Tres
días duró en la isleta el estruendo de las hachas,
y crujieron al tumbarse los gruesos troncos, y volaron
todos los pájaros menos las tijeretas, que no se van
de sus nidos aunque las maten, y se quedaron por allí chillando,
sobre las ramas mustias.
Aquella
era una solución. El Guayacán duro, el Algarrobo dulce,
el Quebracho tenaz, el Cedro valioso, el Jacarandá florido
y el Ñandubay anudado, los forajidos del monte, habían
caído. Sólo quedaban en pié el Ombú inútil y el Abrojo
dañino.
-¡Lo
que yo siempre he dicho, mi compadre! –gritó el Abrojo-.
En esta vida los únicos que sobreviven son de dos clases:
los que no sirven ni para leña, como usted, y los que
muerden a todos, como yo.
Pero
sucedió que con los árboles martirizados se hicieron
muebles finos, vigas inmortales y durmientes eternos:
y después los obrajeros pegaron fuego a la isleta talada,
y del Ombú y del Abrojo no quedaron ni las cenizas.
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