EL LIBRO VIVIENTE
Érase una vez un pequeño libro acuático
de animales, de esos que utilizan los niños en el
baño, que servía de distracción a una
jovencita niña de tan solo ocho meses.
Cuando la niñita estaba en su sillita, o en la cunita,
o en cualquier otra parte, su papá le decía
:
- ¿Puedo hacerte una preguntita ?. ¿Tú sabes,
por casualidad, cómo hace el primo de pato Lucas ?,
así es como llamaban al pato de la portada.
El pato, de enormes alas de tonalidades entre el verde y
el azul y con su pico amarillo, contestaba :
- Cua, cua, cuaa, ...
Pasando la hoja se encontraban la oveja y la gallina.
- ¿Tú sabes, por casualidad, cómo
hace la ovejita ?.
Y la ovejita respondía :
- Beee, beee, beee, ...
- Y la gallinita, ¿cómo
hace la gallinita ?.
- Poo, pooo, pooo, ...
La siguiente hoja era la más divertida para la niñita,
pues en ella se encontraban el perro (perrunen de güel)
y el gato (gatunen de güel), el perro y el gato de la
abuelita a la que llamaban cariñosamente güel
o güelita. El perrito más amarillo que un limón
y el gatito atigrado a franjas rojas y blancas y con unos
enormes bigotes.
- ¿Tú sabes, por casualidad, cómo
hace el perrito ?.
- Guau, guau, guau, ..., contestaba éste antes de
que la bebita se echara a reir, para pasar a continuación
a jadear de satisfacción.
- ¿Y el gatito ?.
- Miau, miauuu, miauuu, ..., decía éste mientras
movía la cola alegremente y ronroneaba a continuación.
En la última página de
este libro tan divertido, estaba el pez, un pez amarillo
como el oro, con una sonrisa
que iba de branquia a branquia.
- ¿Tú sabes, por casualidad, cómo hace
el pececito ?, le preguntaba su papá.
- Glub, glub, glub, ..., contestaba
dejando escapar unas pequeñas y tenues burbujas
de aire de su boca.
La bebita, rubia como los rayos del
sol, con unos ojazos azules como el cielo despejado de
verano, era feliz con su
libro, muy feliz con su libro de animales. Lo quería
tanto que casi se lo comía de alegría.
- ¡ Cuidado, cuidado !, decía el perrito, y
todos echaban a correr, o a nadar, o a volar, chocándose
contra los bordes de las hojas de las que no podían
salir.
- ¡ Cuidado, cuidado !, pues la bebita, sin ninguna
mala intención, iba a señalar el animal cuyo
ruido le imitaba su padre, con el dedo índice de la
mano derecha y, claro, se lo metía en el ojo a perrunen,
o tiraba de los bigotes a gatunen, o aplastaba el pico de
la gallinita, y después de cada lección quedaban
todos bastante magullados.
- Cuando venga mañana con su dedo se lo picoteo,
decían la gallina y el primo de pato Lucas un poco
malhumorados.
- Pues yo, la araño, decía el gatito mientras
se lamía el lomo.
- Yo la voy a dar tal mordisco que no
volverá con
el dedo, alardeaban el perro y el pez delante de sus compañeros
de libro.
- ¿Por qué no sois más sensatos ?,
empezó diciendo la oveja. No veis que somos animales
pintados en unas hojas de plástico y que no podéis
hacer nada de lo que estáis diciendo. Además,
no debéis portaros así, ni pensarlo tampoco,
pues la bebita todavía no comprende lo que somos y
para que servimos. Ella sólo disfruta viendo y oyendo
los ruidos de cada uno de nosotros, ¡y se la ve tan
feliz cuando lo hacemos !.
- Sí, pero los golpes que nos da, decían
todos a la vez.
- Eso no tiene importancia. ¿Dónde está esa
fortaleza de la que hacéis gala tan a menudo, eh ?.
- Sí, si, pero ahora tiene dos dientes abajo y uno
asomando por arriba, y no veas que mordiscos nos arrea, comentó el
gato mientras se afilaba las uñas en el margen izquierdo
de su página.
- Vale, vale. A mí también me da buenos bocados
pero, decirme, ¿habéis visto alguna vez una
bebita tan preciosa, tan simpática, tan ..., tan buena,
continuó diciendo la oveja, que como veis se convirtió en
la más ferviente defensora de la bebita.
- No. La verdad es que no, decían
todos los animales del libro.
- Pues aguantad un poco, les convenció finalmente
la oveja. Solamente verla lo bien que se lo pasa con nosotros
debería bastaros.
- Tienes razón, dijeron uno a uno los demás
animales.
- Pues venga. No hablemos más del tema, acabó por
decir la oveja. Y, ahora, todos a dormir.
Hasta mañana, se despidió la
ovejita.
- Hasta mañana, contestaron la gallina y el pato,
mientras se acomodaban en sus páginas.
- Adiós, dijo el perro mientras se convertía
en un ovillo con la cabeza encima de las patas.
- ¡Abur !, se despidió el
gato, que era un poco chulapo.
- Glub, glub, dijo finalmente el pez,
pues con la boca llena de agua ¿qué otra
cosa se puede decir ?.
- ¡Uf !, pensaba la bebita en
su cuna, pues se acababa de despertar.
- Me parece que los animalitos del libro
hablaban y protestaban de mí pero, ¡no puede ser !, habrá sido
un sueño. ¡Son animales pintados en un libro
de plástico !. No puede ser, siguió pensando
mientras contemplaba las páginas inertes del libro
entre sus deditos.
- De todos modos, seguía pensando, los señalaré con
más cuidado y no los morderé porque a lo mejor
les hacía daño, pobrecillos.
Y dicho esto, se metió el dedo pulgar de la mano
derecha en su boquita y se volvió a dormir muy abrazada
a su libro acuático de animales.
Entró en ese momento su padre en la habitación
de la bebita. La arropó, le dió un besito en
el moflete y dijo con voz casi imperceptible:
- Hasta mañana María. Pero, ¿tú sabes,
por casualidad, cómo hacen el primo de pato Lucas,
la ovejita, el perrito, el gatito y el pez ?, y se marchó sonriendo.
Todos contestaron, cua, cuaa, bee, beee, poo, pooo, guau,
guauu, miau, miauu, glub, glub.
El padre se volvió y dijo :
- ¡Chisssttt !, a dormir todos.
Buenas noches.
Y, colorín colorado, este cuento
se ha acabado.
Carlos Manuel da COSTA CARBALLO
Madrid, a 1 de Octubre de 1996