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28- Raúl Rivadeneira Prada
(Sucre, 1940)


LA RECOMPENSA

Frente a la maestranza del ferrocarril, se hallaba el Barrio Ferroviario: una hilera de blancos chalets, habitados por los jefes e ingenieros, y otra de medias aguas, con techos de zinc para los empleados de menor jerarquía y los obreros.
Separaba a ambos grupos de casas una calle ancha, sin aceras, semejante a una larga serpentina ocre ajada y desteñida por la lluvia y el sol, donde de tarde en tarde, por el mes de agosto, el viento comenzaba su baile, primero como un trompo pequeño de aire, polvo, hojas secas y trozos de periódicos. Después, crecía y giraba vertiginosamente sobre su única pata. Sacudía las calaminas de los techos, arrancaba los cables eléctricos y recorría toda la calle con su aspecto de gigante polvoriento, como el que sale de la lámpara de Aladino, hasta perderse al final de la hilera de casas, en dirección a Loma Colorada.
Las madres escondían a sus hijos dentro de colchones enrollados y trancaban bien sus puertas cuando sentían que el ventarrón iba a convertirse en un torbellino. Decían que había que cuidarse mucho de ese viento porque el diablo venía de vez en cuando disfrazado de ese modo para llevarse a los niños y convertirlos en duendes-esclavos. Contaban que los duendes se ocultaban de día dentro de los hornos de las panaderías, en los ángulos de las paredes, en cualquier rincón oscuro: entre la leña apilada en los traspatios y, preferentemente, en los arbustos del muladar. Eran tan pequeños como un niño que empieza a caminar; barrigones y cubiertos de grandes sombreros, parecidos a los charros mexicanos. Yo nunca vi un duende, pero me lo imaginaba siguiendo esas descripciones. Toparse con uno de ellos significaba quedar marcado para toda la vida con el signo de la mala fortuna. Lo más frecuente era que a uno le atacaba súbitamente una enfermedad desconocida y se moría en menos de lo que cante un gallo.
Con sólo estirar un poco el cuello, podían verse desde la calle los patios interiores de los chalets, las fachadas no, porque daban a la calle principal asfaltada. Se veían sus lavanderías de cemento, pisos de mosaicos y abundante ropa en los tendederos. Todo esto hacía suspirar a las mujeres de los obreros. Soñaban con poseer algún día esas comodidades y no tener que cargar las pesadas latas de agua desde la pila pública de la estación ni tener que lavar en bateas de madera y calamina; no era envidia sino una resignada desazón por su propia suerte.
Cuando se acumulaba la ropa y era necesario lavar también frazadas y sábanas, las mujeres organizaban un día de campo en domingo, hasta el río Cantumayu. Se iba al amanecer y se volvía a la puesta del sol, con grandes atados de ropa limpia a la espalda y la cara retostada.
Nadie se había preocupado de la altura de las bardas posteriores de los chalets hasta el día en que se cometió un robo en la casa del ingeniero-jefe; se habían llevado la ropa tendida, una bicicleta, la manguera del jardín y otras cosas. La policía vino a requisar casa por casa, pero no encontró nada. Entonces, pensaron que los ladrones provenían de otra zona de la ciudad, pero no estaban muy seguros. De todas maneras, los muros comenzaron a elevarse hasta los tres metros, coronados de filosos y puntiagudos trozos de vidrio de botellas. Encima, colocaron una alambrada de púa de cinco filas, inclinada sobre la calle.
El día que el maestro de escuela diseñó en el pizarrón un pentagrama musical, supimos que dibujaba aquella alambrada. El parecido se hizo mayor cuando advertimos que sobre las líneas puso unos círculos y rayas que después nos dijo eran notas musicales. Ya no hubo más dudas sobre la semejanza cuando nuestros hondazos dieron sobre los alambres, arrancándoles sonidos como de vio-
lín desafinado y largas vibraciones.
Más de una vez, la mala puntería hizo añicos los vidrios de esas casas. Volvió la policía y decomisó todas las resorteras, y no nos importó mucho, porque ya pasaba la temporada de cazar pajaritos y competir rompiendo botellas o tumbando latas de leche. Llegaba la época de los trompos y después de los voladores que en la escuela supimos se llamaban cometas o barriletes; vendría la temporada de jugar a los platillos de tapas de cerveza aplastadas por las ruedas de la locomotora, en la misma estación, y después a jugar con canicas, antes del tiempo de robar duraznos, ciruelas y uvas a medio madurar. Para cuando sea otra vez tiempo de las hondas ya habremos conseguido una estupenda rama en forma de "Y", ligas nuevas y cuero de zapato viejo para fabricar otras resorteras.
Muchas veces no había dinero para comprar carbón o leña. Íbamos a la maestranza, a pedirle al encargado unos sacos de viruta y aserrín. La ocasión era estupenda para ver cómo entraban los troncos por una bocaza de hierro que se los tragaba en un santiamén haciendo rechinar los dientes de la sierra. Por un tubo, que más parecía embudo, salían virutas largas y enroscadas, y por otro lado un polvo rojizo y a veces blanco que se escurría entre los dedos como harina. Diestros peones halaban los durmientes por el otro extremo de la engullidora y los cargaban en carros planos con destinos a las estaciones. De vez en cuando íbamos en un carro plano, pero más nos gustaba trepar a las manillas y balancearnos en los brazos del subeybaja.
A un cilindro metálico, se le abría una boca en la parte inferior; luego, se le colocaba dentro un palo grueso alrededor del cual se presionaba la viruta y el aserrín hasta que se formara una gruesa y compacta capa a pocos centímetros del borde del recipiente. Se sacaba el palo despacito, haciéndolo girar de abajo arriba y quedaba un túnel vertical listo para ser encendido. Sobre el brasero, se colocaba una rejilla de hierro y ya estaba. La posesión de esta técnica nos daba tema para conversar con los muchachos del barrio. Algunos nos dejaban boquiabiertos cuando contaban que en sus casas -en los chalets- sólo había que oprimir un botón, como del interruptor de luz para poner en funcionamiento una cocina grande que no necesitaba de leña ni de carbón y menos viruta para hacer hervir, al mismo tiempo varias ollas, y que también cocía pan y grandes tortas de cumpleaños. Nos reíamos de ellos, después de pensarlo un rato. ¿Cómo creer en la mentira de que por un alambre de luz puede pasar el fuego, sin consumir su propio conducto? Sonaba a grandísimo absurdo, a una tomadura de pelo. Pero... un día que entramos al patio de una de esas viviendas, por la puerta principal y pidiendo permiso para recoger la pelota de trapo que había traspasado el muro, comprobamos que era cierto cuanto habían contado los muchachos pitucos. Corrimos a contárselo a mi madre. Ella sonrió y se puso a explicarnos que no era precisamente fuego lo que pasaba por los cables, sino una fuerza invisible llamada "electricidad" que, de tanto acumular en la cocina que habíamos visto, lograba calentar varias hornillas.
-Nosotros, ¿por qué no podemos tener una cocina así? -pre-guntó Natalia.
-Hija, eso cuesta mucho dinero y nosotros somos muy pobres. Yo me contentaría con una pequeña cocina de kerosene o siquiera un anafe, pero eso también es soñar despierta -ladeó la cabeza y se puso a retostar un poco de harina de trigo con una cucharada de azúcar, para la cena.
Rara vez había en casa té o café; el chocolate se probaba para la Navidad, porque venía de regalo en una encomienda que mandaba el tío Hermógenes, que trabajaba en la fábrica "Harasich" de Oruro. En cambio, estábamos acostumbrados a la infusión de hojas de "amorseco" que recolectábamos en la falda del cerro con mucha destreza, esquivando las largas y fuertes espinas que las protegían.
Para tender las camas, se desenrollaban los colchones por la noche y volvía a enrollárselos por la mañana, a fin de que quedara más espacio para moverse en la única habitación que servía como dormitorio, cocina, comedor y sala de estar. No había baños en esta hilera de casas, sino una inmensa terraza al otro lado de la quebrada, conocida como "El muladar". Allí iban las mujeres acompañadas de sus maridos e hijas mayores a tirar la basura, siempre pasadas las ocho de la noche, y a sentarse con recato. Al día siguiente se veían, en ordenada fila, promontorios sobre los que trabajaban afanosamente escarabajos negros.
El camino más corto a Loma Colorada era atravesando la quebrada por el lado del muladar. Poblaban la loma altas higueras de tuna cuyos frutos de pulpa fresca y encarnada: blancos, amarillos, violetas, morados, podían cosecharse libremente sin más molestia que frotar su superficie de abundantes espinillas como un pedazo de arpillera.
Me acuerdo de todo esto porque no puedo dormir y quiero apartar de mi cabeza la visión del accidente del tren. Allí murió Jacinto López, cobrador de boletos del ferrocarril: mi padre.
Yo esperaba en la azoteilla del último vagón de carga que mi padre terminara su recorrido perforando cartones y cuidando de que no hubiera polizontes a bordo.
Primero, se oyó un rechinar de hierros sacando chispas sobre las vías, en seguida, un terrible sacudón y el tren empezó a ladearse. La gente gritaba y lloraba. La locomotora y medio convoy se desprendieron del resto y fueron a dar al barranco, de tumbo en tumbo. Un vagón de carga quedó con cuatro ruedas colgadas sobre el precipicio.
Un obrero me sacó de donde estaba prendido a los barrotes como garrapata. Afuera, se veía el tren como culebra partida en dos: la cabeza y medio cuerpo en convulsiones de moribundo, allá abajo, en la hondonada; la otra mitad, inclinada e inmóvil como si contemplara, azorada, la desgracia que sacudía al resto de su ser.
Busqué a mi padre entre fierros retorcidos, humo, barro y sangre; entre montones de cuerpos mutilados y rígidos, y entre los heridos que se arrastraban tratando de llegar de nuevo a los rieles, arañando la tierra bermeja y agarrándose de las matas y piedras sobresalidas. Había por todas partes miembros, cueros cabelludos y coágulos pegajosos. La locomotora ardía y de su enorme panza herida manaban nubes de vapor y salpicaba agua hirviendo.
Los pocos sobrevivientes no sabían por dónde empezar el socorro. A uno se le ocurrió salvar primero a las mujeres y los niños, y después ayudar a los hombres heridos, dejando para lo último el rescate de los cadáveres. Así se hizo. Un fogonero nos obligó a sentarnos en círculo y esperar sin movernos, pero yo tenía que buscar a mi padre y bajé a la carrera por el barranco. No lo hallé. Más tarde, vi que unos hombres subían los cuerpos de los muertos hasta la vía férrea donde los colocaron en fila. Está allí y quise gritar, pero no salían sino gemidos que estrujaban la garganta como en las pesadillas.
Nadie supo de dónde ni cómo aparecieron muchos hombres que
se dedicaron a despojar a muertos y heridos de sus pertenencias. Unos cargaban todo lo que podían sacar de los coches de pasajeros y vagones de carga; otros, arrancaban pendientes y anillos de las mujeres y, a veces, cortaban orejas y dedos para facilitar su tarea. Los funcionarios del ferrocarril nada podían hacer para evitarlo, porque los depredadores eran superiores en número y fuerza.
Junto al cadáver de mi padre, esperé hasta bien entrada la noche que llegara gente conocida a nuestro rescate. ¡Cómo tardaban! Temía que los asaltantes subieran con sus cuchillos para degollarnos a todos, pero no lo hicieron. Se fueron con la oscuridad, tan deprisa como habían venido. Los gritos y lamentos se apagaron lentamente, tanto como disminuía la hoguera en la locomotora. Del tanque de agua escapaba ahora apenas un chorrito tibio.
Primero la quietud del campo, sólo alterada por el insistente "traca-traca, traca-traca" del convoy. La carrera del tren, armónica, uniforme, plácida con suaves bamboleos en las curvas. Corta los cerros, traza zig-zags, toma una recta, luego una curva; sube y vuelve a bajar. La locomotora se da impulso y bufa como toro salvaje echando blanca espuma de vapor por las narices, a cada empujón de su enorme brazo de acero sobre la rueda. Resuella antes de ganar velocidad; balancea sensualmente su cuerpo y lanza al aire su espesa y larga cabellera de humo.
Los pasajeros de clase "única" se apretujan en los pasillos y sobre los asientos de madera semejantes a los bancos de parque público, pero un poco más pequeños y angostos. Viajan entre los atados de verduras, mercancías, patos, gallinas, conejos y hasta perros y gatos, rumbo a la feria. Las cholas comerciantes lucen joyas de oro con incrustaciones de perlas y rubíes: largos aretes, gruesos anillos, macizos prendedores. Los cholos barrigones, con el sombrero de paño ceñido a la frente sudada, comen de todo y beben chicha de maíz.
De pronto la confusión. Los rostros se han transformado en una sola mueca de terror, ante el miedo de no saberse vivo o muerto. Éstas son las imágenes que no me dejan dormir y provocan divagaciones.
Mi madre recibió una recompensa de la empresa. Le dijeron que era un gesto bondadoso de la gerencia porque no había derecho a beneficios sociales por causa de la muerte. El funcionario que le entregó los cien pesos le dijo: "Lo siento doña Matilde, pero dentro de quince días tendrá que dejar la vivienda porque vendrá otro empleado con su familia".
No había adónde ir. El ingeniero-jefe se compadeció y otorgó una prórroga de ocho días al cabo de los cuales nos regalaron los pasajes para mi madre, Natalia y yo, y nos embarcaron rumbo a La Paz.

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29- Ramón Rocha Monroy
(Cochabamba, 1950)


EL PÉNDULO

Al gringo lo conocimos en 1963. Su recuerdo está ligado al de unos prestigiosos ciruelos. Cuando murió no sabíamos su nombre, sólo después de una investigación la policía dio con que se llamaba Hans H. Bloch y era, presumiblemente judío.
Vivíamos en una casita de Villa Montenegro; cultivábamos claveles; una vez a la semana venían las floristas a recogerlas. Pero del otro lado de la pared de adobe el ciruelo del gringo invadía con su copa nuestro jardín. Cada noche que llovía se alfombraba de ciruelos maduros nuestro suelo. Madrugábamos y los recogíamos en una cesta. Por la coincidencia, los ciruelos nos parecían dádivas de la lluvia. Dormidos nosotros, las gotas se ponían cárdenas y al chocar contra el suelo se volvían ciruelos.
Lo mismo pensábamos del viento.
Tardamos algún tiempo en salir de nuestras visiones: la noche sin lluvias ni vientos alfombraban igual el piso, y durante todo el verano teníamos la mesa colmada de ciruelos.
El recuerdo del Gringo está también ligado al verano, a las vacaciones escolares, cuando vivíamos con las mallas del baño puestas, ansiosos de madrugar y correr a bañarnos al río. Almorzábamos, y cenábamos en mallas.
Una vez a la semana madrugábamos a recortar claveles. A las siete ya estábamos listos, separados por docenas para las manos ávidas de las floristas. A las siete tomábamos el desayuno; pero poco antes recogíamos los ciruelos. Cualquier día mi prima Rosario se levantó con las primeras luces y salió al patio a mojarse el rostro en la pileta. La pileta formaba un charco al pie del ciruelo vecino. Pero, cosa curiosa, a los ojos de mi prima faltaba algo en la oscuridad uniforme del charco. Yo recuerdo que me despertó a esa hora y me dijo: "Ramón, anoche no cayeron ciruelos". Me levanté con ella y al acercarme a la pileta no pude menos que decirle: "Has estado soñando"; yo veía el suelo alfombrado de ciruelos. Rosario también y por eso porfiaban en hacerme creer que poco antes no había encontrado ni uno. Los recogimos, como siempre. Ese día nos tocaba preparar los claveles. Mientras lo hacíamos, Maricarmen, la segunda de mis primas, supo la noticia, consultó con Mapi, la menor con nosotros, y al final decidimos que la noche anterior no había llovido ni había soplado viento. Decidimos, también, acechar la próxima madrugada para comprobar el milagro.
Esperamos mucho porque se vino febrero con sus aguaceros, se desbordó el río, se anegaron los sembradíos y las radios pedían auxilio. Hacía el 19, lo recuerdo porque eran las vísperas de mi cumpleaños, Rosario me despertó a oscuras. "No llueve ni hace frío", me dijo. Sigilosamente nos levantamos y salimos al jardín. Por supuesto en el charco no había ni un solo ciruelo. Ya no podíamos regresar a nuestras camas, nos acurrucamos bajo el alero contemplando la noche sin luna pero con estrellas, percibiendo en el silencio el canto de los grillos, de las ranas, de los sapos en una charca vecina. Cuando amanecía el árbol se sacudió solo y cayeron cuando menos cuarenta ciruelos. Pensando lo peor (o lo mejor, vaya uno a saberlo ahora) yo me asusté: para mí que el ciruelo era un árbol mágico. Pero Rosario se encaramó a la cerca y vio algo que la hizo reír: el Gringo, luego me lo dijo, sacudía todas las mañanas el árbol y nos mandaba casi todos los ciruelos; sorprendido por mi prima había echado a correr, habíase refugiado en un depósito de trastos viejos.
Comprendimos entonces que la abundancia de ciruelos había coincidido con la llegada del Gringo. Regresábamos del río con el apetito desbordado por el estímulo del limo, cuando en la calle solitaria percibimos las últimas maniobras del Gringo, que hacía meter unos cuantos cachivaches a la casa de al lado, casa deshabitada desde que teníamos memoria, guarida, a veces, de nuestros juegos: alguien, por fin, clavetearía las persianas y las maderas sueltas, alguien cortaría los enormes arbustos y ventilaría la casa tapiada por sus cuatro costados.
El Gringo no salía mucho, por la mañana y por la tarde a la tienda y una o dos veces al mercado. Se encontraba con alguien y le sonreía con todo el rostro, pero ¿cómo fiarse de su rostro morado, de su calva, de su nariz ganchuda? No hablaba con nadie y la explicación era divulgada con esmero por doña Marina, la dueña de la tienda: el Gringo era sordomudo.
Mi prima Rosario hizo guardia conmigo para encontrarlo en la calle y darle las gracias a gritos. Lo sorprendimos abriendo la reja de madera de su casa y corrimos a darle encuentro; yo llevaba la bolsa del pan que nos serviría de pretexto para acompañarlo hasta la tienda. Nos veía acercarnos, agitaba la mano libre y sonreía. Mi prima rosario le gritaba: "Gracias don Gringo por los ciruelos" y el Gringo seguía sonriendo. Cuando regresamos de la tienda -doña Marina nos vio las espaldas hasta que desaparecimos- el Gringo abrió la reja y Rosario hizo ademán de acompañarlo adentro. Pero el Gringo reía con un gemido de mudo y no por ello dejaba de cerrar la reja.
Desde entonces, al levantarnos a recoger los ciruelos, el Gringo nos esperaba detrás de la cerca: su rostro cárdeno parecía degollado por la línea de tejas, pero entonces emergían sus manos que arrojaban como las manos de un sembrador las frutas más diversas de su jardín y las hortalizas más grandes de su huerto. Mi madre, a veces para mí mismo tía porque todos mis primos le decían tía Carmela, no conocía el secreto y cuando más creía que al ir a bañarnos nosotros nos encargábamos de conseguir los frutos de los huertos vecinos. Para nosotros era un celoso secreto no sólo de origen de los frutos matinales sino nuestra amistad con el Gringo. Todas las mañanas hacia las diez salíamos a la puerta para esperarlo. Sabíamos que a esa hora iba a la tienda a comprar pan y leche. Lo acompañábamos, entonces, y le hacíamos ver con gestos que nos sentíamos felices a su lado, que lo queríamos y hasta lo hallábamos ingrato porque no nos permitía entrar a su casa. Mapi se esmeraba en hacer monerías que arrancaban gemidos de la garganta del Gringo; pero sus ojos lloraban de risa. Maricarmen se le colgaba del cuello y le besaba la nariz ganchuda. Rosario y yo, con el cariño sereno de los viejos amigos lo tomábamos de ambas manos. El pobre parecía un ekeko. Pero al regresar a su casa, cuando intentábamos trasponer la reja, el Gringo nos rechazaba risueño pero firme.
Un verano se confunde con otro y los recuerdos se adelgazan; pero hoy queda de todos esos veranos un mismo recuerdo: los actos repetidos, la sabrosa rutina, lo cíclico de nuestros baños en el río, de nuestros juegos, de la cosecha de claveles, del cotidiano recoger los ciruelos y las otras dádivas del Gringo, y por supuesto, la fortaleza perenne de mi madre que nunca cesaba de trabajar ni de vivir contenta.
Pero hacia el año 71 registramos un cambio notable: ya no llegaron mis primas; un jardinero vino a cuidar los claveles; mi madre y yo hicimos maletas. Después de tantos años a nosotros nos tocaba hacer de visitas. Pero a fines del 72 y a comienzos del 73, por supuesto, volvieron mis primas. No tardamos en renovar la rutina con ligeros cambios: ahora Rosario y yo fumábamos a escondidas; Rosario no se desvestía delante de nosotros y yo me afeitaba una vez a la semana. Maricarmen ya usaba sostén y Mapi nos miraba a todos con envidia: era la más pequeña. Como siempre, íbamos a bañarnos al río, recogíamos claveles y por supuesto ciruelos. Pero ya no aparecía el Gringo, y el árbol parecía enfermo, sus frutos, antes de cáscara oscura, de pulpa dulce, de tamaño excepcional habían menguado su calidad y a veces los recogíamos agusanados. Como siempre hacia las diez acechábamos la presencia del Gringo pero nadie lo veía. Doña Marina informaba que sólo las madrugadas de los sábados el Gringo le pedía galletas y algunas conservas. "Como tiene tan lindo huerto…", sugería. Pero rosario espiaba el huerto y todo parecía tan descuidado como al principio, cuando la casa se hallaba desierta.
La noche del próximo viernes no pudimos contener nuestra ansiedad. Rosario juntó todas las revistas de la casa para disimular hasta muy tarde su falta de sueño. Maricarmen y Mapi no tardaron en dormirse. Sentado en mi cama, yo hojeaba también revistas pero no prestaba atención a las letras. Rosario me miraba fijo y por fin me decía: "Dos años que no lo vemos, debe estar enfermo". "Pero doña Marina dice que él es tan fuerte". "¿O será porque ya no nos vemos?" Yo no trataba de responder a esta pregunta que quedaba flotando a la luz del cuarto. Aparecía mi madre, nos quitaba las revistas y apagaba la luz: nos exigía que durmiéramos. Yo recordaba la pregunta y no quería responderla; pero después, Rosario aclaraba mis sentimientos: "Pobre Gringo. Qué ingratos somos", y era como si todo el remordimiento del mundo me aflorara casi hasta las lágrimas.
De Todos modos quedamos dormidos.
Al día siguiente sacrificamos el baño en el río para alistar los claveles. En vano: tendríamos que esperar hasta las diez y las horas no pasaban. En vano: el Gringo no apareció. Decidimos gritarle, tocarle la reja, lanzar piedras a su ventana. Olvidábamos que era sordomudo. Hacia la tarde yo le dije a Rosario o Rosario me dijo: "Acompáñame". No era difícil adivinarlo: a esa hora intentaríamos de cualquier modo una comunicación con el Gringo. Un candado enorme colgaba de la reja; de un salto la traspusimos. Cuando llegábamos al umbral de la casa, tomados de la mano por emoción o por miedo, apareció de golpe el Gringo, nos levantó en vilo -era realmente muy fuerte- y nos llevó hasta la reja. La abrió con una llave gruesa y nos echó. Pero ni él ni nosotros, separados por la reja, terminábamos de irnos. Él nos miraba triste y bajaba la cabeza. Entonces -esas grandezas que se les ocurre a algunas mujeres- mi prima Rosario extendió la mano y le acarició la cabeza. Una lágrima rodaba por la mejilla del Gringo. No nos dejó entrar de todos modos, pero una vez a la semana lo acompañábamos a la tienda y regresábamos con él hasta la reja. Una mirada, una sonrisa triste y se escabullía; nosotros rehacíamos melancólicamente nuestra rutina.
Esa vez la idea fue de Maricarmen: cuando lo vio salir corrió llevándole un ramo de claveles. El Gringo no pudo sonreír: lloró sacudiendo sus espaldas y rechazó el ramo. Maricarmen insistía y él se negaba. Cuando regresábamos de la tienda -ya no hacíamos monerías- el Gringo nos miró a todos, uno por uno, primero a Maricarmen, luego a Rosario, luego a mí, luego a Mapi y extrajo del bolsillo interior de su saco un cartón viejo. En él distinguimos el daguerrotipo de una mujer opulenta, vestida con una túnica blanca, con un tridente en la mano y sobre los cabellos rubios, largos, un casco con dos cuernos. Era, a todas luces, una cantante porque ahuecaba los labios y parecía muy concentrada. El Gringo dejó el retrato en manos de Maricarmen, quiso decir algo y sólo le salieron gemidos; se volvió a la reja y se perdió corriendo a saltitos por entre los arbustos.
¿Estaba enamorado? ¿Esa mujer lo había dejado solo? ¿Era su mujer? Tardamos en saberlo: el sábado lo esperamos en vano; una semana después, en vano. Doña Marina se inquietó y laboriosa, empezó a tejer cien conjeturas. Nosotros esperamos aún tres días.
El miércoles cuando salíamos a bañarnos al río, volcamos nuestros ojos a su reja: todos dimos el primer paso. Cuando Mapi que siempre era la última, saltó la reja, avanzamos apretujados, primero Rosario, luego yo, luego Maricarmen, luego Mapi. Llegábamos al umbral cuando una hedionda bocanada nos detuvo: al parecer, los vecinos -nunca se sabe- habían botado en el huerto el cadáver de un perro. Vimos la puerta entreabierta y seguimos avanzando: el hedor venía de adentro. Ya en el umbral, un instante antes de gritar, vimos a una anciana sentada en una silla de ruedas que contemplaba la viga negra, la soga, el origen pendular de la hediondez.

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30- Oscar Soria Gamarra
(La Paz, 1917-1988)


UNA HISTORIA DE JUKUS Y DIABLADAS

Un día una partecita, otro día otra, mi mama me ha ido contando esta historia poquito a poco. Además, está lo que yo me acuerdo pues.
De esto debe hacer -espérense…- como veinte años. La edad de la Margacha, la menor de los cinco hermanos que somos, que nació por ese tiempo.
Malos días eran esos para mi familia. Mi padre -ahora alma bendita, como dice mi mama- andaba por los cerros nomás, jukeando. La gente mala dice que eso es lo mismo que robando, pero eso es porque a veces algunos jukus se meten en robos de mineral. Yo si puedo decir cómo es eso porque yo mismo he hecho esa vida, claro que años después de esta historia.
Lo único que tiene que hacer el juku es preparar su tiro. Para esto tiene que trabajar como peón para otros mineros libres como él, ahorrar y ganarse como pueda, la cosa es juntar platita para los explosivos, para la guía y para un poco de trago y coca y unos cigarritos y unas velas. Parece fácil, ¿no? Qué, nunca pues. Reunir lo que necesita le cuesta días y semanas y meses, y le cuesta sufrimientos mil y muchas veces sus pulmones.
El juku anda rotoso, lleno de tierra, barbudo y con el pelo grande, y muchas veces está tragueadito, cómo ha de estar. Por todo eso, a los changos -como éramos nosotros entonces- les asusta ver a los jukus. Hay que oírle contar a mi mama: mi padre bajaba, dice, el cerro, con su acullico llenando un lado de su cara, sucio y con zapatos agujereados, y por vergüenza y para no asustar a las guaguas se contentaba con mirarmos de lejos nomás. A nosotros nos tenía repartidos por aquí y por allá, entre las comadres y personas que querían favorecernos. Yo me acuerdo que estaba donde doña Remedios, la chichera de cerca del cementerio.
Así que el juku ha reunido y ha comprado todo, se va a su cerro y le enciende unas velas a la imagen del Tío que siempre hay en uno de esos socavones viejos. (El Tío es el dueño de la mina. Él es una especie de diablo pero más bueno. Él da la riqueza o puede también quitarla. Él tiene pena de los hombres pero también manda las aisas o derrumbes). El juku le envuelve unas serpentinas en el cuello y le convida un cigarrito. Entonces baja a su agujero, quiere decir al lugar que ha escogido para trabajar. Allí prepara sus barrenos, taquea sus cartuchos y coloca sus guías. Después, se sienta y acullica bien su coca, challando, challando, o sea ofreciendo la coca y el trago a la Pachamama. En seguida, él también se fuma su cigarrito y se toma su trago. Entonces, le pide al Tío: "Tío, sete pues buenito con este minero… Ya no me hagas pues esperar más. Mandarime el mineral". Acto seguido enciende las guías y se retira a una urna o debajo de una roca. Y después, lo que saca o lo que no saca, el Tío es quien decide.
Esta vida llevaba mi padre. Uno tras otro disparaba sus tiros que no daban nada. Él con mi mama estaban citados cada primer viernes, se juntaban un mes en la iglesia de Chiripujio -más arriba de Agua de Castilla- y otro ande la Virgen del Socavón. Días buenos para challar y para comenzar cualesquier obras son los martes y los viernes, pero el mejor siempre es el primer viernes de cada mes.
Esta vez había ocurrido que uno de esos primeros viernes se juntaron mis padres en Chiripujio. Entraron, dice, al templo, en medio de harta gente. Rezaron, como todos, ante el Señor. Después, se compraron unos plátanos y subieron al cerro a pasearse. Subieron hasta arriba, dice, hasta la Serpiente de piedra que hay en la cumbre y ahí, al pie de la Serpiente, se sentaron. Comieron sus plátanos, después charlaron. Ella le reclamaba hasta cuándo vas a hacer esta vida y él prometía éste va a ser el último tiro y ella lloraba diciendo siempre prometes lo mismo y él esta vez va a ser la última. Mi mama cuenta que mientras todo esto, miraba una piedra oscura con una mancha blanca en el centro. Parecía, dice mi mama, un pedazo desprendido de la Serpiente misma. Pero no vayan a creer que se fijó tampoco mucho, natural nomás. Bueno, pasan, pasan las horas más rápido de lo que uno quisiera. De repente, ya era de noche casi… Mi mama, triste, lo mira a mi padre que se vuelve a su cerro. Ella se baja a su casita de Agua de Castilla, a seguir llorando sus penas, solita su alma. En la noche, quién te dice, ¡achalau! Se sueña con la piedra obscura con su manchita blanca que ha visto en el cerro. En su sueño la piedra le hablaba diciéndole: "Te voy a dar riquezas. Llévame contigo…"
Al siguiente viernes mi mama sube arriba de Chiripujio, hasta la Serpiente. Ahí mismo está la piedra oscura y le convida con dulces y la copala, o sea que le da copal. Y acullica a su lado con respeto.
Esa noche, mi mama, otra vez volvió a soñarse con la piedra oscura que le machacaba: "Tu suerte voy a ser. Llévame contigo…"
Y a la mañana siguiente, se había ido tempranito a vender la última manta que tenía. De una su comadre se había prestado una picota y una pala. Y agarrando dos hombrecitos, se los había llevado al cerro de la Serpiente.
Los peones cavaron alrededor de la piedra, dice, también por abajo, hasta que estuvo libre. Pero, cosa curiosa, por más esfuerzos que hacían no podían moverla, pesante como de fierro era. La observaron con desconfianza, dice, y le dijeron a mi mama: "Mama, mejor no te metieras a hurgar esta piedra. Puede tener sajra… A nosotros paganos nomás, nos vamos a ir…" Y mi mama tuvo que bajarse solita con sus herramientas.
Entonces, ya esperó el próximo viernes nomás. Y cuando llegó ese día, se fue a lo de la Virgen del Socavón a esperar a mi padre. Por fin, vino él, ella lo dejó rezar un rato estaba impaciente, así que lo sacó afuera y le contó lo de sus sueños y todo lo que había hecho. Él se admiró mucho y, llanto sobre el difunto, quiso que subieran ese mismo rato. Ahora mi padre el que no había tenido paciencia y se había subido nomás, por delante, mientras mi mama, llena de tuctuca, descansando, descansando, había empezado a trepar el cerro. De repente lo vio bajar a mi padre con la piedra a las espaldas y se asomó a ver si era ésta y ella misma se contestó está bien, ésta es. Y bajaron del cerro comentando que la piedra era para ellos porque para ellos se había vuelto liviana. Al llegar a la casa la pusieron a la entrada, en el patiecito de adelante.
Tres días después, con el próximo tiro que mi padre hizo explotar, sacó un rico bolsón de mineral. ¡Y que es lo que no compró con eso! Para mi mama hubo sombreros, mantas, blusas y toda clase de ropas, para cada uno de nosotros compró un terno y camisas y zapatos. Daba gusto. Y la challa que hicimos: ¡una señora fiesta! Ver lo que comíamos, lo que tomábamos. A las dos semanas hizo reventar otro tiro y sacó más mineral. Entonces compró catres dorados y colchones para cada uno. La casa se hizo chica y pagando sobreprecios, en dos patadas, hizo levantar otro cuarto y una cocina. Buen corazón era mi padre: llegaron viudas de los amigos muertos y las ayudó. Ayudó también a los enfermos, a otros les dio dinamitas para que hagan sus tiros.
Todavía hizo un tiro más mi padre y, creerán ustedes, volvió a sacar otro montón de minerales. Le empezaron a decir el Segundo Patiño.
Pero también comenzaron las envidias y líos. Le siguieron juicios por no sé qué cosas. No sé de cómo supieron las gentes la historia de la piedra oscura y de los sueños de mi mama y un día vinieron unos hombres a querérsela llevar diciendo que era de propiedad de no sé qué comunidad y que nosotros la habíamos traído abusivamente. Mi padre no dejó que se la llevaran y peleó con ellos. Pero después ellos mismos lo buscaron y se hicieron amigos de él y lo hacían tomar. Mi padre empezó a gastar plata y se marchaba cada vez más seguido, y mi mama paraba en las iglesias nomás, rezando y haciendo promesas. Hasta que un día mi padre se hizo nigua, es decir que no apareció más. La piedra, igualmente desapareció sin noticia.
Qué cosas le sabrían decir, qué cuentos le sabrían llegar a mi mamita, a la pobre muchas veces la encontrábamos llorando, finalmente, poco a poco se habló menos de mi padre hasta que casi nos olvidamos de él. Y transcurrieron varios años.
Un día -los mayorcitos ya estábamos jóvenes y los menorcitos también habían crecido- vimos llegar un hombre de ropas viejas y zapatos rotos y lleno, lleno de tierra. Estaba entrando a la casa de rodillas, creíamos que era un pordiosero, pero no sé de cómo adivinamos que era nuestro padre. Y de golpe supimos que no lo habíamos olvidado y que lo queríamos mucho.
Mi mama no dijo una palabra. Pálida, lo ayudó a levantarse. Aguantándose, aguantándose, lo sentó en la silla, después lo lavó, le cambió de ropa y lo hizo acostar. Entonces sí, llorando, corrió a lo de la Virgen del Socavón a agradecerle por el regreso de mi padre.
Mi padre durmió como dos días seguidos. Después, siempre estaba silencioso, como triste. Pero poquito a poco fue recuperando sus fuerzas y su buen humor y comenzó a salir los sábados.
Pasaron dos meses y él ya andaba como antes y pisando fuerte. Pero seguía silencioso. Hasta que llegó las vísperas de Carnavales y nos avisó que iba a bailar en la diablada y que sus salidas los sábados eran para ir a los ensayos.
Toda la familia fuimos a verlo bailar. Nos parecieron como nunca hermosas las gruesas voces de los Diablos al cantar:

Venimos desde el Infierno
A pedir tu protección
Todos tus hijos los Diablos
¡Mamita del Socavón!…

Y lloramos viendo a nuestra mama llorar.
Una de las últimas noches del Carnaval, regresando de bailar, sacándose la enorme careta de grandes cachos retorcidos, se puso cariñoso y recordó cosas, y, de repente, nos contó que estando en un pueblo lejano, el Tío se le había aparecido al borde de un precipicio y le pedía cuentas empujándolo hacia el peligro. Y cuando ya no sabía qué hacer, había llegado la Virgen del Socavón y le había dicho que todo se le perdonaría si volvía donde su familia. Él, en agradecimiento, le había prometido bailar para ella.
Y así lo hizo durante tres años seguidos.
Después, comencé a bailar yo ya también. Pero eso será motivo de otra historia.

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31- Jorge Suárez
(La Paz, 1931-1998)


LAS PREGUNTAS

Si uno, cualquier día, porque ya es tiempo de resolver ese misterio, camina y camina hacia el horizonte, llega hasta el sitio donde la tierra se acaba, uno, en ese momento, debe decidir. Si da el paso, cae. Cae sin saber a dónde; pero sólo así se puede conocer la verdad. Puede también uno tenderse sobre el pasto y escuchar el sonido del mundo. Suena, a veces, como un tren. Y otras veces, cuando el parque está en silencio, como un coro. Las piedras: ¿Quién hizo las piedras? Si se parte una piedra, dentro de ella está el sol, destellando. Uno sabe que el agua cae del cielo y se forman ríos.
¿Quién sopla las nubes? ¿Y por qué hay nubes que parecen castillos? Todo esto es tan difícil de entender. Como la sombra: uno camina y se mueve. Uno corre y también corre. Pero si es el atardecer y uno está en la calle, junto a la enredadera de la casa de enfrente, se alarga sobre el empedrado y quiere trepar el muro. Uno pregunta y le dicen:
-Deja de preguntar tonterías, vete a jugar.
Cuando uno juega, las preguntas se van y se esconden en la oscuridad de los túneles. De todos los juegos, el mejor juego es el juego de los bandidos: porque no se puede estar pensando en el fin del mundo, ni en las nubes, ni en los pájaros, que a veces caen en picada, y cuando parece que se van a estrellar contra el suelo, vuelven a elevarse y ni siquiera han movido las alas. Los bandidos no entienden de esas cosas. Salen de su escondite y lo apuntan a uno con su revólver: ¡Arriba las manos! Cuando se juega a los bandidos, uno debe saber muy bien dónde esconderse. Las puertas no sirven, porque es el primer sitio que se busca; tampoco los zaguanes y los viejos depósitos. Un buen sitio es el techo, donde uno, mientras lo buscan, puede jugar con un espejo. El secreto está en cómo capturar los rayos del sol y proyectarlos desde el techo a cualquier sitio donde haya sombra. Lo más divertido, sin embargo, es alumbrar los ojos de alguien que esté pasando por la calle.
-¡Baja del techo, imbécil!
Sobre la tierra hay hormigas. Hormigas que marchan en fila. Hormigas que llevan, cada una un estandarte de guerra. Marchan y uno quisiera marchar con ellas para ver en qué termina aquello, pero ya se ha hecho tarde y es hora de regresar a casa. Mientras los mayores juegan a las barajas, uno, que no debe interrumpir su juego, puede hacer muchas cosas, como pintar cuadros. Es fácil pintar un cuadro. Se usa el amarillo para el sol, el celeste para el cielo y el café para la tierra. Los techos son siempre rojos y los árboles verdes. El morado es un color que casi nunca se usa y se queda entero en la caja, como los generales en las guerras que mandan a pelear a los soldados mientras que ellos observan desde sus carpas el curso de la batalla.
-Mira qué hermoso cuadro ha pintado el niño.
Y sobre el cielo raso del comedor hay una mancha que nadie ha descubierto. Mientras los mayores examinan el cuadro, puede mirar uno esa mancha. Si se la ve por largo tiempo, sin pestañear por supuesto, la mancha se convierte en una nube. Y la nube en el mapa de un país que nadie ha explorado todavía. Un poco después, el mapa se convierte en un dragón. Y el dragón nuevamente en un mapa. Resulta menos divertido contar las rosas del empapelado, porque nunca uno sabe qué rosa ya ha contado, y menos aún, si entre rosa y rosa, hay claveles que giran y serpentinas que bajan hasta el zócalo. Contar las tablas del piso es, en cambio, mucho más sencillo.
-Siempre mirando el suelo, levanta la cabeza.
Uno levanta la cabeza.
-Baja la cabeza. Cuando te habla un mayor debes bajar la cabeza.
Uno baja la cabeza.
-Ponte derecho.
Y uno se enrecta como un poste.
En la calle está la torre. Los hombres que la han construido no parecen estar satisfechos de su obra. Le agregan, por consiguiente, más y más pisos. Mirándolos desde abajo parecen arañas esos hombres, porque caminan y caminan, suben y bajan por los pilares, pasan de un andamio a otro y vuelve al mismo sitio. Se paran de improviso en la punta de la torre y miran largamente el horizonte. No se ven todavía los bosques que están más allá de las colinas. Construyen entonces otros pisos. Pronto, uno piensa, atravesarán las nubes. Cuando llega la tarde y no han logrado su propósito, se sientan sombríos al pie de la torre y enmudecen.
-Qué quieres niño, vete a tu casa.
Y uno se va, con las manos en los bolsillos, silbando. Por el camino se encuentra una tapita, que al primer puntapié vuela y va a morir al medio de la calzada. Puede uno pasar de largo y dejarla ahí, sobre el empedrado, sola. Pero entonces la tapita se reirá de uno. Uno regresa y le da otro puntapié que la hace volar más lejos, hasta la esquina. Y así, empujando la tapita, se avanza por las calles hasta encontrar otra tapita. Y se establece entre las dos tapitas una lucha que se prolonga por cuadras y cuadras. Vence, casi siempre, la primera tapita, porque es la más antigua, y pierde la otra por intrusa. La tapita ganadora debe ser recogida y será, en adelante, la única que merezca el honor de rodar por las calles junto con uno, y no será pisada nunca por ningún automóvil.
-Abre las manos.
Uno calla.
-Obedece, abre las manos.
Uno abre las manos.
-Arroja esa lata a la basura.
Ha oscurecido totalmente. En la casa duermen todos. En la distancia se siente aullar los perros. La tapita brilla como un diamante en lo más negro de una zanja. Gigantescas hormigas avanzan entre los bosques que se extienden más allá de las colinas. En el techo, la mínima luna del espejo escruta el universo. Declina hasta desaparecer el aullido de los perros. Los demonios pasan de largo. Pero las preguntas vuelven. Salen de la oscuridad de los túneles y vuelven. ¿Quién prende cerillas en el interior de las nubes? Los árboles amanecen enjoyados de miles de gotitas de agua. ¿Quién los enjoya? El fragor que viene del centro de la tierra. ¿Qué anuncia? Si uno camina y camina hacia el horizonte, llega al sitio donde la tierra se acaba, uno, en ese momento, debe decidir. Y no hay otra decisión que dar el paso. Ahora mismo, amparado por la soledad de la noche, sería tan fácil acercarse a la torre, que en la profundidad del sueño toca ya las estrellas, trepar sigilosamente a la punta, lanzarse al espacio y caer. ¿Dónde? De pronto, el alba, como un ángel armado de una espada de luz, salta por la ventana, entra en la habitación y bate a las sombras.

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32- Grover Suárez García
(Cochabamba, 1928-1980)


EL CARRITO

Después de todo, la vida no puede ser tan mala si tiene estas compensaciones. Que pueden ya importar los años que han quedado atrás, si todas sus asperezas, todos sus amargores se han ido limpiando por un par de lágrimas, o se han endulzado después de cada escupitajo que arrancó el dolor en un momento de impotencia.
¡No hay por qué quejarse! En el camino de los hombres, como en todos los caminos, siempre habrá una curva o una cuesta y, lo que es más, siempre habrá una meta.
Detrás de los musculosos brazos que empuñan el volante, la cabeza de Alejandro se quema en pensamientos confusos y el martilleo de ideas dispersas, desgranadas, pugnando por hacer estallar esa cabeza, no logra doblegar el montón de fibras que, en dinámica tensión sostiene inexplicablemente para él ese mundo de cosas que bulle allá arriba, en el limitado espacio cubierto por hirsutos cabellos.
Esta vez le ha tocado viajar al Chapare manejando su camioncito rojo, su "chevrito", que es toda su fortuna. Un poco destartalado es cierto, pero todavía "sopla". Cuántas veces, en el camino a Santa Cruz le había fallado y cuántas más acurrucado en su cabina, volcó las noches en la "capota" de sus párpados, esperando que otros brazos se junten a los suyos para hacer caminar de nuevo su "cucaracha". Pero, siempre había llegado a la meta. Hoy, nuevamente, estaba en camino.
¡Jamás necesitó de ayudante, todo un tiempo ha conducido solo, para eso es hombre! Sí, un hombre fuerte y maduro, admirado por su coraje, por su "machismo".
Amarrado a su volante repasa la huella, fijos los ojos delante los faros, que, con su luz opaca, descorren tímidamente las cortinas de la niebla. Una curva, un bache, una piedra en la senda y a lo largo el precipicio, fileteando la plataforma donde se mueve la vida.
Nunca sintió fatiga, no conoce el cansancio. Tal vez sea ese hormigueo que, a flor de piel, le ha recorrido muchas veces los flagelados músculos.
Pronto debe amanecer y en la madrugada está en el Chapare a recoger la carga. Entretanto, siguen adelante los dos, el "chevrito" y Alejandro, como si fueran uno solo, confundidos el corazón y el motor de la "cucaracha", el latido y el ronroneo. Y no deja de pensar en su carga, el valor de los fletes, en sus padres, en su casa…
El "viejo"… ya no se emborracha, ya no los maltrata como ocurría antes, su madre ya no tiene la cara marcada de golpes; ahora, la tiene blanquita e iluminada. Y, Anita… está joven. Nunca más llorará al verlo castigado por su padre. Ahora, ellos, sus padres y su hermanita, viven en Calacala, en la pequeña quinta que les compró él, con el producto de su trabajo, donde el "viejo" cultiva legumbres, que a su retorno, como de costumbre, llenarán la mesa. ¡Cuánto tiempo hace que dejó de sentir esa extraña sensación que aloja el hambre en el estómago!
Un fuerte barquinazo le hace soltar el volante. Algo ha pasado con una de las "traseras". Detiene el carro y baja, una llovizna penetrante y menuda le recibe afuera, sonriente, se apresta a reparar el desperfecto… ¡Son gajes del oficio! Es una goma que se reventó; había que desenllantar. Y se enfrasca en su trabajo con toda la satisfacción que siente por realizarlo, mientras la noche negra y sucia se marcha por el otro lado del camino. Han quedado hombre y máquina, ésta inmóvil, aquél jadeante, emergiendo del barro y con el precipicio colgando a sus espaldas. Trabaja… trabaja…
El estampido de un tremendo golpe que escucha detrás le sobresalta y le hace volverse temeroso. Ve dos ojos inyectados de sangre que lo miran estúpidamente, y una cara, barbuda, la misma que ha visto tantas veces.
Un violento puntapié destroza el camioncito de madera.
¡Carajo! ¡Vago! ¡Jugando otra vez!… ¡Tú ya debes trabajar, aplazado! Y la ilusión que se enfarda en diez tiernos años, rueda por el suelo, convulsa, maltratada.
La madre, que ha presenciado el drama, estalla en sollozos: ¡Alejito… hijo mío… hasta cuándo pues, hasta cuándo!
Mientras tanto, una mano asquerosa arrastra un pequeño cuerpo… ¡un montón de miedo!.

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33- Gaby Vallejo Canedo
(Cochabamba, 1941)


EL MURO QUE YA NO EXISTE

Alex mira desde la ventana del segundo piso el muro que ya no existe. Recuerda que allí en Berlín lo derribaron un día en que las personas se cansaron de soportarlo.
-¿Yo también puedo, papá?
En sus ojos había una extraña alegría. Aquel muro tenía sangre en sus piedras y se contaban historias de muerte, en voz baja, entre los amigos.
-¡Sí Alex! ¡Es el día! ¡Puedes hijo!
Sus manos de niño cogieron el combo del cajón de herramientas. Se aproximó temblando al muro que caía a pedazos. Las mujeres y los hombres reían y lloraban subidos sobre el muro.
-¡Por favor! ¡Quiero subir!
Su voz, nuevamente en sus oídos, igual que aquel día. Y el hombre levantándole en alto y él con los brazos prendidos hasta montarse al muro.
Recuerda que una mano le despeinó en una caricia inesperada. Era una muchacha de ojos negros, subida como él al muro. Se sonrieron.
-¡Fuerte! -le dijo ella-. Golpea fuerte.
Entonces, él empezó a golpear, a desgastar. Le llegaba de lejos, una canción como un himno. Todo le decía que aquello era importante, que él era protagonista de un día grande de la historia. De pronto cayó el pedazo.
-¡Es mío! -gritó resbalando velozmente-. ¡Es como de dos kilos!
Era el pedazo de libertad que había ganado con sus manos. Apretó su tesoro contra su cuerpo.
Américo mira desde la ventana del segundo piso el rostro de su madre que ya no está con él. La habían invitado un día, a leer mucho y a estudiar en una biblioteca lejana, muy lejana, donde estaban los libros más hermosos para niños que se habían escrito en el mundo entero.
-¿Y vive ella en ese castillo?
Recuerda que hizo esa pregunta cuando su madre envió la primera postal y que le explicaron que en el castillo de Blutenburg de Munich estaba la biblioteca donde la mamá leía y donde también dormía.
Oye a su hermana leer la carta que habla de un niño fantasma que llora por las noches en el castillo y que vaga solicitando ayuda en un idioma desconocido.
-¿Y no tiene miedo dormir sola?
La pregunta queda flotando. Todos ríen, pero nadie contesta.
Américo mira con tristeza las montañas y los árboles del parque "Tunari". Desea contar a su madre sus pequeñas-grandes penas de niño. Entonces decide copiar las calificaciones de la libreta escolar para darle un regalo.
-Pon esto más en el sobre, por favor.
La carta escrita a Lápiz, con letra de niño, viaja desde Bolivia a Alemania.
Alex tiene un sueño, que se le pega a él, cada vez con más fuerza, quemando su corazón: una bicicleta azul. Ha trabajado de mil modos para reunir el dinero, pero le falta la otra mitad. De pronto su padre al teléfono.
-Aloo… Alex. ¿Quieres vender un pedazo de tu piedra? Cinco marcos, si tú lo quieres.
-¡Para mi bicicleta! ¡Sí! ¡Voy ahora, ahora mismo!
El martillo parte el pedazo de libertad que ahora se vuelve en pedazos de sueño.
Las piedras se abren a los ojos de las viajeras del hotel de Berlín, donde trabaja el papá de Alex. Un color fuerte, vivo, en algún lugar del muro habla de la desaparición o el desafío de los hombres. Alex sonríe. Ellas compran todos los pedazos. Entonces, con emoción Alex escribe, alegre, en un papel, el nombre de la calle de la cual había arrancado la piedra: SEBASTIANSTRASSE… y…
Américo tiene un sueño que se le pega a él, cada vez con más fuerza, quemando su corazón: un pedazo del muro de Berlín. Escribe a su madre: "El único regalo que quiero que me traigas es un pedazo del muro de Berlín".
No sabe que los hados o los designios de Dios le han organizado todo para tener un poquito del muro. Es su madre una de las viajeras del hotel de Berlín. Además, ella puede regalarle a Américo lo que casi nadie puede regalar: un amigo desde Berlín. Entonces el niño alemán le escribe una carta. Unas pocas palabras en inglés… y se construye el puente por el que pasan los sueños y las palabras de los niños.
Hay una cadena secreta entre las cosas y las personas: unos poderosos construyeron un muro, el muro se convirtió en la muerte; la muerte fue vencida por los hombres, los hombres tienen sueños, el sueño de Alex se hizo bicicleta; la bicicleta amistad y la amistad puente, el puente se hizo cuento y es el cuento que leíste. Todo, por un muro que ya no existe.

Munich, 29 de julio de 1991

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34- Manuel Vargas
(Vallegrande, 1952)


CUENDO LAS VELAS NO ARDEN

Volvía a casa después de varios años. La primera noche perdí el cansancio del viaje en una cama de sábanas recién lavadas y ponchos ásperos; pasé días de charla y atenciones constantes, hasta que dejé de ser el recién llegado. Una tarde, Laura me dijo que fuéramos a visitar a Naida, nuestra hermana que vive en la banda del río.
Caminamos en silencio por el callejón de los sabucos, yo iba pensando en mis sobrinos, no sabía por qué no fui a visitarlos tras que llegué de mi viaje. Ya deben estar grandes, el mayor de siete hermanos, el otro de seis y al último todavía no lo conozco. Cuando eran más chicos les gustaba jugar conmigo; ahora quién sabe si se muestran miedosos. Oscar, el mayor, era llorón, ahora debe estar inteligente y grandote. A Deme le gustaba besarme en la mejilla, era el más valiente y forzudo. Clovis cómo será, se va a encontrar por primera vez con su tío, ya tiene cuatro años.
Llegamos al río y comenzó la brisa. Ya era de noche cuando nos paramos junto a la tranca, la abrimos y cruzamos el patio saludando a gritos para que sepan que llegábamos. Naida estaba en medio del humo de la cocina, sentada sobre unas leñas.
-¡Qué milagro que madrugaron! -dijo burlona saliendo de la penumbra.
A la luz del fuego vi relucir su diente de oro, adiviné el cuerpo
flaco, las lágrimas secas y el rostro avejentado. Nos dimos la mano y nos invitó a pasar al comedor. Don Benedicto, su marido, estaba sentado en el rincón liando un cigarrillo. Una manta le cubría la espalda, sobre las rodillas yacía su sombrero alón. Nos dio la mano de sentado, creo que se alegró de verme aunque su boca no sonreía. Le pregunté por sus hijos y me dijo que seguían jugando en la huerta. Se levantó para arreglarnos un asiento.
La puerta se abre y entra Oscar, me saluda riendo y saltando y se acomoda entre mis piernas, me toma de las manos y mira mi reloj, yo le hago cosquillas, él me mira riendo con sus siete años fresquitos. Luego sale corriendo a llamar a sus hermanos.
Pronto llegan los tres en un valgamediós de risas y gritos. Me saludan rápidos, impacientes. Sólo Clovis viene temeroso a darme la mano. Los otros se ponen a corretear y a bailar por todo el cuarto.
Naida viene de la cocina con un mechero que coloca en la repisa, luego se pone a limpiar la mesa.
-Vamos a servirnos un platito -dice, y mira a sus hijos que no dejan de moverse-. Los dos más grandes ya van a la escuela -explica-; Clovis no va, pero ya tiene cuaderno.
Clovis se mueve apenas, no puede ocultar su miedo. Lo miro de cerca, deja de moverse y se lleva las manos a los ojos en ademán de limpiarlos; tuerce los pies y ríe. Se me apega con la vista en el suelo y toma mi mano. Los otros bailan, brincan, se empujan y siguen jugando.
-Clovis no tiene pareja -dice Naida-, por eso no está chiviando.
-Tío, yo sé dibujar un hombre -dice el uno.
-Y yo también una vaca -el otro.
-Y yo un ratón -el último, y todos ríen.
-A ver dibujen pa que vea su tío -les calma la voz del padre.
Dejan de reír y se ponen a dibujar en sus cuadernos amarillos. Naida trae la olla y comienza a servir la comida.
Oscar me muestra su dibujo, un payaso con la boca asustada y las extremidades de rana. Deme empuja a su hermano y me muestra una vaca que más parece un gato; se lo digo, pero él insiste en que es una vaca. Clovis asienta el lápiz en su cuaderno y no hace más que un punto. Mira a los demás y ellos vuelven a reír; me muestra su hoja:
-Helay, ratones chiquitos -y sigue haciendo puntos…
Los otros ya no le hacen caso y sigue la diversión.
-A comer se dijo -levanta la voz don Benedicto-; dejen de jugar en la mesa.
Todos se calman. Comenzamos a comer.
De pronto Naida se da cuenta de que Clovis no está en el cuarto.
-Debe estar afuera -dice levantándose.
Don Benedicto la mira salir. El mechero chisporrotea y despide un vaho pesado. Escuchamos los gritos afuera; cuando ya estamos terminando de comer vuelve Naida, sola.
-No parece -dice.
Don Benedicto se para despacio.
-¡Cómo que no parece! Andá a traerlo de una vez.
Ella vuelve a salir. Laura también se levanta y yo la sigo.
-¡Clovis!
-¡Clovis!
El pero ladra en el corral.
Entramos al dormitorio. Naida busca debajo de la cama, las sillas… Laura remueve las ropas del colgador… Nada. Don Benedicto está en la puerta con el mechero, yo salgo al patio. Escucho un ruido de platos en el comedor. Entro y… aquí están los tres, siguen dibujando en sus cuadernos.
-¡Aquí están todos! -grito.
Naida viene corriendo con el mechero. Alumbra… y no están más que los mayores.
-Aquí estaba -digo-, ahorita mismo acabo de verlo…
La luna comienza a salir recortando los cerros. Oscar y Deme no quieren rendirse al sueño. Están sentados en su catre de palo, atontados, testarudos. Los demás siguen buscando al perdido.
Entro a la oscuridad del comedor y me siento. El techo es un cielo estrellado, el cuarto un campo abierto…
-¡Clovis! ¿Qué haces ahí debajo?
-Estoy dibujando -dice levantando la cabeza por entre las patas de la mesa-. Mire, mi cuaderno ya está llenito.
-¡Y tanto te han buscado ahí afuera! ¿Qué son esos dibujos?
-Aquí hay un corral, por esta tranca pasan los chanchos y yo la cierro. Helay las gallinas, y las flores del jardín, y mi perro ladrándole al zorro. Ésta es la casa y aquí está el chiquero de las ovejas. Mire, fíjese, ésta es la chacra y en la falda el trigal, el trigo está verde todavía. De ahí vienen los cerros, y arriba el sol.
Se calla un momento como si atajara una risa y luego sigue:
-Aquí adebajo me escondí yo, al lado de esta escalera pa subir a sacar maíz del zarzo. Este bulto que ve aquí es la tinaja de agua. Y usté, tío, está a mi lado, ¿no? ¿Ande está usté, tío?
-Vamos. ¿Ya quieres dormir? Dame la mano.
-¿Qué le parece mis dibujos, tío?
-Lindos, sí, ¡vamos ya! Tus hermanos te están esperando.
Con una mano abro la puerta y con la otra aprieto la de él como si temiera volverlo a perder.
Luego de despedirnos salimos con Laura a la oscuridad del callejón; la luna ya se había perdido. Los tres niños quedaron dormidos, pero no podía soportar en mi mano una sensación de vacío. Me daba ganas de volver a retener esos dedos y quedarme así toda la noche. Adelante escuchaba los pasos de mi hermana, pero no la veía. Era tan negra la noche, que parecía imposible el día.
-Nos dio un susto, ¿no? -dijo Laura con una sonrisa a medias.
-Sí -le respondí con el mismo tono.
Y me di cuenta de que no quería retener tanto a Clovis, sino a mi propia infancia, que por un instante se asomó en ese pequeño rostro y me dejó a un paso del llanto.

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35- César Verduguez Gómez
(La Paz, 1941)

LAS MANOS BAJO UN CIELO DE LLUVIA


Llueve… Espera, no te duermas
Estate atento a lo que dice el viento
y a lo que dice el agua que golpea
con sus dedos menudos en los vidrios.
Juana de Ibarbourou

Muy temprano oscureció el día. Son los nubarrones que flotando en el cielo impidieron refulgir los últimos rayos del sol. El aire está gris, gris, gris.
Una niña pasea por la calle alfombrada de sus sueños.
-"Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva".
En su camino cuenta los árboles con los que se cruza; les habla. Con los pequeños dedos de sus manos toca los barrotes de una verja; los enumera y recuerda algo al mismo tiempo: "Pobre perrito. Un, dos, tres. Le ha mordido feo. Un dos tres. Añus, añus, ha llorado. Un, dos, tres".
Salta con infantil alegría y también camina con la mayor seriedad de sus años.
-"Un paso aquí, otro por allí… ¡Oh! Esa señora se está comprando pan. ¿Me dará alguito? Tienes dos hijitos. Está partiendo el pan. Les está dando a cada uno. ¡Oh, cómo se quitonean! Parecen
perritos hambrientos. Cómo comen y ella también. Yo me compraría; pero no tengo plata. Me comería toditito. Me está mirando…".
-"Por esta noche lo pasaremos con esto. Mañana Ruperto ya estará de vuelta. Ya no tengo ni para el colectivo… Esa chiquita nos mira. Parece que también tiene hambre. Es una pordiosera. ¡Qué tristes esos ojitos! Parece que me estuviera pidiendo…". Ven, chiquita; toma esto.
Rosa se acercó al llamado; extendió su manita vacía y recibió un poco de pan.
-Gracias, señora, dijo, y con menudos pasos, volviéndose, se alejó corriendo con una alegría salpicando sus entrañas.
La mujer, viendo alejarse a la niña, movió la cabeza en un gesto de preocupada conmiseración.
"Pobrecita, no debe tener padres". Y miró lo que engullían sus hijos.
-Anita, le dijo a su hija, invítame un chiquito, a la vez que arrancaba un mendrugo del pan que comía la niña.
-Tú también, Goyito.
"Con esto disimularé. Coman, coman, hijos, que yo como quiera me estaré".

"Qué bonito se ve caer la lluvia. Cuando los autos alumbran parece que estuvieran cayendo agujas delgaditas. Esperaré aquí, hasta que se pase. Mejor me siento. No me llega nadita la lluvia". Mario estiró una mano para saber hasta dónde llegaba la lluvia; retiró la mano mojada. "Y me está dando hambre. Y nada me han dado hoy. Mamá me va a reñir. Cree que me juego. Rosa es la que se juega siempre en las calles. (-Ella siempre trae algo ¿y tú? nada). Es que ella es más chiquita y le dan no más. A mí no quieren darme. ¡Qué lindo brilla el suelo con las luces! Está todo mojado. Este señor parece buenito…".
-Para mi pancito, señor -dijo, estirando de nuevo la mano que se volvió a mojar.
"Ni siquiera me miran y se van. Rosa tiene suerte. Dice que un señor gordo le da mucha plata. (-Él es muy bueno, hasta me besa. No, no quiero que vayas, me quieres quitar a mi señor gordo. ¡Malo!). Sigue lloviendo más. Quisiera hacer botecitos de papel y dejarlos correr por el agua. (-Mariecito, si llueve no te vas a mojar. -Sí, mamá).
Navegarían lindo por esos riítos de la calle. Yo estaría dentro…
Un barquito, reducido y humillado, navega en medio de impresionantes y gigantescos navíos que amenazan con aplastarlo, hundirlo. El barquito tiene ojos que miran suplicantes, temerosos. Con timidez el barquito levanta su cabeza configurada en la proa, queriendo alcanzar la mirada de aquellos enormes buques. Chapalea en el agua buscando llamar la atención. Salta y cae. ¡Chultín! Está por hundirse, por ahogarse; con gran esfuerzo echa el agua de su cubierta, se sacude. Los colosales barcos cruzan por su lado con indiferencia, levantando el pecho de sus proas hasta no verles sus mascarones. No lo miran siquiera y se van, como si el pequeño batel fuera inexistente. Le salpican y bañan a su paso. Sus ojos, casi encarnados, se humedecen. De un flanco, al estribor, le sale una mano pedigüeña y exclama en un hilo de bocina: -Para mi hambrecita, señor buque.
La delgada voz se pierde en un bullicio marino de sirenas y vozarrones: -Ti, ti, ti. -Booo, booo. Los sonidos percuten en el espacio, interminables, ensordecedores.
De pronto, todos callan. Una ballena aparece en las aguas. Salta y ladra cómicamente. Tiene bigotes y cola larga y peluda. Mueve la cola a los buques, dice también -Miau, con cierta tristeza. Los buques sonríen o la compadecen. De sus cuerpos salen unos brazos que se extienden hacia la ballena. La suben con cariño y caricias a sus cubiertas. Se disputan por tenerla. Se deshacen, se destrozan entre ellos para brindarle afecto. Le dan galletas, le dan dulces. La ballena agita la cola peluda y ronronea. Una vapora ruidosa y bien pintada aparece. Pregunta y llora. Los buques sonríen y la consuelan. Le entregan su ballenita perdida. La vapora ríe feliz, se alegra, besa a la ballena, agradece a los buques y se va. Los navíos le ven alejarse y después zarpan satisfechos, se mueven con rapidez, llevando pegados a sus costados carteras, bolsos, carpetas, paquetes…
-Ti, ti, ti. -Booo, booo.
De grandes chimeneas sale un negro y espeso humo que cubre el mar. El barquito se desespera. Quiere ladrar, no puede. Tampoco puede ronronear. De sus costados le salen manos, muchas manos. Son botoncitos. Son manos. Se extienden, se apartan, se alejan, se pierden… Vuelven vacíos, siempre vacíos. El humo…
Mario siente fría la mano; algunas gotas de la lluvia le alcanza-
ron. Casi sin despertar se acurruca aún más en el portón de la casa semioscura donde descansa. La achubascada atmósfera castiga a la ciudad.

"El señor gordo es igualito a ese muñeco. Jugaría con él como él juega conmigo. (-A ver niña, ven, si quieres que te dé billetes). Gordo, gordo, le diría, ven siéntate en mis rodillas. A ver cómo están esas piernitas. (-Yo soy doctor, ¿sabes?). Yo soy… yo soy doctora, le diría, y voy a verte cómo estás. (Están frías sus manos, señor. -Ah, sí, sí, no te preocupes). Mis manos están como lanitas. (-A ver, tu vestido está viejo ¿no? Te voy a regalar uno, después). Y ese pantalón está viejo ¿no? Gordo, gordo, gordo. Tus manos son grandes. (-Tienes que dejarte ver todo para que yo sepa si estás sanita y no tienes nada). Y hasta ahora no me has regalado el vestidito. Te voy a estirar de una oreja. ¡Gordo! Espérate nomás. Yo también te voy a hurgar todo hasta hacerte doler. Te voy a esperar hasta que salgas de esa vitrina, ¡gordo cochino! (-¿Sabe tu mamá que vienes? No le digas nada si quieres que yo te siga dando más plata). ¡Qué linda muñeca! Jugaría con ella todos los días. Te llamaría María; no, mejor Adela, tampoco, ¿cuál seríaaa…? Ya sé. Rosa Linda. Ya no quiero al gordo que se parece al otro. Con Rosalinda iremos al jardín del parque. Ven Rosalindita, toma mi mano, donde la tuya, así, agarraditas. Iremos a pasear. Jugaremos las dositas no más. Tú me dirás mamá y yo te cuidaré. No iremos donde el gordo. Iremos de paseo a otras partes. Comeremos pasteles, dulces, helados, muchas cosas ricas. (-¿Quieres una cosa bien rica?). Gordo, gordo, gordo, no me molestes. ¡Oh, está lloviendo! Mejor. Es lindo jugar en lluvia".
La vidriera brilla rellena de luz. Los ojos de Rosa se extasiaban con el fulgor de las luces de color azul, rojo, verde y amarillo. La llovizna caía pausadamente. Rosa seguía mirando. Sus cabellos embebían las gotitas; sus manos se mojaban.

"Lara, lari, lara, la. La la la. ¡Qué felicidad! En este mundo que da vueltas… Me quiere, me quiere. Anabel mía, mía. Fuiste mía y lo seguirás siendo. Para eso… ¿¡Otra vez!? Pero si a este chico ya lo vimos en otra calle. El mundo está loco, locazo. O yo estoy loco y más borracho de lo que estoy o son muchos los que duermen en las calles. Inclusive (-Miren a éste) nos dijo Rubén. (-Parece un perro al que le cerraron la puerta. -¡Qué gracioso!) dijo Elizabeth. (-Parece muerto de hambre). ¡Oh! Todo da vueltas. Se diría que el mundo está dando vueltas al revés. ¿O estaré mal orientado? Me dan nauseas. (-Muerto o no, si le damos un puntapié salta aullando de susto. Ja, ja, ja)".
-Eres entusiasta, Rubén, alegre, despreocupado; pero intransa… intras - cen - den - ta - lizas la vida. Pobre chico, no debe tener a nadie. Las autoridades no ha… no hacen nada; las ins - ti - tu - ciones de benefi - cen - cia, una miseria; y nosotros, ¡la peste! "(Déjalo. No lo molestes al pobre. Vámonos que puede llover otra vez y aún están lejanas las casas de Anabel y Eli)". Pero, ¿es el mismo? Me parece y no también. ¿O habré vuelto por el mismo camino? "Hace frío y parece que no lo sintiera. La verdad es que yo tampoco; pero yo estoy con tragos y con sobretodo, ¿y él? -Está como que si se hubiera mandado la gran mona)".
-Claro, ha de estar muy cansado. En vano intentabas separar con tu pie sus manos y sus pies. "(-¡Qué asco está! -Está dormido no más, y si no, mañana lo sabremos)". Anabel, Anabel, tienes que curarte de esa tu indife - ren - cia. "(Además nada podemos hacer. Vamos ya)". Sí, vámonos; pero ahora, ¿a qué lado me voy? El sur… el sur está… está… allí. ¡Maldita borrachera!
El hombre caminó perdiéndose por la calle solitaria y negra, por la misma que una hora antes recorriera en compañía de un amigo y dos damas, entre chistes, risas y vaivenes. Una plática embriagada continuaba en su cerebro. Las volutas de un vapor etílico teñían de alegres colores a las sombras, a las umbrías boca-calles, al firmamento de oscura amenaza nubarrada. Olvidóse del bulto sombrío que en dos oportunidades viera en el vano de una puerta.
La cutícula de una finísima garúa siguió cayendo con el simultáneo séquito de leves y penetrantes ráfagas. Jugueteo del aire con el agua menuda.

"((Unas flores vaporosas queriendo subir por el cielo; pero siempre clavadas en el suelo. Brillan con hermosos colores. Despiden perfumes. Son como estrellas. Una calle ancha y vacía. Las flores hacen un grupo multicolor en la soledad de la calle arbolada. Son las mismas de un jardín de la calle esa. No, son otras. Tienen cabellos, tienen pies; pero se parecen a las del jardín. Los vestidos, eso es, los vestidos están hechos de las telas amarillas, azules, rojas de las flores.
Él es una hormiguita. Se acerca. Las flores se alejan. Se acerca aún. Se alejan más. Las flores hablan, se ríen, hacen gestos, hacen mohines. Una flor le dice: -No tenemos -no le den nada, que vaya a trabajar; dice otra. -No molestes, chico.
De la flor roja salen manos; de las manos salen uñas rosas, como agujas de fuego que le pinchan el brazo, le hacen doler. Le apartan, le empujan lejos de las flores. -Ándate, ándate, ándate, chico. No molestes.
Él es un perrito; las sigue. Les ladra como con maullidos, con voz triste, con voz alegre. Las flores no son flores, son señoritas; a las señoritas les gusta los perritos, los quieren. A él lo pueden levantar y acariciar. Las sigue. Ellas caminan, se mueven, ríen, se ondulan, hablan. Él sigue maullando. Le sale una mano. Él no quiere la mano; quiere una patita, quiere ladrar con gracia. Pero la mano sigue saliendo como una cuchara.
-Yo no les doy, son unos vagos. Una vez le di a uno creyendo que estaba con hambre, cuando después me sorprendí al verle jugando en la calle con otros mañosos. -Sus padres les obligan a mendigar y ese dinero lo gastan en sus vicios. -Cau, cau, cauuu, le dice el estómago; él oye; pero ellas no oyen.
Las señoritas no son señoritas: son muñecas pintadas; se alejan, están muy cerca, se alejan. Se mueven, brillan, la gente las mira. Silban. Hay mucha gente en la calle. Las muñecas entran a una casa grande, grande muy grande. Tiene campanas. Es muy alta. Los perritos no entran. Él es un chico y no lo botarán. Entra. Mucho silencio. Las flores no parecen. De algún lado sale gente con paquetes, otros entran y compran. Tras un mostrador un hombre le grita. -¡Fuera chico! Él extiende una mano; pero en vano. Él sale. Es otra casa, es pequeña y con letras, la de la calle esa. La calle está vacía, está llena, llena de gente, de perros, de autos, le pisan, le estiran de sus manos, le empujan, le estiran…))"
-Marito, despierta; vámonos.
Con sus manos húmedas, Rosa procuraba despabilar a su hermano.
-¿Por qué te duermes aquí? La mamá está llorando. Te he bus-
cado por todas partes.
-Me había dormido.
La mamá te está esperando, vámonos.
La llovizna, traveseando con sus menudos aguijones cristalinos, jugaba en las aureolas de elevados faroles.

Una plaza. Árboles altos y añosos; de sus copas frondosas y chorreantes cae la linfa célica. Al frente, hacia un punto cardinal, una larga e iluminada galería. Debajo, la acera de baldosas frías. En ella una mujer macilenta, de rostro enjuto y cetrino. Parece mirar con angustia a todo lado, buscando. Llegan los niños. Ella se alegra. Parecen hablar. Después busca algo entre sus líos. Saca una escarcela vieja. Extrae de su interior un pan y se lo da al niño. La niña mira. El niño se sienta en el suelo junto a la mujer. El niño intenta comer; el pan está duro y no puede. Quiere fraccionarlo entre sus manos. No puede. Hace otros esfuerzos. La madre se da cuenta. Ella también intenta partir el pan. No lo logra. El pan está muy duro. No sabe qué hacer. Le dice algo a la niña. Ésta se para y camina un trecho, se inclina, levanta una piedra y vuelve. La mujer toma la piedra y con ella golpea el pan sobre la losa del suelo. Destroza el pan en varios pedazos. Los recoge y se los da al niño. Éste los introduce poco a poco en su boca y come. La niña sigue mirando el masticar del niño. Éste se da cuenta y le ofrece una pequeña parte. La niña mueve la cabeza. El otro insiste. Al final la niña le recibe.
La lluvia sigue cayendo. Más fuerte y más cantarina. La pluviofonía de las hojas, de los árboles, de los techos y de las ventanas, invade calmadamente el espacio. Las luces alumbran los saetines ácueos.
La mujer y los niños, arrinconados a una pared de la galería, se cobijan con una manta de retazos y remiendos y, estrechándose, se aprietan entre sí como buscando irradiarse calor. Forman un solo bulto, aislado, en medio de la yerma y fría arteria, con la vigilancia de varias columnas de cemento.
La bóveda del cielo no descansa en su llanto perenne. La tierra extiende sus manos y recibe en sus cuencos las pluviales lágrimas.

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36- Víctor Hugo Viscarra
(La Paz, 1958)


¿LUSTRO, JOVEN?

Contra lo que digan y escriban los fabulistas, poetas y cuentistas infantiles, el niño que en este momento me está lustrando los zapatos descachados, es en realidad un anciano disfrazado de mocoso. En sus ojos no existe la más leve huella de la inocencia y en su rostro hay un rictus de amargura tan palpable, que ni siquiera su fingida alegría puede ocultar.
Sus manos pequeñas, percudidas por tintas, cremas de calzados y suciedades, manejan con tal destreza las escobillas, que un profano no puede imaginar siquiera que esas escobillas son los juguetes que la vida le ha obsequiado, y que si él las maneja con presteza y agilidad es porque a esos "juguetes" los ha llegado a querer con tal intensidad, puesto que si bien no le sirven para jugar, por lo menos le ayudan a ganarse los centavos necesarios para comprarse un escuálido plato de comida.
Esa suma de dinero no creo que ayude con el tiempo a construir una fortuna, porque, como el cambio fiduciario representa algo así como cinco centavos de dólar, esa suma no sirve de nada; pero, como la impotencia reprimida es la creadora de los paraísos artificiales, él ha aprendido que reuniendo el equivalente de tres pesos, con esa suma se puede comprar un pomo de "thiner", y así escapar de su micro mundo existencial para alcanzar el macro cosmos de lo irreal, absurdo y fantástico.
Una vez que ha terminado su trabajo y con manos expertas guarda en su cajón sus herramientas de laburo, sabiéndose cómplice involuntario de su hazaña, saca de un escondrijo un pomo pequeño, y tras mirar a ambos lados y no advertir nada sospechoso, lo abre con manos imprecisas y se lo lleva a las narices. Un "Ah…" satisfecho escapa de sus labios después de haber respirado parte del contenido del pomo, y, cuando comprende que yo estoy enfrente suyo, con esa ingenuidad que existe en las almas prematuramente envejecidas, me alcanza el pomo al tiempo que dice: "Échale un tantacito de k'olo, que ya no vas a ser tan tacaño y de buena gente me vas a regalar algunos quivos extras…"
Creo que fue Víctor Hugo el que escribió que: "El abandono de un ser humano solamente puede ser aliviado cuando un extraño comparte, tanto sus desdichas como sus perversidades". De ser así, puedo considerarme un mal aprendiz de ser humano porque cuando, en un momento determinado un niño-anciano, un ser que no sabía de alegrías y bienaventuranzas, me ofreció un pasaje barato al universo etéreo donde no existe el hambre, el llanto, la violencia y el marginamiento, yo, llevado por mis estúpidas concepciones, me atreví a rechazarlo.
Y es más, los veinte centavos que debía cancelarle por su trabajo, me están quemando los bolsillos.

 

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