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Soles de niña (Poesía)
Más cuentos y poemas de María Fernanda Macimiani

La niña mira
curiosa el cielo.
La niña pinta
un sol de caramelo.

Sus rayos dulces
tiñen de colores
las noches oscuras
todos los rincones.

Los rizos de sus soles
Se enredan en el viento
juegan con las manchas
y las hadas de los cuentos.

Ella pinta primaveras
sin lágrimas traviesas
sueña finales felices
como sus soles de seda.

Premio Pregonero Periodismo Digital

Publicado en la Antología de literatura infantil “A la hora de la siesta. Magia y rebeldía”, por Enigma Editores, año 2012.

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Premio Pregonero 2011 Periodismo Digital. Premio Hormiguita Viajera 2014 Revista Virtual de LIJ.
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CAPERUCITA ROJA
Pequeña versión del conocido cuento por Maria Fernanda Macimiani

Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la muchachita la llevaba muy a menudo porque le encantaba, todo la usaba que todo el pueblo la llamaba Caperucita Roja.

Un día, su madre le pidió que llevara unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviera por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí un lobo malvado.

Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas, los ciervos...

Pero Caperucita se detubo a juntar flores y disfrutar del paisaje bello y apacible cuando de repente vio al lobo, asomarse detrás de un tronco.

- ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el lobo con su voz ronca.

- A casa de mi Abuelita- le dijo Caperucita, sin pensar en lo peligroso de esa situación.

- No está lejos- pensó el lobo para sí, dándose media vuelta.

Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo un ratito mas...

- El lobo se ha ido - pensó -, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles.

Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la Abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era su adorada nietita. Un cazador que pasaba por allí había observado que el lobo merodeaba los caminos del bosque y lo estaba buscando.

Inmediatamente el lobo devoró a la Abuelita y se puso el gorro rosa de la pobrecita y casi explota el camisón violeta cuando se lo puso. Arropadita en la cama, cerró los ojos y esperó relamiendo su enorme bocota.

No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó enseguida, mas contenta y distraída que los demás días. Toc ,toc!!!! llamó a la puerta y la dulce voz de su abuelita sonó como un oso mal dormido...

La niña entró y se acercó a la cama pero vio que su abuela estaba muy cambiada.

- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!

- Son para verte mejor- dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela.

- Abuelita, abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes!

- Son para oírte mejor- siguió diciendo el lobo.

- Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

- Son para...¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró, sin dejarla escapar , tal como había hecho con la abuelita.

Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a un leñador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.

El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. La Abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!.

Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y nunca mas se lovio en el bosque.

En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su Abuelita y de su Mamá.

FIN

 

Maria Fernanda Macimiani Escritora, Diseñadora Web Promotora de lectura
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