Debía
ser cerca de la una cuando llegamos por debajo de
la isla, por fin, y la balsa parecía ir a
la mar despacio. Si llegara a aparecer una embarcación,
pensábamos coger la canoa y dirigirnos a toda
prisa a la costa de Illinois. Fue una suerte que
no apareciera un barco porque no se nos había
ocurrido poner la escopeta en la canoa, ni los aparejos
de pescar, ni nada que comer. Teníamos demasiada
prisa para pensar tantas cosas. No fue muy juicioso
ponerlo todo en la balsa.
Había
montañas en la ribera de Missouri y arboleda densa
en el lado de Illinois y la parte navegable estaba
mas cerca de la ribera de Missouri por aquel lado,
aunque teníamos miedo de que alguien tropezara
con nosotros. Cuando empezó a anochecer, asomamos
la cabeza por el macizo de álamos y miramos
arriba, abajo, enfrente: nada a la vista .
Así,
pues Jim alzó algunas de las tablas de arriba
de la balsa y construyó un cómodo jacal, en
el que refugiarnos del sol y de la lluvia y conservar
secas las cosas. Jim hizo suelo para el jacal y lo
alzó en pie o más sobre el nivel de
la balsa, de manera que las mantas y todas las demás
cosas quedaron fuera del alcance de las olas. Aquella
segunda noche flotamos entre siete y ocho horas con
una corriente que hacía más de cuatro
millas por hora.
Pescamos,
hablamos y nos echamos a nadar de vez en cuando para
desterrar el sueño. Resultaba algo solemne
bajar a la deriva por el enorme y silencioso río,
tumbados boca arriba contemplando las estrellas y
nunca sentíamos ganas de hablar en voz alta
y pocas eran las veces que reíamos, como no
fuera soltar una especie de risita muy baja.
Tuvimos
muy buen tiempo en general y no nos ocurrió nada
aquella noche, ni la otra, ni la otra. |