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Cuento
de Zunilda Borsani . Ilustraciones de Adriana Borsani
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En
un pequeño barrio,
había muchas casitas. Todas formaban un conjunto
armónico y prolijo, eran idénticas. Tenían
rejas verdes y jardines al frente. En una de ellas, muy
oscura y de ventanas cerradas, vivía un hombrecito.
A su alrededor no existían pájaros, ni
flores y lo que es peor aún, los niños
del barrio, jamás se acercaban por allí.
Cuando lo hacían, sólo era para tirar palos
a su jardín sin flores, o piedras contra las
ventanas.
Cuando el hombrecito oía las piedras golpear
y los gritos de ellos, se acurrucaba en su cuarto sin
luz,
a esperar que se fueran.
En el armario de su cocina, guardaba latas de dulce
de sabor amargo, arroz amargo, queso amargo y todo
lo que él
comía, tenía el mismo sabor amargo.
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El
pobre hombrecito parecía
no escuchar el canto de los pájaros, no sentir
el aroma de las flores, tampoco se había fijado
en sus colores, ni había apreciado los verdes
de los árboles de variadas especies y formas.
Mucho menos hubiera imaginado que abriendo las ventanas,
el sol podría entrar y calentar su pequeña
casa.
En su fondo lucía un enorme parral que nunca daba uvas, de los ciruelos
sólo crecía una fruta oscura, arrugada y amarga y de los naranjos
nacían naranjas ovaladas, secas y de sabor amargo.
Parecía no tener amigos, nadie se acercaba a su casa, todos los vecinos
le temían, lo creían loco o enfermo y por lo tanto, no querían
contagiarse de aquel terrible mal.
- Este hombrecito jamás se ríe ¿Vieron? – comentaba
Juana con otras vecinas, mientras barría la
vereda.
Cada vez que lo veían pasar, todos corrían
y se metían rápidamente en sus casas.
Frente a la casa de nuestro hombrecito, vivía
una familia cuya hija había perdido la vista
por una enfermedad que aún carecía de
fármacos o cirugía que garantizara el
restablecimiento total de sus ojos. En un principio
sus padres se angustiaron porque la pequeña
tendría dificultad de aprendizaje y por lo tanto
no hicieron otra cosa que protegerla demasiado por
miedo a que se cayera o fuera rechazada por los demás
niños del vecindario...
Sin embargo Agustina, como así se llamaba la
niña, era fuerte y decidida, sufrió mucho
cuando perdió la vista, pero enfrentó la
situación con valentía y pidió a
sus padres que ella necesitaba poder vivir como los
demás chicos y chicas del colegio. Siempre quería
conocer mucho más de lo que tenía a su
alcance. Fue entonces que sus padres hablaron en una
Institución especial para personas no videntes
y le obsequiaron un bastón blanco para que su
caminata fuera más segura. Su madre tenía
al frente de su casa un hermoso jardín con el
cual Agustina disfrutaba en cada mañana de sol,
lo recorría de punta a punta, tocaba las flores
tratando de adivinar cual era su color, su textura
y hasta se le había oído hablar con ellas.
Su rostro era fresco y alegre y al faltarle la vista,
Agustina había desarrollado sus otros cuatro
sentidos más que nadie. Podía oír
los pasos en la calle, el perfume de las flores, los
pájaros cantar en la copa de los árboles,
las charlas de las vecinas en la callecita y todo lo
que ocurría a su alrededor.
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