VERDE

(para niños a partir de los 10 años)

En Japón. En un barrio céntrico de Kyoto, esa milenaria ciudad sembrada con bellísimos templos y rodeada de montañas y serranías. Con sus padres y sus hermanas mayores vivía él. "¿Él?" ¿Quién? Pues Kenyi Tanaka, un muchachito de trece años que no solo se destacaba por sus queribles características de personalidad sino, también, a causa de su talento para sacar fotos. Por eso, a pesar de compartir casi todas sus horas libres con sus amigos, siempre se reservaba algunas de los domingos para disfrutarlas en soledad.

Mejor dicho, no en total soledad, porque, invariablemente, las pasaba en compañía de su cámara fotográfica, una ultramoderna que le habían regalado los abuelos. Y enamorado de la naturaleza como estaba de chiquito , cielo, luna, arroyos, animales y árboles, principalmente, concitaban su atención, para atesorarlos en fotos una ves revelados los rollos. Los álbumes fotográficos de Kenyi merecían un espacio, muy amorosamente ganado, en la biblioteca familiar.

A los adultos les sorprendía, sobre todo, su sensibilidad para pasear la mirada sobre los paisajes y captar la conmovedora hermosura de los árboles. Sus papás le daban permiso para que -cuando él lo pedía- fuera a vagabundear por las sierras cercanas, donde el imperio de la arboladura era indiscutible. En esos parajes, las viviendas eran muy escasas y largamente distanciadas unas de otras. Y hacia allí se dirigía Kenyi ciertas mañanas domingueras, para satisfacer su mas hondo deseo: retratar árboles.

Faltaba poco para que aquel verano japonés llegara a su fin, cuando el muchacho salió de mochila al hombro y una capa impermeable, por las dudas esa nubosa mañanita se descolgara en un chaparrón.

Más tarde y a punto de acabar su rollo fotográfico, Kenyi divisó -entre la espesura vegetal en la que se encontraba- tres sauces que lo emocionaron. Próximos a un arroyo se erguían. Uno, muy alto y fornido. El segundo de mediana longitud comparado con el primero. El número tres, bajito; de seguro cantaba con escaso tiempo de plantado.

De inmediato, Kenyi se apresuró a acercarse a ellos y -después de acariciar sus troncos y aspirar su aroma- les tomó una fotografía: la última de ese domingo.

Repentinamente, el cielo se oscureció, teñido por nubarrones. Los truenos lanzaron sus ruidosas protestas. Enseguida, un ensordecedor concierto celestial, bautizado con lluvia. Sin embargo -como le encantaban las tormentas- el chico se fascinó con ese inesperado diluvio. Se dejó empapar, con la vista fija en los tres sauces, borroneados tras el agua. Lamentó haber gastado el rollo de fotos...Recién comenzó a preocuparse cuando los minutos se sumaban y lo que él había supuesto un fugaz chubasco se intensificó. Entonces comenzó a andar, tratando de ubicar la ruta que lo había conducido hacia esa zona boscosa.

El viento soplaba -ahora con una fuerza inusitada. La temperatura había descendido bastante. Kenyi empezó a temblar de frío. Ya casi no divisaba mas de dos metros a la redonda , cuando tropezó con unas raíces y cayó de bruces.

Su mano izquierda se hirió, al chocar contra unas piedras. Decidió, entonces, retornar sobre sus pasos y buscar el amparo de los tres sauces a los que había fotografiado.

Los relámpagos se sucedían con alarmante frecuencia. Pero fue gracias a la luz de uno de ellos, que centelleó breve, como Kenyi vio que -un trecho más allá de los sauces a los que había encintrado de nuevo- se levantaba una choza. Ligerito, bordeó con cuidado parte del arroyo y llegó a su ruinosa puerta de madera. Golpeó.

 

Una anciana, de apariencia tan pobre como la choza, le abrió y lo invitó a entrar, compadecida por el estado en que se hallaba el jovencito.-¡Oh!- exclamó al enfrentárselo. -¡Adelante, caballerito! ¡Se va a congelar si permanece afuera! ¿Qué le pasó en la mano? ¡Vamos: adentro, hijo!

La anciana lo empujó hacia allí, para que secara sus ropas junto al fuego. Enseguida, le limpió la herida de la mano, se la cubrió con un ungüento verde y le ofreció comida.

Entretanto como hechizado, Kenyi se dedicó a observar a la niña. Aunque de aspecto andrajoso, de larguísimo pelo verdoso y en completo desorden -como si nunca se lo hubieran cepillado- era hermosa en extremo. ¿Como entender que tan encantadora criatura viviera en un lugar de miseria y aislamiento?

-Caballerito- le dijo el viejo- le aconsejo que permanezca aquí hasta que amaine la tormenta...

Kenyi reaccionó, entonces, de corazón contento. ¡Tendría la oportunidad de seguir contemplando a la niña y, acaso, se decidiera a hablarle!

De reojo, ella lo miró cuatro o cinco veces. Y cuando él aceptó prolongar su estadía allí, la jovencita se dirigió hacia atrás de unos trapos, que dividían el ambiente a modo de biombo.

Reapareció con el cabello trenzado en dos y con una bandeja, sobre la que humeaba un tazón de té que se apresuró a servirle. Dada la proximidad, Kenyi reparó en que era mas linda que cualquier mujer que conocía. Incluso, más que su propia madre y sus hermanas, sentimiento que lo llenó de una pasajera culpa.

¿Y que decir de la gracia de sus gestos?

Juntando coraje -mientras señalaba ala chica con un cabeceo- disparó su pregunta a la pareja de ancianos:-Eh...Esteee...¿Es hija de ustedes?      -Sí, caballerito-le respondieron, turnándose en los datos a confiarle. -Midori nació cuando ya habíamos perdido la ilusión de ser padres...Fue criada aquí; aquí creció y solo cuenta con nosotros...Te rogamos que disculpes su torpeza...pero es tan buena...tan buena.

Midori...ese ángel silvestre se llamaba Midori...¿Qué nombre más adecuado?-¡Midori significa "verde" en nuestro idioma!-exclamó Kenyi, conmovido. Y la mirada que, entonces, unió sus ojos con los de la niña fue una cinta estrellada flotando entre ambos. Tan energética como la tormenta que todavía se desataba sobre el domingo, una silenciosa corriente afectiva había comenzado a unirlos.

Ni bien los padres de Midori les anunciaron que se retiraban para descansar un rato tras la raída cortina, los chicos se largaron a conversar entre susurros. El le contó quien era y por qué visitaba aquellos parajes. Le confió su amor por los árboles y la entrañable atracción que le habían producido los tres sauces plantados cerca de la choza. Ella sonrió y algunas lágrimas le cruzaron el rostro al oír esa parte del relato de Kenyi. ¿Raro, no?

De inmediato, se recompuso y le refirió la breve historia de su infancia agreste, sin demasiados detalles. A medida que ella hablaba, Kenyi sentía como si ella lo estuviera hipnotizando con su dulce vocecita. Entonces, comenzó a imaginar conductas a seguir con el propósito de no tener que marcharse de la choza, tan pronto se disipara la tormenta. Fue así como, cuando los padres de Midori retornaron con ellos y ya había cesado el temporal, Kenyi les mintió:-No se como retornar al sendero de regreso a mi casa...Estoy confundido...¿Serían tan amables de permitir que Midori me acompañe un trecho?

-Por supuesto, caballerito; aunque siendo una campesina tontona como es, nos abochorna un poco que sea su escolta...Pero sí, que lo acompañe hasta su casa. Su familia estará algo alarmada por su demora y los tranquilizará saber que no ha estado perdido ni solo en esta zona...Ah, que enseguida vuelva para acá. Ella sabe muy bien como hacerlo. Estas tierras no le guardan el mínimo secreto...

 

 

Medio desconectado, Kenyi solamente atinó a decir que para él iba a ser una gran alegría gozar de la compañía de Midori y presentarla a sus padres y hermanas. Y agregó:-Toda mi gratitud por la hospitalidad que me brindaron. Enseguida se quitó un anillo con la impresión de sus iniciales, que lucía en el anular de su mano derecha, y se lo extendió al viejo. -Un recuerdo. De algún modo, quiero continuar entre ustedes. Acéptenlo, por favor.

Se lo devolvieron:-En cuanto a recordarlo, caballerito, tenga la certeza de que imborrable ha de ser, para nosotros, su paso por esta choza...Nos respetó tal cual somos y ni se quejó debido a tanta miseria. Y que Dios no permita que le ocasionemos dolor alguno...

La intriga se apoderó de Kenyi al escuchar la última oración. ¿Qué dolor podrían causarle esos seres tan extraordinarios? Pero reservó la pregunta. Le pareció improcedente interrogarlos al respecto.

Durante el trayecto rumbo al domicilio del centro de Kyoto, los dos chicos se mostraron muy felices de estar juntos. Los últimos tramos los recorrieron de manos entrelazadas. Ya atardecía cuando llegaron a casa de los Tanaka. Enterados de lo sucedido y superada la sorpresa de conocer a una criatura tan excepcional como Midori, los padres de Kenyi convinieron en que correspondía llevarla de vuelta en su coche. ¿Cómo no agradecer a la pareja serrana la protección que le habían dado a su hijo? Durante el viaje, la mamá de Kenyi tuvo una idea que aceleró los latidos del muchacho.-¿Te darán autorización para quedarte con nosotros hasta que termine el verano, Midori?

Y sí, se la dieron. A partir de esa noche-y ya con la niña instalada en la casa- se inició una etapa maravillosa para los dos chicos. En realidad, se habían enamorado, si bien ninguno se resolvía a confesarlo. Pero a lo largo de la semana que Midori compartió con ellos, fue evidente para todos los Tanaka que los jovencitos estaban ligados por algo mas que una simple amistad ocasional.

Kenyi le sacó innumerables fotos a su amor primero y ella lo deleitó con anécdotas de los bosques.

El último día del verano -tal como solían hacerlo durante las siestas- fueron a la glorieta del jardín de la casa. Cada uno provisto de varios álbumes de fotografías. Singular el interés que demostraba Midori al contemplarlas. Era como si le causaran un asombro sin límites. Y Kenyi ni suponía que ella nunca había visto otras antes... -En cuanto revele las que te tomé voy a hacerte copias...E impulsado por la pena originada en el saber que la niña se marcharía al día siguiente, el chico añadió:-Te quiero Midori... Cuando seamos grandes nos casaremos...Justo cuando ella escuchó esta declaración, se contorsionó y dio un grito desesperante, de infinito dolor, como si un hachazo la hubiese partido al medio. Enseguida, se puso tiesa mientras su piel iba tornándose verdosa y con manchas amarronadas. Kenyi la observaba paralizado cuando, con un hilito de voz, Midori le dijo:-Yo también te quiero...Nuestro encuentro ha sido un milagro...pero nuestra relación se terminó...Están separándonos, Kenyi...Ahora mismo...Me muero...Me estoy muriendo...Temblando de terror, el muchacho se arrodillo a sus pies y le rodeó las piernas con su brazo, a la par que aullaba:-¿Qué te pasa,  Midori; qué, qué, mi amor?

Cuando se incorporó, decidido a cargarla, un gemido rajó la garganta de la niña a la par que murmuraba:-No me alces...No...Me estoy muriendo...Perdón, Kenyi...Te oculté mi verdad...No soy un ser humano...El ama de un árbol es mi alma...La savia de un sauce es mi sangre...de ese pequeño...que viste cuando te extraviaste en la tormenta...Y alguien-en este preciso momento está aserrándome...Por eso muero...Te amo, Kenyi...Perdón...Per...

Su cuerpo comenzó a desdibujar sus formas de mujercita, transformándose, vertiginosamente, en sucesivas y extrañas apariencias que no resistían comparación alguna, hasta que se disipó en el césped por completo. Kenyi se desmayó sobre ese espacio vacío.

Mas tarde, cuando sus padres y hermanas regresaron de un paseo, lo encontraron tirado boca abajo. Lo llevaron en andas hacia el interior de la casa. Cuando recobró el conocimiento se hallaba en su habitación, casi desnudo sobre la cama. Su familia lo miraba angustiada mientras un médico colocaba cierto instrumental dentro de un maletín. -El doctor te aplicó una inyección, tesoro...-le explicaron sus hermanas.-¿Y Midori? -Exclamó Kenyi. -Ahora a tomar esta pastilla y a descansar, m'ijito- le ordenó el médico. Sus padres no acertaban a contestarle nada.-Midoriiiiiiii-llamó, atormentado. -Mañana charlamos, ¿Sí?-le dijo su mamá, acariciándole la cabeza-. Mañana, mi querido...,y continuó acariciándolo hasta que se durmió, como efecto del sedante que el doctor le había inoculado. Pero Kenyi se despertó a la media noche, con el pecho tamborileándole .-¡Midoooooriiii!-gritaba, desconsolado.

 

En vano su mamá trató de calmarlo. Fue recién cuando ella le reveló que la niña había desaparecido como por arte de magia, "sin siquiera despedirse, la maleducada", que el chico le contó, entonces, el horror que le había tocado presenciar.

Una vez enterada toda la familia de lo expuesto por Kenyi, no hubo uno que le creyera aunque fingieron que si. Tuvieron que jurarle que saldrían, muy tempranito, rumbo a la choza donde vivía la nena, para conseguir que volviera a dormirse. Sin embargo, lo hizo agitado, quejándose de a ratos, lloroso. Y en ese estado viajó hacia las serranías a la mañana siguiente, en el auto conducido por su papá. Cobijado entre los brazos de su madre iba, ambos reclinados en el asiento de atrás. Sus hermanas habían preferido permanecer en la casa: les costaba aparentar que creían el relato de Kenyi y enmascarar las ganas de burlarse que el mismo les provocaba.

Una vez que pisaron la zona exacta donde, hasta una semana antes, se alzaban los sauces que Kenyi había fotografiado, comprobaron que los tres habían sido aserrados. Con estupor, los padres. Horrorizado, Kenyi .Apenas quedaban tres tocones, tres restos de los troncos. De la choza, ni noticias.

Kenyi se aferró al resto del tronco mas chiquito y lloró como enloquecido, a la par que repetía el nombre de Medori. Poco después, un guarda parques les informó que, durante la jornada anterior, muchos árboles habían caído desplomados a manos de un grupo de obreros provistos de motosierras.-¿Qué a qué hora exacta cortaron el sauce chiquito? Y...que se yo...Probablemente mientras yo me echaba mi siesta...porque cuando vine por aquí ya estaban talados. Se llevaron varios troncos. Son para una empresa papelera, creo.

Cuando se revelaron la cantidad de fotos que Kenyi le había tomado a Midori, la imagen de la niña no apareció en ninguna. Todas coloreadas de verde solamente. Sí-y con toda su belleza- la del trío de sauces que el muchacho sacara instantes antes del temporal de aquel domingo.

Y Kenyi creció, convencido de que había sido su profunda fascinación por los árboles que había estimulado a las almas de esos sauces a corporizarse como seres humanos, a ofrecerle su amparo y el amor de Midori.

Fin

Por Elsa Bornermann

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