Había una vez un conejo que estaba durmiendo la
siesta y sintió muchas ganas de comer miel. No
quería levantarse pero las ganas de comer miel
eran tantas que al final se levantó y fue hasta
la cocina.
Buscó en la alacena, en el aparador, en la heladera… no
tenía ni un poquito así de miel en toda
la casa.
Muy amargado fue de nuevo a acostarse, pero las ganas
de comer miel no lo dejaban dormir, un ruidito en la
pancita le decía:
–¡ Quiero miel, quiero miel!
Daba vuelta para un lado, para el otro, se tapaba las
orejas pero nada. Miró la hora, las dos y media
de la tarde, a esta hora en el pueblo no había
ningún almacén abierto. Ay, pero qué ganas
de comer miel, no podía más.
De pronto, una idea se prendió en su cabecita.
Su vecino, el Sr. Oso seguro que tenía miel
en su casa, porque todos saben que a los osos les gusta
mucho la miel.
Rápidamente se levantó y fue hasta la casa
del Sr. Oso. Golpeó:
–¡
Tum, tum, tum…!
Nada.
–¡
TUM, TUM, TUM…!
Nada.
Ya volvía para su casa, triste, con la cola entre
las patas, cuando al pasar junto a la ventana de la cocina
vio que ésta estaba abierta para que entre el
sol de la tarde.
Sin pensarlo dos veces, metió una pata, luego
la otra y ¡Pum!, rompió una maceta que
estaba en la ventana.
Entró. Con la pata amontonó la tierra y
los pedazos de maceta y comenzó a buscar la
miel.
El Sr. Oso estaba durmiendo la siesta y cuando escuchó el
ruido se despertó
–¿
Y eso? Ah, debe ser un auto en la calle – y siguió durmiendo.
Mientras tanto el conejo buscaba la miel, en la alacena,
en el aparador, en la heladera, el Sr. Oso tampoco
tenía
miel.
De pronto vio que allá arriba, en lo más
alto del aparador, había un frasco así grandote
de miel. Se estiró, se estiró, se estiró y
no lo alcanzaba.
Buscó algo donde subirse, una banqueta. Puso la
banqueta, se subió y se estiró, se estiró y
se estiró, pero faltaba un poco para alcanzarla.
Miró para todos lados y vio una silla. Puso la
silla y arriba de la silla la banqueta, se subió y
se estiró, se estiró y se estiró,
pero no llegaba, aún le faltaba un poquito.
¿
Qué podría hacer? La mesa, sí, la
mesa podía servir. Corrió la mesa, puso
la mesa, la silla y la banqueta y se subió. Se
estiró, se estiró y ya estaba a punto
de alcanzarla cuando:
–¡ PIM, PAM, PUM! Abajo la silla, abajo la banqueta, abajo
el conejo.
Esta vez el Sr. Oso se sentó en la cama y dijo:
–
Eso no fue un auto en la calle, eso fue acá adentro – y
se levantó.
Cuando el Sr. Oso entró en la cocina, estaba
la maceta rota en el suelo, la tierra desparramada,
la mesa
corrida, la silla y la banqueta, tiradas.
–¿
Quién hizo esto? – dijo y comenzó a
buscar quién había hecho semejante desastre.
Buscó debajo de la mesa, atrás del aparador,
del otro lado de la heladera, pero no había nadie.
Ya estaba a punto de ponerse a limpiar cuando escuchó el
chirrido de la puerta, detrás de la puerta había
alguien. Abrió la puerta y ahí estaba
el conejo temblando de miedo:
–
Yo, yo Sr. Oso sóóóólo quería
uuuun poquitito de miel.
–¿
CÓÓÓÓMO? ¿Un poquitito
de miel? ¿Y por un poquitito de miel hiciste todo
este lío?
–
Sííííí, síííí.
–
Mirá, mejor andate de acá, no te quiero
ver. Pero a ver, decime, ¿cómo entraste?
El conejo señala la ventana.
–
Por la ventana, entraste a mi casa por la ventana – dijo
el oso.
–
Ajá – contestó el conejo moviendo
la cabeza.
–
Andate, andate, no quiero verte acá adentro – volvió a
decir el oso.
El conejo ya se iba, triste, cabizbajo, con las orejas
gachas y al oso le dio lástima.
–
A ver, conejo. ¿Vos querías miel? ¿Tenías
muchas ganas de comer miel?
–
Ajá, sí.
–
Bueno, vení – dijo el oso.
Bajo el frasco de miel, agarró una cuchara para
el conejo y otra para él y entre los dos se comieron
un frasco así de miel.
Grandes amigos se hicieron el oso y el conejito
Y de la miel del frasco,
A mí, no me dejaron ni un poquito.
|