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CHICHO CARA DE PECAS

El flaco Chicho se levantaba diariamente a las seis de la mañana para pintar un arcoíris de vivos colores detrás de su casa y de esta forma sorprender a todos sus vecinos con amaneceres cargados de luminosidad.
Esto estaba bien, pero no obstante Chicho era un niño incomprendido que tenía una fama injustificada de tratar mal a los animales cuando, realmente, lo que muchas veces se proponía era socorrerlos.
--Los buenos propósitos en ocasiones pueden parecer exagerados, depende del ojo que esté observando—Comentaba la anciana Antonia cuando se dirigía a la madre del pequeño.
En la escuela, algunos de sus compañeritos, le llamaban a nuestro chico el flaco con cara de pecas. Y en efecto, el muchachito tenía tantas manchas color café en su rostro que parecía que desde su nacimiento lo habían expuesto a recibir el sol tropical escondiéndose tras un colador con el que se escurre la leche de vaca para ser separada de su crema espesa y de su mantequilla.
Cuando el pecoso estaba de buen humor, cuando su abuelito Esteban le compraba sus sabrosos helados de chocolate, el niño no se aburría de pintar los días con adecuados colores.
Sin embargo, si se miraba enojado, arrastraba una escalera larga y empinada para luego ir por una espesa brocha, junto con un cubo desbordado de pintura gris, y dando treinta brochazos contra el cielo transformaba las tardes tranquilas y soleadas en oscuras y lluviosas.
Les voy a contar a continuación la historia de un percance que tuvo nuestro Chicho con el gato Klaus. ¿Quién es Klaus?, veremos.
Una buena mañana el chico quiso obligar a bañarse al animalito que era propiedad de su abuelo, lo quería meter en una tina con agua que había en el patio de su casa y por esta razón el gato se esforzaba a toda costa por escaparse de entre sus manos.
Chicho afirmaba que Klaus debía bañarse a diario, que esta práctica era por su propio bien. Según el pecoso su maestra siempre le recordaba en la escuela que la higiene debe comenzarse por las mascotas que se tienen en casa.
Era algo elemental en materia de sanidad que a Klaus no parecía interesarle en lo absoluto. Las intenciones de Chicho eran las mejores sin embargo el peludo animalillo abría sus patas amarillas, lo más que podía, intentando aferrarse con sus uñas a las resbalosas paredes de la tina. De esta manera evitaba tocar el agua tibia y caer dentro del recipiente.
Al fin y al cabo Klaus logró escapar en la primera oportunidad que tuvo y por más que Chicho se pasara medio día corriendo de aquí para allá, detrás de éste, nunca pudo alcanzarlo.
Klaus se perdió de casa por varias semanas y por esta misma razón el abuelo no volvió a comprarle a Chicho sus acostumbrados helados de chocolate.
El pecoso estaba triste y algo enfadado--¿por qué huyó Klaus?--Se preguntaba de manera constante—Yo sólo quise ayudarlo para que luciera limpio y bien peinado.
Escuchando los consejos de su abuelo Chicho volvió a subirse en su larga escalera para renovar la pintura en el cielo dándole a éste un color azul casi desenfrenado. Luego el chico decidió vestirse con un short, tenis deportivos y una camiseta de rayas verdes y naranjas para ir en busca de la mascota extraviada.
--Muy bien, muy bien, mañana yo viajo hasta Australia y quisiera ver de nuevo a mi Klaus cuando esté de regreso en la casa—Murmuró el abuelo.
Fue así que antes de dejar su portal, luego de despedirse del viejo Esteban, el niño pecoso cargó su mochila con varios trozos de panes, dulces de vainilla y un grantermo lleno de agua fresca.
Además de esto se puso una gorra roja con la que jugaba beisbol y también guardó consigo una especie de micro lupa que su mamá le había comprado dos días atrás.
Antes de marcharse definitivamente, siempre muy avispado, Chicho volvió a revisar el tiempo y lo dejó estacionado, de una manera permanente, como si fuese un eterno mediodía. Según él así se podría evitar que las noches fueran a sorprenderlo en el largo viaje que le esperaba mientras buscaba y rescataba a Klaus.
Luego de efectuar esta última acción fue que el chico decidió ponerse en camino de una forma apresurada.
--No quiero dormir, no puedo dormir, mi propósito es hallar cuanto antes a Klaus--Gritó el pecoso al llegar al pie de unas montañas cuyas cúspides se perdían dentro de unas nubes blancas que se aglomeraban en lo alto.
--¿Has visto a mi gato llamado Klaus?—Le preguntó el niño a una cabra montésque pastaba tranquilamente en un verde sendero entre las rocas.
--No he visto a nadie, no sé de quién me hablas—Contestó la cabra sin ni tan siquiera mirarlo por no dejar de pastar—Sin embargo creo que ayer escuché los maullidos de un gato, o varios gatos, puede ser que hayan sido varios ¿quién sabe?.
--Peroo…¿cómo aseguras que fue ayer si yo dejé el tiempo estacionado en un mediodía de manera permanente y no ha hecho ninguna oscuridad desde que salí de casa?—
Preguntó Chicho notablemente consternado.
--Dije ayer como pude haber dicho hoy ¿quién sabe?—Murmuró la cabra sin mirar al chico mientras se volteaba y comenzaba a alejarse del lugar despacio, dando tumbos--
¿ Quién sabe?
Tras el tropiezo con aquel rumiante blanco y solitario Chicho continuó su camino aún más deprisa sin detenerse a descansar ni tan siquiera un segundo, no dejaba de pensar ni por un momento en Klaus--¿cómo la estará pasando en este mismo instante ese gato ocurrente?
Así el pecoso anduvo por muchas horas hasta que se le ocurrió la idea de registrar en su mochila para buscar su micro lupa, comer algo de pan y tomar agua.
Todo esto lo hizo sobre la marcha, no se detuvo nunca. En lo adelante la micro lupa le serviría a nuestro pequeño para seguir las huellas que había dejado a su paso Klaus.
Un día después, al cruzar un estrecho arroyuelo, el pecoso descubrió varias marcas de uñas muy similares a las de su mascota por sus rasgos y por la forma en que penetraban en la tierra, además encontró varios pelos amarillos muy parecidos a los de su animalito.
Andando y andando, de vez en cuando pasando por encima de alguna rama caída en el suelo, miró a una ardilla negra que comía nueces sobre el gajo más alto de un elevado abedul.
--Por casualidad has visto por estos rincones al gato Klaus—Preguntó el niño pecoso
mientras continuaba observando la tierra con su micro lupa.
--Creo que antes de ayer escuché varios maullidos de algunos gatos: miau, miau, miau—Respondió la ardilla sin dejar de moverse de un lado a otro sobre su ancho y
frondoso paraje.
--Peroo… ¿cómo puedes saber que los maullidos se produjeron antes de ayer si yo he dejado el sol de manera permanente pintado en el cielo y no ha hecho más oscuridad, no han ocurrido más noches, desde que yo salí de mi casa?—
Volvió a preguntar Chicho, ahora más consternado que nunca, a la vez que abría los ojos y la boca desmesuradamente mientras movía los hombros hacia adelante.
--Es cierto que no han ocurrido más noches pero yo siempre cuento las horas en el reloj electrónico que tengo colgando de mi árbol—Confirmó vanidosa la ardilla—Si cada día tiene veinticuatro horas y yo he contado setenta y dos de ellas desde que escuché los últimos maullidos, entonces estos se dieron antes de ayer ¿no te parece?.
--Cierto, ciertísimo—Murmuró Chicho en voz alta—Es bien lista esta pequeña saltadora ¿ quieres ser mi compañera de juegos durante los recesos en mi escuela?
La pregunta del pecoso se quedó sin respuesta porque el ágil y simpático roedor desapareció, de inmediato, al meterse dentro de un hueco apretado que se notaba en el tronco del abedul.
Fue así que sin volver a hablar, sin murmurar una palabra más, nuestro Chicho continuó su búsqueda y al pasar una semana se acercó hasta la baja colina donde miró una caverna que se oscurecía hacia el interior.
En ese momento el pecoso también escuchó varios maullidos de forma ininterrumpida que, sin lugar a dudas, podrían salir de la garganta de Klaus.
Sin pensarlo dos veces el niño decidió entrar a la gruta y en efecto, mientras más se adentraba en ella, los maullidos retumbaban más próximos a sus oídos.
--Encontré a Klaus, encontré a Klaus—Gritaba el chico mientras saltaba de la alegría--¿Será en efecto Klaus o se tratará en este caso de un gato salvaje?
Al llegar a un amplio claro donde entraba el sol Chicho se llevó una gran sorpresa cuando descubrió que ya su gato, o el de su abuelo, estaba acompañado por una
gata de ojos verdosos, peluda y color naranja a la que llamaba Martha.
--Ahora tendrás que cargar con dos si es que vienes por mí—Dijo medio sonrienteel gato fugado mientras miraba al niño pecoso—Como ves ahora somos dos y no quiero separarme nunca de esta hermosa gatita a la que ya le he propuesto matrimonio.
--Pues bien, si es eso lo que quieres que así sea, nos vamos entonces desde ahora mismo, debo llevarte de vuelta a casa antes de que mi abuelo regrese de su viaje a Australia, nos vamos ya, saludos Martha—Exclamó Chicho mientras se quitaba la gorra para rascarse la cabeza.
Tras este breve encuentro el pecoso y sus dos amiguitos emprendieron el camino de regreso al pueblo. El niño se miraba algo agotado sin embargo no se detuvo nunca, ni un segundo tan siquiera para descansar, y por esta razón en solo dos días ya habían llegado a su deseado destino.
--Al fin regresó Chicho, al fin regresó—Comentaba la anciana Antonia al mirar a la madre del pequeño atrevido—Al fin tendremos nuevamente las noches para dormir, yo estoy como sonámbula desde que este travieso se fuera tras su gato y dejara nuestro cielo estancado en un permanente mediodía, al fin volveré a dormir en paz.
La anciana Antonia se veía muy feliz y en ese preciso momento, mientras caminaba a su ritmo, despacio, se flotaba sus manos húmedas sobre la tela de su rojo delantal.
Por su parte, el viejo Esteban, también acababa de regresar de su viaje por Australia hasta donde se había marchado para comprar un bebé koala. Se miraba bien animado por el reencuentro que acababa de tener con su nieto y con el gato Klaus que había vuelto en compañía de Martha.
A partir de ese día fueron varias las mascotas que hallaron su hogar en la casa de Chicho por lo que el viejo abuelo no dejaba de pensar que su precoz nieto fuese un buen médico veterinario cuando llegara a su mayoría de edad.
Pasado dos meses, luego de aquel añorado reencuentro, la gata Martha parió tres traviesos mininos que se movían sin parar, de un lado al otro, y a duras penas lograban abrir los ojos.
En lo adelante Chicho se sentaba, tarde tras tarde, en una silla en el portal de su casa a disfrutar de los sabrosos helados de chocolate que su abuelo le compraba para compartirlos con Klaus, con su señora Martha y también con los grises, desprevenidos y recién nacidos mininos que crecían tan rápidamente como el trigo.
--No debes volver a hacer que yo, Martha o alguno de mis bebés nos metamos a las fuerzas dentro del agua, mucho menos si está fría, dado que ello nos podría provocar una fuerte neumonía, tienes que darnos tiempo y tener mucha paciencia con nuestros aseos, los gatos, como cualquier otra clase de mascota, tenemos nuestras propias costumbres y es de esa manera que la vida nos resulta placentera y agradable.
Estas palabras Klaus se las dirigía con bastante frecuencia a Chicho, para que nunca las olvidara, precisamente frente al señor Esteban quien, a su vez, miraba de soslayo al nieto y hacía movimientos afirmativos con la cabeza, como respaldando a su gato, sin embargo prefería hablar de otro tema:
--Australia es un hermoso y gigantesco país, yo deseo Chicho que en el fututo tú seas un buen veterinario para que te llegues conmigo hasta las entrañas de sus bosques a socorrer canguros, ornitorrincos y koalas.
El abuelo miraba de repente a la lejanía, quizás hacia un sur distante, pero sin dejar de mostrar su satisfacción. Desde aquel entonces no pasó mucho tiempo para que Chicho volviera a subirse a su empinada escalera y comenzara a salpicar las horas con noches suaves y calladas propicias para dormir.
Por aprobación de todos los vecinos en el pueblo el chico pecoso además aprendió a disipar los irritantes calores de los veranos suavizando las tardes con ligeros brochazos de brisas pasajeras. Chicho volvió a levantarse diariamente a las seis de la mañana.
Esto se tornó para él una rutina mediante la cual mantenía el cielo arropado en azul e incluso, algunos días, hacía caer lluvias imprevistas y moderadas para ayudar al crecimiento de las plantas y al desarrollo de los vegetales.
A la huerta del pecoso comenzaron a llegar entonces para comer, de manera repentina, cientos y cientos de conejos junto a miles de amistosas y simpáticas ardillas negras y rojas.
Chicho no tuvo más remedio que pedirle disculpas a Klaus por su anterior e incorrecta actitud de quererle imponer al gato los aseos por la fuerza. Con todo y ello la mascota prefería estar siempre a buen resguardo de aquella enorme tina que permanecía desbordada de agua en el patio del viejo Esteban.
--Los gatos tenemos nuestras propias preferencias ¿Por qué querer que cambiemos demanera obligada nuestros gustos si con ellos somos optimistas y nos sentimos de maravilla?--
Se vanagloriaba Klaus.

Autor: Lázaro Rosa cubano , actualmente vive en Montreal, Canadá.
Nos dice: escribo historias infantiles desde mi país original, CUBA,
y desde hace 9 años vivo en Canadá, ya soy ciudadano canadiense. Nací en
Villa Clara, al centro de la isla, y fui graduado de Licenciado en Historia
del Mundo Contemporáneo en el Instituto Superior Pedagógico Félix Varela.
Fui durante algún tiempo profesor de esta materia hasta que tuve que venir a
mi nueva tierra, Canadá.
Un gran saludo del cubano-canadiense Lázaro Rosa

 

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