_”Andan diciendo por ahí que
no soy un león de verdad”; le dijo El
León a Carey. – “No les hagas
caso”, le contestó ella, y salió corriendo
a descargar la incontenible energía de sus
músculos de felina joven.
Luego interrogó con la mirada a la Hembra Vieja, la primera de la manada,
la más antigua. Y ella, despectiva como siempre, pero piadosa, se limitó a
asentir con la cabeza, distraídamente.
Pero él no quedó muy convencido, y bostezó mirando el agua
de la que había bebido minutos atrás.. Sí. Él era
un león.Al menos eso decía su imagen: los largos colmillos, el
color amarillo anaranjado de su pelaje, la mirada seria, el andar majestuoso.
Además..¿Acaso los humanos al verlo no repetían “Un
león!.. Un león!?
Entonces, como un buen representante
de su especie, se echó a dormir.Los rayos de sol, de su mismo
color, lo envolvieron en una siesta prolongada. Y
el león soñó..
Atravesaba velozmente la estepa..Las altas hierbas
de color arena lo camuflaban a su paso. El viento
a contrapelo, para no ser olfateado. (En aquella época
en la que aún no tenía manada, debió ser él
mismo el que buscara su comida).
De pronto, algo lo despertó. ¿Serían
las odiosas hienas merodeando, expectantes de aprovechar
su cacería?
Y sintió el hambre impostergable de macho
joven que aún no completó su crecimiento.
Entonces se lamió el lomo con un lenguetazo áspero
y rápido, que dejó la marca en su pelaje
de rey..Y caminó lenta y pausadamente..Medio
dormido aún.
La leche en el platito estaba tibia.El león
la tomó ronroneando.