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Capítulo 1: El gran problema
Era
un día oscuro, de luna llena, hacía
muchísimo frío, pero eso no me impediría
ir al campamento que habíamos organizado
mis amigos y yo.
Nos llevaría la mama de martín en su auto nuevo, hasta
el campamento, luego nos dejaría y nos pasaría a buscar
al día siguiente.
Apenas llegamos, se fue la mamá de Martín. Pusimos la carpa
en el medio de dos arboles. Cuando nos fuimos a dormir nos dimos cuenta
de que solo había tres bolsas de dormir y nosotros éramos
seis: Martín, Juan, Gregorio, Diego, Nicolás y yo, Joaquín.
Así fue como comenzaron los problemas...
Capítulo
2: Juan y su cerebro
Mientras
nos peleábamos, Martín empujó a
Gregorio y se cayó la carpa. Entonces paso
una ráfaga de viento y se la llevó.
La corrimos durante 3 horas, pero fue en vano.
Cuando quisimos volver no dimos cuenta que estábamos perdidos.
A Diego se le pusieron los ojos llorosos y Juan se puso blanco. Eran
las 4 de la mañana y estabamos triste, agotados y asustados.
Lo único que hacíamos era echarnos la culpa unos a otros,
sin buscar una solución. De pronto a Juan, el cerebro del grupo,
se le ocurrió una idea. Nos ordenó ir a buscar ramas y
hojas. Sin perder tiempo fuimos en busca de ellas. Cuando las trajimos, él
empezó a trabajar.
...Después de dos horas finalizo la construcción. Delante
de nuestros ojos había una hermosa choza.
Al fin pudimos dormir.
Capítulo
3: La adaptación
Nos
levantamos a las 7 de la tarde, ya que nos acostamos
a las 8 de la mañana.
A todos nos dolía la cintura y los hombros, sobre todo a Diego
que nunca durmió en un campamento.
Teníamos hambre así que fuimos en busca de comida. Nos
dolían los pies de tanto caminar, pero teníamos que encontrar
algo para comer.
Por suerte hallamos un manzano, a todos nos dio mucho gusto verlo, y
nos pusimos a recolectar las jugosas y encantadoras manzanas. Nos abalanzamos
sobre ellas, hasta Gregorio, que las odiaba, se puso a comer. Nos devoramos,
en tres deliciosos segundos, las veinte manzanas que habíamos
juntado con tanto esfuerzo.
Las horas pasaron y cayó la noche.
El hambre volvió a nuestros estómagos.
El manzano no tenía manzanas y no sabíamos qué comer.
Juan tuvo que volver a usar su cerebro...
Lo que dijo esta vez no le gusto a nadie, ¡teníamos que
comer lombrices! Al principio nadie lo obedeció, pero finalmente
el hambre nos ganó.
Capítulo 4: Una linda mentira
Los
días pasaban y no podíamos seguir
así. Sólo un milagro nos salvaría
y nos sacaría de esta horrible situación.
Todos estábamos sucios y apestosos, ni nosotros nos soportábamos,
no teníamos ropa para cambiarnos y la que teníamos estaba
rota. El único que pensaba que nos íbamos a salvar era
Martín, que es un optimista.
Yo pasaba horas contando hormigas, mientras que los demás jugaban
todo el día con un yoyó que había traído
Diego.
No teníamos noción del tiempo, sólo sabíamos
cuando era de día y cuando era de noche. Además sólo
podíamos tomar agua de una zanja,... tenía un gusto a tierra...
pero por lo menos no nos deshidratábamos y teníamos que
agradecer que estábamos vivos.
Martín decía que había visto un avión negro,
pero me parecía que lo decía para que tuviésemos
esperanzas, aunque lo decía de una manera muy convincente y preferíamos
pensar que era cierto. Él sabía cómo ponernos de
buen humor.
Capítulo
5: Un sueño loco
Una semana después...
Me levanté de un piedrazo que alguien me había
tirado.
Algo me agarró de los pelos y me levantó la cabeza hacia
el cielo. Primero no veía ni escuchaba nada por el piedrazo y
porque estaba medio dormido, pero después vi a Juan y en el cielo
un avión negro. Después caí desmayado al piso y
tuve un sueño algo extraño:
Soñé que todos estaban muertos y que un par de marcianos
se comían los árboles, además había una mariposa
gigante que cantaba tango y un enorme ciempiés que caminaba con
la cabeza. Sólo estaban ellos y yo, así que salí corriendo
pero la mariposa me atrapó y me arrancó la cabeza. Luego
vino un monstruo que escupía aceitunas y me tiró una en
el pie y otra en la mano.
Capítulo
6: Qué alivio
Cuando
me desperté estaba en mi casa, acostado
en mi cama.
Sin entender nada, me levanté, caminé tambaleándome
hasta la cocina pero no había nadie, así que me dirigí hacia
el comedor. Ahí encontré a mi mamá y a mis amigos
que me contaron lo que había pasado:
Juan nos había despertado para que viéramos el avión
que ya había visto Martín. Creo que exageró con
lo de el piedrazo.
Cuando yo caí desmayado, Diego me llevó a la choza, mientras
los demás hicieron una fogata para que desde el avión nos
vean. Esto provocó un incendio y tuvieron que cargarme y llevarme
corriendo hasta un lugar más lejos. Esto no fue tan malo, ya que
con el incendio, vinieron aviones, autos de policía y bomberos.
Apagaron el incendio y nos llevaron a casa.
Así fue como todo se solucionó y por eso hoy les puedo
contar esta historia...
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