si mi cerebro acumulara palabras y las organizara en una sintaxis coherente. A pesar de esto, cada vez que la profesora me obligaba a leer en voz alta, delante de mis compañeros de miradas atónitas, me subía el rubor a la cara y pronunciaba las palabras atropelladamente, como si arrojara pedradas por la boca.
Recuerdo también que, la primera vez que no hice los deberes de matemáticas, la profesora me preguntó la tabla de multiplicar y yo quise trocarme en polvo, pues en lugar de contestar una cosa, contestaba otra. Así que ella introdujo sus dedos índices en mi boca y me estiró la comisura de los labios de ceja a oreja. "Correveydile a tu madre que, en vez de tener un hijo, tuvo un burro", me dijo mientras me sacudía violentamente, como a un pez cogido por el anzuelo.
Otro día me sorprendió haciendo su caricatura sobre un papel cuadriculado, me miró seria y dijo: "Desde mañana haz de cuenta que no existes". Rompió su caricatura delante de mis ojos, y ese dibujante que había en mí, murió a poco de haber nacido. Ella se sentó en la silla, redactó una nota, dobló la hoja y agregó: "Este regalito es para tus padres".
Al regresar a la casa de mis abuelos, tenía alucinaciones audiovisuales, veía la imagen de la profesora y oía sus palabras en todas partes. Fue entonces cuando perdí las ganas de seguir siendo niño. No quería ser como Peter Pan, pequeño toda una vida, sino un hombre hecho y derecho, para salvarme de los castigos habidos y por haber.
Antes de concluir el año lectivo había que asistir al examen final, para comprobar si uno merecía ser promovido a un curso inmediato superior. Aquel día, la mañana era lluviosa y fría. Yo desperté con la idea de colgarme de la viga del techo o meterme un cuchillo en el pecho, cansado ya de soportar los vejámenes por el simple hecho de no haber asimilado las lecciones impartidas por la profesora. No tomé el desayuno ni me cepillé los dientes. No me lavé la cara ni me arreglé los mechones de la frente. Salí exactamente como estaba, con el guardapolvo sujeto por el único botón que había cerca del cuello y con las sandalias de correas reventadas. No llevaba conmigo más que un lápiz, una goma y un sacapuntas colgados del cuello como abalorio de curandero.
Cuando legué a la escuela, esquivando los charcos que formó la
lluvia, alcé los ojos hacia el cielo y recé el Padrenuestro. Después entré en la sala de examinación, donde los profesores vigilaban el mínimo movimiento en medio de un ámbito en el que no se oía una sola voz. La sala parecía un campo de concentración, donde sólo faltaban las armas y los barrotes.
Sentado en mi pupitre, frente a la hoja de examen, empecé a llenar mecánicamente los espacios en blanco. Todas las preguntas tenían una sola respuesta, cualquier otra era inmediatamente anulada. Entre mis compañeros había quienes memorizaban las lecciones tres días antes del examen y quienes se olvidaban tres días después. Empero, los más astutos, que casi siempre obtenían las calificaciones más sobresalientes, metían chanchullo en las manos, en el reverso del guardapolvo y hasta en las mangas de la camisa.
Al abandonar la sala, experimenté la misma sensación que siente el preso al salir de la cárcel, aspiré un aire puro a todo pulmón y lancé un escupitajo al suelo.
En la calle, no muy lejos de la casa de mis abuelos ni muy cerca de la escuela, me encontré con mi madre, quien, abriendo sus ojos que parecían invadirle el rostro, me dijo: "El próximo año seré la directora de tu escuela". A lo que yo le contesté con voz serena: "No hace falta, la letra ya me entró con sangre".

 

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Jaime Nisttahuz
(La Paz, 1942)


23- LA LINTERNA

A mi hijo Julio César

Volvió a insistir el niño que le compren una linterna. Volvió el padre a decirle que las linternas no son juguetes. Que son como las herramientas de trabajo, y que más se usan en los lugares donde no hay luz. También le dijo que si empleara la misma terquedad en hacer sus deberes escolares, podría resultar un alumno brillante.
-Te he comprado lo que querías. Supongo que así como uno te complace, tú también sabrás portarte mejor, ¿no?
-Sí, papá.
-No harás renegar a tu madre, por lo menos hoy…
-Ya, papá.
-Sabes que está un poco mal de los nervios, y hay que tratar de complacerla.
-Sí, papá…
-¿No me estás tomando el pelo?
-No, papá.
Prueba el niño la linterna buscando sus canicas bajo el catre. Espera la noche con ansiedad, mirando por la ventana, mirando el reloj de la pared.
En su cuarto y ya acostado, saca la linterna de bajo la almohada y comienza a mirar las figuritas que debe pegar a su álbum. Nuevamente las cuenta. Oye un ruido. Lanza el chorro de luz a la vitrina de sus juguetes. El mono está caído sobre un auto. Va pasando la luz por los otros juguetes. Parece que hablaran entre ellos. Parece que jugaran. Las sombras que proyectan se mueven. Quieren aplastar a sus dueños. El niño sacude la linterna. Juguetes y sombras efectúan como una pelea de sombras contra sombras, juguetes contra sombras, como si todos estuvieran contra todos. Llega a creer que él arrastra o empuja con la barra de luz a esa pelea. Entusiasmado ve que del fondo de la vitrina surge otra luz (aunque más pequeña). Se asusta. Apaga la linterna. No se da cuenta que es el pequeño espejo que ha guardado allí.
La oscuridad es una pregunta sin respuesta. Tiene las manos sobre la colcha. Por concentrarse en los ruidos de su habitación, no oye el vehículo que al pasar bajo su ventana con los faroles encendidos, parece cortarle las manos con la luz, provocando sus gritos.
Entra la madre. Lo lleva a su dormitorio.
En la mañana, el padre observa al chico agujerear en el jardín. Cuando está por abrir la ventana y decirle que no se ensucie ni estropee las plantas, ve que entierra la linterna. Quiere reprochárselo, pero como sospecha que en cualquier momento va a desenterrarla, mueve la cabeza. Qué imprevisibles son los niños. Y se pregunta, si no es característico en los hombres no contar con lo imprevisible.

 

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Blanca Elena Paz
(Santa Cruz, 1953)


24- LA CASA BLANCA

-¡Esteban, llevá el canasto!
La voz de tu madre hace que levantés la vista del suelo. Guardás el toro de cristal. Los demás protestan por la interrupción del juego.
-Ya voy mamá- un poco de desgano en tu respuesta. También desgano en tus pasos que abandonan la sombra del árbol. Y, después de tomar la cesta llena de tamales, te alejás hacia los barrios de calles enlosetadas.
-Véndalos todos y no se tarde mi hijo, necesito esa plata- Las recomendaciones te acompañan como te acompaña el sol. Ese sol que reseca la tierra arcillosa hasta hacer que se descascare formando grietas. Volvés la cabeza. Con un gesto de mano te despedís de los amigos que continúan jugando a las bolitas. Te vas alejando del barrio. Empiezan a distanciarse las zanjas verdosas con su vaho caliente.
Cruzando la carretera están las casas con jardines. En éstas venderás todos los tamales. Irás pulsando uno a uno, los timbres de aquellas mansiones. Las empleadas uniformadas se encargarán de vaciar tu canasto. Con el dinero de la venta, tu madre te comprará algo. Ella ha estado reuniendo las ganancias de los últimos días. Estás seguro de que te va a regalar alguna cosa porque mañana es tu cumpleaños. ¿Te comprará un par de chuteras? Sí, creés que será eso. Podrás usarlas en las mañanas para ir a la escuela. Y en las tardes ya no jugarás descalzo. Meterás muchos goles con esas chuteras. Serán negras enteritas. No, mejor negras con una raya blanca. Blanca como la bolita de vidrio que tocás en tu bolsillo. Mañana no saldrás a vender. Tu madre te preparará un café; aunque te parece que va ser un chocolate con leche. Tu hermana irá en tu lugar mañana en la tarde. Por eso debés aprovechar esta oportunidad. ¿Te vas a subir a ese árbol desde donde viste el otro día el techo y los balaustres de la casa blanca? El portero te sorprendió mirando, y si no te hubiese amenazado con guasquearte, hubieras podido trepar más arriba para mirar mejor. No importa, esa vez huiste, y ahora tendrás más cuidado. No te va a pillar. ¿Será un castillo como en los cuentos? Casi no viste nada. Los dueños no quieren que nadie se acerque. La barda es muy alta, y con alambre de púas. El portero no es malo. Cuando pasás y él está parado en la calle, te compra; pero, el portón se ve siempre cerrado.
Antes, no sabías nada acerca de ese caserón. Fue tu madre quien comentó una vez.
-Los dueños eran pobres como nosotros -y agregó-. Sólo que nosotros no hacemos negocios turbios-. Era imposible, según tus vecinas, llegar a ser tan rico de la noche a la mañana, sin sacarse la lotería. Tu madre también te prohibió andar espiando por la casa amurallada. Ella sí que te dará una paliza si te acercás, pero ¿quién le habría de avisar? Y si le avisan podés huir. Ella no te dará alcance. Nadie te gana a correr. Llegás a la esquina, y tu corazón late acelerado por la emoción. Esta vez no vas a treparte a ningún árbol, harás valer tu condición de vendedor. Mirarás por el portón una vez abierto, y sabrás cómo son los castillos. Presionás el timbre. Te parece interminable el tiempo que transcurre hasta la aparición de aquel hombre con el revólver. No sabés por qué, pero sentís que por la herida de tu pecho se te escapa el alma. Y nadie le gana en la huida.

 

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Edmundo Paz Soldán
(Cochabamba, 1967)

25- LA PUERTA CERRADA

a León


Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia majestuosa; bajo un cielo azul salpicado de hilos de plata, en la calurosa tarde de este verano agobiador, el cura ofició una misa conmovedora frente al lujoso ataúd de caoba y, mientras nos refrescaba a todos con agua bendita, nos convenció una vez más de que la verdadera vida recién comienza después de ésta. Personalidades del lugar dejaron guirnaldas de flores frescas a los pies del ataúd y, secándose el rostro con pañuelos perfumados, pronunciaron aburridores discursos, destacando lo bueno y desprendido que había sido papá con los vecinos, el ejemplo de amor y abnegación que había sido para su esposa y sus hijos, las incontables cosas que había hecho por el desarrollo del pueblo. Una banda tocó "La media vuelta", el bolero favorito de papá. "Te vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiera te detengo, yo sé que mi cariño te hace falta, porque quieras o no yo soy tu dueño". Mamá lloraba, los hermanos de papá lloraban. Sólo mi hermana no lloraba. Tenía un jazmín en la mano y lo olía con aire ausente. Con su vestido negro de una pieza y la larga cabellera castaña recogida en un moño, era la sobriedad encarnada.
Pero ayer por la mañana María tenía un aspecto muy diferente.
Yo la vi, por la puerta entreabierta de su cuarto, empuñar el cuchillo para destazar cerdos con la mano que ahora oprime un jazmín, e incrustarlo con saña en el estómago de papá, una y otra vez, hasta que sus entrañas comenzaron a salírsele y él se desplomó al suelo. Luego, María dio unos pasos como sonámbula, se dirigió a tientas a la cama, se echó en ella y, todavía con el cuchillo en la mano, lloró como lo hacen los niños, con tanta angustia y desesperación que uno cree que acaban de ver un fantasma. Esa fue la única vez que la he visto llorar. Me acerqué a ella, la consolé diciéndole que no se preocupara, que yo estaría allí para protegerla. Le quité el cuchillo y fui a tirarlo al río.
María mató a papá porque él jamás respetó la puerta cerrada. Él ingresaba al cuarto de ella cuando mamá iba al mercado por la mañana, o a veces, en las tardes, cuando mamá iba a visitar unas amigas, o, en las noches, después de asegurarse de que mamá estaba profundamente dormida. Desde mi cuarto, yo los oía. Oía que ella le decía que la puerta de su cuarto estaba cerrada para él, que le pesaría si él continuaba sin respetar esa decisión. Así sucedió lo que sucedió. María, poco a poco, se fue armando de valor, hasta que, un día, el cuchillo para destazar cerdos se convirtió en la única opción.
É ste es un pueblo chico, y aquí todo, tarde o temprano, se sabe. Acaso todos, en el cementerio, ya sabían lo que yo sé, pero acaso, por esas formas extrañas pero obligadas que tenemos de comportarnos en sociedad, debían actuar como si no lo supieran. Acaso mamá, mientras lloraba, se sentía al fin liberada de un peso enorme, y los personajes importantes, mientras elogiaban al hombre que fue mi padre, se sentían aliviados de tenerlo al fin a un metro bajo tierra, y el cura, mientras prometía el cielo, pensaba en el infierno para esa frágil carne en el ataúd de caoba.
Acaso todos los habitantes del pueblo sepan lo que yo sé, o más, o menos. Acaso. Pero no podré saberlo con seguridad mientras no hablen. Y lo más probable es que lo hagan sólo después de que a algún borracho se le ocurra abrir la boca. Alguien será el primero en hablar, pero ése no seré yo, porque no quiero revelar lo que sé. No quiero que María, de regreso a casa con mamá y conmigo, mordiendo el jazmín y con la frente húmeda por el calor de este verano que no nos da sosiego, decida, como lo hizo antes con papá, cerrarme la puerta de su cuarto.

 

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Giancarla de Quiroga
(Roma, Italia, 1940)


26- SE LLAMARÁ CRISTÓBAL

A mi hijo Oscarín

Cuando a mamá se le ocurre ordenar mi cuarto ¡me muero de rabia! Revuelve todo y al final la habitación queda como si fuera de una persona desconocida, limpia, ordenada, de alguien que no soy yo. Ni siquiera respeta el cajón de mi escritorio, lo malo es que perdí la llave, en el jardín. Tendré que buscarla, ojalá la encuentre, mientras tanto he puesto un chicle para sellarlo y he pegado un letrero que dice:

"¡PRIVADO! ¡NO TOCAR! ¡PELIGRO!"

Y abajo he dibujado una calavera cruzada por dos huesos, pero ni así… no ha servido de nada, igual lo ha abierto y ha sacado todo. Hasta encontrar la llave, tendría que clavarlo o pegarlo con la gotita, pero después ¿cómo lo abro?
-¿Para qué guardas tantos disparates? Papeles pegajosos, cajitas de chicle vacías, botones, clavos… ¡hasta una mosca muerta! ¡Ya es el colmo del desorden! -protesta mamá.
Quisiera poder explicarle que esos papeles son de los dulces que Corina me invitó un día al salir de la escuela, y que ese botón dorado lo encontramos juntos, creíamos que era de oro, pero no es, sus dos agujeritos parecen ojitos, dice ella. La mosca la cacé al vuelo, ¡qué puntería! El tornillo es de mi primer reloj, ya he desarmado cinco, la galleta a medio mascar, la mordió ella.
-¿Y este pedazo de queso? ¡Qué espanto! Van a aparecer ratones en este cuarto, ¡te aseguro! -dice mamá mientras lo tira al basurero con un gesto de asco.
Cada vez dice lo mismo, pero hasta ahora… ¡nada! Porque el queso lo pongo en mi cajón para eso, para que venga un ratón y se quede a vivir en mi cuarto. Ya que no quiere comprarme un perro, tendría un lindo ratoncito que, en todo caso hace pis y caca más chiquitos que un perro.
-Y estas piedras, ¿para qué sirven? Hojas secas, resortes, fósforos quemados, pepas de durazno… ¡todo a la basura! -dice mamá mientras bota todo al basurero.
No me atrevo a protestar, sería inútil porque ella no entiende que aunque no sirvan para nada, a mí me gustan. Las piedras las recojo en mis paseos al río, una parece una cara, tiene nariz y boca; la hoja que acaba de destrozar era un pez perfecto, el hueso del pollo tiene forma de Y, es de la suerte, y si uno mira esa corteza de árbol, descubre un cuerpo de hombre con pito y todo. Ella en la sala tiene sus adornos que no sirven para nada, pero le gustan y no hay que tocarlos… A mí me gustan mis 37 piedras, mis hojas, mi pluma de pato, mis cosas, pero ella las bota…
Si por lo menos tuviera un hermano con quien jugar… o un perro, un gato, o un loro con quien hablar…
-¿Y este caballito roto? ¿Y este tren sin ruedas? Tienes tantos juguetes nuevos, ¿para qué guardas éstos que ya no sirven? Ahora que me acuerdo… ¡ya los boté la semana pasada! No se te ocurra recoger nada de la basura ¡Qué manía la que tienes de guardar cosas inservibles!
No digo nada porque no entendería… sería muy largo explicarle que el caballito lo quiero justamente porque es cojo y me da pena, y que cuando juego, lo hago correr más rápido que los otros caballos y gana todas las carreras. En cuanto al tren, no necesita ruedas para flotar en el agua, es un tren-barco.
Mientras mamá sigue protestando y asegurando que a este paso mi cuarto se convertirá en un criadero de ratones, recojo el caballito cojo del basurero, ¡le salvé la vida tantas veces! Con disimulo rescato también la cabeza de un títere, es un payaso con la nariz desportillada, pero lo quiero mucho. Sin que mami se dé cuenta, voy recuperando casi todos mis bienes: mis piedras, mi imán, mi tren-barco, no encuentro mi mosca… ¡qué pena! Mis hojas están todas destrozadas, pero consigo salvar el corazón amarillo de mi margarita, yo le arranqué los pétalos, me quiere, no me quiere, poco, mucho, nada, ¡me quiere! ¡Corina me quiere! Cuando sea grande, seré astronauta o tractorista, tendré mucha plata y me casaré con ella, tendremos muchos perros de todas las razas, un monito, una tortuga y un león.
Lleno mis bolsillos y me escapo al jardín antes de que mi mamá se dé cuenta, es preciso que encuentre la llave de mi cajón para que no hurgue mis cosas, luego voy a la cocina a sacar un pedacito de queso y pienso con ilusión que cuando aparezca el ratón en mi cuarto, se llamará Cristóbal y podré contarle todas mis penas.

 

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Rosario Quiroga de Urquieta
(Cochabamba, 1948)


27- DEL OTRO LADO DEL MUNDO

La tímida luz penetró sobre el silencio, que como una hacendosa araña tejía la soledad de los objetos, que todavía dormían en los rincones del cuarto.
Como en todos los amaneceres, se frotó los ojos. Se sentó sobre su colchón de cueros que a cada movimiento crujía como si debajo de él estuviese la alarma de un despertador.
Todo se puso a marchar: correteaban los ratones sobre los periódicos viejos, el gato los perseguía. El perro husmeaba por sobre los trastos. Afuera goteaba, insistente, una pileta sobre la losa del patio gris del conventillo.
Miró a su alrededor. Estaba sola… sí, estaba sola como siempre. Hoy, también, sus padres habían salido a trabajar.
Como una caricia acostumbrada, la angustia le apretó la garganta. Primero fue un sollozo fuerte, después un llanto tímido como una especie de alivio. Luego le sobrevino una calentura en la cabeza y en su húmedo rostro brilló una resolución: conocería el secreto de afuera, de la calle, de aquel otro lado.
¿ Qué me pondré. La falda verde… no, no; es mejor la roja, aunque está un poco sucia, pero no hay más remedio, no tengo otra. Para ocultar mi blusa rota me pondré la manta de mi mamá. ¿Y, mi pelo? ¿Qué hago con mi pelo?
Los cabellos sucios de Mariana estaban más tiesos que nunca.
Decidió amarrarlos, tras la nuca, con un cordón viejo de zapatos.
Se movía sigilosa, temerosa, como si miles de ojos invisibles la estuviesen observando, y pudiesen impedirle su salida a la calle.
Se intensificó la luz. Se hizo tibio su recorrido por el cuarto e inundó de fuerza el corazón de Mariana.
Entreabierta, la puerta marcaba la ruta de ensueño.
Avanzó hacia el patio, confiada prosiguió. Sus piececitos negros, curtidos estaban acostumbrados al áspero ripio de las piedras puntiagudas. Su caminar se hizo más seguro al atravesar el patio. Un ánimo desconocido parecía guiarla. No sentía miedo ni remordimiento.
Ahora, afuera, en las calles disparejas del barrio suburbano sus pies corrían ágiles, incansables, hacia adelante. Ella correteaba de acá para allá, esquivando perros o miradas feas. Iba sólo orientada por su instinto.
Cosa rara, en esa soledad parecía sentirse más segura de sí misma; mucho más que en el estrecho cuarto de su vivienda. No necesitaba de sus padres.
Una avenida cuajada de ruidos se abrió ante sus ojos. Buses repletos de gente. Niños que viajaban en carritos pequeños. Vestidos y zapatos brillantes. Mamás que llevaban de la mano a sus hijos. Vitrinas de dulces, tortas, juguetes… todo, todo parecía correr como reguero de chispa y campanillas sonoras.
Era el corazón de la ciudad. La muchedumbre arrastraba su vida sin preocupación. Entre ellos, Mariana, una simple niña que se sentía dueña de aquella libertad de sol y aire.
Ella, curiosa e inocente, levantaba la vista hacia las caras de los distraídos y egoístas transeúntes, y ante la indiferencia empezó a sentirse turbada y con un gesto de defensa quiso apretar algo y sólo encontró su propia mano.
El desordenado flujo de la multitud la volvió a empujar hacia la corriente. De pronto se encontró frente a una niña que parecía estar sola. Mariana avanzó hacia ella. Con súbita ternura que le corría por los ojos se fue acercando despacio, sin hablar. De pronto, la niña advirtió su presencia y empezó a gritar alocadamente, como si hubiera visto algo muy feo, o lo que es peor, un fantasma.
¡¡¡¡¡ Mamá, mamá… Mammmmmmmá!!!!!!
Antes de que la madre acudiera, Mariana empezó a correr hasta
lograr cruzar la calle y otra vez se vio envuelta en la corriente humana. Cuando logró serenarse, un dolor grande le apretó el pecho y las lágrimas le empezaron a nublar la vista.
-¿Realmente soy tan fea? ¿Por qué se asustó tanto esa niña? ¿Qué tengo yo que esa niña no tenga?
Empezó a observarse y no encontraba respuesta. No había explicación. Sintió ganas de volver al conventillo. Era preferible la compañía de los ratones y el tic-tac de su cuarto solitario. Sin embargo, sin darse cuenta, la corriente humana la volvió arrastrar hacia adelante. Como en un carrusel giraban a su alrededor personas y objetos.
Por un momento violento pensó en su mamá y papá, quizá porque veía a niños y niñas de la mano de sus padres. Pero en forma inexplicable empezó a sentirse importante y grande. Ella sola había logrado salir. Ella sola había logrado enfrentarse "al afuera"… Claro que sí, era independiente. De ahora en adelante nada más la haría desanimarse en su desafío al mundo.
Meditando llegó al pretil del río.
Luces amarillas. Luces rojas salían de una carpa y se perdían en la noche. Se fue acercando cada vez más y sintió que dentro de la carpa estallaban aplausos. Asomó la cabeza por debajo de la lona, sin mucha dificultad se escurrió y apareció dentro del circo. Aquello era como una gran vitrina iluminada. Vio enanitos barbudos, de piernas cortas y gran cabeza. Osos peludos, payasos traviesos. Pero su corazón quiso brincar de alegría cuando vio girar una gran rueda que hacía chorrear luces y sonidos haciendo dar vueltas a hombres, mujeres y niños.
No supo qué tiempo estuvieron sus manos pegadas a la reja del carrusel. Estaba concentrada en el balanceo de los caballitos de revueltas crines y en la alegría de grandes y chicos, cuando una voz cruel y pesada la devolvió a la realidad.
-Aparta de ahí a Luisito, querido, esa niña debe tener piojos. Como respuesta, el hombre se alejó rápidamente con el niño en los brazos.
Mariana se miró, no tenía zapatos brillosos, ni cara lavada, ¿era esa la diferencia? Pero tenía algo igual a los demás… los pies, que la podían llevar a donde quisiese.
Entre el tumulto ella era como un canto de libertad.
No andó mucho trecho. Algo en su interior le hizo disminuir su marcha. Llegó hasta sus narices el olor inconfundible del fritado de pasteles. Se volvió como un resorte. Uno sobre otro, humeante, empolvados con azúcar molida, se amontonaban los pasteles sobre una mesa. Detrás de la mesa, la vendedora, con el ceño fruncido, gritaba ofreciéndolos:
-¡Pasteles, pastelitos calientes!
Se aproximó todo lo que pudo a la mesa. Su boca hambrienta, su lengua, sus dientes nadaban en abundante saliva. Qué ricos se veían. Habían tantos y sin embargo ninguno podía ser para su boca.
Aquella señora gorda no le daría ninguno.
Le vino el impulso de pedirle, con voz humilde, uno; como respuesta, la vendedora, la apartó con una rama, como si fuese una mosca.
¡ Ni modo! Volvió a caminar entre la gente. Pero, ahora, ya no le interesaba ni los pasteles ni los demás niños; tampoco las vitrinas, los ruidos y sus calles.
Algo diferente animaba su cuerpo. Algo distinto la empujaba. Vio que frente a ella se abría la ancha puerta iluminada de su cuarto. Parecía encendida de plata lunar. Debía penetrar en su interior. Se dio plenamente. Se sentía cansada. El sueño la estaba tocando con su mano de seda y sus ojos visionarios. Sintió que de sus hombros le brotaban unas alas que se agitaban, se elevaban por el aire puro, transparente, lleno de paz.
Así llegaría, ella, al conventillo que estaba al otro lado del mundo.

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