161 KILOBYTES SOBRE EL LIBRO, LAS NUEVAS
TECNOLOGÍAS Y LA LITERATURA INFANTIL:
Joel Franz Rosell
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Cuestión socio-cultural.
Peligros numerosos se ciernen sobre el libro impreso, eso es innegable, pero
no los generan sólo los cambios tecnológicos, sino las condiciones
económicas y socioculturales, que comenzaron a oprimir a la literatura
mucho antes de que las primeras computadoras personales salieran de las cadenas
de producción. La globalización y el imperio de la rentabilidad
están indudablemente muy ligadas al desarrollo de las nuevas tecnologías,
y esta es probablemente la causa de una amalgama que nos moviliza contra
el humo y no contra el fuego.
La desigualdad en la distribución de la riqueza que caracterizan el
human way of life incluye obviamente a ordenadores y demás productos
y servicios informáticos. Pensemos que al comenzar este siglo XXI, frente
a los 300 millones de usuarios de internet que había en Estados Unidos,
Canadá y Europa –poblados por 1 102 millones de habitantes-, sólo
se contaban 18 millones de usuarios en América Latina, que tiene una
población de 519 millones (y no hablemos de Africa y Asia, donde la
proporción es infinitamente más baja). En general, sólo
unos 500 millones de personas usan la web de manera constante y otros 1500
millones acceden ocasionalmente, mientras los 4 mil millones de humanos restantes
ni siquiera conocen la existencia de la red o no tienen de ella más
que una vaga idea.
Semejantes cifras no nos permiten ignorar que aunque el libro está lejos
de llegar a todos, su distribución es infinitamente más extendida
que la de esas nuevas tecnologías que algunos gustan presentar como
sinónimo de libertad y democracia.
Pierre Bourdieu ha declarado: “El éxito de las grandes obras culturales
de la humanidad ha sido póstumo, y este tipo de obra es el que hoy está especialmente
amenazado... Hoy sólo se edita lo que se supone tendrá un gran
mercado y eso destruye la diversidad de la producción cultural".
Para el influyente intelectual francés, la globalización y la
concentración de la producción artístico-literaria en
grandes grupos empresariales, guiados exclusivamente por la lógica de
la ganancia, ponen en riesgo la cultura, o por lo menos el tipo de civilización
que conocimos hasta hace muy poco. Bourdieu es el mismo que definió a
la televisión como “fábrica de fast food cultural” y
con respecto a la televisión satelital e internet precisa que sólo
ofrecen “un acceso aparente a distintas expresiones de cultura” puesto
que todas pasan por un filtro, por un proceso de selección que las reduce
a algo común (2).
Por su parte, Luis Goytisolo estima que: “La propuesta implícita
en los nuevos planteamientos culturales apunta a que cedamos tranquilamente
al ordenador el 95% de nuestros conocimientos, por inútiles. Y con los
conocimientos, la memoria. Y con ella, la inteligencia”. No queriendo
que le confundan con un apocalíptico que suspira por un tiempo pasado
mejor, el escritor español concluye su artículo –sin ambigüedad
titulado “Mercado y creación literaria”- afirmando que de
las nuevas relaciones sociales y de los modos de vida indisolublemente vinculados
a las nuevas tecnologías de la comunicación, y a los avances
tecnológicos en general, surgirá “el lector del futuro” (3);
aunque sólo el 16% de los internautas se conecta a la red para leer
literatura, mientras que el 72% lo hace para obtener información (4).
El lector del futuro será alguien para quien las que hoy llamamos “nuevas
tecnologías” ya estaba ahí cuando él nació;
tal como nos ocurre a nosotros con el cine, la radio, el teléfono e
incluso la televisión. En ese futuro habrá también escritores,
que se habrán formado totalmente bajo el imperio de esas tecnologías
de la comunicación, o que no eran demasiado viejos para formatear su
modo de escribir de una manera que todavía hoy llamamos nueva.
Ese lector del futuro existe y ya tiene cientos o miles de horas de conexión.
Pero también lleva bastante tiempo leyendo. Leyendo literatura infantil...
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