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Yo no vuelvo a Ascochinga

No tengo demasiada memoria de mi infancia. Recuerdo vagamente una estación de servicio donde solíamos ir a jugar con mi hermano, a espaldas de mamá. Ella se preocupaba:”Cuidado con los autos”, nos decía,”Recuerden que su padre murió atropellado en la ruta”. Pero nosotros éramos muy cachorros, y el deseo de jugar y de explorar era más fuerte que el miedo.
Sí tengo presente a ése auto gris que frenó una mañana; que hubiera sido sólo un auto más, (de tantos y tantos que paraban allí cada día), a no ser porque la familia que viajaba en él se iba a convertir en mi propia familia.
No voy a olvidarme del nene rubio que bajó corriendo y me llevó abrazado contra su pecho a que me viera su mamá. Ella no lo pensó. Sólo dijo:”la perrita se viene con nosotros”. Y para que el papá no me viera, (aún no le habían consultado nada), me pusieron en el piso del auto, bajo la butaca de viaje del hermano menor, tapada con unas camperas. Me llamaron “Bahía”, porque me adoptaron en Bahía Blanca.
De más está decir que los cuatro integrantes de la familia me quisieron mucho, y las casa en las que me tocó vivir fueron todas muy lindas, con mucho espacio para jugar.

Al regresar del viaje en que me encontraron, (o yo los encontré a ellos?), conocí a Maya, mi mejor amiga. Somos inseparables, aún cuando ella es la dominante, y se enoja conmigo por algunas cosas. En realidad, esto sucede sólo con dos temas: la comida, y mis escapadas a la calle. Que me acerque o mire hacia su plato la saca de las casillas, y cuando vuelvo de mis correrías, (no puedo resistir escaparme a dar una vuelta cuando abren el portón), me pone su pata rígida sobre el lomo y me gruñe reprochándome.
Por lo demás, somos como hermanas: hemos compartido todas las mudanzas, las casas nuevas, los distintos climas, las correteadas por el césped. Juntas hemos recibido con alegría y ansiedad a cada integrante de la familia al volver a casa. Será por eso que me sentí tan insegura durante aquel funesto viaje: porque no estaba Maya conmigo.

No quisiera acordarme de esa anécdota, pero ya que estoy se las cuento, para que no se repita.
Hace unos pocos años atrás, habiendo llegado a vivir a la provincia de Córdoba, la familia decidió salir a pasear una tarde de fin de semana. Cuando me subieron al auto, muy convencida no estaba, y menos aún cuando vi que Maya se quedaba a cuidar la casa.
Dicen que los cuzcos somos nerviosos y enfermizos. En realidad somos perceptivos: tenemos mucha intuición. Y es natural!!..Al no tener demasiada fuerza física, debemos presentir el peligro para poder evitarlo. Y yo esa tarde..Lo presentía!
Luego de un incómodo viaje, llegamos a un lugar que según ellos era muy bonito. Yo no paraba de temblar y ni siquiera quería bajarme del auto. Pero ellos insistían. Y el hermano mayor tenía muchas ganas de mostrarme el arroyo, así que para darle el gusto, bajé a conocerlo.
Pero esas montañas empinadas, esos peñones altísimos..No sé..Me transmitían mala energía.
Y entonces lo supe. La mamá y el papá hablaban sobre el origen del nombre de ése lugar: Ascochinga. Y dijeron algo que me dio un vuelco al corazón: que uno de los significados posibles era “Perro perdido” en lengua aborigen, y que en esa zona, los perros solían desorientarse, vaya uno a saber porqué.
Era lo que me faltaba! Al oírlos empecé a temblar más fuerte aún. La idea de perder a mi familia y deambular sola, con hambre y frío, por esas montañas horribles, me heló el corazón. Sentí que me faltaba el aire y tuve que sentarme sobre mis patas traseras para no caer desmayada.
Por suerte la familia se dio cuenta de que algo me pasaba y enseguida emprendimos la vuelta.
No puedo explicarles la sensación de ver el portón de la casa abriéndose. Las patas duras de Maya sobre mi cabeza eran la caricia más dulce...
Por unos días, el sonido del motor del auto me daba taquicardia. Con el tiempo se me pasó...
Hasta hoy, que tuve que contárselo a ustedes...
Disculpen, me voy a echar un ratito a la cucha...no me siento bien...el recuerdo me hizo sentir mareos.

J.M. abril 2010

 

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