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Había una
vez un cura en Enare. Era sabio y hablaba el idioma de los animales. Decían
que aprendió en la soledad y en las alturas, allí donde
no había gente con quien hablar, ni siquiera con los lapones, quienes
iban a la Iglesia sólo en feriado y una sola vez por año.
Un día, sin
embargo, el cura de Enare quiso hacer una fiesta. Y, al no existir gente
en los alrededores, decidió invitar a los animales. Así
que mandó la invitación con el búho de la montaña.
El búho, que volaba lejos y tenía la voz fuerte, cumplió
el recado mejor que nadie.
Muchos animales fueron
invitados: el oso y el lobo, el zorro azul de la montaña, el glotón
y el caballo, la vaca y la oveja, la cabra y el reno, el cisne y la gallina,
el ganso y la grulla, el cuervo y otros animales.
El primer invitado
fue el oso, quien, pensando que lo festejarían por ser el rey del
bosque, se sintió alagado y se puso en camino. El trayecto era
largo y él estaba cansado. Uf, uf..., se escuchaba en su andar
pesado y lento.
Más adelante
se encontró con un muchacho lapón, quien cazaba perdices
en la montaña.
-Buenos días
Pelaje espeso -le saludó el muchacho-. ¿Adónde vas?
-A la fiesta del
cura de Enare -contestó el oso y siguió andando.
-¡No vayas,
Pelaje espeso! -le gritó el muchacho-. Tienes el pelaje espeso
y fino, que allí te la quitará el cura.
-¿De veras?
-dijo el oso. Se volvió y desapareció en el bosque.
Después, el
lobo llegó chapoteando. Chap, chap, chap, se oía cuando
andaba, pues como era astuto, y no quería dejar huellas, avanzaba
por las aguas y los bordes de los pantanos.
-Buenos días,
Rabo largo -le saludó el muchacho-. ¿Adónde vas chapoteando?
-A la fiesta del
cura de Enare -contestó el lobo.
-¡Ten cuidado!
-le advirtió el muchacho-. Tienes la piel hermosa y caliente, que
allí te la quitará el cura.
-Quizás tengas
razón. Más vale precaver que lamentar -dijo el lobo y se
volvió chapoteando en dirección al bosque.
Al poco rato, el
glotón llegó trotando. Tro, tro, tro, se escuchaba cuando
trotaba, porque pisaba de un solo golpe con la planta de sus patas.
-Buenos días,
Ruido de lija -le saludó el muchacho-. ¿Dónde vas
al trote?
-A la fiesta del
cura de Enare -contestó el glotón y siguió trotando.
El muchacho corrió
tras él y le dijo:
-¡Cuidado,
Ruido de lija! El cura te arrojará en el tabique.
-No importa -dijo
el glotón-. Roeré el tabique y huiré.
-¡Cuidado,
Ruido de lija! El cura te amarrará con una soga.
-Entonces me desamarraré
-dijo el glotón.
-¡Cuidado,
Ruido de lija! El cura te arrancará el pellejo -le advirtió
el muchacho.
-¿Crees? -dijo
el glotón, dubitativo-. Si es así, me vuelvo de inmediato.
Y se alejó
trotando hacia el bosque.
Tiempo después,
el caballo llegó al galope, orgulloso y haciendo flamear la crin.
Galopando, galopando.
-¿Dónde
vas al galope? -le preguntó el muchacho.
-A la fiesta del
cura de Enare -le contestó el caballo.
-¡Cuidado,
Cabeza de cepillo!. El cura te atará a una carreta.
-Entonces me desataré.
-¡Te encerrará
en el establo!
-Entonces saltaré
por encima del establo.
-¡Te dará
golpes y golpes!
-Entonces le devolveré
los golpes.
De modo que el caballo
siguió galopando, hasta llegar a la Iglesia del cura, quien lo
encerró en el establo, lo ató a una carreta y lo convirtió
en su bestia de carga.
Detrás del
caballo, la vaca llegó a trancos.
-¿Dónde vas a trancos? -le preguntó el muchacho.
-Voy a la fiesta
del cura de Enare -mugió la vaca.
-Cuidate, Pelo hirsuto
-le advirtió el muchacho-. El cura te ordeñará la
leche.
-Entonces le daré
una cornada -mugió la vaca y prosiguió a trancos su camino.
Cuando
llegó a su destino, el cura de Enare la encerró en la vaqueriza
y la convirtió en animal doméstico. Lo mismo hizo con la
oveja y la cabra, con el reno y el perro, con el gato y con otros animales
que, por no seguir los consejos del muchacho lapón, ahora viven
sometidos a los caprichos de un amo. En cambio los otros animales, los
que escucharon los consejos, viven todavía libres en el bosque.
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