El rey indiferente
Zunilda Borsani
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Otorrinco era un príncipe que siempre sentía
deseos de dormir y comer todo lo que cupiera en su
gordota panza. Sus padres siempre le hablaban y aconsejaban
sobre el reino, al que un día tendría
que llegar y por lo tanto debía cuidar su figura
y su aprendizaje. Para Otorrinco esas frases eran tediosas
y reiterativas, nada hacía cambiar su conducta
y tampoco le interesaba llegar a ser rey.
Cuando su maestro se acercaba a impartirle las lecciones
diarias, él lo destrataba y se reía del
pobre maestro.
- Por favor, su Señoría, el rey me matará si
usted no aprende.
- Deja que te mate y habrás muerto por una causa
justa.
- No diga eso, Señoría, debe aprender
a cuidar de las riquezas del reino.
- No me importa el reino, tampoco el pueblo y mucho
menos tú, servil maestro.
El maestro cerró los libros y algunas lágrimas
cayeron de sus ojos. Otorrinco observó aquella
escena y se acercó al maestro, lo tomó del
brazo y lo sacudió diciéndole en tono
cruel y burlón:
- Cuando yo sea rey, si es que lo soy, tú serás
despedido, insoportable maestro.
El maestro bajó la cabeza, reverenció a
su majestad y retiró sin decir palabra alguna.
La reina Ana, su madre estaba muy preocupada por la
conducta de Otorrinco, pero qué podía
hacer. Ella nunca gozaba de tiempo necesario para atenderlo,
siempre estaba ocupada con las tareas del palacio,
papeleos, fundaciones, reuniones y todo lo concerniente
a las relaciones públicas del reino. Su marido,
el rey Osvaldo, sólo estaba dispuesto a salir
de cacería, asistir y realizar suntuosas fiestas,
con embajadores y diplomáticos, por lo tanto
Otorrinco, siempre debía permanecer con sus
empleados, el asistente principal, Ramonciño,
el ama de llaves Alicia y todos los demás custodias
y guardaespaldas del príncipe.
¿
Cómo podía Otorrinco sentir amor por
alguien? Eso era imposible, se había convertido
en un ser apático y despiadado.
Llegaba la primavera en el reino y sus padres habían
organizado una fiesta especial con jóvenes de
su edad, invitaron a todos los jovencitos que vivían
cerca del palacio, había regalos, golosinas,
exquisitos manjares y muchas otras cosas. Otorrinco
se las ingenió para arruinar aquel bonito festival
y desalojar a todos esos andrajosos y sucios niños
de la calle, como él solía llamarlos,
sólo había reparado en una chica de ojos
azules y cabellos negros que lo observó con
una sonrisa, pero de todos modos nada le importó,
continuó con su plan y no tuvo piedad con nadie.
- Esta fiesta acabó – dijo el padre y
suspendió todo muy disgustado con su heredero.
De inmediato lo llamó a su despacho y quiso
hacerlo reflexionar sobre lo ocurrido.
- ¿Qué pasa, padre, acaso hice algo malo?
- Siempre lo haces Oto, siempre te perdono, pero esta
vez serás castigado muy duramente, lo que has
hecho es imperdonable.
- Pero padre.
- Sin peros, si sigues así, nunca serás
rey.
- ¿Acaso yo tengo la culpa de que los niños
de la calle, estén sucios y harapientos? En
todo caso tú debes ser el responsable de ellos.
- ¡Cállate! ¡Vete a tu habitación
y no salgas de allí por unos cuantos días!
Otorrinco no sabía leer, ni escribir, todo era
un juego, colmar sus deseos y buscar algún pasatiempo
que consistiera en molestar a alguien. Ramonciño,
debía encargarse de alimentar y cuidar del príncipe,
mientras estuviera castigado. Golpeó la puerta
y entró, al entrar, Otorrinco hincó una
flecha en su pierna izquierda.
Zunilda Borsani
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